Señores gobernadores, señores miembros de la Corte Suprema, representantes de gobiernos extranjeros, invitados especiales, integrantes del Congreso, muy queridos argentinos: esta es mi primera apertura de sesiones como presidente y me alegra mucho hacerlo en un contexto de optimismo como el que se vive hoy en la Argentina. Y lo comparto, porque hemos empezado una nueva etapa en nuestra vida democrática llenos de ilusiones.

Más allá de las diferencias que hay -y deben existir- entre los distintos bloques de este Congreso, tenemos grandes coincidencias: queremos una Argentina desarrollada y queremos el bienestar de nuestra gente. Entonces, los invito a que focalicemos nuestras energías en tratar de ver cómo hacemos crecer este país, cómo mejoramos su educación, su salud, su seguridad, cómo generamos empleo y cómo reducimos la pobreza y llevamos felicidad a todos los argentinos.

Pero todos sabemos que somos mucho mejor que esto. Claro que sí; somos un gran país con una enorme potencialidad. Y vamos a salir adelante por la capacidad, por el talento, por la creatividad y por la fuerza de nuestra gente. Pero lo primero que tenemos que hacer es reconocer que no estamos bien, aunque nos duela, aunque cueste. Pero es la forma de poner el punto de partida en búsqueda de ese horizonte que todos soñamos. Y hoy vengo acá a proponerles una hoja de ruta en la cual espero que se apasionen, que se enamoren de ese futuro que podemos conseguir.
Nos toca gobernar en un año histórico. El año del bicentenario. Espero que todos estemos a la altura de los desafíos.

Quiero ser claro sobre el punto de partida, ya que venimos de años en los que el Estado ha mentido sistemáticamente, confundiendo a todos y borrando la línea entre la realidad y la fantasía. Así, la credibilidad y la confianza fueron destruidas. Encontramos un Estado desordenado y mal gestionado, con instrumentos de navegación rotos, se ocultó información, faltan documentos, no hay estadísticas, cuesta encontrar un papel.

En los años que van de 2006 a 2015, los argentinos pagamos al Estado nacional casi 694 mil millones de dólares más en impuestos que en la década del 90. Repito: de 2006 a  2015, los argentinos pagamos más impuestos por 694 mil millones de dólares que en la década del noventa.

Pese a eso, encontramos un Estado con dificultades para resolver sus principales responsabilidades. Más recursos no implicaron una transformación de nuestras escuelas, hospitales o una mejora en la seguridad. Más recursos no permitieron ni siquiera reducir los problemas estructurales de pobreza e indigencia. La falta de planeamiento y de un pensamiento responsable de largo plazo, sumado a la corrupción, la desidia y la incompetencia, hizo que hoy nos encontremos con un Estado con poca o nula capacidad para poder atender sus obligaciones.

Nos acostumbramos a vivir así y hasta pensamos que era normal. No lo es. No lo puede ser. No podemos tolerar que en un país como el nuestro, con tanta riqueza, todavía mueran chicos de hambre. Según el último informe del Observatorio Social de la Universidad Católica Argentina, el 29 por ciento de los argentinos está en la pobreza y el 6 por ciento vive en la indigencia. Además, alrededor del 42 por ciento de la población carece de cloacas, el 13 por ciento no tiene agua corriente y más del 40 por ciento no tiene conexión a la red de gas. El modelo de inclusión social y crecimiento, del que tanto habló el gobierno anterior, nos llevó a la pobreza y a la exclusión.

Hace una década que la Argentina es uno de los países con mayor inflación del mundo, con un promedio anual arriba del 20 por ciento y una inflación acumulada aproximadamente de 700 por ciento en los últimos diez años. La causa principal de esta inflación fue la utilización del Banco Central para financiar el gasto público y atender los servicios de la deuda, tanto emitiendo pesos como usando sus reservas. Esto sometió a la población a una suba de precios constante que daña, sobre todo, a los hogares que menos tienen.

Aun con casi 694.000 millones de dólares de ingreso extra encontramos un Estado cuyo déficit es uno de los mayores de la historia de nuestro país: 7 por ciento del PBI. Esto quiere decir que, a pesar de contar con tantos recursos, el Estado gastó más de lo que podía, emitió de manera irresponsable y generó inflación.

Esto sucedió mientras vivíamos uno de los momentos de mayor presión tributaria de la historia, al mismo tiempo que el Estado concentró recursos de las provincias de forma unitaria y centralista como nunca antes en las últimas décadas.

Hace trece años, en este Congreso, el presidente Néstor Kirchner habló de la importancia de los superávits gemelos, especialmente del superávit fiscal. Eso después fue dejado de lado.

