Crise repercute no exterior, e Dilma acusa tentativa de golpe a jornais estrangeiros

São Paulo – A presidenta Dilma Rousseff foi entrevistada nesta sexta-feira (24) por seis jornais estrangeiros, em Brasília. Com a crise política como principal tema dos questionamentos, ela falou com jornalistas do The New York Times (Estados Unidos), El País (Espanha), The Guardian (Inglaterra), Página/12 (Argentina), Le Monde (França) e Die Zeit (Alemanha).

Dilma voltou a negar qualquer possibilidade de renúncia. A presidenta afirmou, segundo o The Guardian, que seus rivais políticos querem sua renúncia para evitar a dificuldade de removê-la do posto “indevidamente, ilegalmente e criminalmente”. Também questionou diretamente os ânimos dos opositores. “Por que eles querem que eu renuncie? Porque eu sou uma mulher fraca? Eu não sou”, declarou, acrescentando que se “mantém firme” no cargo.

“Pensam que devo estar muito afetada, que devo estar completamente desestruturada, muito pressionada. Mas não estou assim, não sou assim. Tive uma vida muito complicada para não ser capaz agora de lutar pela democracia do meu país”, destacaram o The Guardian e o El País.

De acordo com Dilma, o governo não aceitará o resultado do processo de impeachment que corre no Congresso, conduzido pelo presidente da Câmara, Eduardo Cunha (PMDB-RJ), que é réu no Supremo Tribunal Federal (STF) e alvo de processo de cassação no Conselho de Ética da Casa. “Nós apelaremos a todos os meios legais disponíveis”, ressaltou. Segundo ela, o esforço da oposição para tirá-la do Planalto “carece de bases legais”.

O impeachment, acrescentou aos correspondentes, irá deixar “cicatrizes profundas e duradouras” para a democracia brasileira. Dilma acusou os oposicionistas do que chamou de “métodos fascistas” e declarou que os adversários apostam no “quanto pior, melhor”ao sabotar as propostas econômicas do governo. Reafirmou, ainda, que eles não aceitaram o resultado das últimas eleições.

O The Guardian cita a alegação de Dilma de que Cunha e os oposicionistas têm sabotado a agenda legislativa do governo e incitado o país. “Nós nunca vimos tanta intolerância no Brasil. Nós não somos um povo intolerante”, disse a presidenta.

O El País destaca não só que a presidenta disse ser o processo de impeachment “muito fraco”, mas também que ela acusa o presidente da Câmara de ter tentado barganhar o andamento do processo de afastamento com o apoio do governo contra o possível processo de cassação que ele pode enfrentar no Conselho de Ética, devido à constatação de que ele tem movimentações em contas na Suíça.

“Digo a vocês como esse processo surge: o presidente da Câmara dos Deputados, Eduardo Cunha, para evitar que a Câmara o investigasse, quis negociar com o governo. Se nós não votássemos contra essa investigação, ele punha o processo em curso. Cunha foi denunciado pelo Ministério Público Federal porque encontraram cinco contas na Suíça. Não sou eu quem digo, quem diz é o Ministério Público Federal”, reproduziu o jornal.

Sobre o ex-presidente Luiz Inácio Lula da Silva, Dilma negou que sua nomeação como ministro da Casa Civil tenha sido uma tentativa de protegê-lo, e ressaltou que ele continuará respondendo à Justiça se vier a ser ministro, porém, ao STF.”Lula é meu parceiro”, comentou, de acordo com o NY Times. Segundo o jornal norte-americano, a nomeação de Lula foi justificada pelo talento político do ex-presidente e de sua grande capacidade de articulação em um momento em que o governo está sob forte tensão.

A respeito de sua reação às recentes manifestações pelo impeachment, Dilma disse: “Não vou dizer que é agradável ser vaiada. Mas não sou uma pessoa depressiva”.

Os jornais não citam referências da presidenta ao papel dos meios de comunicação na atual ofensiva contra seu governo. Ao encerrar a entrevista, ela disse acreditar que a paz reinará no Brasil durante a realização dos Jogos Olímpicos, no Rio de Janeiro, a partir de agosto.

