El respetado intelectual brasileño Emir Sader hace poco escribió otro artículo apologético de los llamados gobiernos progresistas, bajo el título de “¿Década desperdiciada? ¿Para quienes?” (ver anexo 1, abajo).Es uno de los casos en los que, para usar la expresión de Guillermo Almeyra, el autor actúa como uno de los “sahumadores, pues con el humos de sus teorías tratan de disimular el mal olor que despide la descomposición de esos gobiernos” (Almeyra, “La izquierda del siglo XXI y los sahumadores”, ver anexo 2, abajo).

Por supuesto, el presidente ecuatoriano Rafael Correa no ha desperdiciado el momento para recomendar ese artículo, por lo que vale la pena considerar algunas tesis de Sader.

La primera cosa que se nota es la derrota ante lo que el autor asume como “posible”. Por ello ya había planteado que “La izquierda del siglo XXI es antineoliberal”. Pero si asumimos que desde la Revolución Francesa el término izquierda abarca las corrientes que se plantean superar un modo de producción y su modelo político, entonces el ser de izquierda no es acomodar las condiciones de explotación ni administrar la crisis del sistema, y no cabe sino decir que las izquierdas, así en plural, se reconocen por ser anticapitalistas. Además, está claro que un capitalista dueño de una transnacional, si considera mejor para la acumulación de capital dejar el neoliberalismo y volverse keynesiano, lo hará. ¿Eso lo haría de izquierda?

El abandonar un análisis social a partir de la existencia de clases y sus intereses coyunturales y estratégicos,  conduce a que de una u otra manera se fije la idea que lo máximo a lo que se puede llegar es a un capitalismo “humanizado”, que deja atrás el neoliberalismo, pero que sigue siendo el sistema de explotación.

Lo “antineoliberal” o los “posneliberal”,  en estos límites, no necesariamente significa que sea mejor para los sectores populares. En lo que más parece un ataque de sinceridad, Rafael Correa lo aclaró en enero de 1912 en el diario El Telégrafo: “El modelo de acumulación no lo hemos podido cambiar drásticamente. Básicamente estamos haciendo mejor las cosas con el mismo modelo de acumulación, antes que cambiarlo, porque no es nuestro deseo perjudicar a los ricos, pero sí es nuestra intención tener una sociedad más justa y equitativa”.

¿Mantener el modelo de acumulación pero hacerlo mejor que los neoliberales es ser de izquierda?  Difícil tragarse esos humos.

Frente a las derrotas de los gobiernos progresistas, Sader dice en su artículo que: “Fin de ciclo ya está claro que no es, no surge nada de superador, por la derecha o por la izquierda”. Y que: “Entonces era necesario intentar descalificar a los gobiernos que han traído los más grandes avances para nuestros países en mucho tiempo, para lo cual se lanza la idea de que sería una década desperdiciada. Como si las condiciones fueran las mejores posibles y no se hubiera aprovechado.”

De la primera parte, creo que el fin de ciclo no existe porque la historia no se mueve en ciclos y nada mejor para el sistema que creamos que solo podemos movernos en círculos entre capitalistas neoliberales y capitalistas progresistas (1). Lo superador, como sucede en las revoluciones verdaderas, seguro estará marcado por saltos y rupturas y no por lentas transiciones y ciclos. Pero de allí creer que quienes han hablado de fin de ciclo lo hicieron solo por ser opositores y que, al no resultar esa vía, recurren hoy a hablar de década desperdiciada, es otra cosa.

Para Sader hay avances que se deben reconocer a estos gobiernos. Pero no dice que la historia demuestra que incluso gobiernos de derecha abierta los pueden lograr, en determinadas condiciones, algunos de estos como es el haber retomado el crecimiento económico. Pero ello en buena medida ha sido el resultado de un momento especial en los precios internacionales de las materias primas. Desde el gobierno del Ecuador no descansan de señalar que las dificultades económicas (no quieren reconocer que hay crisis) se deben en primer lugar a la caída del precio del petróleo. Es decir, lo que nos mantuvo sin entrar directamente en la crisis fue el precio alto del petróleo.

Década ganada o perdida: ¿para quienes?

