Bachelet: una apuesta arriesgada – Por Mauricio Morales

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Definitivamente, la Presidenta y su gobierno están optimistas. Hay que tener harta personalidad para abordar un proceso constituyente en medio de una profunda crisis de confianza y con sólo un tercio de la aprobación ciudadana. Además, se aprovechó una instancia destinada a enfrentar los escándalos políticos para tirar el tejo más allá de lo esperado. De todos modos, esto no debiese sorprender. La Presidenta siempre se ha inclinado por forjar una nueva Constitución. Para algunos miembros del Consejo esto debe haber caído muy mal. Legítimamente pueden sentir que la Presidenta usó a la Comisión como un simple trampolín para reforzar su programa inicial. El riesgo que está corriendo Bachelet es altísimo. Se la está jugando con la propuesta que genera más división en los partidos de la Nueva Mayoría.

Esta decisión tiene una importante cuota de racionalidad. Un gobierno con baja aprobación y bombardeado sistemáticamente por distintos escándalos, no tiene nada más que perder. En una situación como ésta, sólo queda jugársela por la opción más temeraria y que representa el todo o nada. Si parte de su propio sector se niega a impulsar el proceso constituyente, Bachelet se habrá ganado una nueva llamarada del fuego “amigo”. Pero la Presidenta fue astuta. No ofreció Asamblea Constituyente ni un cheque en blanco al Congreso para redactar la nueva Carta Fundamental. Lo dejó todo en suspenso, logrando trasladar el eje de la discusión desde los escándalos al proceso constituyente.

Otro problema no menor es que la Presidenta da por hecho que los chilenos no quieren la actual Constitución. Es cierto que algunas encuestas muestran una opción de este tipo, pero lo razonable sería consultar o plebiscitar el texto vigente antes de avanzar en un proceso constituyente. Por cierto, para dar de baja la actual Constitución se requiere de una mayoría absoluta de todos los habilitados para votar. Es decir, aproximadamente 7 millones. En la segunda vuelta de 2013, Bachelet no llegó a los 3.5 millones. Ahí hay un desafío grande. La Presidenta no puede eludir esta fase. Y si vota poca gente, implica simplemente que no existe interés por impulsar un cambio de este tipo. Una cosa es la predisposición o las inclinaciones de los ciudadanos, y otra muy distinta es la conducta. Si Bachelet cree que hay una opción ampliamente mayoritaria por cambiar la Constitución, no debiese temer a que la ciudadanía- eventualmente- le dé un portazo. Total, en la interna del PS ganaron los “fumadores de opio”, lo que permite seguir avanzando con el programa.

La siguiente cuestión relevante es que la Presidenta, aparentemente, no hará un cambio de gabinete en el corto plazo. El hecho de haber anunciado el inicio de un proceso constituyente implica la confirmación de su equipo. Hay pocos hinchas más furibundos de la nueva Constitución que Rincón, Peñailillo y Elizalde. Por ahora, Bachelet parece renunciar a tirarle la cadena a su equipo y, en la práctica, intenta inaugurar el segundo tiempo de su mandato con el mismo elenco. Ahora, los ministros ya tienen la hoja de ruta y eso les permitirá trabajar en condiciones algo más favorables.

¿Qué va a suceder de aquí en adelante? Parte de las propuestas del Consejo serán discutidas en el Congreso. Ahí se va a cortar el queque. El informe del Consejo toma en cuenta varias sugerencias que ya están en distintos proyectos de ley, por lo que parte de la discusión ya está avanzada. No obstante, si siguen apareciendo casos de boletas ideológicamente falsas o eventos de financiamiento ilícito de campañas, la realidad le estará dando una nueva bofetada al gobierno. La llave del éxito no la tiene -por ahora- la Presidenta. La única forma de alcanzarla es administrando bien el país, mejorando las condiciones de vida de la gente, aumentando el empleo y controlando la inflación. Eso producirá un aumento en la aprobación presidencial, que es el verdadero chaleco antibalas de los mandatarios frente a la eventual oposición del Congreso.

La Tercera