La máquina que consume personas – Por Hilder Alberca Velasco
Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de NODAL. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.
Por Hilder Alberca Velasco*
La sociedad ha transformado el sufrimiento colectivo en fracaso individual, la competencia en religión y el valor humano en productividad; y la gran tarea de nuestro tiempo es recuperar la solidaridad como antídoto.
1.Vivimos tiempos extraños. Nunca antes se había hablado tanto de libertad y, al mismo tiempo, de tantas formas de encarcelamiento. Nunca antes se había hablado tanto de autonomía individual, realización personal, emprendimiento y felicidad, mientras millones de personas albergan en silencio una profunda sensación de insuficiencia. Constantemente se nos dice que vivimos en una sociedad abierta y democrática, llena de oportunidades.
Se nos dice que cualquiera puede alcanzar sus sueños si se esfuerza lo suficiente. También se nos dice que el conocimiento libera, que el mercado recompensa el mérito y que el progreso tecnológico mejorará la vida de todos. Sin embargo, basta con mirar alrededor para darse cuenta de que hay una profunda contradicción en este discurso.
Existe una sensación generalizada de cansancio que impregna la sociedad contemporánea. Un agotamiento que no se limita al cuerpo, sino que llega al alma. Mucha gente se despierta cada día con la sensación de perseguir algo inalcanzable. Trabajan más, estudian más, producen más, consumen más y, sin embargo, se sienten cada vez más vacíos. Como si existiera una deuda invisible que jamás se podrá saldar. Como si la vida misma fuera una carrera sin meta.
Quizás una de las mayores tragedias de nuestro tiempo sea la normalización de este sufrimiento. Hemos aprendido a verlo como algo individual. Cuando alguien está agotado, se cree que le falta disciplina. Cuando alguien fracasa económicamente, se asume que no se esforzó lo suficiente. Cuando alguien pierde la esperanza, se imagina que tiene algún problema interno que necesita corregirse. De esta manera, lo que a menudo se produce socialmente se convierte en responsabilidad exclusiva del individuo.
La sociedad contemporánea ha desarrollado una extraordinaria capacidad para ocultar los orígenes colectivos del sufrimiento. En lugar de preguntarse por qué tantas personas enferman emocionalmente, la pregunta es por qué no pueden adaptarse. En lugar de cuestionar las estructuras de exclusión, se cuestionan las fragilidades de las víctimas. En lugar de analizar las condiciones que producen el sufrimiento, el debate se centra en la capacidad individual para soportarlo.
Este giro es uno de los rasgos más significativos de nuestro tiempo.
El sufrimiento deja de entenderse como resultado de las relaciones sociales y comienza a interpretarse como un fracaso personal. El individuo se ve obligado a resolver problemas que fueron generados colectivamente. Se ve forzado a encontrar soluciones privadas a contradicciones públicas. Carga sobre sus hombros con responsabilidades que pertenecen a toda la sociedad.
2.En este contexto, la búsqueda de la autoestima se convierte en una lucha constante. Se anima a las personas a construir una imagen de éxito permanente. Necesitan aparentar felicidad, productividad, optimismo y plenitud. No basta con vivir; es necesario demostrar públicamente que se vive bien. No basta con trabajar; es necesario convertir el trabajo en un espectáculo. No basta con simplemente existir; es necesario demostrar la propia valía a diario.
Las redes sociales han profundizado radicalmente este proceso. Nunca habíamos estado tan conectados y, paradójicamente, tan aislados. La vida se mide ahora por indicadores de visibilidad. Los «me gusta», las veces que se comparte, los seguidores y los comentarios se han convertido en formas de reconocimiento social. La lógica del mercado ha penetrado en la subjetividad humana. Cada persona se convierte en una pequeña empresa responsable de gestionar su propia imagen.
El problema no es solo la exposición constante. El problema es la comparación constante. Millones de personas observan a diario versiones idealizadas de la vida de los demás. Ven viajes, logros profesionales, cuerpos perfectos, relaciones felices y éxitos aparentemente continuos. El sufrimiento permanece oculto. Las dudas desaparecen. Los fracasos se vuelven invisibles.