Pero respondamos, desde el Ecuador y por hoy desde la economía, la pregunta principal. ¿Quién ganó en esta década? O lo que es lo mismo: ¿Para quién trabajaron las políticas del gobierno ecuatoriano? Para ello, dejemos de lado los discursos grandilocuentes en los que hasta usaron las palabras socialismo y canciones al Che (mientras tener camisetas con la imagen del guerrillero heroico ratificaba que jóvenes opositores de izquierda conocidos como Los 10 de Luluncoto eran supuestos terroristas).

Empecemos por los datos de acumulación. Según OXFAM, en Ecuador hay 280 multimillonarios cuya fortuna representa 7,8 veces la inversión del Estado en educación y equivale el 32% del Producto Interno Bruto. Según datos del Sistema de Rentas Internas, los grandes grupos corporativos han crecido e incrementado sus ganancias entre el 1 y 8% entre 2014 y 2015, que hizo que las 50 empresas privadas más grandes del país, en apenas dos años lograron 3.743 millones de dólares. “En 2003 los ingresos de las 400 empresas más grandes que operaban en el Ecuador representaban alrededor del 50% del PIB y en 2014 sus ingresos ya habían alcanzado el equivalente al 58%”.(2)

Pero al mismo tiempo el desempleo crece (180 mil despidos desde enero de 2015 a la fecha); en el sector privado el 65% de trabajadores gana el salario mínimo de 366 dólares que cubre apenas el 55% de la canasta familiar básica; el Estado eliminó el 40% del aporte al IESS para las pensiones jubilares, redujo el monto de las utilidades de los trabajadores, se apropió de los fondos de cesantía de las organizaciones de trabajadores y maestros; hay más de 4,7 millones de ecuatorianos que no tienen trabajo fijo y más de 450 mil trabajadores que se encuentran desempleados (3); se eliminó el pago a las pasantías juveniles (trabajo gratuito); se plantea una reducción de la jornada laborar a beneficio de los empresarios. (4)

Se dirá que se redujo la pobreza, y eso es cierto, pero al mismo tiempo es parcial, con estadísticas que no permiten evaluación clara y con base en bonos que no impiden una regresión rápida (como seguramente está sucediendo con el desempleo que crece). Los bonos en América Latina también los usaron gobiernos neoliberales y les dio réditos electorales (recuérdese el caso de Uribe en Colombia), pero eso no implica una redistribución de la riqueza. En Ecuador, a lo mucho se ha dado una parcial redistribución del ingreso, lo que es otra cosa.

Ecuador es considerado como uno de los países con mayor desigualdad de acceso a la tierra en la región. Unas 6.000 familias ligadas a la agroindustria concentran más del 70% de las tierras cultivables, mientras que 700.000 familias de pequeños productores apenas tienen acceso al 20%. Cifras de igual acumulación en pocas manos se encuentran en el análisis de agua de riego, garantizada para la agroexportación y escaza para campesinos medianos y pequeños. En la década, en la zona rural prácticamente nada ha cambiado para bien. Y el campo es uno de los sectores más amenazados con el TLC con la Unión Europea que desesperadamente pide el gobierno.

En esta década ganaron las transnacionales extractivistas que han visto cada vez más retaceado el territorio nacional  para explotar minas y petróleo. No hay que olvidar que ya se explota el bloque Yasuní-ITT que fuera traicionado (5) al no continuar una propuesta innovadora, reconocida a nivel internacional y que había sido asumida por el gobierno. Allí pierden los Derechos de la Naturaleza y los derechos de dos pueblos no contactados que corren el riesgo de etnocidio. Se demostró que había una serie de alternativas para obtener los recursos económicos que entregaría el bloque, que fueron claculados cuando los precios del petróleo estaban altos, pero la decisión fue avanzar en el extractivismo y no afectar a las telefónicas, por ejemplo.

En torno a la Minería, el gobierno incumplió el Mandato de la Asamblea Constituyente para recuperar soberanía y proteger las fuentes de agua; en 2009 se aprueba una Ley Minera pro-transnacionales y en ese mismo año una Ley de Seguridad Pública que permite “Zonas reservadas de seguridad” para proteger estos y otros proyectos declarados “estratégicos”; en 2013 se reforma la Ley de Minería flexibilizando la obtención de licencia ambiental y reconociendo que lo hacen por presión de las empresas; se otorgan enormes incentivos tributarios a las transnacionales; hay tres casos de dirigentes indígenas amazónicos asesinados que tienen como rasgo común haberse opuesto a la minería a gran escala; en este año inicia un proceso de subasta y remate de nuevas concesiones. (6).

