Del apartheid sudafricano a la ocupación palestina: el legado de Nelson Mandela en la lucha de su nieto desde la Flotilla Global Sumud Maghreb

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Del apartheid sudafricano a la ocupación palestina: el legado de Nelson Mandela en la lucha de su nieto desde la Flotilla Global Sumud Maghreb

A principios de septiembre de 2025, Nkosi Zwelivelile Mandela, nieto del expresidente sudafricano Nelson Mandela, abordó un vuelo hacia Túnez acompañado de diez activistas sudafricanos. Su destino no era una capital diplomática sino un puerto del norte africano desde el cual zarparía, junto a más de cincuenta barcos de 44 países, la Flotilla Global Sumud Maghreb. La misión tiene un objetivo concreto, romper el bloqueo israelí sobre Gaza, entregar ayuda humanitaria y denunciar internacionalmente la ocupación palestina. Esa acción representa una decisión política explícita de trasladar a Palestina la estrategia que, tres décadas atrás, derribó uno de los regímenes racistas más brutales del siglo XX.

En una declaración a Reuters antes de embarcar, Mandla Mandela fue categórico: «La ocupación israelí es peor que el apartheid sudafricano». La afirmación conectaba dos momentos históricos de opresión estructural bajo el argumento de que el sistema que Israel impone sobre los palestinos —Genocidio, confinamiento territorial, control de movimientos, acceso restringido a agua y alimentos, destrucción de infraestructura civil— reproduce, en escala y metodología, la segregación racial legalizada que su abuelo enfrentó durante casi tres décadas de encarcelamiento.

Durante el desarrollo de la misión, Mandla Mandela fue uno de los activistas que viajaba en la flotilla cuando fue interceptada y abordada por fuerzas israelíes en aguas internacionales. Tras ser detenido temporalmente junto a otros ciudadanos sudafricanos y liberado, regresó a su país.

Desde octubre de 2023 la ofensiva israelí sobre Gaza dejó más de 75.000 palestinos asesinados, en su mayoría mujeres, niñas y niños. El bloqueo combinado con bombardeos sistemáticos produjo que más de 345.000 personas se encontraran en fase cinco de inseguridad alimentaria —inanición total— y que el 91 por ciento de la población padeciese hambre severa. Treinta y seis hospitales colapsaron, es decir el 94% del sistema de salud, cuatrocientos cuarenta y uno escuelas fueron bombardeadas, cuatrocientos ocho trabajadores humanitarios fueron asesinados. Esas cifras no son números, sino el relato material de cómo funciona, en el siglo XXI, un sistema de ocupación prolongada.

Mandla Mandela viajó en calidad de diputado sudafricano y miembro directo de la Flotilla Global Sumud, pero también como portador de un legado político específico. Su abuelo, Nelson Rolihlahla Mandela, nació en 1918 en un pequeño poblado de Transkei, territorio que el apartheid sudafricano transformaría en reserva segregada. A los veintiséis años ingresó al Congreso Nacional Africano (ANC), una organización fundada en 1912 que defendía los derechos políticos de la población negra. Cuando en 1948 el Partido Nacional institucionalizó el apartheid mediante un corpus de leyes racistas, Mandela pasó de ser un abogado con cierto reconocimiento a ser un activista en resistencia directa contra un sistema que le negaba a la mayoría demográfica del país el derecho al voto, la libertad de movimiento y el acceso igualitario a espacios públicos.

Durante la década de 1950, Mandela organizó campañas masivas de desobediencia civil. Fue detenido en 1956 acusado de traición; el juicio duró cinco años. En 1962 fue nuevamente arrestado y condenado a cadena perpetua, acusado de sabotaje. Su lugar de reclusión fue la prisión de Robben Island, ubicada frente a Ciudad del Cabo, donde pasó veintisiete años en una celda de máxima seguridad. Durante ese período, la represión del régimen se intensificó, en 1960, en Sharpeville, la policía disparó contra manifestantes desarmados, matando a sesenta y nueve personas. La violencia estatal se combinó con presión internacional, gobiernos, organizaciones de derechos humanos y movimientos sociales en todo el mundo demandaron sanciones contra Sudáfrica. Los sindicatos internacionales boicotearon productos sudafricanos. Las instituciones académicas y culturales se negaron a participar en intercambios oficiales. Esa presión acumulada, junto con la resistencia interna sostenida, hizo insostenible la continuidad del régimen.

El 11 de febrero de 1990, tras veintisiete años de encarcelamiento, Mandela fue liberado. Cuatro años después, el 10 de mayo de 1994, asumió como primer presidente democrático de Sudáfrica. En 1993 había recibido el Premio Nobel de la Paz junto a Frederik de Klerk, el último presidente del apartheid. La transición fue compleja, no sin violencia, pero cristalizó un cambio institucional fundamental, la eliminación legal de la segregación racial.

Esa historia de opresión, resistencia e imposición internacional de costos políticos y económicos es la que Mandla Mandela invocaba al embarcar en la Flotilla Sumud. No se trata de una analogía literaria sino de un análisis estructural. El régimen que ocupa a los palestinos reproduce, según su lectura, los mecanismos de la opresión colonial que su abuelo enfrentó. Y si el apartheid fue derribado mediante presión internacional, sanciones económicas y aislamiento diplomático, lo mismo debería ocurrir con Israel.

La Flotilla Global Sumud explicita su carácter de acción política no violenta, heredera de la tradición gandhiana que Mandela mismo había adoptado durante sus primeras décadas de lucha. El objetivo anunciado es múltiple, visibilizar el bloqueo, entregar alimentos y medicinas, documentar las condiciones en Gaza y, fundamentalmente, demostrar que existe un costo político internacional para Israel si continúa con esa política de asedio. Cuando el mundo se moviliza, cuando gobiernos, movimientos sociales y medios periodísticos actúan de manera coordinada, la presión acumulada termina siendo insostenible.

El paralelo histórico que Mandla Mandela traía consigo no es novedoso en los círculos de análisis de derechos humanos. En octubre de 2025, el gobierno de Sudáfrica presentó ante la Corte Penal Internacional una denuncia formal contra Israel, acusándolo de conducta genocida. Era la misma Sudáfrica que treinta años atrás había estado en el banquillo de los acusados, ahora en posición de acusador. La resonancia moral de esa inversión no era casual. Sudáfrica había vivido el apartheid, lo había sufrido en todas sus dimensiones, y al superarlo —mediante lucha interna combinada con presión internacional— adquirió una legitimidad única para reconocer en otro territorio los signos del mismo tipo de opresión.

La pregunta no es si la flotilla conseguirá romper o no el bloqueo, sino si la acción contribuirá a transformar la correlación política internacional, haciendo insostenible para gobiernos y corporaciones ignorar o respaldar la ocupación palestina. Tres décadas atrás, esa estrategia de presión internacional, boicots y aislamiento diplomático funcionó contra Sudáfrica. Que Mandla Mandela la invocara no garantiza su éxito en Palestina, pero sí señala que existe una lectura histórica disponible, la opresión estructuralizada puede ser derribada si el costo político que genera supera su utilidad estratégica.

Por ello, desde Nodal y con la participación de Lucas Aguilera y Paula Giménez, coordinadores de investigación de Nodal, formamos parte de esa delegación que intenta romper el bloqueo. Su presencia marca una decisión editorial explícita, cubrir desde adentro, como testigos directos, cómo se despliega una acción humanitaria de alcance internacional destinada a romper un bloqueo presentado por Israel como medida de seguridad, pero que funciona como herramienta de genocidio sobre un pueblo que sólo lucha por su libertad.

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