La campaña promovida en las redes sociales, y auspiciada por blogueros y asambleístas de oposición, parecería una broma, pero en realidad oculta algo más complejo: quienes la impulsan creen que todos sus males (supuestamente a causa del “correísmo”) se acabarán con un golpe de estado militar. Como eso no ocurre: hay que regalarles bandejas de huevos para que tomen valor, usen las armas y acaben con el gobierno, sus autoridades y sus simpatizantes. Parecería una broma, pero no lo es.

En otras palabras: ¿los militares no tienen testículos, ni valor, ni mucho menos testosterona en sus órganos viriles para hacer lo que ellos anhelan y no han podido hacer por las vías democráticas e institucionales? Y al mismo tiempo: ponen a mujeres, niños y ancianos con caras de ternura angelical llevando las bandejas. ¿Por qué no se las llevan a los blogueros, asambleístas y supuestos analistas que parecería carecieran de los testículos para combatir, con las armas en la mano, a una supuesta dictadura que les impide vivir con sus comodidades y aspiraciones liberales?

La imagen dice todo de quienes promueven la campaña y también sorprende que ningún militar en servicio pasivo haya salido a defender el honor y la hidalguía de las Fuerzas Armadas y sus mandos, cuando por menores cosas o adjetivos han dedicado sendos comunicados o reacciones virulentas. ¿No se sienten aludidos? ¿Los generales en servicio pasivo son cómplices de esta campaña en el afán de pedirles a sus colegas en servicio activo que den el golpe de Estado y entreguen el poder a uno de ellos?

Más allá del machismo expreso (del cual no han dicho ni pío las feministas más fanáticas del país) esos personajes son antidemocráticos, por donde se los vea. Se han instalado en ese modo violento, autoritario, dictatorial e intolerante de resolver las supuestas fallas del sistema. Como no funciona por la vía democrática, hay que usar el poder de las armas, delegado por la sociedad a una institución y a unas personas pagadas por todo el país, para precautelar la soberanía y la integridad nacionales.

No conozco (y asumo mi ignorancia) un libro que haya analizado los golpes militares en Ecuador en toda su era republicana y sea objeto de estudio concreto. No he visto el análisis puntual y casuístico de la lógica política y hasta sicológica que hay detrás de ellos para entender por dónde nace esa necesidad de trastocar el sistema democrático. Supongo que en casi todos los casos esos golpes militares no ocurren ni se conciben sin la participación del sector civil, de ciertas castas y grupos económicos. Sí recuerdo el enfoque de un expresidente demócrata cristiano, en su ya legendario libro, sobre el poder político en el Ecuador, donde en varios pasajes alude el tema y explica los pormenores y cierta lógica de la interrupción de la vida democrática y el costo político para el país de las rupturas protagonizadas por militares.

Ni siquiera el trabajo de Paco Moncayo, Fuerzas Armadas y Sociedad, alcanza a reflexionar sobre el valor y peso específicos del rol militar en la tragedia democrática de la nación cuando los generales asumían, por una delegación cuasi divina, la “responsabilidad” de “hacerse cargo de la patria” cuando las disputas entre las élites civiles no podían resolverse en las instancias e instituciones correspondientes. Entonces, si no hay trabajos empíricos, estudios de fondo y testimonios críticos de ello, se entiende por qué ese conjunto de actores políticos y mediáticos ahora protagoniza la campaña testicular. Ni siquiera hay una mirada crítica. Tampoco existe la voluntad de entenderse, así mismo, haciendo esa soberana propuesta.

Incluso ese deseo de dar huevos a los militares también revela la amargura de no haber visto el “carnavalazo” de otras épocas. Leí por ahí un remordimiento enorme, de un alto oficial en servicio pasivo, al que los supremos periodistas llaman como si fuese el Google de las FF.AA., diciendo: ¿Por qué este país no es ya el de antes? ¿Por qué ya no se dan golpes de Estado como antes? ¿Qué nos pasó que ni los militares, con todo su poderío y credibilidad, son capaces de tumbar a un supuesto dictador que solo cuenta con su palabra y credibilidad, legitimidad y valentía? Pero más preocupante son los izquierdistas fanáticos, los mismos que auparon golpes y escenarios con ciertos militares bajo el supuesto de que siendo generales progresistas, ya en el poder, harían realidad el programa de gobierno de los partidos marxistas-leninistas por excelencia. Ahora ellos ven, con frustración, que no ocurre un golpe militar, un zafarrancho, en otras palabras.

Claro, como les pasó en otras dictaduras: trabajando como asesores de ellas modelaron algunos procesos económicos, energéticos y políticos. Y quienes ahora los secundan y siguen su ejemplo creyeron también (como ya pasó en el 30S) que tras el golpe ellos serían los privilegiados cuadros de la dictadura para cumplir sus idealismos. Son esos mismos izquierdistas los que no saben cómo defender y dar la cara ante la cantidad de barbaridades que dice una asambleísta opositora sobre la democracia, las dictaduras y los procesos de transformación.

Uno de ellos (un exrector de una universidad a la que manejó como su hacienda y tuvo empleadas con anaco sirviéndole el café mientras salía a las calles a exigir justicia y libertad) proclama la justicia de la rebelión, pero se aleja de toda consideración democrática para entender el rol de nuestras Fuerzas Armadas en estos tiempos, no solo del país sino de América Latina.

De todos modos, la situación da para pensar también qué tipo de país político tenemos. Es posible concluir, tras ver las bandejas de huevos ofreciéndose con desparpajo, que el verdadero cambio es no dar paso a los sueños de perro de los “demócratas”.

*Orlando Pérez. Director del Diario El Telégrafo de Ecuador.