En el área petrolera, a la que todavía está atada la economía del país, debería ser  suficiente con considerar la apertura a la privatización de los campos maduros de producción petrolera, que son los grandes campos y que no implican riesgo para las empresas que los asuman, pues ya están en producción. Para 2006, en radio La Luna, Rafael Correa sostenía que: “Entregar campos en plena producción es un absurdo, razón suficiente para mandar al Coronel Lucio Gutiérrez a la casa, por traición a la Patria…” Hoy es el quién ordena que se entreguen esos campos.

Ya en octubre de 2015 el Presidente ordenó la venta de estaciones de servicio (gasolineras) que pertenecen a la estatal Petroecuador con dos argumentos que no pueden ser más neoliberales: que son competencia desleal con las empresas privadas y que si el sector privado lo puede hacer, pues gracias. Con esa lógica se puede privatizar cualquier otro servicio, incluso los que garantizan derechos como la educación y la salud.

Luego vino una Ley de alianzas público privadas, que es un eufemismo privatizador, y, a pretexto del terremoto de meses atrás, el anuncio de privatizar activos del Estado, proceso que va incluyendo concesiones de puertos, posible privatización de un banco, la flota naviera, la empresa de aviación, la corporación nacional de telecomunicaciones, entre otras. Esto mientras crece la deuda externa y la dependencia ante el imperialismo chino.

¿Década desperdiciada? No para los ricos. Están mejor que hace diez años. Que en discursos Correa los ataque, no importa si ven garantizado el crecimiento de sus ganancias. Y todo lo demás del edificio social se construye sobre la economía, como se ha dicho desde mucho atrás. Criminalización contra los que se oponen al extractivismo (más de 700 luchadores populares y ni un millonario), ataque a las universidades con pensamiento crítico (hoy mismo la víctima es la Universidad Andina Simón Bolivar), intentos de destruir organizaciones sociales destacadas en la lucha contra el neoliberalismo (ahora es la Unión Nacional de Educadores la que está bajo esta amenaza) y más evidencias de un régimen que no conoce lo que es un proceso democrático de consulta y toma de decisiones.

Entonces, que se analice la realidad y no se defienda a un régimen que hace lo contrario a sus discursos internacionales. A menos que se piense que mayor acumulación para ricos, privatizaciones y represión para los pobres, son características de gobiernos de izquierda. Si ese es el caso, se entiende que se arroje lodo a la llamada extrema izquierda y a todo el que sostiene la utopía de la justicia social y la libertad. Pero seguramente más importante es cómo construir organizaciones y propuestas que diferencien a la izquierda, que de alternativas y generen sueños.

Notas

1 Ver: Sobre el llamado fin del ciclo del progresismo en América del Sur, Edgar Isch L. En: lalineadefuego.info.
2 Villavicencio, A. (2016). El cambio de la matriz productiva ao la mayor estafa política de la historia.
3 Erazo, N. (2016). Los 9 años de correísmo y la precarización laboral. revistarupturas.com
4 Isch, E. (2016). Reducción de horas de trabajo ¿A favor de quién? www.ecuadorlibrered.tk
5 Isch, E. (2013) El Yasuní traicionado. MPD, Quito.
6 Acosta, A. y F. Hurtado (2016). De la violación del Mandato Minero al festín minero del siglo XXI.

* Antropólogo y pedagogo ecuatoriano. Ex Ministro de Ambiente


Anexo 1: ¿Década desperdiciada? ¿Para quienes? – Por Emir Sader

Después de agotar la posibilidad de caracterizar la situación actual de los gobiernos progresistas latinoamericanos como una situación de “fin de ciclo” –en la onda del fin de la historia, del fin de la oposición derecha/izquierda, del fin de las ideologías y otras ondas sin fin–, surge la idea de que sería una década desperdiciada. Nada de fundamental habría ocorrido, los gobiernos de Lula, de los Kirchner, del Frente Amplio, de Chávez, de Evo Morales, de Rafael Correa, habrían tirado por la borda una situación excepcionalmente favorable a la izquierda y habróan favorecido el retorno de la derecha.

Fin de ciclo ya está claro que no es, no surge nada de superador, ni por la derecha ni por la izquierda. Al contrario, sea en Brasil, Argentina o en los otros países, lo que surgen son procesos de restauración conservadora, de retorno del viejo neoliberalismo de los años de 90.