Recibimos un Banco Central en crisis, con reservas que cayeron de 47.000 millones de dólares a cerca de 25.000 desde que se impuso el cepo.

La Argentina tiene uno de los menores porcentajes de reservas respecto del PBI de América latina: 6 por ciento. Se compara con el 17 por ciento de Chile y México y el 25 por ciento de Brasil.

Nos encontramos con una delicada situación fiscal; una de las peores de las últimas décadas, por la irresponsabilidad e incompetencia de la anterior gestión. Va a llevar un tiempo ordenarlo pero estamos comprometidos a hacerlo.

Nos encontramos con un país lleno de deudas: deudas de infraestructura, deudas sociales, deudas de desarrollo. En estos años de vacas gordas no ahorramos sino que nos comimos nuestro capital, como tantas veces nos ha sucedido en el pasado.

Mucho se habló de la negociación con los holdouts, también conocidos como “buitres”. Ahora dependerá de este Congreso si terminamos o no de cerrar este conflicto que lleva quince años.

Confío en que va a primar la responsabilidad sobre la retórica y que juntos vamos a construir los consensos necesarios.

No resolver este conflicto les costó caro a los argentinos y favoreció a los tenedores de bonos, que se enriquecieron con eso. La deuda pasó de 3.000 a 11.000 millones de dólares. Mientras esa deuda aumentaba, se pagó al Club de París, sin negociar, intereses y punitorios. Y lo peor es que seguimos teniendo la peor calificación en ese instituto de crédito.

Calculamos que el no acceso al crédito le costó a la Argentina 100.000 millones de dólares y más de 2 millones de puestos de trabajo que no se crearon.

Durante los últimos cuatro años no creció el empleo en la Argentina, tanto por la inflación como por las trabas que ponía el Estado a las personas y a las empresas: cepo cambiario, restricciones para importar, para exportar, retenciones. El Estado fue obstáculo en vez de ser estímulo y sostén.

Alrededor de 1.200.000 personas están desempleadas y hay aproximadamente 3.800.000 argentinos que trabajan “en negro”, una deuda muy grande que tiene nuestro país. El trabajo “en negro” pone a los trabajadores en una situación muy vulnerable. Lo que sí aumentó fue el empleo público pero sin mejorar los servicios que presta el Estado. Nos mintieron, camuflando el desempleo con empleo público. Entre 2003 y 2015 la cantidad de empleados públicos creció un 64 por ciento. Pasó de aproximadamente 2.200.000 empleos en 2003 a 3.600.000 en 2015.

Encontramos un Estado plagado de clientelismo, de despilfarro y corrupción. Un Estado que se puso al servicio de la militancia política y que destruyó el valor de la carrera pública. Mucho de esto se explica por la corrupción. Ocupamos el lugar 107 entre los 168 países del ranking de transparencia internacional, muy por debajo de Uruguay y Chile, y también por debajo de Cuba, México, Brasil, Colombia y Bolivia. La corrupción mata, como lo demostró Cromañón, la tragedia de Once y “las rutas de la muerte”. En cada área de gobierno hemos encontrado ejemplos de falta de transparencia, ineficiencia y, en muchos casos, corrupción.

La corrupción no debe ni puede quedar impune. Debemos darle todas las herramientas al Poder Judicial para que trabaje en forma independiente, pero con tiempos veloces. También fortaleceremos la Oficina Anticorrupción que encontramos desmantelada. Mayor gasto público no implicó mejores políticas públicas. Una de las principales responsabilidades del Estado es cuidar la seguridad de los argentinos. Nos encontramos con un Estado débil, con fuerzas de seguridad mal equipadas, mal remuneradas, mal entrenadas y maltratadas. Un Estado con poca o nula capacidad de investigar y prevenir. Entre la incompetencia y los traumas ideológicos, casi todas las políticas de seguridad de los últimos años han sido un fracaso. Es por eso que los argentinos hoy tienen miedo, se sienten desprotegidos.

Tenemos un muy preocupante panorama en materia de violencia, crimen, tráfico de drogas y de personas, producto de estas malas políticas. ¡La inseguridad no es una sensación! Es un flagelo que ha sido negado sistemáticamente, generando otra violencia, la verbal: la denigración de sentir que el Estado no sólo no te cuida, sino que te falta el respeto.

Desde 2008 no se publican los datos del delito. Los primeros datos que pudimos relevar nos indican que estamos en 3.400 homicidios por año, lo que representa un aumento del 40 por ciento respecto de 2008.

