En la semántica del hambre, triunfa la discreción – Por Eduardo Camín

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Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de NODAL. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Eduardo Camín *

Un escritor invita a imaginar a alguien atrapado en una jaula con un león. Hay sangre en las paredes y un cadáver humano medio devorado en un rincón. La persona se queda horrorizada mientras el león se acerca. De repente una cara sonriente se asoma por encima de la jaula y dice alegremente. Hola… ¿no son los leones maravillosos? Permíteme contarte sobre ellos. Son depredadores que desempeñan un papel vital en el mantenimiento del equilibrio del ecosistema de la selva y en la prevención de la sobrepoblación… ¿cierto?

 Sí… pero eso no es mucho consuelo para quien está a punto de ser comido por uno de ellos.

La escena alude al peligro y temor que las nuevas tecnologías digitales suscitan. Puede que estas tengan una variedad de ventajas y estemos dispuestos a arriesgar el futuro de nuestra especie si nos ayuda, por ejemplo, a curar ciertas enfermedades… ¿Pero, cual seria el punto si ya no hay especie?  La verdad es que el miedo y la reacción en contra de la tecnología no es nuevo y tiene una larga historia que se remonta a Platón, como muchas otras cosas. Cuando él escribe acerca de la tecnología, está escribiendo acerca de la escritura misma.

En el Phaedrus, comentando la invención de la escritura, expresa, a través del rey de Egipto, que si los hombres aprenden esto, el olvido se arraigara en sus almas. Dejarán de ejercitar la memoria porque se basarán en lo escrito, evocando recuerdos ya no desde su interior sino mediante marcas externas. Sócrates, su personaje central, compara un texto escrito con la pintura. La obra del pintor, dice, se presentan ante nosotros como si estuvieran vivas. Pero si las cuestionas, guardan un silencio majestuoso. Lo mismo ocurre con las palabra escritas. Parecen hablarte como si fueran inteligentes, pero si les preguntas algo sobre lo que dicen con la intención de aprender, repiten lo mismo una y otra vez.

A primera vista parece bien extraño llamar tecnología a la escritura, especialmente si pensamos que es solo parte de lo que los humanos hacemos. Lo curioso de toda tecnología, sin embargo, es que a medida que se integra más en nuestras vidas pasa a segundo plano y ya ni siquiera la consideramos tecnología. Y así pasa con la escritura, un instrumento que transformó nuestra consciencia de tal manera que no querríamos volver atrás. Pero la cosa es que la tecnología no sólo aporta algo a nuestras vidas, sino que también transforma el entorno que nos rodea y la forma en que lo vemos, que no es siempre en beneficio de todos.

Y por eso no es raro que hoy, por aquí y por allí, empecemos a ver el surgimiento de nuevos Luditas, ya sea en algunos campos universitarios que reaccionan en contra de los teléfonos inteligentes o ciudades que se organizan para evitar la construcción de gigantescos centros de data.

Los viejos Luditas, si recordamos, surgieron durante la revolución industrial en Inglaterra. Debido a innovaciones como el telar mecánico, la maquina de vapor y el sistema fabril se produjo una gran disrupción en la vida de los trabajadores que se vieron obligados a dejar sus empleos a causa de la automatización. Siguiendo el ejemplo de la figura mítica de Ned Lud, los trabajadores destrozaban los telares, las maquinas y a veces incendiaban las fábricas, escribiendo cartas explicando porqué lo hacían. Y ésto, hasta donde sabemos, fue la gran revuelta contra las grandes tecnologías.

Para ciertos Luditas contemporáneos, el sentimiento es que cuantas más máquinas haya para reemplazar a los humanos, más humanos habrá en la sociedad que no serán más que máquinas, sentimiento que hace eco a lo que Lewis Mumford ya había expresado en 1970 en “El Mito de la Máquina”. La mayoría dominante, decía, creará una estructura supraplanetaria uniforme y omnipresente, diseñada para el funcionamiento automático.

