Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

El triunfo del No durante el plebiscito del 2 octubre en Colombia además de poner en un limbo a los Acuerdos suscriptos entre le Gobierno y las FARC, dejó los destinos del proceso de paz en manos del ex presidente Álvaro Uribe Vélez, principal líder opositor a los diálogos con la guerrilla. ¿Cuál es el poder del uiribismo? ¿Cómo convenció a la mayoría de los votantes colombianos de que votar por el No era un voto por la paz?

La imagen del ex presidente y actual senador Álvaro Uribe Vélez protestando ruidosamente fuera del Centro de Convenciones de Cartagena, en donde el presidente Juan Manuel Santos y el máximo líder de las FARC, “Timochenko”, firmaron los Acuerdos de Paz ante la prensa internacional y 2500 invitados vestidos de blanco un mes antes del plebiscito, parecía la postal de un país que empezaba a morir mientras otro comenzaba a nacer.

La derrota del Sí además de ser una gran sorpresa tanto para los que perdieron como para los que ganaron, instaló en el centro de la escena política a un partido ultra conservador y ultra católico, el uribista Centro Democrático, que al igual que el propio Gobierno, también carecía de un “Plan B” en caso de que se impusiera el No en el plebiscito.

Las recientes declaraciones del gerente de la campaña del No, Juan Carlos Vélez, en donde además de reconocer el uso de mentiras y campaña sucia, mencionó el aporte financiero del grupo Ardila Lülle (dueño de uno de los equipos de futbol más popular, empresas de bebidas y de uno de los dos canales de cobertura nacional, RCN), revela un entramado de políticos y grupos económicos cercanos a posiciones ultra conservadoras, que apuestan a la perpetuación del status quo aún a expensas de poner en jaque a unos acuerdos que en cuatro años de negociación le ahorró a Colombia 1500 muertes y que a futuro prometía “evitar el reclutamiento forzoso, por parte de la guerrilla, de 10.000 niños en los próximos diez años”, según palabras del propio jefe del Ejército Colombiano, general José Alberto Mejía.

Explicar el uribismo

Descifrar el uribismo no es tarea sencilla pues a veces se escuda en un discurso ultra católico y ultra conservador y otras en una retórica demócrata-progresista, pero siempre pasional y muy poco proclive a un análisis sereno. ¿En qué se parece el uribismo de hoy al que gobernó Colombia por dos períodos consecutivos entre 2002 y 2010?

El senador del Polo Democrático Alternativo Iván Cepeda Castro es un estudioso de la carrera política de Álvaro Uribe a quien dedicó años de investigación que se materializaron en tres libros: A las puerta de El Ubérrimo (2008) Por las sendas de El Ubérrimo (2014) y Uribe y la derecha trasnacional (2015). El primero es un recorrido sobre el ascenso político y social del paramilitarismo y sitúa a “El Uberrimo” –nombre de la hacienda de la familia Uribe– como epicentro de la historia. El segundo es una versión actualizada a raíz de nuevas informaciones sobre “para-política” presentadas hace dos años al Congreso de la Nación. Y el último es un recorrido sobre la intensa actividad internacional de Uribe y sus vínculos con las ultraderechas de Argentina, Panamá, Chile y Venezuela, entre otros países.

Cepeda señala que el conflicto armado colombiano es funcional al uribismo y que en un contexto de polarización extrema la disputa política es por ganar el centro del arco político. Bajo esa lógica para Cepeda no es casual que el partido de Uribe se denomine “Centro Democrático”. Respecto de la ambivalencia del discurso señaló: “Las fuerzas de izquierda no suelen esconder su procedencia. En cambio, las fuerzas de derecha y extrema derecha siempre han querido maquillarse poniéndose nombres exóticos. Que el partido del ex presidente Álvaro Uribe Vélez se llame «Centro Democrático» –cuando en realidad es la expresión de un caudillo que cultiva un partido personal y autoritario, y que tiene más bien el perfil de un líder omnipotente– es francamente un absurdo”.

Antes de entrar a la política parlamentaria Iván Cepeda Castro desarrolló una destacada trayectoria dentro del movimiento de víctimas del conflicto armado: su padre, Manuel Cepeda Vargas del dirigente del Partido Comunista Colombiano y congresista por la Unión Patriótica, fue asesinado en 1994 por grupos paramilitares.