Hoy, la Argentina es un país próspero para los narcotraficantes. Somos un país que recibe droga, la transforma, la vende internamente y la exporta a Europa, África, Asia, Australia, Medio Oriente y a países vecinos como Chile y Uruguay. Según la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, la Argentina es el tercer país proveedor mundial de cocaína. El consumo ha crecido exponencialmente empujado por un narcotráfico que se siente libre para expandirse. Nuestras fronteras están virtualmente indefensas, ya que sólo el 17 por ciento está radarizado y, encima, nuestra capacidad de defensa aérea es muy escasa. De hecho, todo nuestro sistema de defensa está desatendido, con aviones que no vuelan, unos pocos barcos que funcionan y escasez de equipamiento en todas las fuerzas armadas.

Será una tarea de la Justicia investigar si esta situación que recibimos fue fruto de la desidia o la incompetencia, o de la complicidad.

La educación pública tiene severos problemas de calidad y hoy no garantiza la igualdad de oportunidades. Si bien hay una importante inversión pública, esto no se tradujo en una escuela basada en la innovación, la exigencia y el mérito. Por todo el país encontramos escuelas con severos problemas de infraestructura, maestros que no tienen suficiente capacitación, alumnos que aprueban sin aprender y padres que no se comprometen. Se han abierto nuevas universidades, y eso es muy positivo; pero también muchas de ellas han sido espacios de militancia política más que de excelencia académica.

Encontramos un Estado que dio poca importancia al rol de la evaluación. En algunas jurisdicciones donde se aplicó la Prueba Nacional de Evaluación respondió sólo el 23 por ciento de los estudiantes. El Estado no cumplió con exigir la obligatoriedad; tampoco fueron publicados sus resultados. Una vez más se escondieron las estadísticas.

La salud pública también tiene enormes desigualdades y problemas estructurales, empezando por el PAMI, institución responsable de cuidar a nuestros queridos abuelos, en el que hemos encontrado despilfarro y corrupción como en las peores épocas, y siguiendo, el uso de los recursos para la militancia política, como el caso del Hospital Posadas.

Donde más decadencia hemos encontrado es en nuestra infraestructura. Lo más indignante es que no faltaron recursos. Se hicieron muchas licitaciones y se gastó muchísimo dinero. Sin embargo, prácticamente todas nuestras rutas, puertos, trenes y comunicaciones están deteriorados o saturados.

Empecemos por la energía. Hoy nuestro país tiene déficit energético. Eso quiere decir que pasamos de un país que generaba más energía que la que consumía a uno que debe importar sus necesidades, o parte de sus necesidades. Esto pone una enorme presión sobre nuestros recursos fiscales y nos genera una dependencia del exterior. Desde 2003 hasta 2014 se perdió un stock de reservas equivalente a casi dos años de producción de petróleo y a más de nueve años de producción de gas, lo que significa una pérdida de 115.000 millones de dólares. Y como si eso fuera poco, la importación se hizo sin control, sin transparencia y con corrupción.

La ausencia de incentivos a la inversión se vio, sobre todo en el mercado eléctrico, tanto en generación como en distribución. Esa es la causa de cortes de luz, que pasaron, de 2003 a 2014, a casi cuadruplicarse. Nos encontramos con un precio mayorista de la electricidad diez veces por debajo de su costo y una gran variedad de precios minoristas en cada provincia, generando una profunda injusticia hacia alguien que vivía en el interior respecto de los que vivían en el área metropolitana. Por último, el desarrollo de las energías renovables es casi nulo, más allá de que tenemos una de las mayores potencialidades en energías solar y eólica.

La conexión física tiene enormes problemas, con rutas en mal estado, trenes que funcionan mal o no funcionan, puertos atrasados en tecnología, una hidrovía subaprovechada y poca conectividad aerocomercial. El 40 por ciento de las rutas está en pésimo estado, pese a que en los últimos diez años el presupuesto de Vialidad aumentó más de diez veces. Y luego de doce años, la cantidad de kilómetros de rutas con problemas de seguridad, llamadas “rutas de la muerte”, pasó de 1.000 a 3.400. Y los costos de obra se cotizaron a casi el doble del promedio de obras equivalentes en Latinoamérica.

La inversión se distribuyó según conveniencias políticas y no de acuerdo a un plan vial federal. Hay más de 930 obras iniciadas que estaban paralizadas o semiparalizadas a diciembre de 2015.

Se dejó una deuda de más de 12.300 millones de pesos y terminar estas obras, que tienen veinticuatro meses de plazo de ejecución en promedio, llevaría más de 123.000 millones de pesos, lo que significa que ustedes deben haber puesto en el presupuesto más de 60.000 millones de pesos para avanzar con esos planes de obras. Pero no, el presupuesto nacional aprobado tiene tan solo 22.000 millones de pesos. Esta anormalidad venía desde hace rato y servía solamente para mantener las obras vivas y seguir acumulando gastos improductivos.

