Por Héctor Bernardo

El Dr. Eugenio Raúl Zaffaroni es uno de los más reconocidos juristas de Argentina. Miembro de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), ex ministro de la Corte Suprema de Justicia, criminólogo y con una vasta producción académica, es siempre una fuente de consulta obligada cuando se intenta analizar el rol de la JusticiaEn una extensa charla –que formará parte del libro Pensadores de Nuestra América–, analiza el comportamiento que los Poderes Judiciales han tenido frente a los procesos populares de la región.

Zaffaroni explica la situación actual de Argentina, y afirma que “este momento es una etapa superior o avanzada del colonialismo, que corresponde a la hegemonía mundial de corporaciones”, y asegura: “los CEO que ocupan nuestros ministerios en este momento son empleados de las corporaciones”.

-¿Cuál ha sido el vínculo del Poder Judicial con los otros Poderes de la democracia (el Legislativo y el Ejecutivo) en el marco de los procesos populares que se han dado en la región en la última década?

-El vínculo ha sido problemático. Ecuador ha tenido que armar un nuevo Poder Judicial, al igual que Bolivia. No sé si es bueno o malo, eso debe estudiarse más en el terreno, pero son países que realizaron cambios estructurales y el Poder Judicial existente era un obstáculo, sin contar con que no era nada perfecto, por cierto, ni mucho menos.

Brasil tiene un Poder Judicial más profesionalizado, pero demasiado burocratizado. Sin embargo, no funciona del todo mal en cuanto al servicio de solución de conflictos. En lo que hace a la cúpula, creo que Lula se equivocó o subestimó la importancia de los jueces supremos, le falló el “casting” con algunos de los nombrados y eso tuvo un alto costo político para el PT (Partido de los Trabajadores) y lo está teniendo para él mismo. A veces los gobiernos populares son bastante ingenuos en esto.

Si vamos más atrás en nuestra propia historia nacional, Yrigoyen respetó al Poder Judicial de la República oligárquica, tenía una Corte Suprema absolutamente conservadora, presidida nada menos que por Figueroa Alcorta y que, en cuanto lo derrocaron, se apresuró a reconocer los poderes “de facto” del dictador Uriburu, aunque cabe reconocer que no fue Figueroa Alcorta el promotor de la famosa “acordada”, sino que casi le torcieron el brazo, porque él pertenecía a la vieja guardia, oligárquica pero no fascista, sin contenido de liberalismo político, pero al menos con cierta consideración por sus formas.

Esa Corte siguió a lo largo de la “Década infame”, y cuando un golpe derrocó al conservador fraudulento de Castillo, también reconoció al régimen militar de 1943 y en 1945 estuvo a punto de asumir el gobierno para impedir el avance de Perón. A poco comenzó a declarar la inconstitucionalidad de las leyes laborales y se negó a tomar juramento a los primeros jueces del fuero del trabajo. A Perón, ya electo presidente en 1946, para llevar adelante sus reformas sociales, no le quedó otro recurso que removerla, y para eso la sometió a un juicio político en 1946 y el Senado la destituyó en 1947.

Lo que ha pasado en los últimos años, con la lamentable postergación de la vigencia de la “Ley de medios”, la impresionante presión del grupo monopólico Clarín sobre los jueces, la declaración de constitucionalidad trabajosamente obtenida después de nada menos que cinco años, los impedimentos posteriores para la adecuación del monopolio a la ley, hasta que, finalmente el monopolio logró llevar al Poder al actual virrey y desbaratar por vía de decreto la ley de medios, obteniendo en pago beneficios multimillonarios. Todo esto es una muestra de la ingenuidad política del campo popular en lo que hace al Poder Judicial y al manejo institucional.

-Algunos especialistas señalan que las derechas regionales con apoyo de los medios de comunicación masivos, al no poder atacar los procesos populares por sus políticas sociales o económicas, lo hacen mediante la denuncia de aspectos como la inflación, corrupción e inseguridad. ¿Comparte esta apreciación? 

-Ante todo, no creo que existan “derechas regionales”. Nuestra situación no se puede definir conforme a la posición de los glúteos de los diputados franceses de hace doscientos años. No tenemos derechas “nacionales” o, si las hay, forman parte del mismo campo popular, como pueden ser empresarios de pymes, comerciantes medianos y pequeños, algunos industriales, etcétera, que incluso pueden estar confundidos y votar o apoyar a los opositores al campo popular, pero que al final resultan siempre arruinados por ellos, que abren la importación de productos extranjeros y reducen el mercado interno y acaban quebrándolos.

