Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de NODAL. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.
Carlos Gutiérrez Márquez *
El 5 de diciembre de 2025, Estados Unidos dio a conocer al mundo entero su nueva “Estrategia de Seguridad Nacional” (ESN), en la cual resalta como vector fundamental su decisión de tener control absoluto sobre el continente americano, parte sustancial de lo que denomina hemisferio occidental. En uno de sus apartes, precisa: “Tras años de abandono, Estados Unidos reafirmará y hará cumplir la Doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental, y proteger nuestro territorio nacional y nuestro acceso a geografías claves en toda la región”.
Acción. El 3 de enero de 2026, las fuerzas especiales de su ejército ejecutan la “Operación Determinación Absoluta”, con el propósito de secuestrar a Nicolás Maduro, presidente de Venezuela. Una vez consumada, trasladan al plagiado a Estados Unidos para someterlo a juicio según las leyes de los invasores. Estamos ante la premier de la ESN. Bajo su luz, con la decisión de sus creadores de “volver a ser grandes”, la política del garrote gana nuevo protagonismo (1), con lo cual el poderío militar sobre el terreno le abre paso a la diplomacia de salón.
Entre lo escrito y lo actuado, solo transcurre un mes, tiempo durante el cual a la comunidad internacional se le informa sobre la nueva realidad geopolítica que la atraviesa por todos sus costados. Una nueva realidad para garantizar, como decisión por imponer a como dé lugar, que Estados Unidos prolongue y ahonde su poderío como el mayor imperio que haya conocido la humanidad hasta el día de hoy.
Para la plena materialización de esa decisión imperial, dice su nueva Estrategia de Seguridad, “negaremos a los competidores no hemisféricos la capacidad de posicionar fuerzas u otras capacidades amenazantes, o de poseer o controlar activos estratégicamente vitales en nuestro territorio”. Competidores con nombre propio: China y Rusia.
Como antesala, varias decisiones ya habían marcado el camino: en marzo de 2025, luego de ser visitada Panamá el 1 de febrero por Marco Rubio, secretario de Estado de los Estados Unidos en el recién iniciado segundo mandato de Donald Trump, el país centroamericano demanda que CK Hutchison –empresa con sede en Hong Kong y que administraba los puertos de Balboa y Cristóbal, fundamentales para el funcionamiento del Canal de Panamá– renuncie a este negocio, en una operación que le costó cerca de 23 mil millones de dólares a una unidad empresarial conformada por BlackRock, Global Infrastructure Partners y Terminal Investment Limited. De esta manera, el control de la vía interoceánica pasa de manos chinas a manos estadounidenses (2).
Es aquella una decisión y un proceder comercial y geopolítico que encuentran resistencia de parte del gobierno chino, que, por medio de objeciones interpuestas al zarpazo estadounidense, reclama que el mismo no prospere. Su propuesta es que la naviera estatal china Cosco Shinping participe de los derechos de explotación de los puertos, frustrando así lo que se consideraba algo ya logrado por el gobierno gringo.
El proceder del país asiático deja ver, una vez más, el tamaño del pulso que está sobre el tablero mundial, y, con ello, que los deseos de los Estados Unidos de controlar y mandar su región inmediata sin límites sí tiene obstáculos. Es una realidad ante la cual el gobierno del país del Norte opta por la indefinición del contencioso con un bajo perfil, quizás esperando usarlo como moneda de cambio en la reestructuración que ha emprendido de sus relaciones con los chinos. La próxima reunión que sostendrán los presidentes de los dos imperios, aún sin fecha exacta, puede ser la ocasión para decidir sobre este particular.
Como otra esfera para concretar el propósito estipulado en la ESN, en septiembre de 2025, y como antesala para lo que finalmente concretó el tercer día del nuevo año, se inicia un despliegue naval con potentes embarcaciones militares para bloquear a Venezuela en su comercio petrolero, a la par de extender una extensa terraza desde la cual ejecutar espionaje electrónico y por medio de otras tecnologías de última generación que portan las embarcaciones, así como algunas de las aeronaves en ellas disponibles.
En simultáneo, despliega una primera fase de guerra psicológica en contra del país suramericano, por medio del ataque aleve en contra de lo que denominó “narcolanchas”, más de media docena de las cuales fueron hundidas con fuego de misiles, y sus más de cien tripulantes asesinados sin juicio alguno.