Lo mismo pasó con los ferrocarriles. Los trenes comunican sectores productivos de diecisiete provincias, pero tras décadas de abandono y falta de inversión, el sector ferroviario fue perdiendo competitividad. Y todo esto fue en contra de la generación de empleo. El año pasado el Belgrano Cargas tocó su mínimo histórico de transporte de cargas. Transportó 2 millones y medio de toneladas. Son 3 millones y medio de mercadería menos que en 2001. Por esta gran caída se estima una pérdida de 2.025 millones de pesos solamente en 2015.

Todos estos problemas llevaron a nuestro país a una pérdida de competitividad con una economía cada vez más cerrada y temerosa. Estamos en el puesto 6, entre 142 países, en el Índice de Competitividad Global del Foro Económico Mundial.

En un mundo globalizado estamos obligados a competir. La competitividad no es un tema que beneficie a inversores o a empresarios, sino que es clave para el desarrollo, para generar empleo y reducir la pobreza.

Podría seguir todo el día, pero, por respeto a ustedes aquí presentes y a los argentinos que están mirando, voy a cortar acá. Pero me comprometo a publicar todos los datos, área por área, para que todos los argentinos sepan el estado en que estaba la Argentina en diciembre de 2015.

Este diagnóstico no debe servirnos para deprimirnos, ni siquiera para enojarnos. Tiene que servir para que tomemos conciencia de la magnitud del desafío que tenemos por delante, pero, sobre todo, para reafirmar que somos mejores que esto; somos mejores que la vida que llevamos. Los argentinos, juntos, podemos lograr superar cada uno de estos problemas. No estamos condenados a vivir mal, a vivir tensos, a vivir con miedo e inseguridad. Pero es hora de dejar de compararnos con nuestras peores épocas. Levantémonos la vara y comparémonos con todo lo que podemos hacer. Ese es el desafío.

En estos casi tres meses de gestión trabajamos para normalizar nuestro país, enfrentando desafíos en lo social, en lo político y en lo económico; también, en nuestro vínculo con el mundo, en nuestra relación con la Justicia, en el diálogo con los gobernadores y en el trato con la prensa. Cumplimos con lo que creemos es el espíritu de la democracia. La democracia es un sistema de unión y entendimiento, un mecanismo para resolver conflictos más que para generarlos. Es momento de unir a los argentinos y respetar nuestras diferencias.

Lo primero que hicimos fue convocar a nuestros gobernadores, más allá de que la mayoría no pertenece a Cambiemos. Y no quedamos en una declaración. Atendimos las emergencias juntos, debatimos alrededor de los recursos, discutimos las obras que nos pueden ayudar a crecer. Y yo quiero agradecerles a los gobernadores por su generosidad de aceptar esta nueva forma de trabajar en equipo. Para nosotros, el poder no es propiedad de nadie; creemos realmente en la división de poderes. El sentido del poder es respetar la ley y servir al ciudadano, no ponerse al servicio de quienes gobiernan. Nosotros tenemos que estar al servicio de nuestra gente.

Ahora que empieza el año parlamentario también queremos convocarlos a ser parte de este mismo equipo, a través de un Congreso activo que discuta las leyes, que busque las mejores soluciones y las mejores medidas para los argentinos.

Este año se cumplen 40 años del golpe militar; un golpe que consolidó la época más oscura de nuestra historia. Aprovechemos este año para gritar todos juntos “nunca más a la violencia institucional y política”.

La democracia se empobrece cuando la relación con los demás pasa por imponer y someter. La democracia se empobrece cuando la relación con los demás pasa por imponer y someter.

Queremos acabar con la lógica de amigos y enemigos. Es cierto que hay conflictos, pero ellos son parte de la democracia, y vivir en democracia significa administrarlos usando el diálogo. La Argentina que viene es el país del acuerdo, del encuentro, del cuidado y de las buenas intenciones, que sé que compartimos con todos los argentinos. Los tres grandes desafíos son: la Argentina con pobreza cero, derrotar el narcotráfico y unir a los argentinos.

Para salir de la pobreza necesitamos más trabajo y menos inflación, que es la que devora el salario de los que menos tienen. Mi obsesión, nuestra obsesión va a ser más y mejores trabajos y menos inflación. La inflación existe porque el gobierno anterior la promovió, ya que creía que era una herramienta válida de la política económica.  Siempre estuvimos en contra de esa mirada. La inflación es perversa. Destruye no solo el poder adquisitivo de los más débiles sino que destruye la confianza y la previsibilidad, promoviendo la especulación y la falta de información.

