Por Orlando Pérez, director de El Telégrafo

La derecha ya se frota las manos. Ganó las elecciones en Argentina y Venezuela. Triunfó en el referendo en Bolivia y tiene cercado al Gobierno brasileño. ¿El siguiente en caer podría ser Ecuador?

En ese contexto, el secretario nacional de Educación Superior, Ciencia y Tecnología de Ecuador, René Ramírez, reflexiona sobre el timming político que vive Latinoamérica. El también autor de varias obras sobre filosofía política y economía desmenuza los logros, errores y desafíos de los gobiernos progresistas. A continuación reproducimos ese diálogo en dos partes.

¿En qué momento de la historia están los gobiernos progresistas de la región?

Debemos tener claro que, en términos históricos, el cambio que se ha producido en estos 2 o 3 lustros ha implicado una mejora radical en las condiciones de vida de nuestros pueblos. Es década ganada frente a un cuarto de siglo perdido. En el caso de Ecuador, a diferencia del período precedente, en estos 10 años no solo que se redujeron todos los tipos de pobreza (de consumo, de ingreso, de necesidades básicas insatisfechas, etc.), sino que se ha reducido la desigualdad y se han democratizado derechos como nunca antes (salud, educación en todos sus niveles, seguridad social, etc.). No obstante, desde mi perspectiva, recién hemos generado las condiciones necesarias para hacer una transformación estructural. Obvio, en el marco de la historia, haber generado esas condiciones ya es en sí mismo revolucionario, pero debemos tener claridad para que no llegue el conformismo, ya que no se ha generado todavía el cambio estructural. Es decir, aún está pendiente producirlo. Esto no solo se debe a la falta de tiempo o a motivos macroestructurales, sino a ciertos errores o ausencias de acción para la transformación.

¿Cuál es la tarea pendiente o el déficit de los gobiernos progresistas, de las experiencias recientes en América Latina?

No sé si lo que voy a mencionar es consecuencia del error, de la omisión o se debe a la imposibilidad histórica de hacerlo. Los gobiernos progresistas ‘solo’ se preocuparon de la redistribución y no de la distribución. El discurso de la derecha nunca ha tomado en cuenta la desigualdad. La izquierda ha contemplado la reducción de la pobreza, pero en el marco de la reducción de la desigualdad. No obstante, no se preocupó o no pudo hacer el cambio en la estructura del poder real: la estructura productiva y de propiedad. De hecho, la región ha vivido (casi en su mayoría) un proceso de profundización de su estructura productiva primaria exportadora y secundaria importadora. Claro está, el Estado obtuvo más rentas al recuperar soberanía en sectores estratégicos (ej.: renegociando contratos petroleros o modificando la matriz energética), lo que permitió justamente financiar inversión pública para democratizar derechos, pero en el marco de una misma estructura productiva que genera muy poco valor agregado. No obstante, debe quedar claro que en muchos casos tal situación de inercia en el campo productivo se ha debido a la falta de posibilidades reales para hacerlo o de tiempo para concretarlo. En otros lugares, se creyó que con política macroeconómica se iba a trastocar la economía política en los aparatos productivos y, obviamente, se olvidaron de la parte ‘política’ de las políticas públicas. En otros territorios, simplemente no hubo voluntad de hacerlo. Nathalie Cely, por ejemplo, señaló antes de salir que el ‘modelo ecuatoriano’ fracasó. Creo todo lo contrario. En Ecuador lo que hemos hecho ha sido exitoso, pero habría tenido más impacto si hubiésemos sido capaces de trastocar el patrón de especialización productivo (justo la misión que debía cumplir). El lado más vulnerable que tiene la economía ecuatoriana es el frente externo (la balanza de pagos), que paradójicamente es el sector que más concentra riqueza de la economía; y en el marco de las relaciones de poder, el que menos ha cambiado su estructura. Sin duda, el parasitismo rentista importador es el que más daño ha hecho a la economía ecuatoriana. Sí vale la pena señalar que no me cabe la menor duda de que, de continuarse con la política en inversión en educación superior, más temprano que tarde, se disputará el cambio en el patrón de especialización, siempre y cuando no se pongan barreras institucionales que desincentiven el desarrollo tecnológico y la innovación.