En diálogo exclusivo explicó los motivos por los cuales el uribismo se apropia de banderas pertenecientes al progresismo: “La mimetización de la derecha con figuras de otro espectro ideológico es parte del juego de hacer más presentables ideas que son difícilmente sostenibles. Por ejemplo, durante las negociaciones en La Habana, Uribe proclamó la «resistencia civil», aludiendo a la lucha no violenta impulsada por el Mahatma Gandhi en la India. Es decir, hay un interés por apropiarse de valores, ideas y lenguajes que son propios de la tradición progresista. Es que a la extrema derecha le resulta muy difícil prescindir de la guerra, la violencia y los métodos antidemocráticos, porque ese es su espacio ideal; el espacio donde sus ideas pueden tener cierta presentación”.

Una mirada filosófica sobre el discurso uribista

Explicar el uribismo es un ejercicio tan complejo como el de explicar la victoria del No en el plebiscito. Al menos eso se desprende del libro “Autoridad y enemistad. Uribe, Schmitt y el combate de los conceptos” (2009) del profesor de filosofía de la Universidad Libre de Bogotá Oscar Mauricio Donato.

La tesis central del profesor Donato es que si se emplean las categorías schmitteanas de “soberanía”, enemigo”, “decisión” y “excepción” se entiende mejor la visión que Uribe tiene de las FARC en tanto “enemigo”. Donato señala que: “La doctrina de seguridad de Uribe atravesó la fina línea que en Schmitt distingue el estado positivo y cuidador de los derechos y procesos individuales hacia lo que se denomina el estado negativo, o la seguridad que sobre pasa la línea de la privacidad y los cuidados de los procesos debidos. Además, la lucha guerrillera nace, crece y muere bajo una paradoja: la guerrilla como actor nace para salirse del Estado, luchar contra él y retornar a la estatalidad dejando su carácter armado. El retorno se da por la vía armada (que puede ser victoria o derrota) o por negociación. Cosa que se demuestra con el actual proceso de paz”

Según el profesor Donato la consecuencia de esta particular concepción política es que al uribismo le resulta imposible reconocer a las FARC como un actor beligerante y legítimo, y con ello termina desconociendo o negando la existencia de un conflicto social en Colombia.

Respecto de las variantes ultra católicas, ultra evangelistas y segregadoras de las comunidades LGTBI del discurso uribista, Donato explicó que no se trata de algo nuevo: “El componente religioso y su consecuente visión moral de la familia y los derechos tradicionales siempre hizo parte del discurso uribista. Ahora lo relativamente nuevo es la reacción contra lo que denominan ‘ideología de genero’ entendida como un atentado a la familia y al mandato de Dios, aunque esa tarea ha recaído más sobre el ex procurador, Alejandro Ordóñez, que sobre el propio Uribe.

Un duelo interminable

Desde que terminó su mandato el 7 de agosto de 2010, el ex presidente Álvaro Uribe Vélez viene librando una batalla personal con su sucesor y delfín político, Juan Manuel Santos. Ese día el nuevo mandatario marcó una agenda internacional muy distinta a la de su ex jefe. Santos apuntó a la reconstrucción de las relaciones con los países vecinos, y en la primera fila de la ceremonia de asunción contó con la asistencia del presidente de Ecuador, Rafael Correa, y de Nicolás Maduro, quién concurrió en representación del entonces presidente venezolano Hugo Chávez Frías.

Pero esa no fue la única novedad, pues a nivel local Santos anunciaba su disposición a promover un nuevo proceso de diálogo con las FARC. Desde ese entonces el uribismo ve a Santos como a un “traidor”. De hecho ese fue el eje de su campaña durante la primera vuelta electoral de 2014, en la que se impuso el candidato uribista, Oscar Iván Zuluaga. Santos, que buscaba su reelección, logró revertir la tendencia y ganar la segunda vuelta a través de una campaña a favor de la paz y montada sobre otra de sus diferencias con el uribismo: el reconocimiento de que en Colombia existe un conflicto social que se traduce en conflicto armado. Tal lectura resulta novedosa en Colombia ya que se venía de una concepción de que las FARC eran solo la expresión local de un narco-terrorismo internacional. Ese duelo aún hoy persiste y la reciente victoria del NO en el plebiscito tiene un dulce sabor a revancha por parte de quien se sentía traicionado.

*Periodista. Analista Internacional