La consecuencia es devastadora. Muchas personas llegan a creer que son insuficientes porque no alcanzan los estándares de felicidad que ven a su alrededor. Se sienten fracasadas no porque hayan fracasado realmente, sino porque se han convencido de que todos los demás tienen éxito.
Esta lógica genera una forma silenciosa de violencia. No es violencia física. No deja marcas visibles. No aparece en los periódicos. No provoca escándalos inmediatos. Pero corroe lentamente la autoestima, la confianza y la esperanza. Funciona como un proceso continuo de desgaste. Una especie de erosión de la dignidad humana.
El racismo constituye una de las expresiones más crueles de esta dinámica. Durante mucho tiempo, se creyó que el racismo se manifestaba únicamente a través de actos explícitos de discriminación. Sin embargo, sus formas contemporáneas suelen ser más sutiles y profundas. Operan mediante expectativas desiguales, oportunidades limitadas, sospecha persistente y reconocimiento selectivo.
El racismo no solo destruye trayectorias económicas. Afecta dimensiones fundamentales de la existencia humana. Influye en cómo se percibe, se escucha y se valora a las personas. Impone obstáculos invisibles para quienes nunca los han enfrentado. Genera una experiencia cotidiana de adversidad que rara vez se refleja en las estadísticas.
Como un cáncer social, se infiltra en instituciones, discursos y prácticas aparentemente normales. Su poder reside precisamente en su capacidad para presentarse como algo natural. Cuando la exclusión se convierte en rutina, deja de percibirse como violencia. Cuando la desigualdad se repite de generación en generación, se llega a confundir con el destino.
3.El resultado es una sociedad que distribuye el sufrimiento de forma desigual, manteniendo al mismo tiempo la apariencia de neutralidad.
La universidad ocupa un lugar particularmente contradictorio en este contexto. Durante décadas, se la presentó como un espacio privilegiado para la emancipación. El conocimiento se erigía como un instrumento de libertad. Estudiar significaba ampliar horizontes, cuestionar los poderes establecidos y desarrollar una conciencia crítica.
Encierra cierta verdad esa promesa. El conocimiento sigue siendo una de las experiencias más transformadoras de la condición humana. Leer, investigar y comprender el mundo amplía las posibilidades de la existencia. Sin embargo, sería ingenuo ignorar las tensiones que impregnan las instituciones académicas contemporáneas.
La educación superior se ve cada vez más presionada por las fuerzas del mercado. Los estudiantes acumulan certificados, publicaciones y títulos en una constante competencia por el reconocimiento. El desarrollo intelectual corre el riesgo de reducirse a la mera producción de credenciales. El conocimiento deja de buscarse por su valor intrínseco y comienza a evaluarse por su utilidad económica.
Muchos jóvenes ingresan a la universidad creyendo que encontrarán la libertad. Descubren nuevos conceptos, aprenden a cuestionar las estructuras de poder y desarrollan el pensamiento crítico. Sin embargo, al final de su formación, a menudo se encuentran en un mercado que exige adaptación, conformidad y productividad. La promesa de emancipación coexiste con mecanismos de subordinación.
La contradicción es evidente. La institución que promete liberar también prepara a los individuos para ocupar posiciones dentro de un orden ya existente. El espacio que fomenta la crítica a menudo se ve obligado a responder a las exigencias de la competitividad económica. El conocimiento sigue ampliando horizontes, pero no siempre logra transformar las estructuras que generan desigualdad.
Esta situación revela una característica fundamental de la sociedad contemporánea: su enorme capacidad para absorber críticas sin alterar sus fundamentos. Muchas formas de protesta terminan integrándose en el mismo sistema que pretendían cuestionar. Los discursos de resistencia se convierten en productos culturales. Las ideas críticas se transforman en productos de consumo. La rebelión se convierte en un estilo.
4.Quizás por eso la dominación contemporánea rara vez se basa en la fuerza directa. Opera a través del deseo. Las personas aprenden a desear aquello que las subyuga. Sueñan con formas de vida que reproducen su propia explotación. Persiguen modelos de éxito que a menudo generan sufrimiento.
