Asma Mhalla, especialista en geopolítica de la Inteligencia Artificial y las Big Tech: “La soberanía real presupone sociedades capaces de comprender los sistemas a los que están expuestas”

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Asma Mhalla, especialista en geopolítica de la Inteligencia Artificial y las Big Tech:

“La soberanía real presupone sociedades capaces de comprender los sistemas a los que están expuestas”

Por Lina Merino*

Asma Mhalla, politóloga franco-tunecina, es una voz de referencia en el análisis de la tecnología como herramienta de poder y en sus efectos políticos sobre la soberanía de los Estados. Es autora, entre otras obras, de Technopolitique (Seuil, 2024) y de Cyberpunk: el nuevo sistema totalitario (Seuil, 2025). Es doctora en Ciencias Políticas por la Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales de París e investigadora becaria (Research Fellow) en la Universidad de Nueva York (NYU). Este viernes 22 de mayo participa en el evento La Noche de las Ideas, en la Conferencia inaugural junto a Camile Froidevaux-Metterie y Michaël Foessel ¿Cómo pensar el porvenir?

En su trabajo, usted describe el surgimiento de un nuevo orden tecnototalitario, forjado por la alianza entre las grandes tecnológicas y el poder estatal. Desde nuestra perspectiva en NODAL, este proceso forma parte de una nueva fase del capitalismo, impulsada por la acumulación digital y financiera. ¿Cuáles son, en su opinión, los indicadores clave que nos permiten caracterizar este momento? ¿Y cuáles son las principales transformaciones que observa en comparación con regímenes políticos y económicos anteriores?

El marco tecnototalitario capta algo real. Permítanme precisarlo. La analogía con el fascismo, recurrente en nuestros debates occidentales, no encaja del todo y resulta engañosa. El fascismo histórico se basaba en un partido único, en la regimentación, en la movilización de masas mediante la liturgia colectiva y en la fusión etnonacional entre pueblo y líder. Nada de eso funciona aquí. Lo que estamos viviendo es diferente, y lo denomino totalitarismo cognitivo. Un régimen donde la captura, la saturación y la modulación de la actividad mental producen un consentimiento estructural, sin terror de Estado ni afiliación litúrgica.

La forma política subyacente es un Leviatán de dos cabezas, una alianza orgánica entre el Gran Estado y la Gran Tecnología. La propuesta de Gran Estado que presento es un imperio que obtiene una parte decisiva de su poder gracias a los gigantes tecnológicos. Hasta ahora, solo Estados Unidos y China lo encarnan plenamente. Esta criatura híbrida no extiende la visión de Hobbes; al contrario, traslada la soberanía fuera del marco estatal clásico.

Tres indicadores me resultan relevantes: Primero, lo que denomino “fluxocracy”. Un régimen donde la intensidad de los flujos mantiene a los individuos en un estado de estimulación continua/saturación cognitiva, impidiendo la estabilidad que requiere el juicio. Arendt describió cómo el aislamiento totalitario generaba, por defecto, la incapacidad de pensar. La fluxocracia alcanza el mismo resultado mediante el exceso y el ruido constante. El sujeto contemporáneo está sobresaturado, desorientado en lugar de aislado.

Segundo, el capital cognitivo. La capacidad de comprender, interpretar y actuar dentro de entornos tecnológicos. Se sitúa junto al capital económico y social, y produce una segregación más profunda, ya que el sistema distribuye posiciones incluso antes de que los actores actúen. Un mundo homogéneo en su estructura, fragmentado en sus experiencias, segregacionista en sus posiciones.

Tercero, el sistema subyacente que describo como Tecnología Total. Una arquitectura técnica que organiza lo real como un sistema: mercado, guerra, cognición, territorio. Es un fin en sí mismo, el proyecto de control total sobre el tiempo (nuestro futuro) y el espacio (naciones, cuerpos, cerebros, la luna, Marte, etc.). La tecnología ha dejado de comportarse como un sector o una herramienta más. Se infiltra en la salud, la educación, la defensa, las finanzas, la percepción, hasta llegar a la experiencia íntima. Lo que antes era ajeno a la técnica se convierte en parte integral de las sociedades.

