Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

La muy fuerte ola de adversidades que durante los últimos meses ha sacudido a los gobiernos autodenominados “progresistas” o “revolucionarios” de Latinoamérica, ha provocado en las filas de los conductores y sus simpatizantes mucho desasosiego y confusión. Tanto, que no hay día que pase sin que alguna noticia dé cuenta de las maniobras con las que los gobernantes de Venezuela y Bolivia intentan revertir la tendencia declinante de la corriente que en su momento de mayor vigor se creyó irreversible.

La ola de adversidades a la que nos referimos tiene dos vertientes: la electoral y la ética. A la primera corresponden las sucesivas derrotas sufridas en las urnas por el kirchnerismo en Argentina, por el chavismo en Venezuela y, la más reciente, la que sufrieron Evo Morales y Álvaro García Linera a través del referendo del 21 de febrero que les cerró las puertas a una tercera reelección.

Aún más severas que esas derrotas electorales son las relacionadas con la corrupción. Venezuela es el caso más extremo, pero la debacle del kirchnerismo en Argentina y del “lulismo” en Brasil se explica, más que por una eficaz acción de sus rivales, por la pérdida de la autoridad moral que cualquier gobierno necesita para mantener su legitimidad.

En ese contexto, sólo quedan los gobiernos de Venezuela, Bolivia y Ecuador como últimos exponentes del denominado socialismo del siglo XXI, pero con diferencias que se hacen cada vez más notorias. La principal la marca ahora Ecuador, cuyo presidente, Rafael Correa, ha hecho un elocuente viraje al despejar en sus más recientes discursos, entre los que se destaca el informe a la Nación que presentó el pasado 24 de mayo ante la Asamblea Nacional de su país, cualquier duda, por si todavía quedara alguna, sobre su firme decisión de renunciar a cualquier intento de ampliar su mandato, que termina el próximo año, mediante su postulación a una nueva reelección.

Hasta ahora, de nada han servido las campañas que hacen algunas facciones del partido oficialista Alianza País, como el movimiento Rafael Contigo Siempre para promover su tercera reelección, y mucho menos una reelección indefinida. “Yo quiero parar un poco, creo que el país necesita descansar de mí y yo necesito descansar un poquito del país”, ha dicho para justificar su decisión y también ha expuesto en más de una oportunidad los argumentos por los que considera que no es bueno que un país ate su destino a una sola persona.

En circunstancias normales, una actitud como la de Correa no merecería mayor atención, pues es lo menos que se espera de gobernantes democráticos y conocedores de lo importante que es la renovación de liderazgos para la buena marcha de un país. Sin embargo, en un contexto signado por la crisis venezolana y por la situación en Bolivia en la que varios sectores afines al MAS e incluso autoridades insisten, pese al referendo del 21 de febrero pasado, en recurrir a cualquier medio para prorrogarse en el poder, la voz del Mandatario ecuatoriano constituye una muestra de sensatez y responsabilidad política que merece ser reconocida, elogiada y emulada.

Los Tiempos