El poder planetario está hoy en manos de grandes corporaciones y conglomerados trasnacionales. Quien no entienda esto no comprende qué pasa en el mundo, ni qué nos pasa a nosotros en la región y en el país.

La política, los gobernantes electos democráticamente, han perdido el poder. Esto se fue dando a medida que la concentración de capital cobraba la forma de inmensas corporaciones. Los “establishments” fueron necesitando cada vez menos de los políticos y los fueron desplazando. De esto se dieron cuenta hace décadas los más inteligentes y, por cierto, dos militares que no eran blancas palomitas. Eisenhower, en su discurso de despedida presidencial, denunció con todas las palabras el reemplazo de los intereses estratégicos de su país por los del “complejo industrial-militar”. De Gaulle advirtió que Europa andaba por mal camino en esas manos.

Hoy los líderes mundiales sirven como administradores y para la televisión, pero están en manos de esos poderes y no son más que sus prisioneros en los países sedes, que configuran las nuevas metrópolis en el cuadro del colonialismo contemporáneo.

A lo largo de nuestra historia regional hubo notorias variantes, pero una sustancia única, que es la lucha entre el colonialismo y la emancipación. Este momento es una etapa superior o avanzada del colonialismo, que corresponde a la hegemonía mundial de las corporaciones.

-¿Qué aspectos constituyen esa etapa superior del colonialismo?

-Los “chief executive officers”, o CEO, que ocupan nuestros ministerios en este momento, son empleados de las corporaciones que han decidido sacar del medio a los políticos, porque consideran que ya no los necesitan y prefieren asumir directamente el gobierno por medio de sus empleados. Es claro que estamos en una versión del virreinato modelo siglo XXI.

Los CEO que ocupan nuestros ministerios son empleados de las corporaciones que han decidido sacar del medio a los políticos y prefieren asumir directamente el gobierno por medio de sus empleados. Estamos en una versión del Virreinato modelo siglo XXI.

Queda claro que se trata de funcionarios virreinales, que son sólo empleados de las corporaciones, algo así como los capitanes generales de la época virreinal. Porque la forma actual del capital tan astronómicamente concentrado ha hecho desaparecer al dueño del capital. Ya no existe el gordo con cadena de oro y fumando habano propio de las caricaturas de “La Vanguardia” de hace cien años, porque no interesa quién es el “dueño”, el “patrón”; lo que interesa es el burócrata empleado tecnócrata que maneja el dinero para obtener la mayor renta en el menor tiempo.

Esto es lo que hizo acelerar la caída del poder político, porque cuando el “dueño” era conocido y resolvía conforme a sus intereses, el Estado podía mediar entre el capital productivo y el trabajador, pero hoy no puede hacerlo, porque del lado del capital financiero sólo hay empleados que no pueden hacer otra cosa que producir más renta en menos tiempo, porque si no lo hacen los reemplazan inmediatamente por otros que están a la espera.

-En este contexto, ¿qué rol juegan los monopolios mediáticos?

-Los monopolios y oligopolios de medios de comunicación son un fenómeno propio de nuestra región, es decir, un instrumento de colonialismo, porque en las metrópolis y sus aledaños no los admiten, quizá porque bastante escarmiento tuvieron de un lado del Atlántico con el discurso único de Hitler y Mussolini, o versiones menores como Franco y Oliveira Salazar, o del otro lado, porque cobraron consciencia del poder mediático desde que Roosevelt usó la radiofonía. Pero cuando nosotros queremos copiar las leyes metropolitanas, sus monopolios locales dan alaridos denunciando que desconocemos la libertad de expresión.

Los medios de comunicación “crean la realidad”, como lo explica el viejo librito de Berger y Luckmann que este año cumple justamente medio siglo, usado en todas las escuelas de comunicación. En estos cincuenta años la idea de “creación de realidad” fue enriquecida por muchos otros pensadores (Luckmann, Bordieu, Derrida, Chomsky y un largo etcétera). Creo que nadie puede dudar de la forma en que los medios influyen en nuestra subjetividad.

Los medios de comunicación “crean la realidad”, como lo explica el viejo librito de Berger y Luckmann que este año cumple justamente medio siglo, usado en todas las escuelas de comunicación. Creo que nadie puede dudar de la forma en que los medios influyen en nuestra subjetividad.

¿Qué pueden buscar quienes son parte de las potencias virreinales? Por cierto que destruir la política misma. Nada mejor que mostrar a la política como corrupta, siendo los impolutos solamente los CEO, que son “sanos gerentes”, técnicos, asépticos, saludables, inmaculados, jóvenes, brillantes, simpáticos por TV, conscientes de lo que “debe hacerse”.