¿Qué y en qué se debió haber trabajado entonces?

Algo que ha sido prioritario, y debe seguir siéndolo en el marco de la disputa histórica, es reducir desigualdades y mejorar la calidad de vida de la población. Todavía la región sigue siendo la más desigual del mundo en donde aproximadamente uno de cada 5 ciudadanos es pobre. No obstante, quizá aquí existe una ausencia (quizá por falta de tiempo) porque la mejora material sin una disputa contrahegemónica puede reproducir una cultura que imposibilita el cambio social. De hecho, el cambio social radical sin un cambio cultural  nos ha jugado una mala pasada. Al reducirse la pobreza, crece la clase media y al mejorar la calidad de vida de todos se creó mayor cantidad de consumidores, pero no necesariamente de ciudadanos. En otras palabras, la ciudadanía se la ejerce principalmente a través del consumo. Eso es lamentable. Sin estar para nada en contra de que los ciudadanos incrementen su consumo, debemos preguntarnos qué tipo de ciudadanía se construye a través del consumo. Eso hace que, incluso al mejorar las condiciones de vida, en el marco de una cultura consumista de necesidades ilimitadas el ciudadano busque marcar distancia de aquellos que todavía no logran satisfacer necesidades básicas. De esta manera se configuran nuevas divisiones sociales. En vez de crear una sociedad solidaria y cooperativa que se preocupa por el otro, se crea una sociedad individualista y egoísta.

Es decir, la disputa del cambio de valores para construir ciudadanía solidaria no ha sido trabajada políticamente en toda su magnitud y, como consecuencia de los cambios redistributivos mencionados, se ha multiplicado la cantidad de consumidores con voracidad de más, sin límite ecológico ni ético. Más allá de los problemas de gestión y políticos que hubo en Quito, no es fortuito que en la campaña de Rodas se haya posicionado la publicidad ‘Podemos vivir mejor’: ya estamos bien, pero podemos estar… Recordemos también el eslogan del banco del banquero Lasso: ‘Lo mejor está por venir’. Nada es coincidencia.

¿Cuál ha sido el mayor acierto?

Desde mi punto de vista, más allá de la mejora social y apostar a la gente (salud, educación, becas, etc.), el principal acierto ha sido haber recuperado la autoestima, la esperanza, la dignidad y la soberanía de nuestros pueblos. Cae perfecto un tuit que leí el otro fin de semana: “Debemos recordar que el objetivo ideológico oligarca es que agradezcas que te exploten, que aplaudas cuando te humillan y que aceptes que ellos tienen la razón”. Esa filosofía se ha roto luego del paso de gobiernos democráticos  por la región. Otro logro igual de importante está relacionado al concepto ‘democrático’ porque los cambios radicales se han hecho en democracia y en paz. Pero debe quedar claro que esto no habría sido posible sin el nuevo pacto de convivencia social aprobado en 2008: la nueva Constitución de la República del Ecuador.

¿En qué se debe trabajar más para ese cambio cultural?

Antonio Gramsci señalaba que la disputa de la hegemonía se da en tres esferas: la educación, la comunicación y la religión. Dado el rezago social, producto de un sistema económico en el que la garantía del derecho estaba en función del poder de compra, nuestros países se concentraron mucho en el componente material de la educación: infraestructura, libros, desayuno escolar, uniformes, partidas docentes, etc. Esto era completamente necesario y urgente. No obstante, no se ha disputado ni la pedagogía ni los contenidos en los valores que permitirían disputar la construcción de un nuevo orden social. En cambio, en la matriz de pensamiento es vital transformar la manera en que enseñamos y aprendemos y el contenido de los sistemas formales de educación. En la educación superior se ha planteado un nuevo régimen académico que está por implementarse por parte de las universidades. En el campo de la comunicación, ha existido en los últimos años una disputa en los sentidos de la verdad, que estaba monopolizada y privatizada, a través de nuevos marcos regulatorios y medios que nacieron públicos. Sin embargo, no siempre se logró sostener con éxito semejante misión y muchas veces se desvirtuó su esencia. Presiento que nunca ha habido una estrategia de estar a la ofensiva comunicativa si no se ha estado en la retaguardia, en la resistencia. Si bien debe haber medios de gobierno que permitan la defensa frente al poder oligopólico mediático que defiende a grupos de interés específicos, es indispensable recuperar lo público de los medios públicos en toda su expresión. La disputa en las redes sociales debe quedar claro que debe ser agenda prioritaria en la construcción de nuevos valores sociales, hasta ahora pocos en estos procesos toman debida cuenta de su enorme poder de influencia y de construcción de posicionamientos.

