Las Farc y el narcotráfico – Periódico El Mundo, Colombia

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

En nuevo desconocimiento a la posición de por lo menos el 45 % de los colombianos que en la primera vuelta votaron por candidatos que expresaron dudas sobre las conversaciones de La Habana, los voceros del Gobierno y las Farc regresaron ayer a la mesa para, según declararon, discutir la metodología con la cual van a negociar los subtemas “derechos humanos de las víctimas” y “verdad”, contemplados en el punto de víctimas.

No obstante el tufillo electoral que se percibe en este promocionado retorno a las conversaciones, la noticia sobre la prioridad a las víctimas como centro de la negociación despierta alguna esperanza en que las Farc reconozcan su dignidad, el Estado ofrezca respeto a su sacrificio en esta confrontación de la guerrilla contra el pueblo colombiano, y las partes garanticen que no habrá repetición, retaliación o venganza por parte de los desmovilizados. En esas condiciones, hablar con la verdad es condición y garantía de transparencia en la negociación.

El encuentro que comenzó ayer fue precedido por una auto-entrevista del guerrillero Rodrigo Londoño Echeverri, alias Timoleón Jiménez o Timochenko, en la que los medios de comunicación destacaron una entre el cúmulo de mentiras y medias verdades. Afirma el jefe guerrillero que esta es una respuesta al acuerdo sobre drogas ilícitas, cuyo resumen fue publicado el pasado 16 de mayo. Esa sola respuesta interroga a los negociadores y siembra inquietud por la inestabilidad de los pocos compromisos asumidos por la guerrilla en los tres acuerdos alcanzados.

En nuestro análisis sobre ese acuerdo manifestamos dudas porque parecía que “hubiera primado el afán de presentar un acuerdo, así este desconociera que el mundo, no solo Colombia, está atento a cómo se va a exigir a las Farc asumir responsabilidades como cartel narcotraficante”. Esa respuesta es la ofrecida por el jefe guerrillero al proclamar a las Farc como víctimas del narcotráfico, para lo cual tuvo cuidado de recordar a sus muertos en esa confrontación, ratificando su intención de presentarse como víctimas, no victimarios, en la guerra que le declararon al país. Sobre esa proclama, las Farc notifican a la mesa que “el que se nos quiera igualar al narcotráfico, entraba cualquier acuerdo”.

No son las autoridades colombianas, tampoco las estadounidenses, son los académicos de los centros de pensamiento y los periodistas investigadores, los que han caracterizado a las Farc como cartel de las drogas, con control de los cultivos ilícitos -que garantizan con su capacidad de presionar a los campesinos-; actividades de producción en laboratorios bien protegidos por minas antipersonal; injerencia en la comercialización, en virtud de sus vínculos con los poderosos carteles mexicanos de Sinaloa y los Zetas, y con el lavado de dinero a través de millonarias cuentas bancarias en paraísos fiscales, que a su vez les permiten comprar favores y mantener su armamento. La negación de su activa y directa participación en el negocio del narcotráfico no es por vergüenza por haberse vinculado en crímenes que tanto daño humano y ambiental han producido. Es una demostración de que las Farc buscarán eludir a la justicia colombiana o estadounidense por los crímenes asociados al comercio ilegal de droga, de la misma forma en que en el tercer punto se omitió su obligación de entregar rutas y dineros producto de esa actividad criminal.

Con parecido cinismo, ante el comprobado reclutamiento forzado de menores de edad o, lo que es peor, el reportado pago a las familias para que les entreguen a sus hijos, alias Timochenko proclama que los guerrilleros actúan por convicción y “a nadie se le ofrece un peso por participar”. Este nuevo globo anuncia la negativa a reconocer uno de los peores crímenes que mundialmente se le tienen documentados a esa guerrilla y a reparar a sus afectados, y se constituye en pésimo augurio para el cada vez más incierto proceso de paz, cuyo golpe de gracia bien podría ser lo también señalado por el jefe guerrillero en cuanto a las limitadas capacidades de las Farc para garantizar que todos sus frentes se sumen a la desmovilización y la dejación de armas. Con mentiras, negativas a asumir responsabilidades y alcances recortados a lo que se negocie en La Habana, ¿cómo puede sensatamente pensarse que lo que allí se negocia es la paz?

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