En las urnas brasileñas, la sombra de Washington y Tel Aviv – Por Marco Consolo
Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de NODAL. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.
Por Marco Consolo
El próximo 4 de octubre se llevará a cabo en Brasil la primera vuelta de las elecciones legislativas y presidenciales, con una probable segunda vuelta el 25 de octubre. La población está llamada a elegir a toda la Cámara de Diputados, dos tercios del Senado y los parlamentos estatales. Al mismo tiempo, se elegirá tanto al presidente de la República como a los gobernadores de cada estado. Para estos dos últimos cargos, si no se supera el umbral del 50 %, habrá una segunda vuelta tres semanas después.
En un clima de incertidumbre, se decide el destino del último gran bastión progresista del Cono Sur.
En las encuestas presidenciales, Luiz Inácio Lula da Silva lidera con un 38 % de intención de voto, y aspira a un cuarto mandato no consecutivo. Justo detrás se encuentra el senador de extrema derecha Flávio Bolsonaro, con un 33 %. Flávio es hijo del expresidente Jair Bolsonaro, condenado a 27 años de prisión por el intento de golpe de Estado tras la derrota electoral de 2023. Un apellido que pesa como plomo, pero que, a pesar del antecedente golpista, sigue seduciendo a una parte considerable del electorado. Un dato que da que pensar, sobre todo teniendo en cuenta las divisiones internas en las derechas, que no lo apoyan de manera unánime, al menos en la primera vuelta.
Por su parte, el presidente Lula cuenta con el apoyo de una amplia coalición de partidos de izquierda, centroizquierda y centro. En la izquierda, destaca la Federación Brasileña de la Esperanza, la alianza entre el Partido de los Trabajadores (PT), el Partido Comunista do Brasil (PCdoB) y el Partido Verde (PV), así como el apoyo del Partido Socialismo y Libertad (PSOL) y de la Red Sostenibilidad (REDE).
La dura campaña electoral se desarrolló en un clima político candente, con acusaciones cruzadas de corrupción, que también involucran a los jueces de la Corte Suprema Federal y al propio Flavio Bolsonaro. Este último es investigado por evasión de divisas, lavado de dinero y corrupción en el caso «Dark Horse», título de la película sobre su padre Jair, presuntamente financiada con dinero proporcionado por Daniel Vorcaro, dueño del Banco Máster, quien fue detenido por fraude financiero [i].
Como se recordará, también en 2017 (entre bastidores) Estados Unidos había ejercido presiones para que se detuviera a Lula (y así sacarlo de la escena política brasileña) y favorecer la elección de Jair Bolsonaro. Por el contrario, hoy la administración de Trump actúa abiertamente a favor de la elección de su hijo, halagando a la derecha brasileña para que cumpla con el papel que se le ha encomendado de malvender su propio país en beneficio propio.
Y en 1962…
Por lo tanto, no es la primera vez que Washington se entromete en las elecciones brasileñas y difícilmente será la última.
Era el año 1962 y el gobierno de Kennedy estaba dispuesto a todo con tal de que el presidente progresista João Goulart perdiera las elecciones brasileñas, en un intento por contrarrestar la supuesta «amenaza comunista» en una región que Estados Unidos siempre ha considerado su «patio trasero». Según los historiadores, antes de la votación, la CIA y el Departamento de Estado canalizaron en secreto millones de dólares a los candidatos de la oposición y a grupos encargados de difundir propaganda de derecha y fomentar disturbios.
En esa época, la CIA ayudó a financiar el Instituto Brasileño para la Acción Democrática, el cual destinó fondos de manera ilegal a las campañas electorales de cientos de parlamentarios y de ocho candidatos a gobernador. El objetivo era crear una fuerte oposición dentro del Parlamento, bloquear las iniciativas del gobierno y preparar el terreno para un golpe de Estado. Otro grupo financiado por Estados Unidos, el Instituto de Investigación y Estudios Sociales, fue utilizado para desestabilizar al gobierno de Goulart, financiando la propaganda anticomunista y las protestas contra el gobierno.
