Está bien, pues, indignarse con lo sucedido a partir del 12 de octubre de 1492, y con lo que hacen los españoles reaccionarios, pero veámonos a nosotros mismos, saquemos cuentas, hagamos balance y aprendamos lecciones de lo que hemos hecho en el pasado.

En el Reino de España no es inusual que el común, los políticos de derechas y más de un académico sigan celebrando o fundamentando lo que consideran la epopeya más grande de la historia humana; no se bajan del caballo y siguen hablando, con todo desparpajo, de descubrimiento y conquista de América.

En la celebración de este, el día nacional del Reino español, se hace un despliegue de fuerzas armadas que implica desfile de empenachados, vuelo rasante de aviones lanzando humo con los colores de la bandera española y al señor rey, adusto en su palco, a veces bajo un sol radiante que se las trae, saludando a sus huestes como si estuvieran volviendo victoriosas de vencer a Cuauhtémoc.

Un tal Jesús Ángel Rojas Pinilla, historiador súbdito del rey arriba mencionado, acaba de publicar un libro –bellamente ilustrado, para mejor comprensión y mayor regocijo de los lectores- titulado Cuando éramos invencibles, que hace un panegírico de la hecatombe que provocaron sus congéneres en estas tierras, y llega a afirmar que “Cuando los españoles estuvieron en América algunos lugares vivieron el momento de paz y de bonanza económica más grandes de su historia”.

Este tipo de exabruptos deben entenderse en el contexto de la necesidad que tienen los grupos dominantes del Reino de España de afianzar uno de los mitos centrales de su nacionalismo. Hoy, cuando su unidad política y territorial está siendo puesta tan seriamente en entredicho ellos, que siguen reproduciendo viejas maneras heredadas del franquismo, encuentran inspirador y motivante estas salidas de tono que los aglutinan y hacen sentir el olor de la manada.

A estos señores mandamases le han salido al paso este año, sin embargo, voces disonantes. El Ayuntamiento de Madrid, que dirige Manuela Carmena, ha colgado en su fachada una wiphala (bandera, en lengua aimara), que lleva en mosaico los colores del arcoíris, conocida en su denominación original como Qulla Suyu. La bandera, utilizada en procesiones y actividades reales por los incas y por extensión en la región andina desde hace al menos 2000 años, ha llegado a ser uno de los pabellones oficiales reconocidos hoy en Bolivia.

La respuesta peyorativa y descalificadora, muy a tono con la mentalidad colonialista y, por ende, prepotente, ha venido de doña Esperanza Aguirre, otrora líder del Partido Popular en el Ayuntamiento de Madrid (ha sido Presidenta de la Comunidad de Madrid durante una década, ministra de educación y cultura y presidenta del senado, entre otros cargos). La señora de marras colgó como respuesta una bandera de España a lo largo de toda la fachada de la sede de su partido, y calificó la medida del Ayuntamiento de “cosas raras”. Se refirió a la wiphala en un tono entre jocoso y despectivo en un vídeo difundido en redes sociales, y la llamó “esa banderita que por lo visto es la bandera indígena”.

Que lo digan y hagan ellos vaya y pase, al fin y al cabo les sirve para sus fines políticos, que son distintos y ajenos a los nuestros; pero los latinoamericanos no debemos quedarnos solamente en la denuncia de este tipo de hechos porque la historia (lo decimos con frecuencia pero pocas veces lo aplicamos) nos da lecciones para el presente. Una de ellas es la de la necesidad de la unidad.

Efectivamente, si los conquistadores hubieran encontrado unidos a los pueblos originarios a su llegada a nuestras tierras, tal vez otro gallo habría cantado. Es de suyo conocido lo que sucedió en México, cuando pueblos enteros se unieron a Cortés para atacar y someter Tenochtitlán. O lo sucedido en el actual Perú, en donde la pugna por el poder de dos hermanos minaron la resistencia ante las huestes de Pizarro.

Eso pasó en todo el mundo americano. Los pueblos originarios de Nuestra América fueron activos participantes en el proceso de conquista, fueron agentes importantes y decisivos. Como lo ha mostrado el doctor Michel Oudijk, del Instituto de Investigaciones Filológicas de la Universidad Autónoma de México, los españoles no formaron un ejército. “No vinieron como tal, tampoco como soldados, vinieron como colonizadores. Su misión no fue batallar en el sentido restringido, sino que después de la ofensiva sacaban lo que podían. Vinieron aquí como gente normal y dependieron totalmente del apoyo y contribución indígena”.

Oudijk, junto con el doctor Matthew Restall, experto en historia colonial de América Latina, son los autores del artículo La conquista indígena de Mesoamerica. El caso de Don Gonzalo Mazatzin Moctezuma, en el cual detallan una alianza de un conquistador indígena con los españoles, y dan cuenta de un modelo muy mesoamericano, pues las alianzas entre pueblos fue algo básico durante el período Posclásico en esta zona, justo antes de la conquista. “Sin alianzas no habría Mesoamérica. Este mismo aspecto lo aplicaron en el proceso de conquista, lo vemos en muchos documentos”, refieren.

Por su parte, la arqueóloga Florine Asselbergs, en La conquista de Guatemala: Nuevas perspectivas del lienzo de Quauhquecholan en Puebla, México, explica los patrones de conquista y rebelión en la Mesoamérica prehispánica: antes de la llegada de los españoles, las relaciones de poder consistían en un complejo sistema político y militar, caracterizado por cambios continuos de dominio y condición social: “Cuando un grupo era conquistado por otro, dice, los miembros del primero se volvían parte del nuevo sistema de control, jugando el papel de súbditos tributarios, tanto en especie como en personas, lo cual normalmente implicaba un cambio de estatus y riqueza”.

Una de las formas de recuperar prestigio y riquezas perdidas, indica la investigadora, era unirse a las conquistas posteriores de los nuevos gobernantes. “Como muchos antes que ellos, y otros después, (…) (muchos grupos) vieron la llegada de los españoles como una oportunidad para deshacerse del control de sus opresores (los aztecas) y aprovecharon la oportunidad para unirse a otras conquistas españolas para adquirir el estatus de conquistadores”.

Es decir, sucedió lo que, más de trescientos años más tarde, seguía siendo objeto de lamentación de José Martí: “Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea, y con tal que él quede de alcalde, o le mortifique al rival que le quitó la novia, o le crezcan en la alcancía los ahorros, ya da por bueno el orden universal”.

Y hoy, más de quinientos años después, seguimos en las mismas. Mírese, si no, al señor Almagro, secretario general de la OEA poniéndole zancadillas a Venezuela; a Brasil, Argentina y Paraguay tratando de echarla del Mercosur; a Perú, México, Colombia y Chile planificando la Alianza del Pacífico y coqueteando con el Tratado de Asociación Transpacífico, congraciándose con los esfuerzos socabadores de la unidad latinoamericana de los Estados Unidos.

Está bien, pues, indignarse con lo sucedido a partir del 12 de octubre de 1492, y con lo que hacen los españoles reaccionarios, pero veámonos a nosotros mismos, saquemos cuentas, hagamos balance y aprendamos lecciones de lo que hemos hecho en el pasado.

(*) Rafael Cuevas Molina. Escritor, filósofo, pintor, investigador y profesor universitario nacido en Guatemala. Ha publicado tres novelas y cuentos y poemas en revistas.
Es catedrático e investigador del Instituto de Estudios Latinoamericanos (Idela) de la Universidad de Costa Rica y presidente AUNA-Costa Rica.