Gobierno Dilma 2015: clases sociales y rumbos económicos – Por Amílcar Salas Oroño

El ranking de las principales empresas brasileñas se modificó en las últimas semanas hacia una dirección específica: Bradesco, el segundo mayor banco privado del país, alcanzó a Petrobrás en su valor de mercado; ambas empresas disputando un tercer lugar detrás de Ambev y el banco Itaú. No debe ser visto como un detalle irrelevante esta aproximación. Al margen de la caída del precio del petróleo o la desvalorización de mercado empujada por el escándalo de corrupción que involucra a ex-funcionarios de la estatal, políticos y constructoras, la consolidación de Bradesco – cuyos lucros líquidos crecieron un 26,5 % en el tercer trimestre del año en comparación con el mismo período del 2013, potenciados por una de las tasas de interés más altas del mundo- también se proyectó hacia adentro del próximo gobierno, con la nominación de Joaquim Levy como futuro ministro de Economía. Ex-directivo del banco, J. Levy señala un rumbo; seguramente, una reformulación de lo que han sido estos años de heterodoxa combinación entre más Estado y más mercado.

Orientación ideológica y agenda de cambios

El tiempo que transcurre desde que se dan los resultados electorales y la ceremonia de posesión del cargo suele ser un período en el que se van presentando ante la ciudadanía quienes serán las principales figuras públicas del próximo gobierno y, aunque sea de forma general, el perfil y la naturaleza de lo que serán los siguientes años de gestión. Por lo menos así ha ocurrido en las últimas sucesiones presidenciales brasileñas. Luego de la primera victoria de Lula en el 2002 y antes de asumir la Presidencia, en medio de un clima eufórico después de los tres intentos previos, se lanzó, por ejemplo, el Programa Fome Zero – que aglutinó compromisos de diversos sectores sociales – al mismo tiempo que se reubicaba al nuevo gobierno, desde un punto de vista simbólico, en diálogo con determinadas tradiciones políticas, como las alusiones hechas por Lula respecto de la experiencia de gobierno de Juscelino Kubitschek. Orientaciones de agenda y reinterpretaciones de los pasados políticos.

En el 2006, durante los meses de transición post-reelección de Lula, se presentó, entre otras iniciativas, el PAC (Programa de Aceleramiento del Crecimiento). Se trataba de un reorganización de las inversiones públicas que, a posteriori, se volvió fundamental en lo que fue la construcción de cierto “modelo de desarrollo” de allí en adelante. De forma simultánea y como trasfondo ideológico, reapareció la figura de Getulio Vargas y las instituciones creadas en ocasión de sus gobiernos, algo que, en principio, no formaba parte de la identidad del PT. Circunstancia similar se dio cuatro años después: tras la victoria de Dilma en el 2010, en aquél impasse administrativo se expusieron algunas directrices de lo que sería el primer gobierno de una mujer como Presidenta, con otras líneas políticas a profundizar como, por ejemplo, la revisión (institucional) sobre el pasado dictatorial – y lo que sería la instalación de la Comisión Nacional de la Verdad, que en estos días entregó sus resultados – junto con una revalorización de la figura de Joao Goulart.

Ni J. Kubitschek, ni G. Vargas, ni J. Goulart reaparecieron en estas semanas de transición desde que Dilma Rouseff obtuvo su reelección, el 26 de octubre. No hubo una señal de dirección política del nuevo gobierno que se acople a tradiciones políticas pasadas – de las que siempre se pueden sacar elementos de prospectiva- como tampoco hubo una continuación de lo que fue el último tramo de la campaña, en la que se dio una oxigenante y movilizadora participación popular. Han sido unos meses, en ese sentido, bien diferentes. En realidad, lo que se ha manifestado de forma más concreta es la debilidad política general en la que se encuentra el Partido dos Trabalhadores: debilidad institucional, con oposiciones internas en la misma coalición gubernamental – principalmente por parte del PMDB- dejando en evidencia una correlación de fuerzas enflaquecida (tan sólo 70 diputados del PT de 513; 5 gobernadores de 27); debilidad económica, en lo que han sido las presiones bursátiles sistemáticas en estas semanas y los chantajes de las evaluadoras de mercado y de los propios agentes económicos; debilidad mediática: con la sobreexposición tendenciosa del “escándalo de Petrobrás”, direccionado hacia la devaluación de la legitimidad presidencial.
En este escenario, la nominación del “equipo económico – J. Levy, Nelson Barbosa y Alexandre Tombini- junto con otras designaciones para las futuras funciones ministeriales, no sólo marca una distancia respecto de los anteriores períodos de “transición” sino que, además, pareciera reforzar aún más esa misma debilidad, volviendo atrás con un logro de los últimos tramos de la campaña electoral y sobre el cual podría haberse relanzado la continuidad de la “agenda de cambios”: la clarificación desde un punto de vista social de los proyectos políticos en disputa en la sociedad brasileña.

Bancarios y banqueros

A lo largo de toda su historia como fuerza política el Partido dos Trabalhadores ha contribuido a identificar y criticar, de cara a la sociedad, los proyectos políticos de las “elites”. Desnaturalizando las formas tradicionales del ejercicio del poder, visibilizando actores y derechos postergados, democratizando las formas de acceso y construcción de ciudadanía; desde ese punto de vista puede afirmarse que ha sido un partido “antielitista”. No sólo por el contenido programático de su convocatoria sino también por los orígenes sociales de sus dirigentes y representantes, cuestión que incluso se confirma hoy en día: los parlamentarios del PT que actuarán en la próxima Cámara de Diputados a partir del 2015 poseen, en promedio, los patrimonios personales más bajos y sus rostros son bastante más parecidos a sus electores si se los compara con los de los otros partidos políticos; por ejemplo, es el principal partido con representantes negros – 18 en total, mientras que el PSDB tiene, exactamente…ninguno.

En un célebre discurso en Mato Groso do Sul en el 2010 Lula, sobre un estrado repleto de dirigentes y candidatos, planteó un diálogo con Zeca do PT, el histórico referente estadual de extracción sindical bancaria: “fuimos criados con la idea de que este país debía ser gobernado por banqueros y nunca por bancarios..hasta que pudimos dar vuelta esa visión”. No fue casualidad aquella alusión: entre los miembros del partido con extracción sindical, la categoría de los bancarios siempre tuvo un peso histórico significativo. Esa oposición entre bancarios y banqueros, usada en otros discursos y por otros referentes, permitía ser directos sobre un punto: el que tiene que ver con la consciencia social, con la consciencia de los problemas sociales, que se reconstruye de forma muy diferente según el punto de vista de clase desde donde se realice. Y es esa misma perspectiva y consciencia – para el caso, de los bancarios- la que se reorganiza (políticamente) en el presente buscando las referencias, las inspiraciones y las tradiciones del pasado; para los banqueros, la historia tiene un sentido completamente distinto.
El problema no es tan sólo la nominación de un banquero como J. Levy – y no de un bancario, en un sentido genérico- sino la ausencia de un discurso político-histórico durante estos meses de transición que le hubiera dado un sentido diferente a los cambios ministeriales y otra expectativa al nuevo mandato de Dilma Rousseff. Sin una reorganización y cobertura ideológica que indique una dirección política, sin un metabolismo discursivo, los puntos de vista de clase suelen salir a la luz de maneras más directas. Circunstancias que los gobiernos latinoamericanos deberían considerar atentamente, frente a los reordenamientos económicos mundiales, para poder continuar con una “agenda de cambios” popular, democrática e inclusiva socialmente.

** Politólogo. Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe (UBA)