Es difícil no ver los paralelismos entre la forma en que, a principios de la década de los 60, Washington intentó debilitar al gobierno de Goulart financiando a sus opositores y recortando los préstamos, y el uso que hace Trump de los aranceles para sabotear la campaña de Lula. Tanto entonces como ahora, el gobierno de Estados Unidos estaba «decidido a hacer todo lo posible para debilitar al gobierno» de Brasil. A más de seis décadas del inicio de la dictadura civil-militar respaldada por Estados Unidos que tomó el poder en 1964, existe, por lo tanto, una gran preocupación de que la historia se esté repitiendo en vísperas de estas elecciones.
Pero hay una diferencia fundamental entre entonces y ahora. La campaña de 1962 fue llevada a cabo en secreto por Estados Unidos, precisamente porque la CIA sabía que en Brasil habría un levantamiento popular si la gente se enterara de que Estados Unidos estaba financiando a ciertos candidatos. Hoy, por el contrario, la administración de Trump actúa a la luz pública y a una escala incomparablemente mayor.
La alerta de los servicios de inteligencia y del PT
Una vez más, el eterno invitado indeseado es Washington. A menos de un mes de las elecciones, la Agencia Brasileña de Inteligencia (ABIN) presentó un informe al gobierno, al Ministerio de Justicia y al Tribunal Superior Electoral en el que advirtió que la posibilidad de una injerencia estadounidense en el contexto electoral había alcanzado un «nivel crítico». Según el informe, publicado inicialmente por Folha de São Paulo, el objetivo es «reducir la influencia de las potencias rivales de Estados Unidos en América Latina y negarles el acceso a activos estratégicos, recursos naturales e infraestructura en la región, a favor del control directo o indirecto por parte del gobierno estadounidense o del capital privado estadounidense» [ii]. El informe identifica al secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio, como figura central de dicha estrategia regional para fortalecer a los gobiernos conservadores alineados con Washington y reducir la influencia china en América Latina.
Con base en este informe, el Partido de los Trabajadores (PT) acaba de solicitar al ministro de la Corte Suprema Federal, Flávio Dino, que inicie una investigación urgente para proteger el proceso electoral brasileño de posibles interferencias extranjeras destinadas a favorecer la candidatura de Flávio Bolsonaro. Según el partido de Lula, hay indicios de presiones políticas, económicas y digitales. La solicitud de investigación hace referencia a las sanciones contra las autoridades brasileñas, a los aranceles estadounidenses y a las acciones destinadas a desacreditar el sistema electoral, además de destacar la posible financiación ilegal de la campaña de Bolsonaro por parte de la red conservadora estadounidense Rockbridge Network [iii].
Guerra híbrida y doctrina «Donroe»
En la guerra híbrida que se libra actualmente contra el gobierno de Lula y su candidatura, la administración de Trump ha alcanzado objetivos explícitos: el aumento de los aranceles; la designación de las organizaciones criminales Primeiro Comando da Capital y Comando Vermelho como organizaciones terroristas; sanciones contra algunas autoridades; y el envío de emisarios para cuestionar las encuestas.
Sin duda, el resultado electoral no solo definirá el futuro del país, sino que repercutirá en el panorama político regional (y no solo). Se trata de un proceso electoral fuertemente influenciado por las dinámicas internacionales y por la aplicación de la Doctrina «Donroe» en el continente.
Una región en la que los aliados latinoamericanos de Trump (de derecha y de extrema derecha) ganaron las elecciones en medio de acusaciones de fraude y de injerencia política, jurídica, económica y militar por parte de Washington. Un quiebre democrático del que hemos sido testigos en el caso de las elecciones en Honduras, Colombia, Perú o Argentina. Resultados que se deciden por un hilo en la segunda vuelta, en medio de campañas de desinformación alimentadas por fábricas de bots de extrema derecha que, por cierto, hoy ven cómo el argentino Fernando Cerimedo, uno de sus operadores, es detenido en Bolivia acusado de intento de feminicidio.
