Después de 50 años de guerra y 100 años de soledad, la sociedad colombiana necesita urgentemente encontrarse con la normalidad de la vida, dejar surgir de su corazón y de sus manos el potencial creador largamente frustrado por el odio y anulado por la desesperanza.

Todo se encadena: antes de las cinco décadas de violencia de guerrillas, paramilitares y mafias, hubo tres décadas de prédica del odio por parte de los partidos, y una larga tradición de irrespeto por la condición humana bajo las formas de la exclusión, el racismo, el clasismo y la intolerancia. Nuestra sociedad está ávida de las dulzuras de la convivencia, la recuperación de la confianza y la construcción de la solidaridad.

Es por eso que, al mismo tiempo que avanzan en La Habana los diálogos para poner fin al conflicto armado, el Gobierno habría debido dar ya la señal para que comience el florecimiento de la iniciativa ciudadana, para que sople el gran viento democrático que debe abrir camino a la reconciliación.

Si no lo hace es porque estos 100 años también dejaron en la dirigencia nacional y en el Estado una gran desconfianza en los procesos sociales. El viejo dirigente Laureano Gómez los identificaba con el tumulto y el desorden; el Frente Nacional de los años 60 prohibió hasta los llamados al constituyente primario, que es como prohibir por decreto la voz del pueblo; toda protesta justificaba el estado de sitio, y todo reclamo social se volvió sospechoso de rebelión y fue calificado de terrorismo.

Ahora sabemos que en las raíces del sectarismo político estaba la manipulación de los electorados, la rapiña por el Estado como botín presupuestal y banco de empleos, y el proyecto antidemocrático de acallar o aniquilar las diferencias. Ahora sabemos que en las raíces de la corrupción está la exclusión de la crítica y el desprecio por la disidencia.

Ahora sabemos que en las fuentes de la violencia social está, no la sencilla pobreza, sino la oprobiosa desigualdad, y que en vano se pretenderá abrir camino a la convivencia si no se cierran las esclusas de la injusticia, si no se procura superar la inequidad, pero no con discursos ni con eslóganes ni con asistencialismo, sino con hechos y oportunidades reales.

Hubo una mala época en que hasta la Iglesia se alió con los poderes más insensibles, permitió la discriminación, despreció a los hijos naturales, desamparó a los pobres o sólo los consideró dignos de caridad. Pero desde hace tiempo la doctrina social de la Iglesia ha sido clara en tomar la opción de los pobres, ver en ellos la riqueza escondida que puede salvar a unas sociedades agobiadas por el egoísmo, por la prédica irreal de la opulencia y por el saqueo de la naturaleza.

La Iglesia latinoamericana lleva décadas invocando la justicia social, y ahora usted, papa Francisco, es el abanderado en todo el planeta de la causa de la defensa del medio ambiente, del equilibrio natural, de la lucha contra el cambio climático, de la defensa de los más vulnerables, de la afirmación de la dignidad humana, y del esfuerzo de convivencia entre pobres dignos y ricos responsables, entre culturas y entre religiones.

En un país como Colombia, y en una encrucijada tan esperanzadora como el actual proceso de diálogo, usted, papa Francisco, tendría la oportunidad no sólo de mediar entre las fuerzas en pugna para agilizar los acuerdos, y entre los contradictores políticos para que lleguen a un entendimiento patriótico, sino sobre todo de ser vocero de la comunidad excluida para que por fin se tenga en cuenta el componente social de la paz, la necesidad de ahondar en la democracia como factor decisivo de la reconciliación.

Según una revista nacional, en este país con 48 millones de habitantes, el 53 por ciento de la tierra aprovechable está en manos de 2.300 personas, y el 58 por ciento de los depósitos bancarios está en manos de 2.681 clientes. ¿Cómo cree nuestra dirigencia que va a aclimatar una paz verdadera sin dar alguna oportunidad, hasta hoy desconocida, a una de las sociedades más escandalosamente desiguales del mundo?

¿Van a esperar que las iniciativas las sigan desencadenando sólo el resentimiento, la ignorancia y la barbarie? ¿Cómo no saben que uno de los deberes del Estado es propiciar la justicia verdadera, que abre horizontes, libera fuerzas creadoras, despierta talentos, deja fluir el río represado de la iniciativa económica, de la imaginación social y de la recursividad en todos los campos? ¿Cuándo convocarán a la sociedad a la gran fiesta de reinvención de la democracia?

Por su sentido de humanidad, por su responsabilidad con el planeta, por su decidida opción cristiana en favor de los pobres, usted, más allá de su dignidad eclesiástica, como ser humano ejemplar y como gran latinoamericano, se ha ganado esta vocería.

Papa Francisco: ayúdenos a despertar el sentido humano y la vocación de justicia de nuestra dirigencia.

*Escritor, periodista y traductor Colombiano.