Uruguay: ¿Pasa algo nuevo en el Frente Amplio? – Por Hoenir Sarthou

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Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de NODAL. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Hoenir Sarthou *

Fue el paradigma de una alianza de izquierdas, e incluso de un frente popular, duradero y electoralmente exitoso. Quizá uno de los más duraderos y exitosos del mundo, al punto que sobrevivió a once años de dictadura, a 35 años ininterrumpidos en el gobierno departamental de Montevideo y a quince años consecutivos en el gobierno nacional. Sin contar con que cursa ahora un nuevo período en el gobierno nacional y en el departamental en Montevideo.

Sin embargo, basta observar su trayectoria de gobierno para percibir la enorme deriva que ha sufrido desde el lejano 1971, en que se constituyó como opción político-electoral, hasta este complejo 2026.

El que voy a hacer no es un recuerdo nostálgico. En 1971, cuando miles de militantes adolescentes aplaudíamos a rabiar discursos que hablaban de nacionalización de la banca, de reforma agraria y de no pagar la deuda externa, no teníamos noción de lo que eso habría significado en términos de posibilidad política y de viabilidad económico-financiera, tanto a nivel nacional como internacional. En fin… los sueños, sueños son.

Pero, ni tanto ni tan poco. Hay un abismo demasiado enorme entre la nacionalización de la banca y la bancarización obligatoria. Y otro abismo insondable entre la reforma agraria y la extranjerización de la tierra que se profundizó durante los gobiernos del FA. Y ni hablar del salto que va, de no pagar la deuda externa, a multiplicarla varias veces; o, de pretender justicia tributaria, a exonerar de impuestos a cuanta inversión extranjera aterrice en el país.

Nada, ni nostalgia ni condena. Sólo la observación objetiva de un cambio sustancial de orientación hecho bajo las mismas banderas y consignas de 1971. La bandera de Otorgués, la consigna de “unidad de la izquierda”, el discurso de “los cambios”, significaron una cosa desde 1971 hasta inicios de los años 2000 y otra muy distinta desde 2005 en adelante.

No es algo nuevo ni sorprendente en la historia nacional. Un proceso similar sufrió el batllismo hace un siglo. De ser el partido de las causas populares a ser el partido burocrático del statu quo. El ejercicio del gobierno causa esos efectos.

¿Cómo fue posible en el caso del Frente Amplio?

Varias causas operaron para que ocurriera. La primera es la prioridad dada a acceder al gobierno. Aquello que Mujica -sin ser el primero- sintetizó con “abrazarse con las culebras”. Que en esencia significaba que llegar al gobierno requería alianzas con intereses y opiniones que años atrás habrían sido inaceptables. Reitero: eso no empezó con Mujica, pero él lo asumió y expresó con total claridad.

La imperiosa voluntad de acceder al gobierno llevó a necesitar el visto bueno del sistema financiero global -que es nuestro acreedor- a través de los organismos internacionales de crédito. Es así que Astori, de querer nacionalizar la banca y no pagar la deuda externa, pasó a “honrar las deudas” y a ser abanderado de la inversión externa y de las AFAP.

No fue un caso aislado. Si se observa a los elencos de los gobiernos del FA, hay una constante, la incorporación de tecnócratas que han hecho sus carreras profesionales como asesores de empresas financieras transnacionales y de organismos internacionales. Es un sector cupular que carece de votos, pero tiene influencia significativa en las decisiones económicas de los gobiernos frenteamplistas. No es casualidad. Esa tecnocracia “confiable” es la garantía del sistema financiero externo para aceptar, validar y seguir prestándole plata a cualquier gobierno.

Así llegamos a 2026, en un mundo convulso, post pandémico, en guerras por energía y recursos naturales, con alarmas climáticas y sanitarias, saltos tecnológicos que eliminan empleos e invaden la privacidad, enseñanza deficiente, políticas de género, aborto y eutanasia que acompañan en todo el mundo unos índices de natalidad decrecientes, sistemas de seguridad social insostenibles y un endeudamiento global que somete a gobiernos y pueblos.