Guerra comercial y militarización continental
Durante estos años de gobierno de Lula, la presión de Estados Unidos sobre Brasil ha sido constante. En el ámbito económico, se impusieron sanciones comerciales con el aumento de los aranceles sobre las importaciones de productos procedentes de Brasil. En el ámbito judicial, Trump impugnó la sentencia de la Corte Suprema Federal que condenó al expresidente Jair Bolsonaro por conspirar en el intento de golpe de Estado de 2023. Un apoyo explícito al bolsonarismo y, por consiguiente, al golpe de Estado. La crisis diplomática entre ambos países se agravó cuando Trump decidió revocar la visa de la embajadora de Brasil en Washington, alegando como motivo un retraso en el reconocimiento como embajador de Estados Unidos del diputado republicano de Florida, Daniel Pérez. Una medida sin precedentes que, sumada a las demás, hizo saltar las alarmas en el Palacio del Planalto.
Paralelamente a la “guerra comercial”, crece la presencia militar estadounidense en varios países de la región, a partir del «Escudo de las Américas» [iv], respaldado por más de 15 gobiernos latinoamericanos. A esto se suman la «Coalición contra los cárteles de las Américas» y la conferencia sobre el «Resurgimiento del terrorismo político», como instrumentos de militarización y control ideológico, liderados por Estados Unidos, para hacer frente a supuestas amenazas de «narco-terrorismo».
En este contexto, una victoria de Lula no sería bien vista por Casablanca y podría provocar un aumento de la tensión, incluso teniendo en cuenta el precedente electoral de 2022, cuando el bolsonarismo intentó dar un golpe de Estado al no aceptar el resultado. En ese entonces no prosperó porque una parte del ejército no participó: no lo hizo por una evaluación pragmática de las posibilidades de éxito del golpe de Estado, y ciertamente no por principios y convicciones democráticas. Un elemento fundamental en este cálculo fue la postura de Estados Unidos, que, con Biden, había exigido en todo momento el respeto a los resultados, incluso antes de las elecciones. Hoy el contexto es diferente.
Flávio Bolsonaro ya le ha prometido a Washington los minerales críticos del país, incluso en un programa electoral escrito en inglés: «Brasil es la solución para que Estados Unidos ya no dependa de China en cuanto a tierras y minerales raros críticos», dijo el candidato en un evento en Texas. El hijo mayor de Jair Bolsonaro también invitó a los países a supervisar las elecciones brasileñas y a «ejercer presión diplomática para que nuestras instituciones funcionen correctamente» [v].
El sionismo apoya a Bolsonaro
En los últimos meses se ha consolidado el apoyo político de la extrema derecha internacional a Flávio Bolsonaro. En mayo, en plena campaña electoral, se reunió con Trump en Washington. El 25 de julio, el israelí Netanyahu le envió un video de apoyo a la convención del Partido Liberal (PL) en la que se oficializó su candidatura y a la que también asistió el presidente argentino, Javier Milei.
El apoyo y la simpatía de la familia Bolsonaro hacia Israel no son nada nuevo. Su otro hijo, Eduardo, no contento con usar camisetas del Mossad [vi],, publicó en mayo de 2018 en su cuenta de Instagram una caricatura que, según él, mostraba la diferencia entre israelíes y palestinos. En la imagen se veía a un soldado israelí protegiendo a una mujer y a un niño, mientras que un combatiente palestino se escondía detrás de una mujer [vii].
En enero de 2026, Flávio Bolsonaro había viajado a Israel, donde había adelantado la orientación de su política exterior, basada en los valores judeocristianos. El 28 de agosto reveló el primer nombre de su posible gobierno: Cláudio Lottenberg, como ministro de Salud. En 2024, Lottenberg había acusado a Lula de incitar al odio contra Israel, cuando el presidente calificó de «genocidio» los ataques contra Gaza. Lottenberg fue presidente de la Confederación Israelita de Brasil (CONIB) y vicepresidente del Congreso Judío Mundial. Actualmente es asesor especial del presidente del Congreso Judío Latinoamericano.
Flávio ya había dado señales en ese sentido. En Jerusalén había calificado a Lula de «antisemita» y había descrito las acciones de Estados Unidos como un «nuevo modelo de cooperación internacional». Del mismo modo, prometió trasladar la embajada de Tel Aviv a Jerusalén y adherirse a los Acuerdos de Isaac, la iniciativa de Milei y Netanyahu.
