Tremendo varapalo recibió el PRI en los comicios de este 5 de junio. Apenas consiguió cinco gubernaturas de las nueve que su dirigente nacional anunció que obtendrían. En la elección para la constituyente de la Ciudad de México sólo alcanzó 149 mil votos, cuatro veces menos que Morena.

¿Cómo explicar esta paliza? Por la suma de varios factores combinados, unos nacionales y otros regionales. Aventuro algunas hipótesis. La estrategia tricolor de sustituir la realidad con relatos en los medios sobre el triunfo seguro de sus candidatos fracasó. La difusión de encuestas modo y de artículos y columnas basados en esos sondeos anticipando la inminente e inevitable victoria del partido no logró la adhesión del voto de los indecisos. Por el contrario, en muchos casos causó su animadversión.

Curiosa ironía de una de las contiendas electorales más cochinas de la historia: aunque las campañas de lodo no fueron un recurso exclusivo, no parecen haber tenido mucho éxito para dañar a algunos aspirantes. La filtración de conversaciones privadas de los candidatos, la divulgación de sus millonarias propiedades y cuentas bancarias de procedencia incierta, y la propalación de calumnias no mermaron la votación en favor de quienes resultaron ganadores. O, cuando menos, no en un porcentaje suficiente como para impedir su triunfo.

La derrota del PRI está estrechamente ligada a la estrepitosa caída en la aprobación del presidente Enrique Peña Nieto en la opinión pública. Diversos sondeos muestran que apenas y supera 30 por ciento. Otros, no difundidos en la prensa, son mucho menos optimistas: a duras penas araña 20 por ciento. En algunos estados donde se realizaron comicios la cifra de quienes objetan al jefe del Ejecutivo es mucho mayor. En cambio, su porcentaje de reprobación en casi todo el país es cada vez mayor. Costos del presidencialismo, en esta ocasión, a diferencia de 2015, el partido de Los Pinos acabó pagando en esta ocasión el descrédito del mandatario.

También tuvo un enorme costo para el tricolor las nefastas gestione de gobernadores como Javier Duarte (Veracruz) o César Duarte (Chihuahua). Sus malas reputaciones rebasaron sus estados y se convirtieron en escándalos nacionales. La decisión presidencial de sostenerlos en su puesto a como diera lugar, no obstante el alud de evidencias de malos manejos y el enorme malestar social en su contra, le resultó carísima al partidazo.

Hoy están lejos los tiempos en que el PRI era capaz de hacer triunfar a una vaca. Su maquinaria electoral no le alcanza ni siempre ni en todos lados para eso. A pesar de las contundentes evidencias de que era un pésimo candidato, en Tamaulipas, se impuso desde Los Pinos a Baltazar Hinojosa, cercano al secretario de Hacienda, Luis Videgaray. El PAN le puso una tunda de antología.

En cambio en Quintana Roo, el gobernador Roberto Borge le cerró la puerta a Carlos Joaquín González, y trató de imponer infructuosamente como aspirante a un hombre de sus confianzas. El desenlace de este pleito tuvo un resultado previsible: nombrado candidato por la coalición PAN-PRD, Carlos Joaquín sacó 10 puntos de ventaja al aspirante del PRI.

La debacle electoral del tricolor es también resultado de factores de otra índole. Por ejemplo, del impacto negativo de la reforma educativa entre los trabajadores de la educación. En mi artículo del 3 mayo titulado Magisterio y elecciones (http://goo.gl/ni0bth) documenté (con muchas evidencias empíricas) la escandalosa pérdida de apoyo electoral sufrida por el tricolor y la dirigencia del SNTE entre importantes sectores del magisterio, tradicionalmente priístas o miembros de Nueva Alianza.

Los maestros –señalé allí– están hartos de una reforma educativa que los ha sumido en la inseguridad laboral y del trato humillante de Aurelio Nuño. Están indignados (muchos líderes institucionales seccionales incluidos) con la actitud entreguista de Juan Díaz de la Torre, que cada día controla menos la estructura sindical. Y con un Panal que no los representa.

Ese nuevo comportamiento electoral del magisterio fue clave para el triunfo del panista Martín Orozco en Aguascalientes, al punto que el futuro gobernador le ofreció a los profesores considerar a un docente para dirigir el Instituto de Educación de la entidad. También para que en Oaxaca, la decisión de la sección 22 de orientar su voto contra los partidos del Pacto por México y en favor de Mo­rena, le permitiera a un pésimo candidato como Salomón Jara obtener 23 por ciento de los votos (cifra que ni la más audaz de las encuestas en su favor le daba).

Sin ambigüedad, muchos maestros institucionales rompieron con el tricolor y apoyaron principalmente a Acción Nacional, y, en menor medida a Morena. El resultado de esta fractura, de la que Aurelio Nuño puede sentirse orgulloso, está hoy a la vista de todos.

También importante en el desenlace de este proceso fue el papel de la jerarquía católica. Cada vez más distanciados de Los Pinos, los obispos recibieron como una afrenta la iniciativa presidencial para que los matrimonios del mismo sexo sean legales. A su manera, con la discreción que da el ejercicio de un poder como el suyo, le pasaron la factura de su enojo al PRI.

A buen entendedor, pocas palabras. En la posición de la Comisión Episcopal sobre los comicios, se cita una casta pastoral de 2000, en que se establece que colaborar directa o indirectamente con el fraude electoral es un pecado grave que vulnera los derechos humanos y ofende a Dios.

El saldo final de las jornadas electorales del 5 de junio muestra que el voto anti-PRI existe. Y es tan grande y beligerante que permitió que, a pesar de su fragmentación en un arcoiris de fuerzas opositoras y candidatos independientes, el tricolor sufriera tremendo varapalo. Muchas de las victorias del PAN en estos comicios fueron resultado de su capacidad para captar ese voto anti-PRI.

Pd. Entre las sensibles defunciones de estos comicios se encuentran también Miguel Ángel Mancera (que ha unido su suerte a la del tricolor), ese fantasma chocarrero conocido como PRD y las empresas encuestadoras. Analizar su derrota es materia para otro artículo.

*Escritor y periodista mexicano, coordinador de la sección de Opinión del diario La Jornada.