Que vivan los estudiantes (México) – Por Hinde Pomeraniec

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

El mundo es injusto. América latina es la región más injusta. Y México es uno de los países más injustos. Leo en una nota de la BBC que el 9% del PBI de México está en manos de cuatro hombres, cuatro empresarios, todos ellos vinculados al Estado a través de sus negocios. Leo esa nota en la notebook y no puedo dejar de mirar hacia un costado de mi mesa de trabajo donde, entre varios libros, destaca uno. En la tapa, una foto en blanco y negro muestra a un grupo de jóvenes asustados con los brazos en alto, algunos con los dedos en V. De espaldas, un soldado con casco.

El título recuerda una matanza, ocurrida en la plaza donde cientos de años atrás otra masacre histórica significó el triunfo de la colonización española. Se trata de una reciente edición argentina de La noche de Tlatelolco, un celebrado texto coral que narra la ejecución a cielo abierto de estudiantes a manos de fuerzas de seguridad en la noche del 2 de octubre de 1968. Su autora es la mexicana Elena Poniatowska, que publicó este relato en 1971 y que volvió a ser la voz de los jóvenes silenciados en octubre del año pasado, cuando acompañó a miles y miles que fueron a pedir el regreso con vida de los cuarenta y tres estudiantes desaparecidos en Ayotzinapa en medio de una trama escandalosa de abuso de poder, narcotráfico e impunidad.

El estudio que cita la BBC se llama “Desigualdad extrema en México” y su autor es Gerardo Esquivel, un profesor e investigador. Entre los datos del informe, Esquivel señala que, mientras en el mundo, entre 2007 a 2012 la riqueza de los hombres poderosos disminuyó un 0,3%, en México, durante el mismo período, los ricos vieron crecer sus fortunas en un 32%. Y que mientras 23 millones de mexicanos no llegan a ganar lo suficiente para la canasta mínima y 40 millones son considerados técnicamente bajo la línea de pobreza, cuatro hombres concentran el 9% de la riqueza del país. Uno de ellos es Carlos Slim, la segunda fortuna más grande del mundo detrás de la de Bill Gates. Su riqueza asciende a U$S 71.100 millones y sus rubros son la comunicación, la construcción y también el petróleo. Es, también, el accionista mayoritario de The New York Times.

Muy por debajo (aunque muy por encima de lo que cualquiera de nosotros, mortales, podamos soñar), está la fortuna de Germán Larrea ( U$S 15.700 millones), empresario minero -acusado de provocar desastres ambientales- que es también dueño de la cadena de cines más grandes del país y de empresas constructoras y de ferrocarril. Le sigue Alberto Bailleres, con U$S 12.400 millones. Amante de los toros, es dueño de mineras, aseguradoras, tiendas de ropa y ahora también de una empresa petrolera y una conocida universidad. Por último, y con U$S 8.000 millones, está Ricardo Salinas, banquero, dueño de TV Azteca, casas de venta de muebles y un club de fútbol.

Es la famosa brecha, aquella que separa al mundo de los vivos del de los muertos en vida. Aquella que, según un informe de la OCDE (Organización para la cooperación y el desarrollo económico) advierte que en México el trabajador pobre cobra 30,5 veces menos que uno rico. A ver: yo no sé de números, pero sé leer. Entonces sé que si de una economía que está considerada la número 15 del mundo con un PBI de 1.283 billones de dólares casi el 10% está en manos de cuatro señores, hay algo que no está bien. Y si todos están al tanto de que esos empresarios hicieron sus fortunas concesionados y/o regulados por el sector público, está peor.

El presidente Enrique Peña Nieto enfrenta dudas y sospechas desde antes de llegar al gobierno, cuando se lo cuestionaba por haber sido “producido” como candidato por la televisión, previo pago del PRI, su partido. Ya en el poder, una investigación periodística reveló que una de sus propiedades, una casa valuada en U$S 7 millones en las Lomas de Chapultepec, le había sido “regalada” por el Grupo Higa, un consorcio que además integran empresas chinas y que ha sido beneficiado por el gobierno con miles de millones de dólares en concesiones. Ninguna de las respuestas de Peña Nieto a la denuncia resultó creíble.

La corrupción mata porque es precisamente eso que anuncia su etimología, un espíritu dañino que pudre las entrañas del poder y del sistema mismo. Esa corrupción latía en el México de la masacre de Tlatelolco, cuando había 48 millones de habitantes, y sigue latiendo fuerte hoy, cuando hay casi 124 millones y cuando se estima que la guerra al narcotráfico de los últimos años ya costó arriba de cien mil muertos, con resultados nulos. Se entiende, y cómo, por qué siguen protestando los estudiantes.

Hojeo el libro de Poniatowska y leo un fragmento eterno de un poema de Rosario Castellanos, que dice: “Recuerdo, recordamos/ Esta es nuestra manera de ayudar a que amanezca/ sobre tantas conciencias mancilladas,/ sobre un texto iracundo, sobre una reja abierta,/ sobre el rostro amparado tras la máscara./ Recuerdo, recordemos/ hasta que la justicia se siente entre nosotros.

La Nación