Entre Beijing y Washington: la “Nueva OMC” del G2 – Por Matías Caciabue

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Entre Beijing y Washington: la “Nueva OMC” del G2

Por Matías Caciabue

Desde que Donald Trump regresó a la Casa Blanca, el 20 de enero de 2025, se celebraron tres cumbres bilaterales entre el presidente estadounidense y Xi Jinping. Leídas de conjunto, esas reuniones permiten observar una secuencia que excede ampliamente la dinámica diplomática entre las dos mayores economías del planeta y comienza a revelar un proceso de creciente institucionalización de su relación estratégica.

La secuencia comenzó el 30 de octubre de 2025 en Busan (Corea del Sur), donde Trump y Xi retomaron el contacto directo luego de meses de guerra arancelaria, restricciones tecnológicas estadounidenses y controles chinos sobre minerales críticos, dando paso a una primera desescalada. El 14 de mayo de 2026 en Beijing, y con una referencia explícita a la “trampa de Tucídides”, se produjo un salto cualitativo- Allí ambos mandatarios definieron una “relación constructiva de estabilidad estratégica” y acordaron crear una Junta Bilateral de Comercio y una Junta Bilateral de Inversiones para administrar intercambios, aranceles, inversiones y proyectos estratégicos. Finalmente, el 24 de septiembre en Washington, esas instituciones comenzaron a adquirir una dimensión operativa concreta, y la Junta de Comercio avanzó en un esquema de tratamiento arancelario preferencial para unos 30 mil millones de dólares en mercancías en cada dirección, mientras la Junta de Inversiones quedó formalmente establecida como canal permanente para abordar oportunidades, restricciones y obstáculos al movimiento bilateral de capitales.

En otras palabras, comienza a delinearse ante nuestros ojos una arquitectura destinada a regular, mediar y administrar la contradicción principal de la Nueva Fase Financiera-Digital del capitalismo, el llamado Enfrentamiento del G2.

La “Nueva OMC” del G2

El Enfrentamiento del G2 no remite simplemente a una lucha interestatal entre EEUU y China, ni constituye una reedición mecánica de la Guerra Fría. Expresa la contradicción entre dos grandes fuerzas capaces de articular redes de actores financieros, tecnológicos, industriales, militares e institucionales de alcance mundial. De un lado, aparece la fuerza organizada alrededor de Wall Street, Silicon Valley y el complejo GAFAM-Nvidia. Del otro, el entramado articulado alrededor del Estado chino, su gigantesca plataforma industrial y el complejo tecnológico BATHX-Huawei.

Entre ambas fuerzas existe, al mismo tiempo, competencia e interdependencia, y ambas dimensiones forman parte de una misma totalidad. EEUU y China explican conjuntamente más del 42% del PBI mundial, una magnitud que permite dimensionar la capacidad estructurante que poseen sobre la economía del mundo. Esa centralidad se expresa, además, en una profunda interdependencia comercial, financiera, industrial y tecnológica, construida sobre décadas de mundialización de la producción y de integración de las cadenas globales de valor.

Por la magnitud y el carácter estratégico de las Juntas creadas en Beijing, el analista argentino Jorge Castro identificó allí una transformación cualitativa. Para Castro, la Junta de Comercio y la Junta de Inversiones entre Estados Unidos y China constituyen, en los hechos, una suerte de “nueva Organización Mundial del Comercio”, acompañada por algo semejante a un gran Banco Mundial de capitales privados (Castro, 2026).

La vieja Organización Mundial del Comercio (OMC) se estructuró alrededor de una arquitectura multilateral construida, fundamentalmente, bajo las condiciones de la hegemonía angloamericana surgida después de la Segunda Guerra Mundial. Lo que comienza a aparecer ahora pone de manifiesto que el centro de gravedad de la economía mundial empieza a desplazarse hacia una negociación directa entre las dos fuerzas con mayor capacidad material para estructurar una parte sustancial de los procesos de acumulación, producción e intercambio a una escala planetaria.

La Junta de Comercio resulta particularmente ilustrativa de este movimiento. El mecanismo denominado “30-for-30” contempla inicialmente mercancías por aproximadamente 30 mil millones de dólares en cada dirección, con la posibilidad de ampliar progresivamente los productos alcanzados. Al mismo tiempo, establece procedimientos, responsables y mecanismos permanentes de seguimiento. Ya no estamos solamente frente a una negociación coyuntural entre dos gobiernos, sino ante los primeros trazos de una nueva institucionalidad destinada a administrar de manera sostenida la relación económica entre ambas fuerzas.

Sin embargo, sería un error medir la importancia de estas Juntas únicamente a partir de los aproximadamente 140 mil millones de dólares de inversión extranjera directa (IED) cruzada entre ambos países. Potencialmente, están llamadas a administrar una relación que involucra alrededor de medio billón de dólares anuales de comercio directo (495 mil millones de dólares en 2025 y unos 222 mil millones de comercio de mercancías durante los primeros siete meses de 2026), pero cuya significación se extiende aún mucho más allá de sus flujos directos. Es que entre Beijing y Washington se procesan hoy algunas de las principales discusiones mundiales sobre semiconductores, inteligencia artificial, minerales críticos, cadenas de suministro, energía, manufactura avanzada, sistemas financieros, logística, agricultura, patentes y estándares tecnológicos.