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Dilma Rousseff: “Si hoy hubiera un golpe en este Brasil democrático sería un tipo de golpe institucional”

Por Darío Pignotti

“Es muy triste que hoy se cumplan 40 años del golpe de Estado en la Argentina, y al mismo tiempo debemos estar muy alegres de que ahora los argentinos tengan un sistema democrático. Los golpes cambian sus características con el correr de tiempo, si hoy hubiera un golpe en este Brasil democrático sería un tipo de golpe institucional”. Esa fue la primera respuesta de la presidenta Dilma Rousseff durante una entrevista de casi 100 minutos ofrecida ayer en la amplia mesa de madera circular de su despacho del tercer piso del Palacio del Planalto. Dilma está sentada junto a una pared blanca en lo alto de la cual hay un escudo brasileño. Pide que enciendan el aire acondicionado, “si no, nos vamos a freír”, mientras los mozos ofrecen jugo de naranja natural. Es una mañana calurosa, característica del otoño brasileño: lo atípico es que hasta el inicio del encuentro no se vieron grupos hostiles al gobierno y la democracia merodeando el palacio, que ha sido hostilizado casi a diario con consignas que van desde el “impeachment ya” hasta “S.O.S Fuerzas Armadas”.

“Nosotros tuvimos golpes militares en América Latina en aquellos años setenta, conozco lo que pasó en la Escuela de Mecánica de la Armada… ahora no se dan esos golpes, ahora tratan de romper el delicado tejido democrático…alimentan la intolerancia…buscan romper el pacto (social) basado en la Constitución de 1988”. Ella afirma que no se puede voltear a un presidente de la república legítimamente electo, salvo que se pruebe que cometió crimen de responsabilidad (en el ejercicio del mandato). “Si no hay pruebas contra mí, (para sustanciar el impeachment) esto es golpe, golpe contra la democracia”, reforzó la mandataria ante una pregunta de Página/12, el único diario latinoamericano que participó en el encuentro junto a The New York Times, Le Monde, El País, The Guardian y Die Zeit.

“En una democracia tenemos que reaccionar de forma democrática. Recurriremos a todos los instrumentos legales para dejar claro las características de este golpe. Pero yo les recomiendo que se pregunten a quiénes beneficia esto, muchos de los cuales ni siquiera han aparecido aún en escena”.

Mientras subimos del segundo al tercer piso del palacio por una rampa helicoidal (con la firma del arquitecto modernista-comunista Oscar Niemeyer), la misma por la que Lula, cabizbajo, y Dilma descendieron el jueves pasado cuando aquél fue puesto en funciones de ministro, un asesor habla del carácter “aguerrido” de la presidenta a medida que se cierra el cerco para destituirla.

Bastante delgada a fuerza de andar en bicicleta por las mañanas y el estrés de enfrentar una conspiración por día, Dilma no tiene el semblante de alguien abatido. Antes bien lo contrario. Viste una blusa bordó y negra completada con una gargantilla dorada, poco maquillaje, pintura en los labios pero no en la uñas. Sobria, pero sin ser monacal.

Cuando se la indaga sobre la posibilidad de que renuncie al cargo alza la voz y responde mirando con firmeza a uno de los corresponsales.

“Me piden que renuncie. ¿Por qué? ¿Por ser una mujer frágil? No, no soy una mujer frágil. Mi vida no fue eso. Piden que renuncie para evitarse el mal trago de tener que echar de forma ilegal a una presidenta elegida”

Asegura que los enemigos del gobierno subestiman su capacidad de enfrentar las adversidades. “Ellos piensan que yo estoy completamente afectada, presionada, desestructurada, y no lo estoy, es verdad que no lo estoy. Yo tuve una vida muy complicada, tenía 19 años (inicio de la década del 70, militaba en una organización armada) cuando estuve tres años presa.