Así pues, lo más inquietante es que esta dinámica no solo afecta a las condiciones materiales de existencia, sino que llega hasta la propia percepción del valor personal. El individuo deja de preguntarse quién es y empieza a preguntarse cuánto vale. La identidad se transforma en desempeño. La dignidad se convierte en productividad.
En este contexto, el fracaso económico se interpreta como un fracaso moral. La pobreza deja de ser un problema social y se convierte en un signo de insuficiencia individual. El desempleo se trata como una muestra de debilidad personal. La vulnerabilidad se confunde con la incompetencia.
Gradualmente, se instala una cultura de la culpa. Una cultura en la que se responsabiliza a las personas por problemas que no crearon. Una cultura que exige felicidad permanente incluso en circunstancias precarias. Una cultura que transforma el sufrimiento en una deficiencia individual.
Quizás sea precisamente ahí donde reside una de las mayores violencias de la vida contemporánea. No en la existencia del sufrimiento, sino en la negación de sus causas sociales. La sociedad moderna se ha vuelto extremadamente eficiente en la producción de individuos agotados. Personas que trabajan arduamente pero rara vez sienten que han hecho lo suficiente. Personas que alcanzan metas importantes y, sin embargo, experimentan una sensación de fracaso. Personas que viven rodeadas de tecnologías de la comunicación y permanecen profundamente solas.
Existe una soledad característica de nuestro tiempo. No necesariamente proviene de la ausencia de contacto humano, sino de la creciente dificultad para forjar vínculos significativos, de la competencia constante, de la transformación de todas las relaciones en oportunidades para el éxito. Surge cuando los individuos dejan de ser compañeros y se convierten en competidores.
5.Cuando todo se convierte en competencia, la solidaridad se debilita. Cuando todo tiene un precio, el valor de las cosas se vuelve difícil de reconocer. Cuando todo necesita generar resultados, la vida misma pierde parte de su sentido.
Quizás el problema central no sea meramente económico. Quizás sea civilizacional. Nos enfrentamos a una forma de organización social que produce una riqueza material extraordinaria y, al mismo tiempo, amplifica las sensaciones de vacío, ansiedad y desorientación. La abundancia coexiste con la falta de sentido. El progreso tecnológico coexiste con el empobrecimiento de las relaciones humanas.
Esto no significa rechazar la modernidad ni idealizar el pasado. Significa reconocer que ningún modelo de desarrollo puede considerarse exitoso si, en silencio, destruye a aquellos a quienes supuestamente beneficia.
Una sociedad sana no puede medirse únicamente por indicadores de crecimiento económico. También debe evaluarse por su capacidad para proteger la dignidad humana, por cómo trata a los más vulnerables, por la calidad de sus lazos colectivos y por su capacidad para ofrecer reconocimiento, pertenencia y esperanza.
Quizás la cuestión fundamental del siglo XXI no sea cuánto producimos, sino para quién producimos y en qué tipo de mundo deseamos vivir.
Si seguimos organizando la vida exclusivamente en torno a la competencia, la productividad y el consumo, difícilmente escaparemos a la expansión del sufrimiento social. Continuaremos creando individuos cada vez más eficientes y más cansados; cada vez más conectados y más solitarios; cada vez más productivos y más vacíos.
Quizás la gran tarea de nuestro tiempo sea recuperar lo que ha sido gradualmente relegado a un segundo plano: la solidaridad, el cuidado, la empatía y el reconocimiento de la vulnerabilidad humana.
Ninguna sociedad puede sobrevivir indefinidamente convirtiendo a las personas en meros instrumentos. Ninguna democracia puede mantenerse sana cuando millones de individuos sienten que su valía depende exclusivamente de su desempeño económico. Ningún proyecto colectivo tiene futuro cuando la dignidad humana se subordina a la lógica de la utilidad.
Detrás de las promesas de éxito, crecimiento y progreso, hay una pregunta que sigue exigiendo una respuesta: ¿qué tipo de vida estamos construyendo?
La respuesta a esta pregunta determinará no solo el futuro de las instituciones, los mercados o las economías. Sobre todo, determinará nuestra capacidad para preservar lo más importante en cualquier sociedad: la humanidad de sus miembros.
*Magister en Planificación Urbana y Regional del Instituto de Planificación e Investigación Urbana y Regional (IPPUR) de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ) .
