La desgastada ideología anticomunista – Por Pedro de Alcántara Figueira

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Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de NODAL. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Pedro de Alcántara Figueira *

El desarrollo humano ha alcanzado un nivel incompatible con las relaciones de explotación, generando una revuelta de las fuerzas productivas que el capital, arraigado en la ideología anticomunista, intenta destruir a toda costa.

Seamos breves: estos tiempos exigen cosas que no se pueden posponer y, peor aún, que no se pueden ignorar. Es innegable que la única perspectiva capaz de generar y organizar ideas, mostrarles un nuevo horizonte e indicar una sociedad cuya organización sea coherente con el desarrollo tecnológico y científico disponible para la humanidad —que se presenta como una necesidad ineludible— no es otra que una forma de organización en la que prevalezcan las soluciones colectivas.

Las fuerzas que chocan en este ámbito se enfrentan a una realidad en la que todos los caminos están comprometidos con la transformación social, es decir, con alguna forma de revolución que corresponda al desarrollo actual de las fuerzas productivas.

En un intento desesperado por impedir que la historia siga su curso de acuerdo con las exigencias de las nuevas fuerzas productivas, tenemos al imperio americano, militarmente obeso, liderando un vasallaje compuesto no solo por la camarilla europea, sino también por el sumiso Javier Milei, orgulloso de convertir a Argentina en un sirviente dócil.

El antiguo anticomunismo surgido como respuesta a la Revolución Soviética no es ajeno a esta situación, demostrando que las crisis capitalistas, dada su nueva dimensión —precisamente un conflicto de orden global—, tienden hacia una nueva forma de solución. Por ello, emerge una nueva confrontación, expresada por una fuerte tendencia que se extiende por todo el mundo y que, precisamente por su carácter universal, llega a ser percibida como una amenaza que debe combatirse por todos los medios, reservando un lugar especial para la violencia.

La historia ha sido testigo de momentos que guardan un gran parecido con el presente. En aquella época nació el capitalismo, considerado una amenaza para las instituciones feudales existentes, que se creían divinamente ordenadas.

Nos centraremos en analizar la etapa en la que la incompatibilidad entre el desarrollo social y las relaciones capitalistas de producción se hace irreversiblemente evidente. Esto se manifiesta frecuentemente en episodios de histeria que revelan el grado de conciencia que ha alcanzado esta incompatibilidad, señalando al socialismo como la solución.

Nos encontramos ante un fenómeno histórico que guarda un gran parecido con el vivido por la aristocracia en el siglo XVIII. Con la grandeza que solo la ciencia histórica permite, Voltaire se convirtió en el intérprete de la necesidad y la urgencia de una transformación social que daría lugar al nacimiento de un hombre nuevo.

La economía política, que expresaba a la nueva clase emergente, la burguesía, fue la heraldo que proclamó a viva voz el grito de guerra de la revolución que exigían los tiempos: liberar a las nuevas fuerzas productivas de las restricciones impuestas sobre ellas por la antigua clase social, la aristocracia.

Se está produciendo un proceso de transformación irreversible, presente en todas las acciones y manifestaciones políticas, sean voluntarias o no. Lo importante es que nada escapa a su impulso transformador, derivado de la revolución impresa en las nuevas relaciones sociales que surgen por doquier. Los diversos intentos por impedir el florecimiento de estas relaciones sociales se concentran principalmente en la ya desgastada ideología anticomunista.

Es a esto a lo que la gente ha recurrido desde principios del siglo XX, cuando el comunismo comenzó a ser visto como una amenaza presente en todo lo que lleva el sello de la innovación como solución a los callejones sin salida que entonces surgían por doquier en las relaciones sociales de producción propiamente capitalistas.

La magnitud de estos conflictos ya se vislumbraba a finales del siglo XIX y estalló con toda su fuerza en la Primera Guerra Mundial, una clara demostración histórica de que la revolución socialista se convirtió en el nuevo horizonte para la humanidad. Podemos afirmar, pues, que el siglo XX inauguró una era revolucionaria. Y aquí es donde nos encontramos. En la práctica, el grado de conocimiento que se tenga de este fenómeno social es de poca importancia.

Podemos afirmar que se ha producido una profunda subversión en los medios de producción, hasta tal punto que una revuelta general de la tecnología y la ciencia de la producción ha hecho inviable la supervivencia del capital. Por esta misma razón, lo que aún se denomina capital no es más que una fuerza en feroz lucha contra las nuevas fuerzas productivas.

Su identificación más precisa es una vieja historia que adquirió el estatus de ideología dominante en respuesta al socialismo surgido con la Revolución Soviética de 1917. Conocida como «anticomunismo», esta ideología rige todas las acciones, tanto las que correspondían a intereses propiamente burgueses como las que, en tiempos recientes, representan los intereses fallidos de una horda de fascistas.

 Este grupo tiene la tarea exclusiva de destruir las condiciones que propician un avance revolucionario en la tecnología y la ciencia de la producción. Identifican el proceso de transformación en marcha con fuerzas comprometidas con el socialismo, en lo cual, sorprendentemente, no se equivocan.

Por lo tanto, resulta difícil encontrar otra razón que no sea el anticomunismo para comprender las acciones políticas de gran parte del mundo. Cualquiera que sea la forma que adopten —guerra, sanciones, invasiones, genocidio, en resumen—, no cabe esperar nada diferente, especialmente del imperio estadounidense, sumido en contradicciones insuperables generadas por un sistema, el capitalismo, que ha perdido su vigor y se encuentra en un proceso de declive irreversible.

Que quede claro que el gigantesco proceso de transformación que actualmente recorre el mundo entero es exclusivamente resultado de un desarrollo histórico. Considerada una amenaza externa, la tendencia hacia el socialismo es, en realidad, un hecho fundamental de nuestro tiempo.

Por esta misma razón, el esfuerzo por detenerla ha contribuido a empeorar las condiciones de vida de un mundo incapaz de resolver su crisis recurriendo a soluciones obsoletas. Ante la revolución que se impone como solución para superar la decadencia que se ha apoderado del mundo, hemos visto manifestaciones de desesperación, como el caso del presidente de Argentina, esa figura nefasta que ve la devastación del país como su tarea urgente.

Tal es la desesperación que se ha apoderado de la banda que tomó el poder en Estados Unidos que no sorprende que el Secretario de Guerra, un individuo moralmente reprobable, hable de la dominación mundial como un derecho divino. El frenesí destructivo que nos recuerda a Adolf Hitler tiene su contraparte en las tendencias genocidas que se han apoderado del imperio y su colonia militar, Israel.

Considerar esta situación extremadamente grave que se ha apoderado del mundo como un asunto que involucra políticas antidemocráticas, neoliberalismo, financiarización, etc., empobrece los términos de la lucha que es necesaria para «acortar los dolores de parto».

Es importante no perder de vista que el capitalismo pende de un hilo, hasta el punto de que cualquier intento de desarrollo económico se percibe como una amenaza política. Esta realidad propicia situaciones que no descartan comportamientos que rozan la locura, con el objetivo de destruir las fuerzas productivas. Pienso especialmente en el caso del actual presidente de Argentina.

* Doctor en historia por la Unesp. Es autor, entre otros libros, de Ensayos sobre historia ( UFMS ).

A Terra e Redonda


 

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