¿Y el peso de las redes sociales?

Más importantes que las redes propiamente dichas, son los actores sociales que disputan la batalla en esta nueva esfera pública virtual. A su vez, en el campo de la religión, la agenda de ‘laicizar’ la sociedad no ha sido parte fundamental de los programas de acción. Podría sonar raro, pero el culto al consumo y al mercado es un dogma de fe que inconscientemente es reforzado por la religión que busca en cada instante perpetuar los dogmas como práctica sobre los cuerpos. Esto no implica irse en contra de ninguna religión. Me refiero a la idea de dogma como un conjunto de creencias que no puedes poner en duda, discutir o debatir; al dogma como cultura, no a su contenido. A su vez, a lo señalado por el autor italiano, añadiría que la construcción de un sentido contra-hegemónico se debe dar en el mismo proceso democrático y en la generación/disfrute de arte. Existe el imaginario de que la participación obstruye la eficiencia, cuando en realidad debemos tener claro que en el largo plazo lo más eficiente para mantener la sostenibilidad de un cambio es tener sistemas radicalmente democráticos. La ciudadanía quiere ser parte del cambio. No quiere que le cuenten que está cambiando a través de publicidad; más aún cuando, con los cambios producidos socialmente, se toma conciencia del deseo y necesidad de ser artífice del propio destino. La ciudadanía no solo quiere ser actor sino autor. Finalmente, sin disputar el sentido del arte construido como un bien de consumo y elitista, difícilmente se podrá hacer un cambio cultural. Hay una concentración del capital cultural en una élite socialmente reconocida y, por tanto, otra desigualdad, otra forma de pobreza, diría Bourdieu.

Puesto el panorama así ¿son irreversibles los cambios vividos en nuestros países?

En este momento, lo único que me queda claro es que la irreversibilidad de nuestros procesos únicamente se consigue ganando elecciones e intentando subsanar las ausencias y los errores que antes mencioné. Estos primeros meses del gobierno de Macri nos dejan grandes lecciones. A la derecha en el poder no le importa la institucionalidad ni cumple las promesas dichas en campaña. Viene con sed de venganza luego de 10 años en que no pudo levantar el teléfono para forzar que los gobiernos tomen  decisiones en su favor. Nombrar jueces por decreto, despedir a 70 mil servidores públicos, devaluar la moneda cuando juró que no lo haría, eliminar subsidios que benefician a las grandes mayorías, realizar acuerdos ominosos con los ‘fondos buitre’, modificar regresivamente la seguridad social, etc., dan cuenta de que no le importa la sociedad ni la gente, sino producir otra acumulación para concentrar en otros sectores que usualmente son los que tienen el capital: banca, agroexportadores, importadores, medios privados de comunicación, acreedores de deuda internacional. Electoralmente también nos deja lecciones. Tener malos candidatos, elegirlos por fuera de procesos democráticos o a dedo, no tener agenda  esperanzadora hacia el futuro, sino simplemente generar miedo con el fantasma del neoliberalismo tiene un impacto mortal en la continuidad de los procesos progresistas de la región. Ojalá que la ‘izquierda descafeinada’, como suele decir García Linera, entienda que la alternativa a los gobiernos de la década ganada son los gobiernos desalmados e inhumanos de derecha de las décadas perdidas.

¿A qué agenda se refiere?