En lugar de funcionar activamente como una personalidad autónoma, el ser humano se convertirá en un animal pasivo, sin propósito, condicionado por la máquina, cuyas funciones, según la interpretación actual de los técnicos sobre el papel del humano, serán introducidas por la máquina o estrictamente limitadas y controladas en beneficio de organizaciones colectivas despersonalizadas.

Y, a pesar de ello, La Máquina resulta absolutamente irresistible y, en última instancia, benéfica. La oposición a ella se presenta en el mejor de los casos, como un idealismo ingenuo y, en el peor de los casos, como una peligrosa negación de sus beneficios para los necesitados.

¿Es, realmente, esta predicción de Mumford, la que ya empezamos a vivir? Según el autor Paul Kingsorth, denominado autoludita, estas organizaciones colectivas despersonalizadas son las gigantescas corporaciones que ahora controlan gran parte de nuestras vidas.

Producen los alimentos que comemos, la ropa que vestimos, la tecnología que usamos, el entretenimiento que consumimos y las noticias en las que basamos nuestras opiniones, mientras emplean millones de personas como mano de obra y nos explotan como productos a través de la información personal detallada que les proporcionamos voluntariamente a diario en Internet.

Y todo ello facilitado por Estados Colectivos que no existen para promover los intereses de sus ciudadanos a través de la democracia, sino para servir a las corporaciones y satisfacer sus intereses. Un proceso conocido como “crecimiento económico” frente a lo cual todo lo demás es secundario. El auge de Internet, la red neurológica de la Máquina, por ejemplo, ha significado que ahora existen pocos lugares en la Tierra donde podemos encapar del ruido incesante de este crecimiento estatal-corporativo y del impulso constante de contribuir a él haciendo clip, “scrolling”, comprando y compitiendo.

No sólo un vasto mecanismo sin alma para acumular riqueza material, sino que, de alguna manera inquietante, también ahora empieza a aparecer como un objeto sagrado en si mismo frente al cual cualquier intento de resistencia termina impulsando su progreso. El otrora radical movimiento ecologista, por ejemplo, se ha transformado en un acelerador de la Máquina.

Un movimiento que comenzó abogando por la cercanía a la naturaleza ha mutado en una cruzada para cubrir paisajes vírgenes con vidrio y metal, abolir la agricultura, industrializar aún más el suministro mundial de alimentos y promover una visión de “sostenibilidad” que haría sonreír a cualquier empresa de la lista Fortuna 500. La Máquina siempre  necesita combustible para funcionar y este combustible es la naturaleza, la vida. Tú y yo.

Hoy en medio de la normalización de Uber, del reinado de Amazon, del auge de la IA y la creciente desconfianza hacia las empresas tecnológicas, un creciente número  de críticos, académicos, escritores y organizadores laborales respaldan explícitamente a los Luditas y sus tácticas. Autores como Ruha Benjamin (“Race after Technology”(, Gavin Mueller “Breaking Thing”), Wendy Liu (“Abolish Silicon Valley”), Andreas Malm (“How to Blow Up a Pipeline”)  y el  podcast “This Machine Kills’ de Edward Ongweso rechazan el dominio monopólico de las grandes corporaciones y el creciente poder político de Silicon Valley.

Lo que necesitamos, dice Ongweso, son cosas que legitimen el vandalismo como una forma de acción política. Y Andreas Malm, yendo más lejos, escribe que después de décadas de intentos fallidos en que no hemos logrado abordar el cambio climático de forma pacifica y democrática, la mejor opción viable es la destrucción física de las tecnologías e infraestructuras de combustibles fósiles. Ponerlos fuera de servicios, desmantelarlos, demolerlos, quemarlos, hacerlos explotar. Que los capitalistas que siguen invirtiendo en el fuego sepan que sus propiedades serán destruidas. En esencia, ludismo climático.