En otra fase de esta guerra psicológica, varios buques cisterna, que se dirigían a Venezuela para cargar petróleo o salían de sus puertos con esta carga, sufren asalto y confiscación. De esta manera, la principal fuente de divisas del país caribeño se veía aun más menguada, y su economía prolongaba o veía agravada la crisis que carga desde hace años.
Desde el lado venezolano, en alianza y/o acuerdos comerciales y políticos con Rusia, China e Irán, los planes de resistencia se aceleran: se instalan baterías antiaéreas Buk-M2; un sistema de medio alcance, capaz de destruir blancos en el aire que se encuentren hasta a 40 kilómetros de distancia; se distribuyen en distintas unidades militares 5.000 misiles Pechora e Igla-S, ambos de corto alcance.
Los Igla son portátiles y pueden ser disparados por un solo soldado, y, al ser guiados por infrarrojos, tienen capacidad para derribar aviones, helicópteros y drones que vuelen a baja altura. Se instalan radares de fabricación china y en distintas coordenadas se ubican drones iraníes. Desde años atrás contaba con una flotilla de cazas Su-30MK2, que constituyen su principal vector de superioridad aérea (3).
Al mismo tiempo, se fortalece el cuerpo paramilitar de las fuerzas armadas con el alistamiento de miles de milicianos, desplegados desde sus sitios de vivienda en todo el territorio nacional.
Como se puede deducir, en el juego de escenarios que debió llevar a cabo el alto mando venezolano, la intervención militar de los Estados Unidos vía misiles, algo ya visto en Irán, queda sobre la mesa.
También lo está la infiltración de pequeñas unidades por tierra, con el propósito de golpear, desestabilizar y desgastar.
Proteger al Presidente –posible blanco principal de estas acciones– no pudo quedar por fuera de estas consideraciones, como tampoco resguardar las instalaciones petroleras. Entonces, una guerra de resistencia aparece como uno de los escenarios posibles de la anunciada intervención de los Estados Unidos. Seguramente sobre la mesa se diseñaron variadas fases de las operaciones armadas que seguirían al despliegue estadounidense.
Como es conocido por el legado de la historia de la humanidad y el desarrollo mismo de la estrategia militar, la sorpresa es una de sus variables fundamentales. Así lo es porque, con su efectivo desarrollo, a partir de la audacia, de movimientos rápidos e inesperados, del uso de fuerzas no tomadas en consideración, o, como en el caso que nos ocupa, del despliegue de tecnología y poder de fuego superior, un ejército logra desequilibrar a su contrario sumiéndolo en la confusión o llevándolo al repliegue defensivo.
Así quedó una vez más demostrado por una operación de fuerzas especiales que, amparadas en la oscuridad del amanecer del 3 de enero, y con ataques aéreos de alta precisión, más otra combinación de acciones, dejaron fuera de funcionamiento los radares, como la totalidad del sistema defensivo venezolano, dejando en pleno desconcierto a la dirección estratégica del país atacado…, ¡y en manos de los atacantes el máximo trofeo!
Esa superación de las fuerzas armadas venezolanas en todos los órdenes, no se tradujo en el descabezamiento de su mando ni del gobierno central ni de la dirección de las fuerzas milicianas. Al final, “todos somos responsables, pero nadie es responsable”, parece ser la conclusión a que llevó lo sucedido. Sorprendente, por decir lo menos. Cerrar los ojos ante la total incapacidad demostrada por una burocracia empotrada en las altas esferas del establecimiento por largos años.
En las mayorías sociales, silenciadas por el temor a represalias, ni una voz de complacencia pero tampoco de rechazo ante lo sucedido. En la diáspora de sus hijos, júbilo, reacción que refleja una de las más desastrosas consecuencias arrojadas por una dirigencia política que se atornilló al poder pero se despegó de las mayorías populares.
La vida es un aprendizaje continuo, mucho más para un imperio. Con lo visto en Venezuela, es posible deducir que, partiendo de una racional y prolongada evaluación de los resultados logrados con sus últimas intervenciones armadas a lo largo del mundo, en muchas de las cuales debió comprometer por años el traslado de tropas y ocupar territorios, aliado en ello con la Otan, o llevando a cabo sus propósitos por medio de fuerzas de esta última, llegó a la conclusión de que debía dar un giro en las mismas.
Un nuevo factor entra en el diseño de su despliegue de fuerza: las novísimas tecnologías incorporadas a la industria militar, parte de ellas experimentadas en la guerra Rusia-Ucrania, como en el genocidio a que Israel ha sometido al pueblo palestino, así como en los ataques contra Irán, tecnología que le permite el conocimiento en profundidad de sus enemigos, contradictores u oponentes, propósito ahora posible de concretar en un accionar que combina espionaje satelital, informático y clásico.