Lo que está en  juego es el sentido de la esperanza. Cuando llegamos al poder la agenda era ‘Patria para todos’. Avanzamos radicalmente en esa dirección. Esa recuperación era esperanzadora. Hoy en día, en sociedades con estructuras demográficas jóvenes que han vivido la garantía de derechos sociales por parte del Estado, ya no se tiene como referente negativo el neoliberalismo, hasta podría decir que ese fantasma ya no existe. Difícilmente se podrá ganar las elecciones con el discurso de “prohibido olvidar” de la época del neoliberalismo. Tampoco se ganará con la idea de “cuidado regresa la partidocracia” luego de haber estado 10-15 años en el gobierno. Ese discurso no es para nada esperanzador el día de hoy. Macri gana sin agenda programática explícita, sino posicionando -con ayuda del marketing- la idea de la necesidad de ‘cambio’. Más allá de los temas publicitarios, la agenda de los gobiernos progresistas no puede ser sobre el pasado, sino sobre el futuro. Recurrir al fantasma del neoliberalismo es similar a querer llegar al horizonte manejando un carro a través del retrovisor. En este marco, debemos tener claro que nuestros pueblos han cambiado y con ello sus expectativas. En buena hora, el acceso a educación, a salud, ahora es visto como un derecho adquirido. Ofrecer aquello, así sepamos que todavía hay mucho por avanzar en esa dirección, ya no resulta tan esperanzador. Es poco movilizador. La juventud quiere futuro, esperanza, no pasado.

¿Cuál debería ser la nueva agenda política de la izquierda?  

Siempre he creído que la agenda de la izquierda, antes de la llegada de los gobiernos populares de izquierda en la región, era anticapitalismo, antineoliberalismo y no ‘pro-algo’. Esto se da porque la izquierda generalmente ha estado en el lado de la resistencia. He sostenido en otras ocasiones que la agenda radical debe ser alcanzar la vida digna, la vida buena, que es el mandato constitucional. Lamentablemente, el concepto de ‘vida buena’ se prostituyó y no se disputó su significado frente al concepto de desarrollo capitalista. El que nomina, domina. Hay que disputar los significados que nos ha impuesto la semántica del capitalismo, de la hegemonía. Incluso aquellos que parecen ‘neutros’: libertad, calidad, eficiencia, justicia, equidad, igualdad, etc. Construir la sociedad del Buen Vivir implica poner en el medio el debate la distribución del tiempo, pues, como dice Ragageles: “Libre es aquel que consigue no tener hipotecado su tiempo”; a lo que añadiría porque el tiempo es vida, y dependiendo de cuán libre es (el tiempo) puede ser buena o mala vida. La utopía no solo es la apropiación del plusvalor productivo por parte del trabajador, sino que debe ser la apropiación del plusvalor social por parte de la propia sociedad, del propio ciudadano.

Si bien el mundo del trabajo es fundamental en la reproducción social y en la reproducción de la vida, no puede ser el único interés político.

¿A qué se refiere?

A lo que me refiero es a que hay que situarse en la perspectiva más amplia de la transformación de las relaciones sociales en sentido emancipador, liberando tiempo para el amor, para el ocio creador, para el arte y la artesanía, para el descubrimiento personal, para el erotismo, para el estudio, para el viaje, para los amigos, para la participación democrática, para la fiesta y el goce de la naturaleza, para la minga. A su vez, al ser la defensa de la vida su máxima expresión, la nueva agenda de izquierda debe ser también radicalmente ecológica. En otras palabras, necesitamos una propuesta que organice la sociedad en función de la realización de la libertad individual y de la autonomía social en el marco de vivir en armonía con la naturaleza, lo que implica disputar también nuevas formas de organización y propiedad productiva; sin dejar de disputar la actual división internacional y sexual del trabajo. En esta agenda de construir un nuevo orden social, es fundamental apalancarse en recuperar el sentido público y común del bien conocimiento en favor de nuestros pueblos para construir una agenda de innovación verde que permita disputar la nueva era del capitalismo cognitivo digital. No hacerlo es condenar a nuestros pueblos a un neodependentismo: el de la mentefactura.  

¿Qué rol juega el Estado en eso?