¿De la “Nueva OMC” al “Estado Mundial”?

Si las condiciones materiales contemporáneas exigen instituciones capaces de administrar flujos económicos, tecnológicos y financieros de una escala planetaria, aparece inevitablemente la pregunta por la forma política correspondiente a semejante desarrollo de las fuerzas productivas. Jorge Castro lleva su razonamiento desde la idea de una “Nueva OMC” hacia una hipótesis todavía más profunda, marcada por la emergencia de formas embrionarias de un Estado Mundial. En sus palabras:

“La concepción del Estado mundial que emerge de la reunión de Beijing es al igual que el de Hegel y el de Antonio Gramsci, un vínculo que une e integra el poder político y la sociedad civil; y por esa vía fusiona lo político, lo económico y lo tecnológico en un proceso de arriba hacia abajo y recíprocamente de forma circular. Hegel/Marx/Gramsci/Trump/Xi Jinping constituyen una línea de continuidad y de verdad que une el pasado con el presente y sirve de fuente al futuro” (Castro, 2026).

La potencia de este planteo radica en su intento por comprender dialécticamente las transformaciones en curso. El desarrollo de las fuerzas productivas materiales contemporáneas (digitalización, virtualización y automatización) transforma las relaciones sociales de producción, modifica las formas de producción y circulación del capital y redefine la articulación entre empresas, territorios y Estados. Ese salto histórico es lo que hemos conceptualizado como Nueva Fase del modo de producción capitalista (Aguilera, 2023).

Ahora bien, frente al advenimiento de lo nuevo, no debería perderse de vista que el capitalismo ya construyó, desde 1945 primero y con mucha mayor profundidad desde la década de 1970 después, una compleja arquitectura de gobernanza global, incluso de Estado-red global. Naciones Unidas, el sistema de Bretton Woods, el FMI, el Banco Mundial y, posteriormente, la OMC, junto con redes financieras, organismos técnicos, think tanks, acuerdos regulatorios y espacios público-privados de alcance transnacional, conformaron progresivamente un sistema institucional destinado a administrar la mundialización capitalista. La cuestión es que esa arquitectura, estrechamente vinculada con la fase transnacional y neoliberal del capitalismo, se encuentra hoy atravesada por una crisis profunda.

Por eso, antes que afirmar inmediatamente la existencia de un “Estado Mundial”, nos parece más preciso reconocer la existencia de una gobernanza global, entendida como un sistema institucional supranacional, no centralizado, compuesto por organismos multilaterales, Estados, corporaciones, fondos de inversión, plataformas tecnológicas, instituciones financieras y redes regulatorias que actúan sobre un espacio económico crecientemente mundializado. Esa gobernanza no constituye un Estado en sentido estricto, pero cumple funciones de coordinación, regulación y administración de procesos que desde hace décadas exceden las fronteras nacionales.

El problema es que la Nueva Fase Financiera-Digital introduce una transformación cualitativa sobre esa arquitectura heredada. La economía continúa siendo transnacional, pero ahora es también crecientemente digital, automatizada y organizada sobre infraestructuras tecnológicas de escala planetaria. La gobernanza global construida para administrar la fase anterior comienza entonces a mostrar sus límites. No sólo porque las viejas instituciones multilaterales pierden capacidad para ordenar las nuevas contradicciones, sino porque su propia arquitectura aparece crecientemente perforada por un entramado de intereses, instituciones y capacidades público-privadas articuladas alrededor de la personificación social capitalista dominante de la Nueva Fase: la Aristocracia Financiera y Tecnológica.

Es este nuevo momento de la estructura económico-social el que presiona sobre la superestructura jurídica, política e ideológica mundial y exige nuevas formas institucionales capaces de administrar una realidad material que ya era transnacional, pero que ahora atraviesa además un proceso acelerado de digitalización de la producción, de la circulación y de la vida social. De allí que la crisis de la vieja gobernanza global y la emergencia de nuevas instituciones no constituyan procesos separados, sino dos caras de una misma transformación histórica.

En ese marco, un eventual “Estado Mundial” no debería imaginarse como un gobierno planetario armónico destinado a sustituir a los Estados-Nación. Puede comenzar a aparecer, en todo caso, bajo una forma contradictoria, descentralizada y conflictiva de regulación mundial, construida sobre instituciones preexistentes pero también sobre nuevos mecanismos nacidos de la Nueva Fase. En ese proceso, los Estados-Nación no desaparecen, sino que quedan subsumidos en una totalidad más amplia, integrados a estrategias económicas, tecnológicas, financieras y geopolíticas cuya escala excede crecientemente sus fronteras.

