Una cosa es construir fuerza propia y otra muy distinta es construir un partido. Desde el punto de vista de la gente que ha hecho el mayor esfuerzo siempre, la fuerza existe, está en cada movilización, en cada expresión de descontento, en cada lucha que ha sido y será.

Hace falta que se dirija en el sentido correcto, utilizando el arma adecuada.

Lo que propone un grupo de movimientos y personas ligadas a la izquierda no es distinto a lo que se ha propuesto y hecho muchas veces. Y cuyos resultados han sido los mismos: derrotas tras derrotas.

Es cierto que hay condiciones nuevas que hacen del escenario un espacio que requiere una lectura que no permite yerros. Por lo menos, no de los mismos que se han venido perfeccionando en un cuarto de siglo de intentos estériles.

La izquierda ha desarrollado un profundo cariño por la derrota. A veces da la impresión que más bien es una tendencia al fracaso. Como se ha visto, de la derrota es posible salir e incluso, haciendo uso de una renovada resilencia, seguir en el combate e incluso ganar.

Salir del fracaso exige una energía que no se conoce hasta ahora.

Y en gran medida, el triunfo apabullándote del neoliberalismo ha sido por la incapacidad de la izquierda de entender el mundo en que vivimos y obrar en consecuencia. De esos intentos ha salido trasquilada.

Sectores que se anuncian de izquierda se mantienen anclados en un pasado remoto, con lemas en desuso y atrapados en consignas y fetiches que no dan para ningún lado. Descontado el PC, atracado al cómodo muelle del poder, el resto deambula por ahí, a la espera que algo pase.

Y otros numerosos grupos intentan derivaciones revolucionarias en las cuales el socialismo es eso que pone rojo el horizonte hacia el oeste en las tardes de otoño. Sería cosa de caminar un poco y alcanzarlo.

Y más allá de esos dislates, la gente común con su espera eterna, que sufre por una idea, por una consigna, por una voz que le ofrezca un camino de lucha y victoria.

Mientras tanto, la realidad, esa terca, sigue urdiendo un país construido sobre los retazos de lo que había, de lo que quedó luego del táctico paso a retiro de los militares.

Y desde ese momento hasta el día en que vivimos, no hemos tenido una muy certera apreciación de la realidad.

El sistema ha contado con esa anomia, anemia, de la izquierda para establecer sus reales a niveles de refundar el país por la vía de hacer mierda todo aquello que le permitía cierto nivel de cosa humana.

Hoy en Chile cuesta vivir.

Ciudades arracimadas en las cuales no cabe ni un auto más. Poblaciones transformadas en guetos en las cuales se reproduce imparable la pobreza, cuna de la delincuencia, el tráfico y la marginación.

Explotación, bajos salarios, pensiones de miseria. Derechos sociales transformados en viles negocios. El que se salvó, bien. El que no, bien también.

Y el telón de fondo es una cloaca en la que supura el sistema político demolido por la carcoma de la corrupción que abarca de capitana a paje. Una connivencia de larga data entre el poder del dinero y el político. Un maridaje entre todos los poderes, que es como decir entre todos los miedos.

Y el sistema político que se desfonda por la fuerza de su propia gravead corrupta.

Entonces de vez en cuando surgen las más deschavetadas opciones para que la izquierda esa cosa sin forma ni fondo, entregue soluciones y vías.

Cosas tan extrañas como el progresismo de Marco Enríquez Ominami, cuyo intento de parecerse al mirismo de su padre resultó tan patético como sus explicaciones para decir que no fue financiado por empresarios corruptos. Lo del avión es un chiste.

O los intentos de los retazos rodriguistas y otros numerosos grupos de izquierda atrapados en el pasado para terciar en el mapa político por la vía extraña de constituir un partido político, ¡otro más!

Y ahora, un grupo de personas y colectivos que han tenido una destacada participación en las movilizaciones estudiantiles desde el año 2014 hasta la fecha, como Gabriel Boric y su movimiento Autonomista, y Giorgio Jackson y su Revolución Democrática recientemente desgajado de sus padrinos de la Nueva Mayoría.

A este colectivo de ex dirigentes estudiantiles se les ha sumado personas que alguna vez estuvieron relacionadas con organizaciones de trabajadores, como Cristian Cuevas, el que luego de su paso por la agregaduría laboral en España, dejó la diplomacia y el PC y ahora impulsa la idea de un nuevo partido, ¡otro más!, dice, para construir una alternativa.

Todo estaría bien si la cosa fuera, desafiando la gravedad, desde abajo hacia arriba y no como aparece, como otro intento superestructural, desde arriba hacia abajo.

Porque lo que falta en esa configuración son los trabajadores, es el mundo organizado que no reconocen militancia alguna, los numerosos colectivos de jóvenes que se mueven en sus barrios, la gente que defiende sus poblaciones y pueblos, los colectivos de izquierda que se desarrollan entre los profesores, los artistas, los intelectuales, en fin, un mundo de lo social que no tiene prensa ni coberturas.

Ni ganas de militar en algo que no sea una causa grande y de todos.

En este mundo hace rato que circula una izquierda silenciosa que ha apostado más a la construcción desde abajo que a esperar la buena voluntad y las buenas idea de quienes se erigen como lideres sin más mérito que intentar ganar el quien vive.

Una alternativa real a la cultura miserable del neoliberalismo deberá salir desde abajo, desde la gente que lucha cada día, la que a duras penas se organiza como puede y quiere, la que sale a marchar y la que pone el lomo cuando arrecia la represión, que es casi siempre.

Y la que de tarde en tarde pone los muertos.

Desde que algún poeta burlón instaló en su ideario romántico la idea de que la utopía servía para caminar, a la izquierda se le olvidó llegar. Y desde entonces anda en un estéril derrotero radial que no le permite avanzar ni un solo metro.

Más que esperanza, la izquierda ha propuesto espera.

Una respuesta atinada la dio el diputado Boric hace no mucho: la política tiene que estar inserta en las luchas sociales, sino, es burocracia. Y la burocracia cuaja cuando se comienza a creer que la inteligencia de algunas personas puede sustituir la de mucha gente.

Los instrumentos de liberación del pueblo van a salir necesariamente de sus luchas, se crearán al calor de peleas ascendentes, afirmadas ya no en cuestiones en los que el sistema maneja el calendario y todo lo demás, sino imponiendo su propios tiempos y modos. Y por sobre todo con una izquierda que entienda el tiempo en el que vive.

Así como están las cosas, se requiere una plataforma mínima que cumpla con seducir a la mayoría de la gente castigada para cruzarse de la manera más radical a los que han construido sus imperios absurdos y genocidas sobre ese castigo.

Y aún, se diga lo que se diga, ninguna consigna es más poderosa y revolucionaria que luchar por construir un país decente, dirigido por gente honesta y empujado por los perdedores de siempre.

(*) Escritor y periodista chileno. Estudió Física y Matemáticas en la Universidad Técnica, es asesor del Colegio de Profesores, autor de “El Coa y el Lenguaje de la Calle.