La caída de Longueira y el fin de la UDI responsable – Por Carlos Correa

El peor momento en que la derecha podría sufrir la salida de Longueira de la carrera presidencial era este. El panorama se veía incendiado por una trifulca donde el propio Presidente había quedado descolocado por la propuesta conjunta de RN con la oposición de una reforma al sistema electoral, que lo había obligado a reaccionar y presentar, vía cadena nacional, una propuesta montada de manera rápida para no quedar fuera de la agenda y no sucumbir ante el protagonismo cazurro de Carlos Larraín.

Todo esto cuando todavía duelen las heridas de la aplastante derrota de la primaria, que implicó que la coalición opositora triplicara los votos del oficialismo y que Michelle Bachelet tuviera una votación arrasadora, pese a la larga campaña de desprestigio en su contra que implicó no solamente las acusaciones por el manejo del tsunami  el 27/F o los intentos de involucrarla en el caso Exonerados, sino también, de manera inédita, la bajada del Ministro de Hacienda al terreno electoral con una serie de juicios con poco fundamento técnico sobre los riesgos económicos de las propuestas de la Nueva Mayoría.

¿Había conocimiento en ese partido del real estado de salud de Pablo Longueira en ese momento que parecía glorioso en el gremialismo? Más allá de la solidaridad y la empatía que genera lo que le ocurrió al ex candidato, y el respeto a su larga trayectoria política, es un cuestionamiento que lacerará a la derecha, y en especial a la UDI, por mucho tiempo.

Por otro lado, las contiendas senatoriales no parecían un asunto de fácil solución. La intempestiva arremetida del candidato Allamand en la circunscripción Santiago Poniente, a costa de su vocera, Catalina Parot que en una entrevista en La Segunda lo dejó bastante mal parado, o los líos en las regiones II, VIII Costa o XII para armar duplas competitivas que eviten un doblaje de la Nueva Mayoría, mostraban a una derecha con dificultades ciertas en su articulación.

No solamente es la peor de las suertes para la derecha el hecho mismo, sino los tiempos en los que ocurre este tsunami, como lo calificó Manuel José Ossandón. Presentarlo de una situación inesperada y lamentable agrava aún más el panorama, pues los indicios que han aparecido en estas horas muy noticiosas parecieran decir otra cosa.

Si el cuadro clínico del ex candidato Longueira, como ha trascendido, venía desde hace un tiempo deteriorándose, ¿por qué no fue posible prever un desenlace de lo ocurrido ayer, o que no se evaluara el riesgo que pasara después de la primaria y se desatara este apocalipsis? Es una pregunta que a muchos les puede resultar incómoda, pero es relevante para la opinión pública, toda vez que la UDI tomó la decisión de bajar la candidatura de Laurence Golborne y reemplazarlo por Longueira que parecía mejor candidato. ¿Había conocimiento en ese partido del real estado de salud de Pablo Longueira en ese momento que parecía glorioso en el gremialismo? Más allá de la solidaridad y la empatía que genera lo que le ocurrió al ex candidato, y el respeto a su larga trayectoria política, es un cuestionamiento que lacerará a la derecha, y en especial a la UDI, por mucho tiempo.

La salud mental de quienes aspiran al máximo cargo de la Nación no es un tema sólo privado, por muy complejo que sea, sino también un asunto de Estado y que las coaliciones políticas no pueden soslayar a la hora de evaluar sus distintas opciones.

Después de tamaña irresponsabilidad, buscar votos del centro acusando a Michelle Bachelet que sus acciones pueden traer riesgos para la gobernabilidad, no tiene sentido lógico alguno. Si algo ha demostrado ella en demasía es justamente eso que a la derecha en estos días no le calza en modo alguno. Todos los fantasmas que puedan esgrimir para derrumbar su fortaleza en ese ámbito, como la asamblea constituyente, los comunistas, los Atrias, el fin del crecimiento económico, entre tantos otros, parecerán a los electores solo juegos de sombras chinas.

Para ver grados similares de impericia en la derecha habría que remontarse al episodio de hace más de 20 años de la radio Kyoto, que desnudó una conversación del entonces precandidato Sebastian Piñera para perjudicar a su compañera de partido Evelyn Matthei y los oscuros giros que tuvo esa trama, con participación nunca aclarada del todo del pinochetismo civil.

Fuente: La Segunda – UDD

Fuente: La Segunda – UDD

¿Cómo se modifica el panorama electoral? La única encuesta que se hizo pública después de las primarias fue la de La Segunda-UDD, donde se indicaba que Longueira alcanzaba un 25 %, número similar al obtenido dentro del universo de votantes de la primaria y era por tanto muy optimista. También daba la sensación de crecimiento de los candidatos independientes, que incluso podrían amenazar el segundo lugar de la derecha, considerando que Longueira representa un voto duro, y que ya en la primaria el sector oficialista sufrió una sangría a manos de Velasco. Se ve muy difícil que un candidato o dos candidatos de la derecha sean capaces de mostrar desempeños muy superiores a ese guarismo, teniendo que competir con la performance de Alessandri Bessa en 1993, por el poco honorable titulo del candidato menos votado de los partidos de derecha desde el retorno a la democracia.

Debido a que la Ley de Primarias deja en libertad de acción a los partidos de la Alianza para decidir llevar un candidato en conjunto, cada uno el suyo o apoyar a un tercero en competencia, les toca a ellos el más difícil dilema, que mientras más se alargue más señales de desgobierno entregará el sector. Y por cierto, la misma Ley de Primaria inhabilita a Andrés Velasco, que es una opción que no incomodaría a muchos.

Pareciera  ser que la única fuerza existente en la derecha con cierto grado de orden es el gobierno, cada vez más atrapado en la campaña que en su tarea de cerrar el ciclo deadministración. Las palabras de Piñera ayer, luego de saberse la noticia de la bajada de Longueira, son claras respecto a su deseo. Al decir que “no es tiempo de pequeñeces ni divisiones, es tiempo de unidad, grandeza y generosidad