Acá la prisión no era nada leve, era muy pesada, tal vez similar a la de Argentina, aunque creo que la de Argentina fue un poco peor porque el asesinato de personas allá fue más generalizado. Pero en Brasil también hubo muchas muertes. Entonces si uno compara, verá que yo ya luché en aquella época en condiciones mucho más difíciles que las de ahora que estamos en democracia. Esta situación es más segura. Yo voy a luchar, no voy a renunciar, para sacarme de acá van a tener que probar (que hubo violación de la ley). Por eso digo que tenemos que reaccionar, por eso la consigna de la gente que me apoya es no va a haber golpe”.

Recuerda que el mentor del “impeachment” (juicio político) contra ella es el jefe de Diputados, Eduardo Cunha, titular de varias cuentas comprobadas en Suiza en las que fueron depositados cinco millones de dólares de posibles sobornos cobrados para mediar contratos en Petrobras.

En contraste, sigue Dilma, desde que comenzó su segundo gobierno en 2014, y como parte de lo que considera una campaña para derrocarla con acusaciones insustentables, “he sido investigada debida e indebidamente por la prensa y por todo el mundo. Pueden investigarme del derecho y el revés, que no van a encontrar nada”.

Señala que el impeachment “legalmente es algo muy débil”. “Y surge porque el presidente del Congreso, Eduardo Cunha, dijo que si no votábamos en contra de una investigación contra él, ponía en marcha el proceso”.

“No tengo sentimiento de culpa. En fin, aquí en Brasil te detienen por tener perro y por no tenerlo, así que no sé cuál es la respuesta correcta. Seguro que me critican por no deprimirme. Y duermo muy bien. Me acuesto a las diez de la noche y me levanto a las seis menos cuarto de la mañana”.

Vallas reforzadas, agentes de seguridad apostados en puntos estratégicos de la Plaza de los Tres Poderes, en el centro de la ciudad, y controles de metales más exhaustivos para ingresar a la sede de una administración que, sitiada, se atrinchera en defensa de la democracia. “No pasarán”, garantiza la jefa del gobierno, asumiendo que el gigante sudamericano está ante una eventual guerra política de desenlace incierto.

Tanto ella como su compañero Luiz Inácio Lula da Silva, “el mayor líder político” del país, cayeron en la cuenta de que el campo opositor –jueces, medios, banqueros y partidos conservadores– desde comienzos de marzo evolucionó de una fase desestabilizadora en la que se combinaban obstrucciones parlamentarias con denuncias aparatosas, al golpismo sin ambages.

En este ascenso destituyente creció el protagonismo del juez Sergio Moro, una suerte de templario que se exhibe batiendo su espada (mediática) contra la corrupción, cuando la verdad seca es que lo mueve una ambición menos jurídica que política: la de cazar a Lula, con métodos ilegales, para así dar el tiro de gracia al gobierno.

El 16 de marzo ese magistrado de primera instancia interceptó una llamada de Lula y Dilma, la que un par de horas después entregó a la cadena opositora cadena Globo. Con una edición mañosa de esa grabación superpuesta a otras pinchaduras facilitadas por el juez, Globo agitó a la audiencia y la incitó a volcarse a las calles, generando otra noche de furia.

Hay sectores que, montados en la efervescencia del público antidilmista, “estimulan la violencia, estimulan la agresión a los ministros (en restoranes y aviones), a diputados, eso tiene un nombre, eso se llama fascismo”, sostiene la presidenta del Partido de los Trabajadores.

Miembros del gabinete consideran que esa intercepción de la llamada telefónica ordenada por Moro no fue sólo una espolada para excitar a las hordas, con ella también buscó impedir que Lula asuma al día siguiente su cargo de ministro. Y lo logró porque otro magistrado opositor determinó la “suspensión” del nombramiento que sigue en vigor por lo menos hasta la semana próxima.

Al comprobar el incendio causado por las pinchaduras, lo que incluyó una generalizada crítica de juristas y hasta de miembros de la Corte, Moro dijo que su actitud era comparable a lo ocurrido en los años 70 en Estados Unidos bajo la presidencia de Richard Nixon.