Ese conocimiento le facilita ataques con potentes armas teledirigidas, sin necesidad de exponer unidades militares sobre el terreno o reduciéndolas al mínimo, y que podrían ser blanco de fuego defensivo, dejando ver sus debilidades. El actuar le permite mostrar una superioridad bélica de alta eficacia y, por su conducto, sumir en el temor y la confusión a quienes son atacados. Además, tal realidad ablanda las negociaciones diplomáticas de salón que logra concretar luego de ello. Presenciamos así un giro en el arte de la guerra, que ya entró en la fase de operaciones por medio de robots.
Y es ese aprendizaje de sus más recientes operaciones armadas lo que le permite concluir que imponer su fuerza militar, pero tener que administrar un país en medio del caos, guerra civil o situaciones similares, hace muy oneroso el saqueo de su presa. No repetir esta realidad es lo que está en marcha en Venezuela. No ocupar militarmente y sí golpear, concretar sus objetivos bélicos y retirarse.
A continuación, extorsionar al país atacado, someter o controlar de manera indirecta su gobierno, y realizar vía reformas legislativas los propósitos económicos, políticos, militares o de otro orden que motivaron su ataque, que puede estar antecedido de una prolongada estrategia de desgaste. Un proceder así va de la mano con un amplio y continuo despliegue informativo, de legitimación de su ofensa. Guerras de cuarta generación les dicen, pero también híbridas.
Y es este último factor lo que debe llamar la atención, porque, en últimas, el control férreo que logra el gobierno del Imperio sobre el venezolano, sin tener tropas en su territorio, deviene tanto del secuestro del Presidente como (y tal vez esto haya pesado más en el ablandamiento del régimen venezolano) del efectivo bloqueo naval que les impide vender sus productos sin previa autorización de los sitiadores, como lo muestra la incautación, hasta el momento, de media docena de barcos petroleros. Ese ahogamiento o asfixia total de su economía terminó por doblarles la resistencia sostenida por años.
Y es importante dejar en claro que sitiar las poblaciones como mecanismo de agresión es una estrategia tan antigua como la humanidad –si bien, en el caso venezolano, la piratería y la extorsión son un propósito desvergonzado, pues, sin que medie rendición formal ni contrato alguno sobre el petróleo incautado, Trump ha dicho simplemente que “nos lo quedamos”, y sobre el destino del ingreso que a bien tengan darle a los venezolanos escribió en su red social: “Venezuela se compromete a comprar solo productos hechos en Estados Unidos con el dinero que reciba de nuestro nuevo acuerdo petrolero”.
En la conjunción de todos estos factores, el gobierno estadounidense pasó de señalar a la cúpula de la dirigencia política venezolana de conformar el ‘cartel de los soles’, al elogio: “Delcy Rodríguez es una persona estupenda”, dijo de ella Trump el 14 de enero, opinión reforzada por el giro dado por el gobierno de este país, abierto ante todas las exigencias del mandatario imperial: aceptar la ‘administración’ de su principal recurso natural por parte de quien le agredió y secuestró a su Presidente y su esposa, además de asesinar a decenas de sus hijos, entre ellos 47 militares venezolanos y 32 cubanos, sin decirse o negarse todavía cuántos de ellos, posiblemente, quedaron gravemente heridos y cuántos fueron secuestrados y podrían ser usados para futuros intercambios de presos en Cuba y Venezuela, bajo acusación de ser agentes gringos.
Se trata de palabras elogiosas para quien agacha la cabeza, en un proceder sellado con un acuerdo por 500 mil millones de dólares, producto de todo el petróleo que ahora se dirigirá hacia Estados Unidos y el cual estaría bajo la administración de este en su oferta global (4). La reconstrucción de su industria petrolera cuenta con una inversión que, a lo largo de varios años, rondará los cien mil millones de dólares y que será cubierta con dinero procedente del mercadeo de ese petróleo.
Como materialización de lo acordado, el 21 de enero, Venezuela confirmó la recepción de los primeros 300 millones de dólares por la venta de su petróleo por parte del país agresor. En autoelogio por este logro, Trump afirmó: “Venezuela hará más dinero (con el petróleo) en los seis próximos meses que el que hizo en los 20 años pasados” (5).