En estas décadas se ha dado un retorno del Estado sin el cual no hubiese sido posible garantizar derechos y democratizarlos. No obstante, el corazón del cambio no es el Estado; es la sociedad integral. Y digo justamente integral porque debe incluir la realización individual, además de la de orden colectivo. Eso debe entender bien la izquierda. A veces parece que solo tenemos agenda para el Estado como si fuese este el fin. ¡Un fin en sí mismo! La nueva agenda debe buscar la sociedad integral, no un Estado integral únicamente, siguiendo la metáfora de René Zavaleta. Se puso mucho énfasis en la recuperación del Estado para la sociedad, pero no con la sociedad. Con esto quiero decir que es necesario un segundo momento de transformación del Estado en donde exista una participación mucho más activa por parte de la ciudadanía en la acción de nuestros gobiernos y un involucramiento y empoderamiento mayor de esta en las acciones públicas. Frente al ‘Estado vertical’ se necesita un nuevo diseño institucional y una práctica real de un ‘Estado horizontal’. Sin sofismas, las actuales condiciones de la informática y la comunicación permiten construir un Estado democrático (el ciudadano siendo servidor público y este ejerciendo su rol también de ciudadano) y no capitalista. La eficiencia de este Estado estará justamente en la acción colaborativa que se pueda tener con la propia ciudadanía. Asimismo, un cambio fundamental es, sobre todo, apostar a las asociaciones público-común, privado-común y no solamente público-privado.

¿Y la crisis de precios de commodities cómo afecta en esta coyuntura?

El capitalismo está produciendo crisis sociales con mayores frecuencias que de costumbre. Esto es consecuencia de la velocidad con que circula la información y el capital. Lo que debemos tener claro es que las crisis son consustanciales al capitalismo. Es decir, el capitalismo necesita de estas para reacumular. No es fortuito que en estos últimos años se haya llegado a la utopía del capitalismo: que un 1% de la población mundial tenga el equivalente del 99% restante. En estas crisis, se suelen dar procesos en donde se quiebra la estructura para reestructurarse. Generalmente, se reestructura para que en estas rupturas pocos se queden con más y muchos se queden con menos riqueza aún. Es decir, siempre suele pagar los costos el 98%-99%. Es lo que ha pasado a nivel global. La crisis mundial abre un boquete y con ello la posibilidad también de aprovechar la obligada reestructuración de la estructura de la riqueza socialmente producida. El país debería estar pensando, a propósito de la vulnerabilidad que tenemos frente a shocks externos de precios de petróleo, qué otra economía necesitamos en el largo plazo. Y debemos pensarlo con conciencia justamente en esta crisis de precios del petróleo porque el apogeo o, mejor dicho, la bonanza económica  genera muchas veces aburguesamiento conservador e inacción de cambio. En el corto plazo, dado que implicará tomar decisiones de cómo se corta el pastel (y no hacerlo implica fortalecer a ese 1%), creo que se abre una ventana de oportunidades para reestructurar una composición social que favorezca a ese 98%-99% restante y que permita una convergencia hacia el medio y no hacia los extremos. En un año, de no tomar correctas cartas en el asunto, se podría erosionar lo conseguido en 9 o retornar algunos años atrás. Costos existirán. La pregunta: ¿quién paga?

Claro pero en medio hay una crisis económica global

Sí, pero esta crisis internacional develará más rápidamente la agenda de la derecha que, desmaquillada, no es otra que el favoritismo hacia los grandes capitalistas. Con esta agenda antipopular, en el mediano plazo es inviable que la derecha se sostenga por mucho tiempo en el poder. La mala noticia es que será muy eficiente, no solo en desmantelar lo conseguido, sino que en poco tiempo podrá articular la institucionalidad a nivel internacional para que incluso pueda seguir permaneciendo en el poder sin estar en el gobierno del Estado. Pienso en Mauricio Macri adhiriéndose a Alianza del Pacífico y firmando tratados de libre comercio con Estados Unidos, Europa y Asia, a la vez poniendo barreras para que Unasur y la Celac prosperen.

No existen muchas opciones. En esta reestructuración obligada o buscamos transformar para ese 98%-99% o desacumulamos lo conseguido en 9 años dando un pase gol a la derecha en los procesos electorales que están por venir. Fácil decirlo, difícil hacerlo.

El Telégrafo