Argentina | El antirracismo ausente – Por Canela Crespo Sánchez

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El antirracismo ausente

Por Canela Crespo Sánchez

En las redes sociales argentinas no solo circula el racismo: se organiza. Sin buscar demasiado, se pueden encontrar comunidades digitales como TBD (Total Bolivian Death) o APA (Argentina para argentinos), que producen y sistematizan el odio antimigrante contra —sobre todo, aunque no exclusivamente— bolivianos, peruanos y paraguayos. En estos espacios se han consolidado estructuras donde el racismo funciona como identidad compartida, genera pertenencia y articula a usuarios anónimos en torno a un mismo lenguaje y una misma mirada del mundo.

Esto no demuestra la existencia del racismo —algo ya sabido— sino su reorganización en torno a comunidades que comparten un lenguaje, una mirada del mundo e incluso esbozan un proyecto político. El 24 de enero de este año, por ejemplo, este entramado intentó salir de su refugio digital con una movilización en Plaza de Mayo que reclamaba la erradicación de villas y la deportación de extranjeros. No fueron más de veinte personas, pero eso no tranquiliza: revela una voluntad de traducción política y cada vez más seguido, la encuentra.

Ese salto no ocurre en el vacío. En el último tiempo, el odio antimigrante dejó de quedar en el plano discursivo y se articula con decisiones de gobierno y narrativas oficiales. El gobierno de Javier Milei impulsó una reforma migratoria regresiva y promueve operativos al estilo del ICE de Trump en barrios como Villa Celina, Liniers u Once. A esto se suman intervenciones públicas de figuras como Patricia Bullrich o Alejandra Monteoliva, que refuerzan esa construcción. En ese cruce, las y los migrantes dejan de ser solo objeto de prejuicio para convertirse en un problema a gestionar y agredir.

La pregunta, entonces, no es menor: ¿ese racismo pertenece solo a estos espacios explícitos o forma parte de algo más extendido?

Aunque la respuesta parece obvia, nos obliga a salir de las redes. El racismo contra bolivianos, peruanos y paraguayos, entre muchos otros, en Argentina no nace en estos espacios: los precede. Es parte de prácticas cotidianas, de formas de nombrar y de jerarquías naturalizadas. Aparece en el chiste, en el insulto, en el cántico de cancha, en la sospecha sobre ciertos cuerpos e incluso en el piropo “no parecés boliviana”. Y no, no es la excepción.

No hay que confundirse: lo que se dice sin filtros en las comunidades TBD/APA también circula en otros ámbitos. La diferencia es la frontalidad, pero ¿eso lo vuelve menos real o más tolerable por estar disfrazado?

Si el racismo organizado encuentra eco, también es porque del otro lado hay un silencio significativo. Los sectores que se posicionan como críticos del gobierno y antagónicos a estos movimientos racistas rara vez abordan este problema con la misma claridad e intensidad. Los cuerpos migrantes no aparecen como sujetos políticos sino como objetivos sobre los cuales es rentable, de forma intermitente, militar causas pasajeras.

Incluso en contextos donde sería esperable mayor atención —como procesos electorales en países vecinos con fuerte presencia migrante en Argentina— el interés es limitado. ¿Es irrelevante que miles de bolivianas y bolivianos hayan decidido anular su voto hace unos meses? ¿Lo es que recientemente Keiko Fujimori haya ganado entre las y los peruanos que votaron en Argentina?

Ese silencio y ese desconocimiento no son neutrales. Exponen una forma particular de entender lo nacional. En muchos casos, el nacionalismo no opera como resistencia al imperialismo o afirmación de soberanía, sino como una jerarquización dentro de la región. La frontera deja de ser solo un límite territorial para convertirse en un dispositivo de diferenciación. En ese esquema, la distancia con los migrantes limítrofes no es un desvío, sino parte de la estructura, incluso en sectores que se piensan progresistas.

No se trata de equiparar la violencia explícita que reclama deportaciones con estas formas más sutiles. Pero hay una tensión difícil de ignorar cuando quienes invocan al “pueblo” y la justicia social no se preguntan a quiénes dejan afuera. Este texto no busca un señalamiento vacío, sino es un llamado a la acción sobre una omisión persistente.

Porque en ese silencio también se juega algo concreto: la vida y los derechos de millones de mujeres y hombres bolivianos, peruanos y paraguayos que viven, trabajan, siembran, construyen, cosen, tejen y sostienen la vida cotidiana en Argentina.

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