La inflación ha estado alta estos meses, producto de la inercia de muchos años de inflación alta y de la transición irresponsable que vivimos. Pero estamos convencidos de que la inflación va a ir bajando hacia el final del año. La principal medida para eso.
Pero estamos convencidos de que la inflación irá bajando con el correr de los meses porque la principal medida para eso fue ir reduciendo la emisión monetaria descontrolada de estos años e ir bajando el déficit fiscal, que debe llegar a cero al final del cuarto año.

Además, queremos mejorar la competencia y el funcionamiento del mercado para que nadie abuse de sus posiciones dominantes y especule contra el consumidor. Quiero ser bien claro en esto: que nadie crea que seremos tolerantes con aquellas empresas que se quieran poner por encima de la Justicia. No vamos a tener la arbitrariedad ni seremos matones como algunos han sido, pero fortaleceremos la defensa de la competencia, los controles ambientales y combatiremos la evasión impositiva y previsional.

También anunciaremos la actualización automática de los montos de las jubilaciones, de las asignaciones familiares y de la asignación universal por hijo. Aumentamos en 160 por ciento el mínimo no imponible del impuesto a las ganancias para que dejen de pagarlo quienes no corresponde que lo hagan. El 75 por ciento de los contribuyentes que paga este impuesto verá un beneficio en sus bolsillos de entre el 9 y el 22 por ciento, y el complemento imprescindible de las escalas deberá ser tratado por el Congreso lo antes posible.

Aumentamos la cobertura de asignaciones familiares y los montos para quienes más lo necesitan: más de 1.200.000 chicos pasarán a ser incluidos y 1.600.000 chicos que ya recibían asignaciones pasarán a cobrar el máximo. Entre estas dos medidas, solo en el 2016 hemos transferido casi 50.000 millones de pesos del Estado al bolsillo de los trabajadores, y muchas de estas medidas surgieron de escuchar durante años el reclamo de nuestros sindicalistas. Cuando me reuní con ellos, tuvimos una enorme coincidencia sobre el diagnóstico y sobre los compromisos a asumir. Valoro mucho su experiencia y el aporte que pueden hacer en este desafío de sacar el país adelante.

A todos nos gustaría ir más rápido, pero tenemos que ser muy responsables frente al estado de fragilidad en que recibimos nuestra economía. Y cumpliendo con un compromiso que asumimos en la campaña, levantamos el cepo y todas las restricciones cambiarias sin que ocurriese ninguna de las desgracias pronosticadas.

También sacamos las retenciones a la exportación en todos los sectores primarios e industriales excepto la soja, que tendrá una reducción paulatina. Suprimimos las trabas al comercio exterior que frenaban la economía y nos ponían en conflicto con la Organización Mundial del Comercio, lo que impulsará el crecimiento de la producción y del trabajo en todas las provincias.

Ustedes saben las crisis que enfrentaban las economías regionales y que algunas aún enfrentan. Ponerlas en marcha con estas medidas era clave para poder generar trabajo en las provincias. Necesitamos volver a crecer cuanto antes para que, de esa manera, se genere trabajo digno en todo el país.

Para impulsar el turismo y nuestra economía, vamos a cumplir nuestra promesa de hacer de Aerolíneas Argentinas una empresa bien administrada que sirva para que tengamos un país más conectado sin que sea una carga para todos los argentinos.

Dimos los primeros pasos para el sinceramiento del sector energético. Entendemos que esto afectó a muchos, pero nos guiaron los principios de la equidad y de la sostenibilidad. Igualamos la situación entre la región metropolitana y el resto del país y creamos una tarifa social para quienes realmente necesitan el apoyo del Estado.
Estamos en default desde el 2002 y en estos meses dimos pasos necesarios para cerrar esta etapa. Mucho se habló de la renegociación con los holdouts, también conocidos como “buitres”. Ahora dependerá de este Congreso si terminamos o no de cerrar este conflicto que lleva 15 años. Confío en que va a primar la responsabilidad sobre la retórica y que juntos vamos a construir los consensos necesarios. No resolver este conflicto les costó caro a los argentinos. No resolver este conflicto le costó caro a los argentinos. Estamos construyendo relaciones maduras y sensatas con todos los países del mundo. La globalización es una realidad. Y creemos que, además de las amenazas y desafíos que eso trae, nos brinda inmensas oportunidades que debemos aprovechar. Lo primero que hicimos es dar una señal clara de la importancia que tiene el Mercosur para nosotros, reimpulsando conversaciones con Brasil, Uruguay y Paraguay. Pudimos poner en marcha nuevamente las conversaciones con la Unión Europea, para que se inicie la negociación entre ambos bloques.

Cerramos conflictos pendientes y deudas con Chile, Uruguay, Paraguay y Bolivia; y también reafirmamos nuestro compromiso con la democracia y los derechos humanos en la región.