La forma en que algunos organizadores y dirigentes laborales cultivan lazos comunitarios y construyen células solidarias en oposición a Amazon, recuerda también el enfoque de los luditas. Para el dirigente laboral Chris Smalls, por ejemplo, combatir la explotación tecnológica de manera efectiva requerirá de un movimiento de masas. «Tenemos que fortalecer nuestro poder, dice, en todos los sectores para frenar este proceso, para impedir que siquiera piensen en reemplazarnos con máquinas. Para ello tenemos que crear una base solidad en que apoyarnos y una cultura capaz de afrontar ese ataque»… y está sucediendo.

Para quienes nos hemos despojados del mito de La Máquina, escribía Mumford en los 70s, el siguiente paso depende de nosotros. Las puertas de la prisión tecnocrática se abrirán automáticamente, a pesar de sus viejas y oxidadas bisagras, en cuanto decidamos salir. ¿Realmente? A esta altura del camino, ¿es esto posible?

Hoy día, cuando las aplicaciones bajo demanda deterioran las condiciones laborales, los servicios de IA erosionan los salarios y la automatización industrial se extiende cada vez más a las líneas de montaje y las bodegas, los trabajadores deberían recordar lo cerca que estuvieron los luditas de repeler las tecnologías de opresión. Pero también, quizás, habría que recordar que los luditas fracasaron ante el autoritarismo totalitario. Pero, se podría alegar, las condiciones no son estáticas. Si los trabajadores, estudiantes y ciudadanos de un mundo cada vez mas regidos por los principios de Silicon Valley y la energía fósil logran reunir la voluntad y el poder suficiente, podrían optar por rechazarlos.

Sin embargo. al final de todo, la tecnología inevitablemente plantea un problema más básico que trasciende lo meramente político.

¿Como es que en este planeta existe algo tan peculiar como la técnica? La respuesta, como decía Ortega y Gasset, esté en el hecho de que el animal humano es un centauro ontológico. Un ente extraño en que cierta porción de él está inmersa en la naturaleza y otra la trasciende. Y esta porción extranatural no está, desde luego, realizada, sino que es una mera pretensión de ser o, en otras palabras, un proyecto a realizar.

Todo lo demás que existe  consiste en lo que ya es. La roca, el árbol o el tigre, por ejemplo, coinciden en ser lo que ya se es. Su potencialidad concuerda con su realidad. El humano en cambio es un ser menesteroso que tiene que ganarse la vida, no sólo económicamente, sino metafísicamente. Quiera o no, tiene que hacerse a sí mismo, autofabricarse, crearse su propio ser. Y he aquí por qué el humano sólo empieza cuando empieza la técnica, que es el instrumento que le permite vivir en un medio en el que no coincide completamente.

En lenguaje clásico la técnica viene a ser  nuestra segunda naturaleza. Una herramienta que continuamente actualizamos y sin la cual no podríamos concretizar nuestros proyectos. El problema, sin embargo, es que su continua actualización la ha transformado hoy en un súper organismo que sigue una dirección más allá de nuestra propia creación.

La paradoja es que somos, al mismo tiempo, amos y esclavos de la técnica y de esta doble situación no hay escapatoria. Nuestra relación con la máquina es simbiótica y, por tanto, no es una cuestión de aceptarla o rechazarla. Y, peor aún, si consideramos que la técnica no es sólo la fabricación de artefactos, sino principalmente un sistema holístico y dinámico, entonces, tendríamos que pensar que, de hecho, trasciende nuestros deseos y acciones humanas.

En la filosofía platónica el término griego Pharmakon indicaba algo que simultáneamente es un remedio o un veneno. En pequeñas cantidades puede curar, pero en grandes cantidades puede matar… ¿Ha llegado el momento en que la Máquina ha empezado a cruzar el limite de lo pequeño?

* Profesores de Filosofía chilenos graduados en la Universidad de Chile. Residen en Canadá, desde el 1975. Nieves estuvo 12 meses presa en uno de los campos de concentración durante la dictadura de Augusto Pinochet. Han publicado seis libros de ensayos y poesía. Colaboran con surysur.net y el Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)

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