Los costos del giro al centro de Bachelet – Por Patricio Navia

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Mientras más lo niegue el gobierno, más evidente es que el cambio de gabinete realizado por la Presidenta Bachelet apunta a retomar el estilo moderado y gradualista que habían privilegiado todos los gobiernos desde el retorno de la democracia. Pero precisamente porque Bachelet llegó por segunda vez al poder enarbolando las banderas de las reformas, no las reformitas, y prometió cambios refundacionales, el giro del gobierno alimentará el descontento entre las tropas de izquierda que creían haber logrado remplazar la gradualidad pragmática de la Concertación con la retroexcavadora fundacional. Lo que Bachelet ganará en aplausos en el mundo empresarial, en la derecha y entre las voces moderadas; se convertirá rápidamente en pifias entre aquellos que creyeron que Bachelet venía a coronar el nacimiento de un nuevo ciclo.

Aunque el cambio de gabinete anunciado en una entrevista en televisión con Don Francisco inevitablemente se convertirá en una recordada anécdota, el cambio de timón que parece haber dado Bachelet al pasar a retiro a los dos principales símbolos de la Nueva Mayoría —el titular de Interior Rodrigo Peñailillo, su brazo derecho político por varios años, y el ministro de Hacienda, principal artífice de la polémica reforma tributaria—, bien pudiera también pasar a la historia como el giro más radical en prioridades y estilos realizados por un gobierno desde el retorno de la democracia. La señal a favor de la gradualidad, el diálogo y las viejas costumbres de privilegiar el crecimiento como condición necesaria y anterior a la reducción de la desigualdad fue ampliamente celebrada por la plaza de poderes fácticos.

Es verdad que persisten dudas sobre el verdadero compromiso de Bachelet con las prioridades concertacionistas. Después de todo, fue la propia Bachelet la que enterró a la Concertación en 2013. Parece razonable creer que, de recuperar saludables niveles de aprobación, la Presidenta vuelva a adquirir las ínfulas refundadoras que dominaron en su administración durante 2014. Pero como ya tiene la tarjeta amarilla del frenazo económico, de la desaprobación popular y del escándalo Caval, la Presidenta probablemente se irá con más cuidado y no dará rienda suelta a sus ímpetus de transformaciones demasiado profundas.

Si bien está pendiente que la Mandataria se pronuncie sobre cómo quiere realizar el proceso constituyente, el nombrar como titular de Interior a un político que ha sido abierto crítico de una Asamblea Constituyente (AC) hace prever que la nueva constitución será más bien una reformita que una gran reforma.

Este giro hacia el centro es visto desde la izquierda más radical como una capitulación ante la derecha y el viejo orden concertacionista. Después de dudar del compromiso de Bachelet con las reformas profundas que entonces pedían, los líderes estudiantiles que pusieron al gobierno de Piñera contra la pared en 2011 terminaron llegando de la mano de Bachelet al poder en 2013. O al menos, eso creían ellos. Y eso dio a entender el gobierno en su primer año. Ahora, esos mismos líderes deben estar decepcionados de ver en la conducción política a un representante de la vieja guardia. Así como los líderes estudiantiles de 2006 acusaron a Bachelet de haber traicionado sus promesas, los líderes de 2011 deberán aceptar que los ímpetus refundacionales difícilmente se materializarán en lo que resta de este gobierno.

Si las encuestas acompañan a Bachelet y su aprobación se recupera, el flanco más izquierdista de la Nueva Mayoría deberá tragarse su descontento. Pero si en cambio el gobierno sigue tropezando con escándalos y la Presidenta es ambigua respecto a qué dirección quiere tomar —alimentando con declaraciones amigables las expectativas refundacionales de los más radicales—, La Moneda comenzará a recibir fuego despechado desde la izquierda.

En buena medida, la decepción de la izquierda es responsabilidad de la propia Bachelet, que alimentó expectativas de promesas que ella no estaba dispuesta a cumplir. Su ambigüedad sobre la forma en que promovería una nueva constitución llevó a muchos partidarios de la AC a creer que Bachelet compartía ese objetivo. Pero ahora que ha entregado las riendas del país a dos representantes del ala moderada, la izquierda siente la tentación de llamarla cobarde o traidora. De poco servirá que Bachelet insista en sus promesas a favor de una nueva constitución o educación universitaria gratuita para todos, la realidad de los hechos es que el primer gobierno de la Nueva Mayoría parece encaminado a convertirse —para bien y para mal— en el quinto gobierno de la Concertación.

Mientras el mercado celebra ese giro, la izquierda lo resiente. Pero será el país, a través de las próximas encuestas, el miembro dirimente del jurado. Si la gente aprueba este giro, Bachelet podrá resistir a las críticas de la izquierda. La aprobación de la opinión pública será un premio de consuelo más que atractivo para poder soportar el castigo del sector que siente más cercano.

El Libero