Conversé también con los presidentes de México, Perú, Ecuador y Colombia para impulsar una agenda de trabajo compartido. Además de esto, restablecimos relaciones con los Estados Unidos, Francia, Italia, Inglaterra, Alemania e Israel, luego de años de conflictos, diferencias o, a veces, simplemente negligencias.

En el caso del Reino Unido, tal como conversamos con el primer ministro Cameron, dialogar no implica renunciar a nuestro reclamo sobre la soberanía de las Islas Malvinas. Al contrario: el aislamiento y la retórica vacía alejan cualquier posibilidad de encontrar una solución.

También reafirmamos nuestra relación estratégica con China, el diálogo con Rusia y con los países árabes. Queremos abrir el trabajo con los países africanos y fortalecer mucho la relación con todo el este asiático.

Pero para hacer la Argentina del siglo XXI tenemos que construir un Estado del siglo XXI: un Estado integrado, eficiente, inteligente, transparente, participativo e inclusivo; un Estado que esté, sobre todo, al servicio de la gente. Para construir este Estado creamos el primer Ministerio de Modernización de nuestra historia que trabajará con cinco ejes principales: modernización administrativa, actualización de la infraestructura tecnológica, gobierno abierto, gobierno digital y, finalmente, una política que desarrolle los recursos humanos y que dé valor a la carrera pública.

Otro gran objetivo que nos propusimos como gobierno es derrotar el narcotráfico, la principal amenaza a la seguridad. Tal como hablamos con el Santo Padre, tenemos que trabajar todos juntos en esta lucha contra este flagelo que enferma y mata a nuestros hijos. Desde que empezamos a gobernar, reconocimos el problema. Decretamos la emergencia en seguridad y dispusimos que el Consejo de Seguridad Interior permanezca en sesión permanente.

Al cumplir con el compromiso que compartí con todos los candidatos a presidente de transferir la Superintendencia Metropolitana de la Seguridad de la Policía Federal a la Ciudad de Buenos Aires, comenzamos a trabajar para profesionalizar y especializar en delitos complejos a nuestra Policía Federal, y que actúe en todo el país. Aun falta mucho, pero estamos cambiando la tendencia cada día.

El desafío de unir a los argentinos es el más importante de todos porque es el que necesitamos para concretar el de pobreza cero y derrotar el narcotráfico. Quienes vivimos en este país tenemos muchas heridas que sanar. Durante años fuimos conducidos a un enfrentamiento permanente de persecuciones, choques y negar al otro. No se sale de la cultura del enfrentamiento con venganza sino fortaleciendo nuestra hermandad.

No nos olvidaremos de que hace poco más de un año aparecía muerto el fiscal Alberto Nisman en circunstancias que todavía son inciertas pero que, de a poco, comienzan a aclararse. No nos olvidaremos tampoco de los argentinos víctimas del terrorismo. Acompañamos la declaración de inconstitucionalidad del Memorándum de Entendimiento con Irán. Queremos saber qué ocurrió; y, por eso, también elevamos a rango de Secretaría de Estado la Unidad Especial de Investigación de la causa AMIA. Necesitamos verdad y justicia.

También hemos encarado una normalización de los medios públicos buscando que sean pluralistas y de calidad, y no espacios de difusión de propaganda de gobierno. Lo mismo hicimos con todas las expresiones culturales y de difusión del Estado. Sostuvimos la gratuidad de Fúbtol para Todos logrando ya bajar los costos; y seguiremos en esa línea al licitar el sistema en el segundo semestre.

Además, hemos lanzado el Plan Belgrano, un ambicioso proyecto de reivindicación histórica del norte argentino. Luego de muchas décadas de postergación, desarrollaremos inversiones públicas de infraestructura productiva y social. El objetivo es llevar desarrollo y trabajo a los que viven en las provincias del Norte Grande.

Quiero una Argentina unida. Y lo mismo me decían todos aquellos argentinos que me abrieron las puertas de sus hogares, que me abrieron sus corazones, que compartieron conmigo sus dudas, sus miedos y sus angustias. Como ese pequeño productor que me dijo que tenía que abandonar su tierra porque eran tantas las trabas que le ponía el Estado que ni siquiera pagaba sus insumos; o como esas mujeres y esos hombres que me decían que no llegaban a fin de mes producto de la inflación, o esos padres que no podían conciliar el sueño hasta que sus hijos volvían a casa, por la inseguridad en la que vivimos. Es duro, claramente, escuchar esos relatos. Es triste.

Pero también escuché otra cosa: una esperanza arrolladora; una convicción de que juntos vamos a salir a adelante. Por eso les prometí que no me iba a olvidar de ellos, y no me puedo olvidar de ellos. No me quiero olvidar de ellos, es la parte central de mi Presidencia.

