La irracional lucha contra los transgénicos se desató a partir del diseño de una planta transgénica en 1983. El temor surgió debido a la tecnología del ADN recombinante (que posibilita mezclar genes de especies diferentes), pese a que durante la reunión científica de 1975 en Asilomar-EE.UU., ya se había concluido que tales tecnologías no eran peligrosas si se las manejaba en condiciones controladas.

En los noventa, con el desarrollo de técnicas de clonación de genes y después con la obtención de organismos híbridos (camello con llama), hubo certeza de que se podía manipular el material genético con ingeniería molecular. Así se obtuvieron vacunas transgénicas, insulina, anticuerpos, bacterias, etc.

Con técnicas de manipulación genética se obtuvo también alimentos (soya, maíz, arroz) y entonces apareció la cruzada en contra. Los productores, grandes transnacionales, querían asegurar su negocio y eran denunciados por detractores. En forma perversa se asoció transgénico con transnacional y de ahí el justificativo rechazo. Pero los transgénicos son -sobre todo- ciencia e investigación, y son promisorios, más aún ahora, con la técnica de edición de genes o CRISP/Cas9.

Hoy conocemos que los productores no contaron la verdad sobre sus productos y que los detractores tampoco contaron todo sobre evidencias en contra. Incluso se acentuó el combate a los transgénicos por los estudios de Seralini (Francia), que demostraban supuestos daños, pero el estudio fue desvirtuado hasta que en mayo 2016 se declaró que no hacen daño (Academia Nacional de Ciencias, EE.UU.).

La problemática hizo que 109 premios Nobel se pronunciaran (30/06/16), aseverando que los alimentos transgénicos no son dañinos y, en carta abierta contra Greenpeace, increpan a “reconocer las conclusiones de las instituciones científicas competentes” y a “abandonar su campaña contra los organismos modificados genéticamente en general y el arroz dorado en particular”. Aseguran que al utilizarlos, se solucionaría la deficiencia de vitamina A en 250 millones de niños que la padecen con graves consecuencias. Añaden que se debe “detener la oposición basada en emociones y dogmas, en contradicción con los datos”.

Termino con una frase del editorial de Javier Sampedro en El País, que dice que la moda ecologista trae consigo el peligro de convertirse en “una especie de panteísmo donde el papel de Dios lo representa la Madre Naturaleza. Una religión laica, sí, pero tan irracional e impermeable al argumento como todos sus precedentes celestiales”.

¡Los transgénicos no hacen daño!

* Científico ecuatoriano. Doctor en Medicina y en Biología. Especialista en Genética Médica y Genética Molecular Humana. Decano del Instituto de Investigaciones Biomédicas, Universidad de las Américas.