La diferencia con los regímenes anteriores radica en su naturaleza. El soberano hobbesiano se sostenía mediante el miedo. La disciplina foucaultiana, mediante el confinamiento productivo. El neoliberalismo, mediante la responsabilidad calculada. El totalitarismo cognitivo se mantiene mediante la comodidad despolitizada y la saturación.

Usted suele hablar de un “imperio cognitivo” que coloniza la atención, la subjetividad y el comportamiento político. ¿Cómo percibe la relación entre las plataformas de redes sociales, la inteligencia artificial y la producción de consenso político en las sociedades contemporáneas? ¿Qué impacto tiene esto en la formación de nuevas subjetividades?

El imperio cognitivo es un concepto que tomo prestado de Boaventura de Sousa Santos, quien lo utilizó para denominar la imposición del conocimiento eurocéntrico y el silenciamiento de las epistemologías del Sur global. Lo desarrollo en otros contextos. En mi trabajo, el imperio cognitivo designa la arquitectura de captura perceptiva y atencional que las megacorporaciones imponen sobre la experiencia cotidiana de miles de millones de personas. Es una capa de un régimen más amplio que denomino totalitarismo cognitivo.

Para describir cómo funciona concretamente esta arquitectura, recurro a un concepto que desarrollo en Cyberpunk: tecnologías de masas. El término aparece aquí y allá en la tradición crítica, en particular a raíz de Lewis Mumford. Le doy una definición operativa. Las tecnologías de masas son el conjunto de hipertecnologías diseñadas para un uso masivo, integrado y normativo. En el régimen tecnototalitario, no controlan de forma frontal. Moldean el comportamiento mediante la disrupción cognitiva, el uso repetido y la internalización de protocolos.

Gramsci concebía la hegemonía como un trabajo paciente sobre las representaciones, que lleva décadas y se desarrolla a través de escuelas, iglesias, prensa y sindicatos. La fabricación del consentimiento presuponía un aparato estatal ideológico, intelectuales orgánicos y una lenta sedimentación. Las tecnologías de masas funcionan de manera diferente. Operan en tiempo continuo, a través de la saturación y la inestabilidad, centrándose más en la atención que en la convicción. El paso de Gramsci a nuestro régimen supone un cambio de escala, ritmo y objetivo. Lo que antes requería generaciones para consolidarse en una cultura común, ahora se desarrolla en pocos meses, centrándose precisamente en la atención.

Tres rasgos definen las tecnologías de masas. Primero, conforman la infraestructura cognitiva, social y política del nuevo régimen. En sus capas inferiores —satélites, cables submarinos, nubes, protocolos— se teje una soberanía paralela: la de las megacorporaciones que controlan el acceso al mundo. Starlink es una expresión de esto, ya que autorizar o interrumpir la conexión se convierte en un poder político de primer orden. Segundo, son a la vez tecnologías de movilización masiva y tecnologías de lo íntimo. Omnipresentes en la vida cotidiana, capturan interacciones, preguntas, deseos, pensamientos, prejuicios y vulnerabilidades. Tercero, son estructuralmente duales: civiles y militares a la vez. La desinformación es solo una pieza de su cadena de valor cognitiva.

La IA generativa agudiza este régimen. Reconfigura las condiciones en las que se forma una opinión. En el horizonte de esta trayectoria se vislumbra el neurocapitalismo, que va más allá de la atención. Actúa sobre la materia neuronal misma, las condiciones biológicas de la cognición y la modulación de los afectos.

Lo que está en juego va mucho más allá de la privacidad en el sentido legal estricto. Aquí, lo que está en juego es la percepción, la atención, el lenguaje, las categorías a través de las cuales el mundo se presenta como tal. Una pequeña élite conserva la capacidad de interpretar el sistema. La mayoría absorbe sus resultados sin un mecanismo real para liberarse.

En su trabajo, usted sugiere que las infraestructuras tecnológicas y las plataformas digitales están desplazando progresivamente funciones que históricamente pertenecían a las instituciones democráticas y a los Estados-nación. En este contexto, ¿cuál es el futuro de las instituciones democráticas? ¿Qué tipo de instituciones podrían surgir de esta transformación?

