Después de las noticias diarias, los medios suelen informar sobre el estado del tiempo y, por último, sobre el estado de las carreteras: derrumbes, caídas de la banca, paso obligado a un carril y cierre por “concentración de personas”.

Este último hecho, muy frecuente la semana pasada con ocasión de la Minga Indígena y de las Marchas Campesinas, es tratado como, digamos, un accidente fortuito, un obstáculo, un percance. En realidad son manifestaciones de protesta e inconformidad. Salidas desesperadas ante el autismo de los gobiernos. Después de presentar respetuosas peticiones, escribir memoriales, hablar con el funcionario de turno y recibir siempre respuestas evasivas, la gente sale a la calle. Y es esta decisión la que las autoridades esperan y preparan para poder calificarla de obstrucción a la vía pública, obra de agitadores profesionales, subversión. A renglón seguido sacan el tenebroso Esmad a dar palo y nunca faltan disparos al cuerpo, granadas aturdidoras y bombas de gas lacrimógeno. Todo fría y meticulosamente calculado.

Y es entonces cuando aparecen los panfletos de las Organizaciones Armadas Ilegales, que tienen muchos nombres y seguramente un solo autor. En el rico, riquísimo, mil veces rico —como diría el poeta Jorge Zalamea— Valle del Cauca han aparecido comunicados de las Águilas Negras declarando objetivo militar a los organizadores y a los dirigentes de las movilizaciones de protesta. Son distribuidos a la luz pública, al lado de las tanquetas, en las calles y sobre todo en las carreteras donde haya “concentración de personas”. Unos volantes dan miedo, pero otros, terror. Me llegó a las manos uno que ofrece $20 millones por cadáver de dirigente. Textual: por cadáver. Ya no se trata de un sicario al que se le paga, ni de una acción hecha por unidades de la estructura, sino de un pago al que mate un “cabecilla”. Quien quiera ganarse $20 millones mate un dirigente, que se le paga la colaboración. ¡Es monstruoso!

En La Violencia de los 50, los “fejes” godos pagaban por oreja, por nariz, por una mano y no hace mucho, en el gobierno de Uribe, por la mano de Iván Ríos. Existe una fotografía de un pájaro del Valle con una colección de orejas ensartadas en un alambre y colgadas a la cintura. Pagar por cadáver es un crimen inspirado, sin duda, en la práctica de pagar recompensa por información. Las recompensas legales son pagadas por todos nosotros; las ilegales, por unos pocos, poquísimos. Quizá los dos muertos de la Minga Indígena fueron resultado de tan siniestra modalidad porque la Policía declaró que no había disparado.

En Tolima, después de una gigantesca manifestación de protesta contra la minería legal, convocada por el alcalde de Ibagué, circuló un panfleto, también de las Águilas Negras, condenando a muerte a los organizadores de la marcha por bloquear vías, desinformar a la gente, “sólo para poner tropiezo en las buenas ideologías y en el desarrollo de proyectos de desarrollo del Tolima de nuestra patria”. Si en una próxima concentración cae un manifestante, las autoridades quedarían excluidas de toda responsabilidad porque se culpará automáticamente a las llamadas organizaciones armadas ilegales

Hay que decir que el presidente esta vez no ha hablado del tal paro agrario. Ha sido más cauteloso e inclusive ha pedido disculpas por incumplir parte de los acuerdos. Tampoco se puede deducir que el Gobierno es responsable de la existencia de las tales organizaciones armadas. Pero está en sus manos parar esa paraquería antes de que ella pare las negociaciones con las guerrillas.

Mirando para adelante, la cosa es nubarrosa. ¿Cómo serán tratadas las manifestaciones de protesta social una vez se firme el fin del conflicto armado? Porque los conflictos sociales no sólo no se acabarán, sino, sin duda, serán más frecuentes y más fuertes. ¿Podrán los gobiernos permitir que la gente salga a la calle o a la carretera a gritar, a protestar, sin ser amenazada ni por el Esmad —o fuerza parecida— ni por Águilas Negras —o fuerza similar—? Porque de seguir así las cosas, podrá desaparecer el conflicto armado, pero no la violencia. En esa atmósfera explosiva se cría la protesta beligerante. Las concentraciones de personas apaleadas se vuelven las de ciudadanos apaleados y los ciudadanos apaleados se defienden a palo. Y de ahí en adelante… lo que ha de ser, que sea.

*Sociólogo, periodista y escritor colombiano.