En ese contexto, el nuevo gobierno frenteamplista arrancó complicado. Sin proyectos propios, sin dinero, endeudado y atado por malos compromisos que vienen de gobiernos anteriores: UPM, la forestación y la Vía Central, las AFAP, el hidrógeno verde, Katoen Nati señoreando en el puerto de Montevideo, los secretos con Pfizer, la mal contratada y carísima energía eólica, las ruinosas cañería de OSE y el agua escasa y contaminada, Neptuno, la dañosa e inútil prospección sísmica. A lo que se suma Casupá y el absurdo túnel bajo 18 de Julio mediante otro préstamo de 600 millones de dólares.

En ese panorama desolador, sin embargo, está ocurriendo algo que puede ser esperanzador. Algunos de los disparates en que está comprometido el país, que parte del actual gobierno pretende aceptar y cumplir, han hecho que se alzaran voces cuestionadoras. No de la oposición formal, es decir de la Coalición Republicana, sino del propio Frente Amplio.

Voces de las bases del FA, de técnicos y académicos, de dirigentes de larga data, e incluso de algún que otro legislador y de funcionarios con cargos de confianza, han hecho notar su discrepancia con la dirigencia en temas importantes. El plebiscito por las AFAP, aun en el gobierno anterior, fue un caso. Neptuno y en general la gestión del agua fue y es otro tema crítico. Al punto que el gobierno tuvo que echar para atrás con Neptuno. Ahora se suman Casupá y la prospección sísmica, que generan cuestionamientos fuertes.

Por primera vez en muchos años, en la base y en los votantes del Frente Amplio parece haber vida política real. Discrepancias, debates, opiniones que se apartan de la lógica partidario-electoral para analizar la conveniencia o inconveniencia de las políticas para el país y la sociedad. Voces que se atreven a decirle al gobierno que está equivocado.

Es penoso que eso ocurra sólo en el FA. Sería de esperar que los votantes de los partidos de la oposición dejaran de esperar el mero relevo del gobierno, y empezaran a exigir a sus dirigentes propuestas hechas desde la óptica del interés del país.

Los tiempos son muy difíciles a nivel nacional y mundial. La política no puede reducirse ya a una reyerta por quién se sienta en el sillón presidencial o parlamentario. Es imprescindible tomar decisiones vitales: en política internacional, en endeudamiento, en la gestión de los recursos naturales estratégicos, en educación, y hasta en políticas demográficas.

Son decisiones que, si no las tomamos nosotros, seguirán tomándolas operadores de intereses externos, a los que no les preocupa en absoluto que los uruguayos vivamos o no.

En algo soy pesimista, o quizá realista. Es muy difícil que esas decisiones sean tomadas por las actuales cúpulas partidarias. Demasiados años de hacer la plancha, de acomodarse, de ignorar la realidad, de mentir para captar votos y de apoyar lo que manda el cacique, hacen que la mayor parte de las dirigencias partidarias no sean aptas para la tarea que se necesita. Quizá algunos de sus integrantes, si son lúcidos, se pongan a la altura, pero la mayoría parece no dar la talla.

Surgen algunas interrogantes. Ese proceso de opinión autónoma que empieza a percibirse en los votantes frenteamplistas ¿se profundizará y generalizará? ¿aparecerá también en las bases y votantes de los otros partidos? En caso de que así sea, ¿dará lugar al surgimiento de nuevas dirigencias?

Porque algo es obvio. La tarea necesaria no puede ser obra de un solo partido. Requiere acuerdos profundos de la sociedad uruguaya que, si son reales, seguramente se expresarán a través de todos los partidos y de las organizaciones sociales.

Estamos lejos de algo así. Y no afirmo que eso sea seguro. Digo que, si no ocurre, nuestro futuro será negro.

Por suerte, a veces, la necesidad tiene la virtud de acelerar los tiempos y los procesos.

*Abogado, periodista. Referente fundador del Movimiento Uruguay Soberano.

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