Las instituciones democráticas se debilitan. A esto lo llamo democracia simulacro. Se celebran elecciones, pero la autoridad de estas instituciones se reduce a medida que las condiciones mismas de su funcionamiento se inclinan hacia actores privados.

Tres consecuencias se suceden mecánicamente. Las opciones políticas se reducen, porque cualquier alternativa debe ajustarse a la gramática del sistema instalado. El proveedor te mantiene atado. Los recursos públicos se alinean con la hoja de ruta del proveedor, porque las infraestructuras de datos imponen su propio ritmo. La gestión de la información se externaliza a una caja negra que escapa a la supervisión parlamentaria y a cualquier regulación seria. Los costos de cambio se convierten en costos de soberanía.

Argentina ofrece el ejemplo más avanzado. Desde que Milei llegó al poder a finales de 2023, el país se ha convertido en un gran laboratorio para el control policial de la población en nombre de la eficiencia de la seguridad automatizada. Milei creó una unidad especial, la Unidad de Inteligencia Artificial Aplicada a la Seguridad, encargada de supervisar un amplio programa de predicción de delitos futuros mediante el procesamiento estadístico de datos criminales históricos. El determinismo algorítmico se plantea como un principio. El presidente argentino ha desplegado, paralelamente, software de reconocimiento facial y cámaras biométricas que procesan imágenes en tiempo real, a pesar de que estas técnicas no han demostrado su eficacia operativa.

La llegada de Peter Thiel a Buenos Aires en abril de 2026, su reunión con Milei en la Casa Rosada el 23 de abril y su estancia de dos meses en Barrio Parque, todo ello proporciona al escenario su base industrial. Thiel y Palantir encajan a la perfección en el proyecto Milei, que exige precisamente lo que Palantir ofrece: desregulación, reestructuración de la inteligencia, vigilancia predictiva, control fronterizo, una profunda alianza con Estados Unidos e Israel, y un Estado hipercentralizado basado en datos, capaz de vigilancia, predicción y toma de decisiones en tiempo real. El día anterior a la reunión, Palantir publicó su manifiesto de veintidós puntos. El trimestre anterior, Alex Karp transmitió el mismo mensaje en Davos. La geografía de la doctrina se está definiendo en tiempo real, y Buenos Aires ocupa un lugar prioritario en ella. La convergencia es también ideológica. Milei, Thiel y parte del ecosistema MAGA comparten una visión posliberal centrada en un ejecutivo fuerte, la seguridad, la aceleración tecnológica, el desprecio por el servicio público deliberativo y la retórica civilizatoria en torno a «Occidente».

Junto con Ucrania, Argentina se erige como uno de los epicentros actuales de una matriz que se extiende mucho más allá. La misma arquitectura, en distintos grados, estructura los contratos de Palantir con el NHS en el Reino Unido, con la policía bávara y hessiana, con la DGSI en Francia, con el Ministerio de Defensa israelí, dentro de unas quince agencias federales estadounidenses. La democracia simulada encuentra allí su perímetro operativo.

En cuanto a lo que podría surgir, prefiero no hacer predicciones. Me parecen dos trayectorias en marcha, y no se excluyen mutuamente. La primera es una supuesta recomposición institucional, donde los Estados reconfiguran su soberanía integrando explícitamente su relación con las megacorporaciones en sus marcos jurídicos, con todos los riesgos que esto implica para las libertades civiles. La segunda consiste en una reinstitucionalización desde abajo, donde las estructuras locales, sindicales, profesionales y cívicas se reorganizan en torno a cuestiones materiales específicas. La obra constitucional chilena sobre la libertad cognitiva ofrece un ejemplo concreto. Ambas trayectorias se desarrollan simultáneamente, sin necesariamente converger.

En Cyberpunk, usted analiza la creciente convergencia entre las élites de Silicon Valley y los movimientos políticos neorreaccionarios ¿Cómo interpreta el ascenso de figuras como Elon Musk dentro de este nuevo orden político-tecnológico? ¿Cree que estos actores representan el surgimiento de una nueva clase social vinculada al poder tecnológico y financiero? Desde nuestra perspectiva en NODAL, sostenemos que forman parte de una Nueva Aristocracia Financiera y Tecnológica. ¿Observa formas de competencia intercapitalista que surgen dentro de este proceso, particularmente entre diferentes bloques tecnológicos, financieros y geopolíticos?