Entonces era necesario intentar descalificar los gobiernos que han traído los más grandes avances para nuestros países en mucho tiempo, para lo cual se lanza la idea de que habría sido una década desperdiciada. Como si las condiciones fueran las mejores posibles y no se hubieran aprovechado.

Esos gobiernos surgen a contramano de la fortísima onda global neoliberal, que todavía subsiste, aun con la prolongada y profunda crisis internacional del capitalismo. Mientras en el mundo aumentan las desigualdades, la miseria, la pobreza, la exclusión social, la expropiación de derechos, en nuestros países se ha avanzado en la dirección exactamente opuesta. Se ha disminuido mucho la desigualdad en el continente más desigual del mundo. Se ha retomado el crecimiento económico en medio de una acentuada recesión internacional. Nuestros países han cambiado mucho su fisionomía respecto de lo que eran antes, a pesar de los retrocesos a nível global.

Pero eso se habría debido solamente a los precios favorables de los productos primarios de exportación, gritan las aisladas voces de la ultraizquierda. Antes estaban altos esos precios y nada de eso había pasado y aun cuando esos precios han caído, los gobiernos progresistas han mantenido sus políticas sociales.

¿Para quién habría sido una oportunidad desperdiciada? Para los pueblos, seguro que no, que se han aprovechado para luchar y conquistar derechos, apoyando a gobiernos que los defendían. A lo mejor habrá sido una oportunidad perdida para la ultraizquierda de probar sus tesis de siempre, que han pasado toda la década sin apoyo popular.

¿Esos gobiernos serían responsables por el retorno de la derecha? Entonces, ¿por qué la ultraizquierda, que cree haber tenido siempre razón, no se ha fortalecido, no se aprovechado del debilitamiento de los gobiernos progresistas y ha ocupado su lugar? Simplemente porque no tiene ningún arraigo popular, porque sus argumentos no han cuajado en ningun sector popular, no dirigen ninguna experiencia de gobierno significativa, ni a nível municipal, ni provincial, menos todavia a nivel nacional.

Desperdiciada fue la década para los que no han aprendido que el desafío fundamental de nuestro tiempo es superar el modelo neoliberal, construir una alternativa concreta, fortalecerla, generar un polo lationoamericano y mundial de superación del neoliberalismo. El que no aprende de la historia sigue repitiendo lo mismo que decían hace décadas, desperdiciando las enseñanzas de la historia. Esos no tienen ni la perspectiva de repetirla, porque no la protagonizan nunca.

(*) Sociólogo y científico político brasileño, es coordinador del Laboratorio de Políticas Públicas de la Universidad Estadual de Rio de Janeiro (UERJ).


Anexo 2: “La izquierda del Siglo XXI” y los sahumadores – Por Guillermo Almeyra

En las procesiones católicas el que esparce incienso al paso de la imagen se llama turiferario y, con los “efectos especiales” del Medioevo, trata de dar sacralidad al paseo del santo o de la reliquia del mismo. Los sacerdotes laicos de los gobiernos “progresistas” no llegan a turiferarios sino que son, simplemente, sahumadores pues con el humo de sus teorías tratan de disimular el mal olor que despide la descomposición de esos gobiernos.

Un sahumador destacado es mi amigo Emir Sader quien al menos tiene la valentía de romper lanzas teóricas a favor de gente que, tras una derrota inesperada e ignominiosa, desaparece refugiándose en la mudez de la falta de balances y explicaciones, como Cristina Fernández de Kirchner, no puede ni pensar, como Dilma Rousseff y Lula, o se limita obstinadamente a vociferar, como Nicolás Maduro, en vez de abrir un período de reflexión, autocrítica y rectificaciónpPara salvar lo aún salvable.

Emir, en su artículo “la ozquierda del Siglo XXI es antineoliberal”, publicado en La Jornada, de México, Página 12 de Argentina y la página web española Rebelión, dice que la izquierda es una categoría histórica variable que primero se habría referido al enfrentamiento entre las clases, después al antifascismo y, por último, al neoliberalismo. Lo que Emir describe es en realidad la evolución de la socialdemocracia y del estalinismo desde los años 1930 hasta hoy, desde la lucha anticapitalista y socialista, pasando por los Frentes Populares con partidos burgueses hasta los Hollande, los Tsipras, los Iglesias, empeñados en mantener el capitalismo a costa de todas las concesiones y vergüenzas posibles. Pero aunque “izquierda” es un término de relación (se es izquierda frente a una derecha) tan poco preciso que Hitler sería izquierda frente a Gengis Khan, desde 1848, con el surgimiento de las insurrecciones obreras y del socialismo, es de izquierda quien está contra el sistema capitalista y de ultraderecha, derecha o centro derecha quien lo defiende, sólo ve como posible el marco del sistema y niega la lucha de clases en nombre de la unidad nacional. No hay entonces un enfrentamiento entre una “izquierda” progresistas y la derecha sino una lucha entre una débil derecha nacionalista y la sólida del gran capital financiero mundial.

