Tierras raras brasileñas: el atraco estadounidense
Tierras raras brasileñas: el atraco estadounidense
Edna Aparecida da Silva *
La Casa Blanca está avanzando en la explotación de minerales estratégicos brasileños. Esta apropiación forma parte de un proyecto geopolítico: enfrentar al país con el Sur Global y utilizarlo como peón para que Occidente pueda controlar las nuevas tecnologías.
El reciente debate sobre los elementos de tierras raras en Brasil no se limita a la expansión de las inversiones o la explotación de los recursos naturales, sino que abarca la lucha por el control de las reservas y las condiciones para su explotación, financiación e integración en las cadenas de suministro de minerales a escala global. Este proceso se enmarca en un contexto más amplio de reorganización del sistema internacional, marcado por la formación de un bloque mineral occidental bajo la dirección de Estados Unidos, que articula la acción estatal, la coordinación entre países aliados —en particular Estados Unidos, Canadá y Australia— con la participación de otros miembros del G7, y las acciones de grandes corporaciones para estructurar las cadenas de producción fuera de China.
En este escenario, las iniciativas destinadas a adquirir activos, financiar proyectos y coordinar las cadenas de producción no son operaciones aisladas, sino que forman parte de estrategias estatales coordinadas que buscan redefinir el control sobre los recursos y los flujos de valor a escala global
El envío de una misión de asesores vinculados al Comité de Relaciones Exteriores del Senado de Estados Unidos a Brasil en mayo de 2026 , con una agenda centrada en minerales críticos, debe entenderse como parte de este acuerdo de coordinación más amplio entre países aliados. Más que un gesto diplomático aislado, la iniciativa indica que el acceso y el control de los minerales estratégicos en América Latina se han elevado al nivel de prioridad geoeconómica, en consonancia con las estrategias desarrolladas dentro de este bloque mineral occidental para reorganizar las cadenas de suministro y reducir la dependencia de China.
De este acuerdo surge Brasil, que se posiciona como uno de los principales centros para la expansión de estas cadenas. La combinación de un gran volumen de reservas y una baja explotación convierte al país en un actor estratégico para la construcción de cadenas de producción fuera de China, dentro del bloque minero occidental. En su esencia, se encuentra un proceso de centralización de capital en el sector, con la consolidación de empresas con sede en Estados Unidos, Canadá y Australia, o vinculadas a estos países.
Estos países, además de su relevancia en la minería global, desempeñan un papel central en la coordinación financiera, regulatoria y corporativa de estas cadenas, integradas en una arquitectura que combina la adquisición de activos, la coordinación financiera y los instrumentos regulatorios. Al mismo tiempo, esta dinámica opera de forma selectiva, restringiendo la participación de capital no alineado y reforzando el control ejercido por países y corporaciones privadas alineadas con los objetivos estratégicos y geoeconómicos de Estados Unidos en sectores considerados estratégicos.
Este movimiento revela que Brasil se ha convertido en una pieza clave de una estrategia estadounidense más amplia, orientada a la reorganización global de las cadenas de suministro de minerales críticos. Esta estrategia articula la acción estatal, la coordinación entre países aliados y las acciones de grandes corporaciones para estructurar un bloque mineral occidental bajo la dirección de Estados Unidos. Una de sus características principales es la operación selectiva de estos mercados mediante instrumentos regulatorios e institucionales que restringen la participación del capital no alineado (en particular el chino) y condicionan el acceso a sectores considerados estratégicos.
En esencia, se trata de un proceso de centralización del capital en el sector, con la consolidación de empresas con sede en Estados Unidos, Canadá y Australia, o vinculadas a estos países, integradas en una estructura centrada en la creación de cadenas de producción fuera de China. Más que diversificar proveedores, se trata de reorganizar el control sobre los activos estratégicos mediante la adquisición de empresas, la coordinación financiera y regulatoria, y el uso de instrumentos de gobernanza.
Tras el anuncio de la adquisición, por parte de Estados Unidos, de Serra Verde, operadora de la mina Pela Ema en Minaçu (GO) —un hecho que generó un debate nacional— , se ha intensificado rápidamente la entrada de empresas extranjeras al sector. Posteriormente, están surgiendo nuevos casos, como la participación de la empresa canadiense Origen Resources y la entrada de empresas australianas, entre ellas Oceana Metals, lo que evidencia la aceleración del proceso de adquisición de activos estratégicos en el país.
Estos movimientos no constituyen un conjunto disperso de inversiones motivadas únicamente por las oportunidades de un mercado aún en gran parte inexplorado. En todos los casos, se trata de operaciones dirigidas al control directo de activos estratégicos, inmersas en una dinámica más amplia de reorganización de las cadenas de suministro de minerales. A diferencia de lo que se observa en los países centrales, donde los mecanismos regulatorios y los regímenes de control de inversiones operan filtrando, condicionando o bloqueando la entrada de capital no alineado, en Brasil esta dinámica se expresa, sobre todo, a través de la adquisición total de empresas y proyectos por parte de capital extranjero, transfiriendo el control sobre las reservas y activos minerales a corporaciones vinculadas al bloque mineral occidental.