De alguna manera Moro pareció querer equiparar la caída de Nixon en el 74, envuelto en el escándalo de Watergate, con su anhelado fin anticipado de la mandataria petista.

Mal informado, el popular juez que según algunos sondeos tiene más de 15 por ciento de intenciones de voto para presidente, fue desmentido ayer por Dilma. “Alegar el antecedente norteamericano es ridículo, porque el gran invasor de las conversaciones era el presidente de la república que grababa a quien entraba (Casa Blanca), mientras acá en Brasil lo que pasó fue que un juez de primera instancia graba a la presidenta de la república”, disparó ayer. Anteayer lo había acusado de violar la “seguridad nacional”. “La actitud correcta debiera haber sido enviar la grabación al Supremo Tribunal Federal” que es el único órgano que tiene competencia para juzgar a una jefa de Estado.

Sin mencionarlo por su nombre y apellido, Dilma le enrostró a Moro el ser parte de la estrategia de “cuanto peor mejor” pergeñada por la oposición. La intercepción telefónica es algo inaceptable, “El juez tiene que ser imparcial, no puede jugar con las pasiones políticas”.

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La presidenta Rousseff: “Quieren que renuncie para evitar echarme ilegalmente”

Cinco periodistas de varios países, entre los que se cuenta El PAÍS, se sientan el jueves en torno a una mesa junto a Dilma Rousseff en el enorme despacho de la presidenta de Brasil, en Brasilia. En las últimas dos semanas el país se ha vuelto del revés. No hay día sin sobresalto. Un camarero reparte vasos de agua. Todos ponen las grabadoras en marcha. Pero antes de que nadie pregunte nada, ella misma toma la palabra y comienza a hablar de lo que más le interesa, del proceso de destitución parlamentaria (impeachment) que ya ha echado a andar en el Congreso brasileño y que amenaza con apartarla de la presidencia en menos de un mes si antes no consigue los aliados necesarios, algo ahora muy difícil. “Legalmente es algo muy débil. Y surge porque el presidente del Congreso, Eduardo Cunha [enemigo de Rousseff aunque pertenece al Partido do Movimento Democrático de Brasil, formación en teoría aliada] amenazó al Gobierno: si no votábamos en contra de una investigación contra él, ponía en marcha el proceso. Cunha está denunciado por la Fiscalía de la República porque se le han encontrado cinco cuentas ilegales. No lo digo yo: lo dice la Fiscalía General de la República”.

Pregunta. Usted habla de que Brasil, con este proceso, puede sufrir un golpe de Estado,

Respuesta. Nosotros en Brasil ya tuvimos golpes militares. En un sistema democrático, los golpes cambian de método. Y un impeachment sin base legal es un golpe. Rompe el orden democrático. Por eso es peligroso.

P. ¿Pero cómo va a reaccionar ante una derrota? ¿Qué hará si pierde?

R. En una democracia tenemos que reaccionar de forma democrática. Recurriremos a todos los instrumentos legales para dejar claro las características de este golpe. Pero yo les recomiendo que se pregunten a quién beneficia esto, muchos de los cuales ni siquiera han aparecido aún en escena, pero que están atrás, al fondo. Como el caso de la divulgación de las conversaciones [entre Lula y ella, hechas públicas por el juez Sérgio Moro]: usted no puede hacer eso. La actitud correcta no era divulgar la grabación, sino enviar al Tribunal Supremo Federal, que es quien tiene derecho a investigarme a mí. Un juez no puede jugar con pasiones políticas. Nadie le puede destituir, pero en contrapartida, tiene que ser imparcial. Y luego está lo de la renuncia. Me piden que renuncie. ¿Por qué? ¿Por ser una mujer frágil? No, no soy una mujer frágil. Mi vida no fue eso. Piden que renuncie para evitarse el mal trago de tener que echar de forma ilegal a una presidenta elegida. Piensan que tengo que estar muy afectada, desconcertada, muy presionada. Pero yo no estoy así, no soy así. Tuve una vida muy complicada para no poder luchar ahora. Yo tenía 19 años y estuve tres años presa durante la dictadura, y la cárcel entonces no era cualquier cosa. Yo luché en condiciones muy difíciles. Así que no voy a renunciar, claro que no.