Cada día, cuando llego a mi oficina, lo que pienso es qué injusticia podemos corregir, qué desigualdad podemos solucionar demostrando que es mentira que eran inevitables. Y ahí está nuestro principal problema: esa negatividad que nos ha llevado a pensar durante años que era así, que la corrupción era una forma de ser de los argentinos, que la pobreza vino para quedarse y no tiene solución. Yo hoy quiero denunciar esa visión triste, aplastante, frustrante, porque no es verdad. Todo puede cambiar y ya lo estamos cambiando

Por eso les pido: no tengamos miedo; no tengamos miedo a la transformación. Estamos juntos; estamos juntos el gobierno y los ciudadanos, los ciudadanos entre sí, y este presidente junto a 40 millones de argentinos formando el equipo que va a cambiar la historia.

Desde esta realidad en la que estamos, que no queremos negar sino transformar, vamos a proponer una agenda de trabajo para el futuro. En primer lugar quiero mencionar una intensa agenda para vincularnos con el mundo, para tener una Argentina protagonista en los debates y procesos de la agenda internacional. La Argentina puede ser parte de la solución de cuestiones globales como la agenda de pobreza, la distribución del ingreso, la democracia y los derechos humanos, la pelea contra el terrorismo y el narcotráfico, la investigación científica y tecnológica, la preservación de la paz, el diálogo interreligioso, la promoción del comercio y las inversiones y la lucha contra el cambio climático.

En este último sentido, le pido a este Congreso que apruebe lo antes posible los compromisos que asumimos en la última Cumbre de Cambio Climático en París, demostrando nuestra profunda convicción en la defensa del medio ambiente.

La Argentina es un país que tiene todo para dar. El mundo lo está viendo y por eso, paso a paso, nos estamos convirtiendo en un lugar del que todos quieren saber, donde todos ven oportunidades.

Para insertar a la Argentina en el Siglo XXI todo empieza con la educación, Ahí es donde se gesta el futuro del futuro. Por eso, hace unas semanas, en Jujuy, el ministro Bullrich, junto a todos los ministros de Educación de las provincias, fijaron un acuerdo llamado Declaración de Purmamarca que traza los ejes de la revolución educativa que queremos afianzar. Entre otros puntos, el documento propone implementar la innovación educativa y el aprendizaje en entornos digitales y con nuevas tecnologías, e incorporar progresivamente la jornada extendida a través de actividades escolares, artísticas y deportivas.

En esa declaración también se incluyó la necesidad de avanzar en la obligatoriedad a partir de los tres años de edad. Los primeros años de vida son clave para el desarrollo. Por eso vamos a presentar un proyecto de ley de universalidad de la educación de nivel inicial a partir de los tres años.

El otro proyecto de ley que considero primario para nuestro futuro es el de la creación del Instituto de Evaluación de la Calidad y Equidad Educativa. Para mejorar la educación tenemos que evaluar, tenemos que saber dónde estamos parados, y permitir generar la jerarquización del rol del docente. De esta manera, mejorando la educación pública y profundizando las políticas de ciencia y tecnología nos iremos acercando más a una sociedad del conocimiento. El futuro de nuestro país pasa por ese valor agregado que podemos generar a partir de la investigación, el desarrollo y la transferencia tecnológica, la creatividad, el pensamiento y la innovación. Pero tenemos que asegurarnos de que todos los argentinos puedan ser parte de esta realidad.

Vamos a trabajar también para que en cuatro años hasta el pueblito más alejado tenga acceso a Internet con la misma tecnología, velocidad y calidad que en otros países. Hoy esto es un derecho básico, una necesidad central para poder desarrollar una economía del conocimiento y la innovación.

Para cuidar a los que menos tienen vamos a proponer la devolución del IVA para los productos de la canasta básica alimentaria.
Hemos ampliado las asignaciones familiares y vamos a proponer ampliar la Asignación Universal por Hijo para llegar a cada vez más niños. Además, me comprometo a trabajar para que al final de la gestión todos los niños reciban un ingreso universal a la niñez, proyecto de autoría de la doctora Carrió. Espero que en los próximos meses podamos avanzar entre todos en la búsqueda de consensos para lograr un diseño unificado y transparente que cubra a todos los niños.

Los jubilados también serán una prioridad para nosotros. La enorme cantidad de juicios previsionales marcan una deuda que aún no ha sido saldada. Debemos trabajar juntos para construir el camino que nos permita ir normalizando lo pendiente y, a la vez, diseñar una respuesta sustentable al reclamo del 82 por ciento móvil.