Para eso basta con explotar al máximo cualquier cohecho, o la siempre poco clara financiación de la política, o más aun, con inventar fábulas increíbles, como las que hemos visto propagar por la TV en los últimos años: tesoros ocultos en tumbas, aviones que en escalas técnicas descargaban bolsas de dólares; cuentas bancarias fabulosas en bancos que no existen; fiscales asesinados por equipos integrados sin fisuras por venezolanos, iraníes y La Cámpora, etcétera. Al final tenemos un ex vicepresidente procesado porque aceptó que le pagaran un viaje en helicóptero o algo parecido.

-¿Eso siempre ha sido así?

-Revisen la historia de hace sesenta años. ¿Qué decían de Perón? Lo mismo y aun más: estuprador, ladrón, cuentas en Suiza, hasta relaciones con un boxeador imputadas por un vicepresidente traidor, infamias semejantes, producto del odio gorila de “viva el cáncer”. Sólo les falta decir hoy que en las casas construidas por Milagro Sala los habitantes levantan el piso para hacer asado, invento nada original por cierto: los conservadores ingleses decían que en las viviendas populares construidas por los laboristas los habitantes ponían gallinas en la bañera. Y si vamos más lejos, a Yrigoyen le decían que se emborrachaba con champán y leía un diario fabricado para él, y el “clan radical” era el fantasma de la época.

El campo popular siempre fue estigmatizado por el poder mediático colonizador como “desorden”, espacio para la delincuencia y la criminalidad, sólo el virreinato sabe poner “orden” y controlar el crimen.

El campo popular siempre fue estigmatizado por el poder mediático colonizador como “desorden”, espacio para la delincuencia y la criminalidad, sólo el virreinato sabe poner “orden” y controlar el crimen. Fue el mismo discurso que usó Uriburu en 1930, el que se usó –sin excepción– en todos los bandos militares que legitimaron los golpes de Estado, la necesidad de la “mano dura” para controlar el “libertinaje” que, como dicen los “bienpensantes”, “no debe confundirse con la libertad”, porque todo lo que ellos hacen es manifestación de “libertad”, y todo lo que hacen los otros es “libertinaje”, sucio, feo y pobre.

Muchas veces el propio campo popular cae en la trampa y pretende enmendarle la plana a los colonialistas, sin darse cuenta de que nunca estarán satisfechos, porque la técnica mediática es una incentivación de la venganza hasta el infinito. La venganza no tiene límite, porque es irracional. Pobres los compañeros que se confunden. Muchas veces tuvieron tiempo de arrepentirse, pero fue cuando estaban presos, como les pasó a los socialdemócratas alemanes que para enfrentar a Hitler eliminaron a los judíos de las listas de sus candidatos en la república de Weimar. Los que quedaron vivos tuvieron tiempo de arrepentirse en el exilio.

-¿Cuál ha sido el rol de los medios en la instalación en el imaginario colectivo de temas como la inseguridad y la inflación?

-Hoy parece que ya no hay más “inseguridad” en la Argentina: las noticias rojas ocupan mucho menor espacio en los medios, menos minutos de TV, menos metros cuadrados de diarios escritos. Ha llegado el “orden”, aunque no pueden evitar que se conozca el vergonzoso episodio de balear a una murga de niños y vecinos.

La manipulación es más que evidente: desde la llegada del virreinato no hay más delito, se acabó la “inseguridad”, todos estamos “seguros”. Desapareció la noticia roja de los diarios y canales “serios”, sólo queda en los especializados, que tienen un público especial. En los otros ocupa un lugar ínfimo, ya no cae sangre de las pantallas televisivas de Clarín y sus socios.

La inflación es otro argumento, obvio. Claro que la inflación es una forma de depreciar el salario si no está controlada y compensada. ¿Quiénes provocaron los mayores golpes inflacionarios en el país? Sin duda que fueron los adoradores del “mercado libre”, con el argumento de que era indispensable porque ya la situación anterior se hacía insostenible. ¿Nadie se acuerda de Celestino Rodrigo? ¿Del estallido al hacer agua el plan de Martínez de Hoz? ¿De la inflación producida por el golpe de Estado financiero a Raúl Alfonsín? ¿De la catástrofe de 2001?

Nuestros medios de comunicación monopólicos no están al servicio de las corporaciones transnacionales, sino que forman parte del mismo entramado de estas, son parte del poder colonizador. Todas estas artimañas del poder virreinal no son más que recursos que ponen en juego para debilitar y derrocar todo intento emancipador y de desarrollo nacional.

Diario Contexto