P. Muchos han criticado el nombramiento de Lula alegando que es simplemente una treta jurídica para escapar de la justicia gracias a la inmunidad del cargo de ministro.

R. Eso obedece a la táctica de aquellos que defienden el cuanto peor, mejor. Y esta táctica también va contra mi Gobierno y Lula iba a fortalecer mi Gobierno. Pensar que porque es ministro se escapa de la justicia es ver un problema donde no lo hay. Supongamos que es cierto, que viene a protegerse. Qué protección más extraña, diría yo, ya que puede ser investigado por los magistrados del Supremo Tribunal Federal. Y no son mejores ni peores que un juez de primera instancia. Lo que pasa es que no quieren que venga. Pero Lula viene, como ministro o como asesor, de una manera o de otra, pero viene, nadie lo va a impedir.

P. ¿Por qué no lo eligió antes como consejero?

R. Yo le vengo diciendo a Lula que se integre en el Gobierno desde hace tiempo, desde que comenzó mi segundo mandato, en 2015. Y él lo rechazó. Siempre lo utilicé de asesor. Pero ahora él quiso sumarse al ver que la crisis era más fuerte.

P. Usted asegura que no renuncia pero, ¿tratar de colocar a Lula en su Gobierno no es renunciar un poco a su poder?

R. Lula es mi compañero. Yo le ayudé en sus dos mandatos. Me gusta mucho trabajar con él. No tengo el menor problema pensando que Lula puede quitarle algo de brillo a mi presidencia.

P. Una de las consecuencias de esta crisis es la desconfianza absoluta de los brasileños hacia los políticos…

R. Esa es una consecuencia grave, porque cuando se comienza a cuestionar a los políticos, en Brasil surgen los salvapatrias. Se planta el caos y luego vienen los salvadores del caos. Nosotros defendemos un pacto, defendemos que se abra un diálogo, pero eso se tiene que hacer sin rupturas democráticas, sin intentos infundados de impeachment. Debemos discutir y reformar el sistema político brasileño. Aquí en Brasil necesitamos 14, 13 o 12 partidos para sostener un Gobierno, para que haya gobernabilidad. En la mayoría de los países son dos, tres o cuatro. Así que hay que hacer reformas. Pero sin pacto no habrá reformas. No se van a hacer esas reformas con manifestaciones en la Avenida Paulista de São Paulo, ni de un lado ni de otro. Una vez en una serie sobre Gengis Kan oí esta frase: “Conquistar se hace a caballo; gobernar lo tiene que hacer uno a pie”.

P. ¿Teme un estallido social dada la creciente inestabilidad del país y su progresiva polarización?

R. Esos estallidos vienen sobre todo de la desigualdad y la pobreza. Nosotros, de forma democrática, hicimos una gran transformación social en los últimos años: colocamos en la clase media a 40 millones de personas y rescatamos de la pobreza a otros 36 millones. Incluso en la crisis hemos mantenido los programas sociales. Por eso creo que la base del país no es explosiva. Aquí no hay diferencias religiosas, ni problemas étnicos. Lo que sí crece es la intolerancia política. Ahora se encuentran por todos lados amigos discutiendo, familias discutiendo…. Durante las manifestaciones en mi contra yo salí en televisión diciendo que tenían derecho a todo menos a la violencia. Yo no sé lo que va a pasar, pero confío en el espíritu pacífico del pueblo brasileño.

P. ¿Cómo está viviendo todo esto desde el punto de vista personal, todo este estrés?

R. Bueno, yo no me deprimo, no soy una persona depresiva. No tengo sentimiento de culpa. En fin, aquí en Brasil te detienen por tener perro y por no tenerlo, así que no sé cuál es la respuesta correcta. Seguro que me critican por no deprimirme. Y duermo muy bien. Me acuesto a las diez de la noche y me levanto a las seis menos cuarto de la mañana. Cada día.

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