Es precisamente allí donde la hipótesis de Castro adquiere interés, pero también donde creemos necesario introducir una precisión. El parto histórico que atravesamos no ocurre sobre un vacío institucional. Ocurre sobre una gobernanza global ya existente, hoy en crisis, y sobre la cual comienzan a desplegarse nuevas formas de regulación correspondientes a una fase capitalista que es simultáneamente transnacional, financiera y digital. La pregunta, por lo tanto, no es solamente si está emergiendo un Estado Mundial, sino qué forma política e institucional adoptará la reorganización de una gobernanza global atravesada por el Enfrentamiento del G2 y por la creciente centralidad de la Aristocracia Financiera y Tecnológica.

Aquí resulta particularmente productiva la categoría de “Estado-Plataforma” desarrollada por Lucas Aguilera (2026). En la Nueva Fase capitalista, la transformación del Estado-Nación no supone su extinción, sino su reconfiguración. Trump necesita al Estado estadounidense para articular Wall Street y Silicon Valley, la infraestructura energética, las cadenas tecnológicas y el complejo militar-industrial norteamericano. Xi, por su parte, necesita al Estado chino para organizar su gigantesca plataforma industrial, financiera, científica y tecnológica, y proyectarla sobre las cadenas globales de valor.

El problema estratégico

La digitalización, la automatización y la inteligencia artificial convierten crecientemente al conocimiento social acumulado (el “intelecto general”) en una fuerza productiva inmediata. Al mismo tiempo, expanden el proceso de valorización mucho más allá de los límites de la jornada laboral formal, avanzando sobre el tiempo disponible, la atención, la creatividad y la producción cotidiana de conocimiento de miles de millones de seres humanos.

EEUU y China no disputan solamente mercados, monedas, territorios o áreas de influencia. Disputan las infraestructuras materiales, tecnológicas e institucionales de la Nueva Fase Financiera-Digital. Desde esta perspectiva, la “Nueva OMC” expresa la aparición concreta de instituciones destinadas a administrar una economía mundial dominada por dos grandes fuerzas, incluyendo una discusión sobre las formas políticas más amplias hacia las que podría derivar.

Para América Latina, el problema estratégico consiste en comprender cuál es el nivel de desarrollo de la contradicción principal que estructura la Nueva Fase para intervenir dentro de ella desde una posición propia. Eso supone recuperar capacidades soberanas, apuntalar el protagonismo popular, reconstruir instrumentos estatales, científicos, tecnológicos y productivos, y avanzar en procesos de integración regional capaces de disputar las condiciones bajo las cuales nuestras sociedades participan de la nueva arquitectura económica y geopolítica mundial.

La secuencia Busan-Beijing-Washington ofrece, en este sentido, un marco privilegiado para observar las enormes transformaciones en curso. En Busan, las dos fuerzas reconocieron la necesidad de contener una escalada. En Beijing, dieron un paso cualitativamente superior al crear mecanismos institucionales destinados a administrar esa contradicción. En Washington, esas instituciones comenzaron a ponerse efectivamente en funcionamiento.

Hay todavía dos movimientos que pueden terminar de darle forma a esta secuencia. Shenzhen será sede de la cumbre de la APEC en noviembre, encuentro al que tanto Trump como Xi han manifestado su intención de asistir; y apenas un mes después, el 14 y 15 de diciembre, el G20 se reunirá en Miami bajo presidencia estadounidense, donde Trump volvió a señalar que espera encontrarse con el mandatario chino. Si ambas reuniones se concretan, 2026 habrá concentrado una intensidad diplomática inédita. La pregunta, entonces, es inevitable: ¿por qué 2026 se ha convertido en el año de las reuniones entre Trump y Xi? ¿Estamos simplemente ante una acumulación excepcional de cumbres o, más profundamente, ante la emergencia histórica de una nueva OMC?

 

 

Referencias

Aguilera, L. (2023). Nueva Fase. Trabajo, valor y tiempo disponible en el capitalismo del siglo XXI. Buenos Aires: Punto de Encuentro.

Aguilera, L. (2026, 14 de abril). China vs Estados Unidos: La carrera global por la Inteligencia Artificial: energía, infraestructura y el Estado Plataforma. NODAL. https://www.nodal.am/2026/04/china-vs-estados-unidos-la-carrera-global-por-la-inteligencia-artificial-energia-infraestructura-y-el-estado-plataforma/

Bureau of Economic Analysis. (2026, 21 de julio). Direct Investment by Country and Industry, 2025. U.S. Department of Commerce. https://www.bea.gov/news/2026/direct-investment-country-and-industry-2025

Castro, J. (2026, 18 de julio). El nuevo orden global creado en Beijing por Trump y Xi Jinping se vuelca al futuro. Clarín. https://www.clarin.com/economia/nuevo-orden-global-creado-beijing-trump-xi-jinping-vuelca-futuro_0_8WAacupXDQ.html

World Trade Organization. (2026). World Trade Statistics 2025. https://www.wto.org/spanish/res_s/statis_s/world_trade_statistics_s.htm

World Trade Organization. (2026, marzo). Global Trade Outlook and Statistics. https://www.wto.org/english/res_e/booksp_e/gtos0326_e.pdf

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