Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

A Daniel Ortega en Nicaragua le quedan, de verdad, muy pocos ítems por tachar en la lista de verificación de requisitos para que un régimen merezca el apelativo de dictadura.

Y no cualquier dictadura. Lo que el antiguo comandante sandinista pretende mostrar tiene todos los visos de una dictadura familiar dinástica. No en vano su más reciente decisión fue escoger a su esposa, la todopoderosa Rosario Murillo, como su fórmula para las elecciones presidenciales de noviembre.

Antes logró que una corte suprema bajo su control le quitara el aval a la coalición opositora, lo que le permitirá participar en dichos comicios, en los que, por decisión suya, no habrá observadores internacionales. Bueno es recordar que los resultados de los realizados en el 2011, que le aseguraron su segundo quinquenio, fueron calificados por la misión de la Unión Europea de “opacos y no verificables”.

Después, la semana pasada, un fallo del tribunal electoral –también en su órbita de poder– despojó de sus curules a veinte diputados que constituían la última voz discordante en el ámbito institucional. Hoy, la realidad es que las tres ramas del poder público están bajo su égida.

En ese contexto aspirará a un tercer período, luego de que la Asamblea modificara, hace dos años, la Constitución para permitírselo y, de paso, instaurara la reelección presidencial indefinida. De no ocurrir nada extraordinario, la cita en las urnas tendrá como único fin darle un triste disfraz de democracia a la autocracia que día tras día consolida.

La gran pregunta es si en esta nueva fase podrá seguir contando con el respaldo del que hasta hoy goza de buena parte de los empresarios del país, a quienes, no obstante su retórica socialista, antiimperialista, se ha esforzado en mantener alineados con su proyecto. La Conferencia Episcopal ya ha sentado una dura protesta: “Todo intento por crear condiciones para la implantación de un régimen de partido único en donde desaparezca la pluralidad ideológica y de partidos políticos es nocivo para el país, desde el punto de vista social, económico y político…”.

En la misma línea, la cabeza más visible de la oposición, Eduardo Montealegre, en entrevista al diario El País de España, puso el dedo en una dolorosa llaga. La de la dictadura de Anastasio Somoza, un fantasma que la nación centroamericana no ha logrado ahuyentar del todo. Montealegre recordó la coyuntura que vivió el país en 1974. Aquel año, Somoza tenía la intención de continuar en el poder y para ello modificó la Constitución. La oposición, entonces, se abstuvo de participar en las elecciones. Ahí quedó sembrada la semilla de la posterior revolución, que dejó por lo menos 50.000 muertos, rememora Montealegre.

Es cierto, así mismo, que los programas asistencialistas de Ortega le han garantizado una importante base de apoyos. Pero no son pocos los que, de nuevo, ven a Ortega seguir los pasos de Somoza y en voz baja expresan su inconformidad.

El actual presidente está a tiempo de marcar distancia de dicho fantasma y, de paso, llenarse de argumentos para responderles a quienes, con no poca razón, aseguran que la democracia en su país agoniza. Con unas elecciones transparentes, con participación de la oposición y el acompañamiento de la comunidad internacional basta.

El Tiempo