Por lo tanto, no es casualidad que en los mítines electorales de Flávio Bolsonaro estén casi siempre presentes las banderas de Israel y de Estados Unidos.
El sionismo y los evangélicals brasileños
Un factor significativo lo constituyen los profundos cambios religiosos que se han producido en América Latina en las últimas décadas, con el crecimiento y la consolidación de diversas comunidades evangélicales [viii]que, en general, siguen el modelo de las de Estados Unidos y adoptan políticas proisraelíes.
En la región, los elementos religiosos van de la mano con un rápido crecimiento de su influencia y de su apoyo a una agenda que, al menos desde 2009, está en sintonía con la visión del mundo de las coaliciones de derecha que gobiernan en Israel.
En Brasil, el impacto de estas redes y su acceso al poder político han reforzado su apoyo al sionismo. Vale la pena recordar que los votantes evangélicales constituyen aproximadamente una cuarta parte del electorado, tienen una presencia generalizada en todo el territorio y cuentan con poderosos medios de comunicación a su disposición. Un ejemplo claro es TV Record, de Edir Macedo, fundador de la Iglesia Universal del Reino de Dios, una cadena de televisión de alcance nacional con una programación generalista dirigida a todo tipo de público. Actualmente es la tercera cadena brasileña por número de emisoras afiliadas —detrás de Globo— y la segunda en términos de audiencia [ix].
Por lo tanto, no es casualidad que, durante una visita de la familia Bolsonaro a Israel, el padre Jair, que es católico, junto con sus hijos, se hayan bautizado en el río Jordán de manos de un pastor evangélico: símbolos que dicen más que mil programas electorales.
A modo de conclusión
En el gigante brasileño, la Doctrina “Donroe” se entrelaza con las tierras raras, los aranceles y las urnas, y la segunda vuelta se llevará a cabo unos días antes de las elecciones legislativas de mid-term de Estados Unidos, el proximo 3 de noviembre. El resultado brasileño será el factor decisivo en la balanza política del continente y en los equilibrios mundiales (basta pensar en los BRICS). E indirectamente influirá, entre otras cosas, también en las características del mandato restante de Donald Trump al frente de la Casa Blanca. Mientras tanto, la sombra de Washington y Tel Aviv se extiende sobre las urnas brasileñas.
[i] https://latfem.org/brasil-el-futuro-del-pais-y-de-la-region-o-lula-contra-el-mundo/
[ii] https://www.ambito.com/mundo/inteligencia-brasil-alerto-un-riesgo-critico-interferencia-eeuu-las-elecciones-n6324523
[iii] https://www.telesurtv.net/brasil-pt-investigar-injerencia-elecciones/
[iv] https://marcoconsolo.altervista.org/scudo-delle-americhe-la-retroguardia-servile-nella-regione/
[v] https://www.metropoles.com/brasil/fala-de-flavio-bolsonaro-nos-eua-sobre-terras-raras-revolta-a-esquerda
[vi] https://dialogosdosul.operamundi.uol.com.br/imagen-de-los-hijos-de-bolsonaro-con-camisetas-de-fdi-y-del-mossad-se-ha-vuelto-viral/
[vii] Ibidem
[viii] Recientemente, el término «evangélico», sobre todo en el ámbito de la lengua inglesa, ha sido adoptado por algunos movimientos protestantes para diferenciarse y oponerse a un cristianismo denominado «liberal». Así, se habla de «evangélicales» para referirse a un movimiento transdenominacional que, al no identificarse con ninguna iglesia en particular, agrupa a todos aquellos que se sienten unidos por una interpretación a menudo literalista de la Biblia, defienden su infalibilidad, es decir, la imposibilidad de que contenga errores, subrayan la necesidad de una conversión personal o «nuevo nacimiento» y la prioridad de la evangelización, y proponen una ética basada en valores morales conservadores. Por lo tanto, es muy fácil confundir ambas definiciones y hablar de forma confusa e inapropiada de iglesias evangélicas y movimientos evangélicales.
https://www.nev.it/nev/2020/05/07/scheda-protestanti-evangelici-evangelicals/
[ix] «SBT bate Record pela quinto mês seguido como segunda maior audiência da TV – Emais».