Además, el neoliberalismo es sólo una de las políticas del capitalismo, que en su momento fue keynesiano o nazi. Quien busca sólo una alternativa al neoliberalismo propone sólo reformas al capitalismo, que es la causa de fondo del mismo y de todos los otros males (guerras, ecocidio, racismo, esclavitud (guerras, ecocidio, racismo, esclavitud, xenofobia, colonialismo).

Siguiendo a García Linera, cuyo fin declarado es la constitución de un “capitalismo andino” y cuya bestia negra son “los intelectuales de izquierda” y las ONGs progresistas, Emir Sader critica a los sectores que planteaban que los movimientos sociales debían ser independientes del Estado y de las instituciones capitalistas, no dice una palabra sobre el carácter capitalista de los Estados que tienen gobiernos “progresistas” (es más, confunde gobiernos con Estado) ni sobre la necesidad de esa independencia, por ejemplo, en México, Colombia o la Argentina de Macri.

Según Emir, los gobiernos “progresistas” habrían “redefinido el papel del Estado en vez de oponerse a él”. ¿Cómo? ¿Apoyando a los soyeros a costa de la agricultura campesina, aliándose con el agribussiness en vez de hacer una reforma agraria, como exige en Brasil el MST? ¿Fomentando la gran minería y la deforestación, el extractivismo, la destrucción ambiental de masa, favoreciendo al capital financiero como hizo el kirchnerismo? ¿No tocando las bases del capitalismo y ni siquiera afectando a las transnacionales y la banca extranjera?

Según los sahumadores esos gobiernos habrían “promovido un inmenso proceso de democratización social”. ¿Habría desaparecido la explotación, se habría reducido la brecha entre ricos y pobres o, simplemente, el Estado, para mantener altas las ganancias de los capitalistas, subsidió algunos servicios y amplió el mercado interno con políticas asistenciales y redistributivas dejando intactas las estructuras económicas capitalistas y dependientes? Si se hubiese producido esa democratización masiva ¿por qué la oposición venezolana pasó de menos del 50 por ciento de los votos al 65,27 por ciento conquistando millones de votos anteriormente chavistas? ¿Por qué el kirchnerismo perdió en la provincia de Buenos Aires y en todas las grandes ciudades, además de en los barrios y municipios obreros? ¿Por ingratitud, porque millones de obreros se habrían vendido a la CIA o serían derechistas fascistizantes, como explicaban los comunistas en el caso de Solidarnosc, en Polonia en 1980?

¿La izquierda se reduce por otra parte a la caricatura que hace Emir cuando pone como sus representantes a Negri-Hardt o a Holloway? ¿Fuera del estalinismo o de los espontaneístas, no hay izquierda sino sólo “intelectuales irresponsables que hablan desde cátedras” (diciendo lo contrario a los –pocos- intelectuales sahumadores que hablan también desde cátedras o desde gobiernos)? ¿La “izquierda del siglo XXI” sería Tsipras y Syriza, que aceptan con júbilo todas las imposiciones de la Troika y del gran capital que rechazaron poco antes, Podemos, que lo que quiere “es ganar”, o sea entrar mediante una alianza electoral en un gobierno de un Estado monárquico y capitalista, o la izquierda portuguesa que reproduce la nefasta experiencia del ingreso de Rifondazione Comunista en el gobierno de Romano Prodi?

¿Para ser izquierda basta con estar contra la política de austeridad y ser honestos representantes del capital? ¿Eso es lo que nos proponen los sahumadores en vez de intentar dar ideas sobre cómo recuperar las conciencias en Venezuela, sobre cómo construir poder popular en Bolivia y en Ecuador para evitar allí futuras derrotas, sobre cómo hacer una política clasista de resistencia en Argentina en vez de ponerle velitas a la mariscala de derrotas Cristina esperando su regreso en el 2019 ?

(*) Doctor en Ciencias Políticas y Master en Historia.