Argentina en la red de Peter Thiel: plataformas, datos y soberanía en juego

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Argentina en la red de Peter Thiel: plataformas, datos y soberanía en juego

La reunión de Javier Milei con Peter Thiel en noviembre de 2024 fue más que un gesto diplomático. El fundador de Palantir, la empresa que convirtió la vigilancia digital en negocio global, desembarcó en la política argentina con la misma estrategia que lo llevó a ser socio del Pentágono y de las Fuerzas de Defensa de Israel. El mensaje es claro: mientras el presidente argentino promete “destruir al Estado parasitario”, se acerca a un ecosistema que concentra datos, inteligencia artificial y contratos públicos en manos privadas.

El vínculo Milei–Thiel debe leerse como parte de un reacomodamiento mayor. Desde Washington hasta Silicon Valley, los nombres de la PayPal Mafia se entrelazan con el nuevo mapa del poder argentino. Endeavor, Mercado Libre, Globant y Ualá aparecen como la puerta de entrada local a esa red. En la última gala anual de Endeavor, Milei fue contundente: “Son ustedes y no el Estado los que van a resolver los problemas de la gente”. Esa frase condensa el giro: el gobierno convierte a las plataformas en aliados centrales, en un país marcado por la crisis económica y la erosión de instituciones.

Palantir Technologies no llega como un actor cualquiera. Su plataforma Gotham procesa datos de defensa y contraterrorismo; Foundry integra sistemas sanitarios y corporativos; y AIP, la capa de inteligencia artificial, articula operaciones militares, bancarias y logísticas en tiempo real. Estas herramientas ya están desplegadas en escenarios de guerra, como en Ucrania y Gaza, donde aceleran decisiones que antes tardaban horas en cuestión de minutos. Su valor en bolsa creció casi 500% en un año, mientras sus contratos con gobiernos se expanden en paralelo a los conflictos.

Ese modelo de poder digital se refleja también en la política estadounidense. Tras el regreso de Trump, varios ex ejecutivos de Palantir ocuparon cargos clave en la administración: desde la Subsecretaría de Estado hasta la oficina encargada de un presupuesto tecnológico de setenta mil millones de dólares. La “puerta giratoria” entre la compañía y el gobierno no es una metáfora, es un método de influencia comprobado. Y es precisamente esa lógica la que hoy asoma en Argentina: corporaciones que proveen soluciones críticas al Estado mientras colocan a sus cuadros en puestos de decisión.

La afinidad ideológica entre Thiel y Milei acelera este proceso. El multimillonario alemán-estadounidense sostiene desde hace años que democracia y libertad no son compatibles, y promueve arquitecturas tecnológicas que permitan escapar del control de las mayorías. Milei, por su parte, gobierna en el caos: convierte la desorganización en método, mientras delega soberanía en actores que prometen orden técnico. La combinación es explosiva: un presidente que erosiona deliberadamente la política tradicional y un empresario que ofrece reemplazarla por software.

En Argentina, los gestos ya están en marcha. Alec Oxenford fue designado embajador en Estados Unidos el mismo día que ingresó a la red de Endeavor, consolidando un puente directo con Silicon Valley. Los elogios de Thiel hacia Milei, al señalar que el país “no tiene otra alternativa posible”, confirman que la apuesta va más allá de la coyuntura. Se trata de instalar un laboratorio donde el Estado se subordina a la lógica de plataformas globales, en un territorio históricamente periférico.

El riesgo es evidente. La cesión de datos estratégicos a empresas como Palantir no se limita a contratos puntuales: implica reconfigurar la soberanía nacional. Si en Reino Unido la compañía ya gestiona la información del sistema de salud y en Israel procesa inteligencia militar, ¿qué podría significar su desembarco en un país en crisis y con instituciones debilitadas?

El debate no es si Argentina necesita innovación tecnológica, sino bajo qué condiciones la integra. Palantir ofrece eficiencia, pero también dependencia. La pregunta es si un gobierno que convierte a las plataformas en sustituto del Estado podrá garantizar que los datos de millones de ciudadanos no terminen al servicio de intereses externos. En esa tensión se juega algo más que un contrato: se juega el margen de la democracia en la nueva fase del capitalismo digital.

Editorial Nodal

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