Tenemos que cambiar la tendencia en la lucha contra el narcotráfico. Eso va a requerir de muchos cambios legislativos que espero el Congreso trate con la velocidad y la seriedad que el tema requiere. Proyectos como la reforma del Código Procesal Penal, el fortalecimiento de la justicia federal, la ley del arrepentido y del decomiso de bienes provenientes del crimen organizado tienen que estar entre las prioridades de este Congreso.

Para unir a los argentinos tenemos que fortalecer nuestras instituciones. Debemos fortalecer la transparencia y los órganos de control. Para eso, promoveremos la rápida sanción de la ley de acceso a la información pública para que junto a la política de gobierno abierto tengamos un Estado transparente y abierto a la colaboración. También necesitamos una nueva ley de compras públicas y de desarrollo de proveedores para romper los bolsones de corrupción y mejorar la eficiencia.

Impulsaremos una reforma de la justicia para fortalecer su independencia y mejorar su funcionamiento. Hace falta regular la subrogancia de jueces, reformar el Consejo de la Magistratura y reformar las leyes orgánicas del Ministerio Público Fiscal, de la defensa pública y del Poder Judicial. También les pido que avancemos en la designación de los jueces de la Corte Suprema, así normalizamos lo antes posible su funcionamiento.

Ha habido un gran consenso en que no podemos seguir votando como lo hicimos en el 2015. Por eso, en este año en que se cumplen cien años de la elección de don Hipólito Yrigoyen, primer presidente votado en elecciones libres, impulsaremos una ambiciosa reforma política. Ya estuvimos reunidos con todos los partidos políticos y hay consensos acerca de las principales reformas: terminar con la boleta papel, hacer independiente el control del comicio y unificar el calendario electoral. Espero que este tema sea una demostración de la construcción de consensos y acuerdos que demuestren que estamos a la altura de la historia.

Debemos unirnos en esta agenda de crecimiento y, sin importar el partido político al que pertenezcamos, tenemos que trabajar unidos para cuidar a los argentinos.

Quiero un país donde la igualdad no sea uniformidad. Creo en la diversidad inclusiva y celebrada. Creo que cada uno tiene derecho a pensar como le parezca y quiero que en este país todos podamos elegir y tener un Estado que estimule eso; pero también quiero decirles hoy que tenemos que alejarnos definitivamente de la viveza criolla mal entendida, de la búsqueda del atajo. Tenemos que apostar al trabajo en equipo. Tenemos que recordar lo que nos enseñaron nuestros padres y abuelos, que es la cultura del trabajo, la cultura del esfuerzo, ese esfuerzo que dignifica, ese esfuerzo que te eleva la autoestima; esa responsabilidad del esfuerzo que te aleja de la deshonestidad y de la improvisación. Esa responsabilidad que tiene que llevarnos a entender que no nos podemos sentar a esperar que alguien resuelva nuestros problemas. Nosotros con nuestro esfuerzo lo vamos a hacer. Por eso, me acordaba, alguien una vez me dijo que yo soy un ingeniero construyendo puentes. Y esa metáfora me gustó. Me gustaría poder hoy decirles que voy a construir un inmenso puente que nos lleve de las frustraciones y de las amarguras del pasado a la alegría de construir ese futuro maravilloso. Pero ese puente no lo construye un ingeniero ni una persona sola: ¡ese puente lo construimos todos juntos o no se construirá jamás!

¿Cuál es el país con el que sueño? Un país que no mienta, un país que te cuida, un país donde la gente no se rinde, un país que crece y te ayuda a crecer, un país que estimula el desarrollo personal y de la familia. Un país que te convoca a tu aventura personal.

Y yo estoy aquí en buena fe, con las mejores intenciones, sin querer tener razón, sin resentimientos ni rencores, para proponerles una vía de crecimiento, un proyecto de crecimiento. Estoy abierto a recibir todas las mejoras que ustedes tengan para introducir. Es más, quiero lo mejor de cada uno de ustedes para darle lo mejor a los argentinos.

Sé que a los argentinos nos han prometido mucho muchas veces y nos han cumplido muy poco. Entonces nos cuesta creer. Pero yo les digo que no les voy a mentir. Estas transformaciones no se hacen de un día para el otro. Estas transformaciones, estas grandes transformaciones, se llevan a cabo dando pequeños pasos todos los días. Pero la buena noticia que tengo para darles es que ya empezamos a dar esos pequeños pasos.

¡Porque se puede! ¡Claro que se puede! Y por eso los invito a todos, absolutamente a todos, a compartir estos desafíos, sabiendo que los vamos a poder llevar a cabo. Y diciendo esto, dejo formalmente inauguradas las sesiones ordinarias del Congreso.

Muchas gracias.


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