Musk concentra demasiada atención mediática en su figura como para que surja algo claro de ello. Lo interpreto como el síntoma de una recomposición más profunda, más que como su motor. El motor doctrinal reside en otra parte.

Lo que los estadounidenses llaman Ilustración oscura ahora tiene un linaje intelectual asumido, que va desde el aceleracionismo de Nick Land, pasando por los escritos neorreaccionarios de Curtis Yarvin, hasta la intermediación política de Peter Thiel y la teología pública de Alex Karp. Stephen Miller redacta las circulares schmittianas dentro de la Casa Blanca.

La impronta teórica de Thiel se encuentra en René Girard. Thiel piensa en el caos antropológico. Interpreta las sociedades contemporáneas como miméticamente inestables, desestabilizadas por las plataformas, por la economía de la atención, por la aceleración de la rivalidad por el estatus. El diagnóstico toca un punto real que los análisis liberales clásicos siguen pasando por alto. El trauma fundacional de Thiel es el 11-S, el fallo de la inteligencia para conectar los datos disponibles, la fragmentación de las agencias estadounidenses. La deriva comienza con su conclusión. Si las sociedades son inestables, escribe Thiel, la respuesta reside en más élites, más verticalidad, más arquitectura capaz de mantener unida la civilización. El diagnóstico se transforma en una justificación del poder tecnológico vertical. Thiel reactiva las figuras bíblicas, pero al final, todo se reduce al poder.

En lugar de una aristocracia, hablaría de una oligarquía funcional, que opera la agenda tecnológica total a escala planetaria.

En la competencia intercapitalista, lo que veo sobre todo es la convergencia entre el modelo occidental, en realidad el estadounidense, y el chino. La rivalidad superficial oculta una profunda alineación. Creíamos que China era el antimodelo. Era el prototipo. Dos imperios con palancas idénticas, imperialismo asumido, proteccionismo, capitalismos de Estado poderosos, industrias estratégicas ultraespecializadas, las grandes tecnológicas (mis imperios cognitivos) como brazo armado de sus naciones. Las megacorporaciones estadounidenses obtienen su autonomía de las negociaciones contractuales, las chinas de la disciplina estatal. La forma de poder permanece inalterable. Dos grandes Estados luchando por un único lugar.

El trumpismo, en sus expresiones más radicales, tiende hacia una forma de autoritarismo interno que adopta ciertas lógicas del modelo chino sin llegar a apropiarse de ellas. Gobierno autoritario, capacidades tecnoindustriales ilimitadas, una población masificada, un ideal de eficiencia que sustituye al ideal de libertad. Pekín apuesta por el largo plazo, la densidad. Washington responde con conmoción, fragmentación y endurecimiento. Dos variantes sobre el mismo tema, debatiéndose cuál de ellas será la artífice del nuevo orden mundial.

Asma Mhalla es también autora del libro Tecnopolítica. Fotografía de Florent Seiler.

 

 

Históricamente, Latinoamérica ha experimentado la dependencia a través de las finanzas, la deuda y el control de los recursos naturales. Sin embargo, hoy en día la región también se está convirtiendo en un actor estratégico debido al litio, las tierras raras, los recursos energéticos y la infraestructura de datos. En este contexto, ¿qué tipo de soberanía tecnológica cree que deberían perseguir las regiones periféricas para evitar una nueva forma de colonialismo digital?

Respondo desde una posición que ahora utilizo como marco analítico. Soy franco-tunecina, nieta de una líder descolonizadora. En marzo pasado, firmé un artículo para la revista Time sobre lo que yo llamaría un posible nuevo momento Bandung. La Conferencia de Bandung de 1955 trazó un horizonte preciso: el del no alineamiento, el de la soberanía recuperada, el de la cooperación horizontal entre pueblos que emergían de la órbita colonial. Me parece que esa gramática está regresando hoy, bajo otras formas, en otras infraestructuras. El marco más preciso para pensar qué puede oponerse Latinoamérica a esos nuevos imperios híbridos.