Esta dinámica se manifiesta concretamente en la reciente serie de adquisiciones y en la entrada de empresas extranjeras en el sector, tal como se resume en la tabla siguiente.
Tabla 1— Adquisiciones de activos de tierras raras en Brasil por parte de Western Mineral Block
Los datos demuestran que no se trata de inversiones aisladas, sino de un movimiento coordinado de adquisición de activos estratégicos por parte de empresas alineadas con las economías centrales, inserto en una dinámica más amplia de reorganización de las cadenas de suministro de minerales.
Para interpretar estos movimientos, es necesario ir más allá de la simple identificación de la creciente presencia de empresas extranjeras en el sector. Debates recientes han difundido la idea de que países como Estados Unidos, Australia y Canadá son, de hecho, los «propietarios» de la minería de tierras raras en Brasil. Si bien este diagnóstico refleja la expansión del capital extranjero, no logra captar la esencia de la dinámica actual. Lo que está en juego no es solo el origen de las empresas, sino la construcción de un bloque minero occidental, en el que la articulación entre el Estado y el capital organiza la adquisición de activos, la financiación y la coordinación de las cadenas de producción a escala global.
En este proceso, la dimensión regulatoria adquiere un papel central. La reorganización de estas cadenas se produce no solo mediante la adquisición de activos o la movilización de financiación, sino también a través de la construcción de marcos institucionales capaces de definir quién puede (y quién no) participar en sectores considerados estratégicos. En Estados Unidos, esta lógica se expresa mediante mecanismos de seguridad nacional aplicados a la economía, como el Comité de Inversión Extranjera en Estados Unidos (CFIUS ), autorizado por ley para revisar las inversiones extranjeras. Más que un instrumento técnico de control de inversiones, es un mecanismo que permite al Estado filtrar, condicionar y, en ciertos casos, bloquear el acceso a activos estratégicos.
Como se analizará más adelante, este tipo de mecanismo no solo regula el mercado interno, sino que también integra una arquitectura de coordinación más amplia entre los estados aliados, con implicaciones directas para la organización de las cadenas de suministro mundiales de minerales críticos.
Este movimiento trasciende las fronteras de Estados Unidos y se manifiesta también en otras estrategias estatales de seguridad económica. El caso japonés ilustra esta dinámica mediante inversiones dirigidas a desarrollar capacidad productiva fuera de China, con la expansión de su presencia en países como Australia y Brasil. Este reposicionamiento cobra aún mayor relevancia al considerarlo junto con iniciativas estadounidenses, como las inversiones anunciadas en Goiás en 2026.
La convergencia entre Estados Unidos y Japón revela que Brasil ya no es solo un potencial proveedor de recursos, sino que ocupa una posición estratégica en la competencia global por minerales críticos. Esta inserción está directamente vinculada a la rivalidad sino-estadounidense y a la necesidad de las economías industrializadas de reducir su exposición a la concentración de la producción china, al tiempo que buscan estructurar cadenas de suministro con mayor control político y económico. Como se indica a lo largo del análisis, este proceso combina la adquisición de activos estratégicos con la capacidad de operar en estos mercados globales, incluyendo el mantenimiento de relaciones comerciales con la propia China.
Más que una mera coincidencia, este proceso revela que la disputa por estos recursos no se limita al acceso físico a las reservas, sino que implica el control de los activos, las cadenas de producción y los flujos de valor. Se trata de un movimiento de centralización de capital en el sector minero, donde el control de las reservas se traduce en la capacidad de organizarse y obtener posiciones en los mercados internacionales.
Esta reorganización, a su vez, responde a la ya consolidada presencia de China en la región, que, en las últimas dos décadas, ha expandido significativamente sus inversiones en infraestructura, energía y recursos naturales, convirtiéndose en uno de los principales socios comerciales de varios países latinoamericanos. Como demostró Francisco Urdinez (2026), esta expansión ha modificado la posición relativa de Estados Unidos en la región, especialmente en sectores estratégicos.
En términos más generales, esta dinámica puede entenderse a la luz del análisis de Emiliano Brancaccio (2023), para quien la rivalidad entre potencias implica procesos de centralización de capital organizados bajo la coordinación estatal. En este sentido, la expansión china en América Latina y la respuesta estadounidense representan momentos de la misma dinámica de reorganización del sistema económico internacional, en la que Estados y corporaciones articulan bloques de capital para competir por el control de sectores estratégicos.
*Doctora en Ciencias Políticas por la Unicamp, es investigadora asociada del Instituto Nacional de Ciencia y Tecnología para Estudios sobre Estados Unidos (INCT-INEU)

