Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

¿Cómo va a impactar el inesperado triunfo de Trump en la relación de Estados Unidos con América latina?¿Qué pasará con la inmigración hispana, el bloqueo a Cuba, el Acuerdo Transpacífico (TPP), el proceso de paz en Colombia, la relación con Venezuela y el tratamiento de las “amenazas” del narcotráfico y el terrorismo

Obama, en su segundo mandato, logró recuperar parte del dominio regional que su país ejerció en la región desde la posguerra. Gracias a la caída del precio de los commodities, al debilitamiento del eje bolivariano y al giro neoliberal en Argentina y Brasil, la Casa Blanca encontró condiciones para retomar la iniciativa interamericana. Avanzó hacia la normalización de las relaciones diplomáticas con Cuba y terminó respaldando las negociaciones de Santos con las FARC. Logró que México, Perú y Colombia firmaran en febrero el TPP, que aguarda su ratificación en el congreso estadounidense, y en marzo hizo una gira histórica, visitando La Habana y Buenos Aires. Un triunfo de Hillary Clinton hubiera implicado mayormente continuidad: más tratados de libre comercio, un reposicionamiento de la OEA y una consolidación de la hegemonía en lo que históricamente consideran su patio trasero. El inesperado triunfo del magnate misógino modifica ese previsible escenario.

Uno de los tópicos sobre los que giró su prédica electoral es el de los inmigrantes ilegales. A pesar de que el capital se nutre de los millones de indocumentados, para superexplotarlos, también los utiliza para canalizar contra ellos el malestar social, producto del desempleo y la creciente pobreza y desigualdad, que se dispararon tras la crisis de 2008. Así, el discurso xenófobo de Trump encontró eco en trabajadores industriales blancos que empeoraron sus condiciones de vida en los últimos años. Descarga en los inmigrantes hispanos la responsabilidad por la crisis y a la vez logra fragmentar la solidaridad de clase de los trabajadores, incentivando las tensiones raciales. La política expulsiva ya existe antes de Trump. Durante las administraciones de Bush y Obama se deportaron 5 millones de indocumentados. Más allá de si el nuevo mandatario podrá avanzar en la ampliación del muro con México (que ya existe) o acelerar las deportaciones masivas, lo cierto es que su xenofobia explícita genera un creciente rechazo en la región.

También está en juego el proceso de normalización de las relaciones con Cuba. Trump fue uno de los pocos precandidatos republicanos que se pronunciaron a favor de la distensión con Cuba, pero recientemente modificó esa posición, para capturar el voto anticastrista de Florida, y prometió revertir el deshielo que iniciaron Obama y Castro en 2014. Si bien es difícil pensar en una vuelta atrás que interrumpa nuevamente las relaciones diplomáticas, sí se avizora un horizonte más complejo para levantar el embargo financiero, comercial y económico que hace décadas hostiga a la isla y rechaza el mundo entero.

Otro interrogante es si habrá reversión (o no) en la “guerra a las drogas”. Esta última es utilizada como excusa, junto a la lucha contra el terrorismo, para la perpetuación del injerencismo militar en la región –una extensa red de bases militares se ampliaron durante la Administración Obama–. Trump coqueteó con un discurso más aislacionista, pero no se pronunció sobre este tópico en particular. ¿Habrá un repliegue militar? Difícil imaginarlo.

Al mismo tiempo, está en juego qué vínculo mantendrá Estados Unidos con el gobierno de Nicolás Maduro y con los demás países no alineados –Bolivia, Ecuador, Nicaragua–. ¿Mantendrá la línea de Obama, que acaba de enviar a Thomas Shannon para facilitar el diálogo político con la oposición que impulsa el papa Francisco? ¿U optará por la vía destituyente que busca la caída del gobierno chavista, aun si eso genera una guerra civil? El mismo interrogante se traslada al país vecino, Colombia, cuyo proceso de paz debe reencauzarse, luego del traspié que sufrió con el plebiscito. ¿Respaldará a Santos, o les dará cabida a los halcones del Pentágono afines a Uribe, que pretende obstaculizar el cese del fuego?

La única buena noticia para la región es que el TPP, esa suerte de nuevo ALCA con el que Washington pretendía abrir las economías latinoamericanas y limitar la presencia económica china en la región, difícilmente pueda ser ratificado. Trump, intentando captar el voto de los trabajadores blancos descontentos, insistió recurrentemente en los efectos nefastos que tuvo el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (Nafta), que entró en vigencia en 1994, durante la Administración Clinton, y prometió que descartará el TPP.

En síntesis, y más allá de todos los interrogantes e incertidumbres planteados más arriba, es previsible que con Trump se reflote el sentimiento antiyanqui que hace más de una década provocó George W. Bush en la región. A los gobiernos derechistas, como el de Macri, alinearse con un mandatario tan impopular les acarreará mayores costos políticos internos. Peña Nieto lo vivió en carne propia hace algunas semanas, cuando lo invitó a México y todo terminó en un escándalo. El triunfo de Trump va a complicar la estrategia estadounidense de recuperar el pleno control en Nuestra América, desafiado de múltiples formas en lo que va del siglo XXI.

(*) Profesor UBA. Investigador Adjunto del Conicet. Cocordinador del Grupo Clacso “Estudios sobre EE.UU.”. Autor de Vecinos en conflicto.

Página 12