La expresión «colonialismo tecnológico» plantea un problema teórico en este sentido. Sugiere la reproducción del esquema colonial clásico en un nuevo terreno, y se queda corta. Lo que está en juego es a la vez más difuso y más estructural. La relación de dependencia no se limita a la extracción física de recursos, ni a la imposición de un marco legal. Opera mediante la continua captura de capital cognitivo y de la infraestructura computacional, y se inscribe en el totalitarismo cognitivo como un régimen global con nuestro pleno consentimiento.

Latinoamérica se encuentra en una encrucijada particular. La Argentina de Milei se está convirtiendo en el laboratorio prioritario del programa thieliano, como ya mencioné. Por otro lado, Brasil envió recientemente la señal inversa. El juez Alexandre de Moraes, en agosto/septiembre de 2024, suspendió X en todo el país, congeló las cuentas de Starlink y obligó a Musk a acatar la orden judicial. El episodio demostró lo que puede lograr un contrapoder frente a la pila de plataformas, es decir, una institución judicial dispuesta a movilizar la autoridad soberana. La oposición se alineó con Bolsonaro, quien había condecorado a Musk unos años antes. Mientras tanto, Starlink ya operaba en la Amazonía, distribuyendo terminales a más de mil comunidades ribereñas e indígenas. El hecho infraestructural y el conflicto político coexisten en el mismo territorio.

La sombra que se cierne sobre el continente es más antigua y más severa. El 3 de enero de 2026, Estados Unidos capturó a Nicolás Maduro, mientras Trump invocaba lo que él mismo denominó la Doctrina Donroe, una combinación de su nombre y la Doctrina Monroe, incluida como corolario en la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025. Colombia, Cuba y México fueron mencionados como posibles próximos pasos. Una Doctrina Monroe potenciada. Para el programa tecnopolítico que describo, esto abre el continente como un mercado sin restricciones.

Aquí es donde la red de Bandung vuelve a estar operativa. Latinoamérica conserva la memoria viva de golpes de Estado respaldados por potencias extranjeras, de ajustes estructurales impuestos, de soberanías cedidas en salas de reuniones. Esa memoria es un recurso político.

Un Bandung 2.0 no será una repetición del primero. El objetivo es, más bien, mantener el margen para negociar, construir cooperación regional y preservar la redundancia estratégica. El litio argentino, boliviano y chileno, el potencial computacional brasileño y las energías renovables patagónicas pueden considerarse una geografía común, y el espíritu de Bandung es precisamente lo que podría volver a colocar esta geografía en el centro.

El segundo aspecto es jurídico y político. La libertad cognitiva chilena ofrece un marco normativo que puede oponerse a los actores transnacionales, siempre que se extienda, codifique, exporte regionalmente y articule con las jurisdicciones del Sur Global. El momento judicial brasileño muestra otra faceta de la misma idea: un poder judicial dispuesto a suspender una plataforma transnacional en nombre de la soberanía constitucional.

El tercer aspecto es educativo y social. Sin una difusión masiva de capital cognitivo entre la población, los dos primeros planos permanecen frágiles. La soberanía real presupone sociedades capaces de comprender los sistemas a los que están expuestas.

Ninguno de estos caminos garantiza la autonomía. La soberanía tecnológica plena no existe para nadie, salvo quizás para los dos imperios en convergencia, e incluso allí con salvedades. La clave reside en otra parte: la capacidad de negociar, de resistir, de establecer límites, de defender una memoria y un horizonte. Lo real persiste como un límite, y es precisamente ahí donde se encuentra el margen político de América Latina.

Asma Mhalla también participará de la charla Tecnopolítica. El Gran Hermano te está mirando para analizar las relaciones entre tecnología, poder y política, a la luz de nuevas formas de dominación.  Sin dudas, un debate urgente.

*Lina Merino es licenciada en Biotecnología y Biología Molecular, doctora en Ciencias Biológicas (UNLP), diplomada en género y gestión institucional (UNDEF), Profesora (UNAHUR), investigadora del Observatorio de Energía, Ciencia y Tecnología (OECyT) asociado a la plataforma Pueblo y Ciencia y al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE).


 

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