A la vez, y más allá de lo proyectado por diversidad de analistas, estabilidad absoluta del gobierno y no su desplazamiento, evitando así que el país entre en caos, para lo cual María Corina Machado, cabeza de la oposición y de quien se esperaba que asumiera sus riendas, queda como una ficha para usar en caso de algún desliz de quienes hoy ‘gobiernan’ a Venezuela, los mismos, con excepción de su Presidente, que por años han ocupado los más altos puestos en el gobierno.
El respeto a la democracia, tantas veces reclamado por la ‘mayor democracia del mundo’, quedó para otro momento. Por ahora, es suficiente con el petróleo y la ruptura o la postergación de los acuerdos que tuviera el país suramericano con Rusia, China e Irán, en todos los planos.
En el colmo del cinismo, el 21 de enero, el rey de la fanfarronería aseguró que “ahora le encanta Venezuela” y que sus autoridades a cargo del gobierno están “trabajando muy bien con su administración” (6).
No puede ser para menos. El 16 de enero, la Presidenta radicó ante la Asamblea Nacional un proyecto para reformar la industria petrolera, defendido por su hermano Jorge, cabeza del Legislativo, quien argumentó: “El petróleo debajo de la tierra no sirve para nada”. La iniciativa fue aprobada en primer debate. En una nueva sesión, quedaría aprobada como nueva ley del país, borrando de un tajo uno de los mayores logros del proceso político y social que arrancó en 1999 con Hugo Chávez (7).
Esta reforma implica la transformación de la legislación que regula la explotación de ese recurso y el funcionamiento de la industria del sector, para permitir la entrada de las multinacionales de ese país y de sus aliados en condiciones onerosas para Venezuela; en otras palabras, privatización, cambiando con ello, de nuevo, las condiciones en que su extracción será llevada a cabo, así como los porcentajes por ganar entre las partes: ¡un retroceso de más de 20 años!
En simultáneo, la Presidenta anunció que su país escalará en la explotación de oro y otros minerales estratégicos (8), sin duda respondiendo a las expectativas extractivistas de quien tutela con ojo atento todos sus movimientos. Es un devenir de la diplomacia del garrote que deja al desnudo la “revolución de las palabras”, la verdadera dimensión del progresismo como modelo político, económico, social y militar, el que, al final de su desgastada gestión en la cuna de Bolívar, deja un gobierno tutelado, regresando con ello al colonialismo de viejo cuño, en la era de la robótica y de la Inteligencia Artificial.
Se trata aquel de un tutelaje que no se confía en las palabras ni en lo cedido hasta ahora por el régimen venezolano: frente a sus costas permanece la flota de la armada gringa, con excepción de su portaaviones US Gerald R. Ford, ahora rumbo a Irán, pues, como fue señalado, el embargo sobre el petróleo continuará en forma indefinida, ya que es el instrumento central de control, por lo que se mantiene el asalto a barcos cisterna ‘ilegales’ que intenten salir con petróleo del país sitiado. Y siguen cayendo misiles sobre supuestas narcolanchas.
El espectáculo que estamos presenciando también hace parte de las relaciones de fuerza entre las naciones, por lo que las “operaciones quirúrgicas” y los secuestros espectaculares seguirán invadiendo los medios formales e informales de comunicación, con lo que la evasión de los trasfondos continuará, aunque ahora con una dosis de entretenimiento. ¿Algo tendrá que ver eso con que un buen número de mandatarios actuales surja del mundo de la farándula? No debemos olvidar que el “pan y circo” de los romanos estuvo siempre adobado de una dosis elevada de crueldad.
Ante todo esto, surgen muchos interrogantes. ¿Es posible redireccionar el comercio del sur de América hacia una Norteamérica desindustrializada por el fenómeno de la deslocalización? El ataque a Venezuela está inscrito, sin duda, en la disputa USA-China por la definición de las correlaciones de poder en el globo, lo que lleva a preguntarse si hay futuro para la reedición de la doctrina Monroe en un mundo en el cual el sentido mismo de “hemisferio occidental” parece desestructurarse, y en el que los problemas internos del Imperio, como lo demuestra el estallido social en Minneapolis, en defensa de la población migrante, cuestiona las políticas del gobierno federal. ¿La estrategia de convertir en Estados fallidos a las naciones incómodas, como fue el caso de Libia, Siria e Iraq, es el destino de parte de Centroamérica y Suramérica?
¿Hasta dónde llegará todo esto? ¿Qué coletazos traerá este suceso en los meses y los años venideros?
*Director de Le Monde Diplomatique, edición Colombia.
