Venezuela, planteo, nudo y corolario
Por Carlos Raimundi
El despliegue de la flota de guerra estadounidense en las adyacencias del mar territorial de Venezuela se inscribe en el marco de la irreversible pérdida de hegemonía de los EEUU a expensas del bloque asiático y de otras zonas emergentes del Sur global. De allí su necesidad de reforzar el control sobre su área de influencia más próxima que es América Latina y el Caribe.
Esta se expresa en la subordinación de gobiernos lacayos como Argentina, Ecuador, Paraguay y Perú, en la necesidad de obtener la victoria electoral de la derecha en Bolivia y Chile, en la presión sobre gobiernos que esbozan políticas autónomas como Brasil y Colombia, y en la sanción y la estigmatización de los gobiernos más contestatarios como los de Cuba y Venezuela.
Trump debe dar respuesta a la presión de Chevron para continuar administrando el petróleo llegado de Venezuela, debido al abaratamiento de costos que le otorga su cercanía y su adaptabilidad a las matrices instaladas de refinamiento, Esto lo lleva a negociar con Maduro.
A un mismo tiempo, necesita sostener su alianza con los grupos más reaccionarios del Estado de Florida, de donde surge Marcos Rubio y buena parte de su gabinete en política exterior, lo que lo induce a combatir a Maduro. La Fiscal Pamela Bondi, también original de Florida, ofrece una recompensa millonaria por el paradero de Maduro, que no es otro que la sede de gobierno de su país, lo cual torna irrisoria la medida.
En paralelo, el despliegue amenazante de la flota de guerra, con dos objetivos. El más específico, la intimidación a Venezuela. El más estructural aún, alterar la cualidad más distintiva que –pese a todas sus dificultades- puede ofrecer América Latina: ser una zona de paz, sin guerras civiles ni inter-estatales ni odios religiosos ni inter-étnicos como los que padecen otras zonas del mundo, con sus consabidas y dolorosas consecuencias. Insertar la violencia en la región puede ser un peligroso viaje de ida, que hay que evitar a toda costa por razones estratégicas.
Señalar a Maduro como jefe del “Cartel de los Soles” es tan fantasioso como la recompensa que pide la Fiscal, así como lo es la propia existencia de ese Cartel inventado, así como lo fue en su momento creer en la investidura presidencial de Juan Guaidó. Todo me recuerda un poema de Nicanor Parra titulado “El hombre imaginario”, porque está sólo en la imaginación de la propaganda oficial, poderosa y hegemónica del imperialismo.
Que la DEA es un instrumento eficaz para el control del narcotráfico también es un montaje cuya máscara se está cayendo a pedazos. El hecho de ser una organización equipada de un sistema de dispositivo cada vez más dotado tecnológicamente, con control satelital del territorio y un sofisticado sistema de espionaje, cuando al mismo tiempo crecen el narcotráfico y el crimen organizado que de él se deriva, derriba por completo su legitimidad y revela que su verdadero cometido es el disciplinamiento de la región y no la disminución del consumo de droga.
El precio de los insumos básicos de la producción de droga –de carácter cada vez más sintético y no relacionado con los cultivos naturales como hasta hace algún tiempo- así como el núcleo del consumo de sustancias nocivas está en los países del norte, en especial en los EEUU. Es allí donde hay que controlar, y no en América del Sur.
Sin perjuicio del valor de la preocupación expresada por México, Colombia y Brasil, la situación encuentra a América Latina en una etapa de fragilidad, signada por la poca o nula afinidad entre sus gobiernos, la falta de coordinación y la parálisis de sus ámbitos de integración. Lo que exige intensificar la batalla por la creación de un frente común sólido y estable para encarar éste y los demás desafíos que enfrenta la región.
Para ello, cabe preguntarnos: ¿alcanza con seguir creyendo que el republicanismo liberal es la verdadera democracia?, ¿alcanza con seguir creyendo que la libertad de mercado debe ser el eje articulador de nuestras economías?, ¿nuestra pertenencia al eje nor-atlántico expresa realmente nuestros valores en términos de libertad y derechos humanos? ¿O hay que revisar ese pacto implícito, que no ha hecho más que desencantar a nuestros pueblos y llevarlos al fracaso? Una nueva y autónoma inserción geopolítica de la región y un nuevo modelo de democracia participativa, basada en la soberanía popular y no en un arcaico plexo de mediaciones cosméticamente republicanas, resultan imprescindibles en un momento de transición como éste.
Hasta el momento, y pese a todo lo que pueda discutirse a su gobierno, Venezuela ha demostrado la eficacia de la unidad entre su pueblo y su ejército, así como de la militancia de base, que ha sostenido el modelo bolivariano pese a todas las encrucijadas a las que se lo ha sometido.
Relacionar a Venezuela, a su pueblo, a su gobierno o a Maduro con el narcotráfico o con el terrorismo, así como decir que Cuba o Venezuela son una amenaza a la seguridad nacional de los EEUU es, sencillamente, una estupidez.