Entre el castro-chavismo y el embrujo autoritario (Colombia) – Por Juanita León

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

El próximo domingo muchos colombianos votarán por lo que Santos o Zuluaga representan y muchos otros, por el temor que les infunden los ‘cocos’ de esta campaña: los uribistas temen el ascenso del “castro-chavismo”; los que votarán contra Uribe, el regreso del “embrujo autoritario”. Ambos fantasmas corresponden a las visiones distintas sobre la democracia que estos candidatos encarnan. Es esa diferencia la que los colombianos estarán escogiendo el próximo domingo.

Álvaro Uribe describió el fantasma del castro-chavismo en un almuerzo organizado por la Cámara de Comercio Colombo-Americano en Miami hace unas semanas, en el que presentó a su candidato Óscar Iván Zuluaga.

El Nuevo Herald describió así lo que dijo el ex presidente: para lograr el acuerdo de paz con la guerrilla, Santos está desmantelando los avances de la Seguridad Democrática. Debido a esto, las Farc han incrementado sus ataques terroristas, lo que desestimula las inversiones y el crecimiento económico. Esto, a su vez, genera más pobreza y una mayor incapacidad del gobierno de atender las necesidades de la población. Y la insatisfacción generalizada lleva a que las propuestas de los grupos revolucionarios prosperen. Si a esto se suma la posibilidad de que los jefes guerrilleros hagan política, el castro-chavismo está servido.

“Un gobierno que no se hace querer de los sectores populares, le está cediendo ese espacio a grupos radicales, como la Marcha Patriótica y a esos se les va a sumar estos de las FARC, y esos hombres nos pueden llevar a nosotros en el 2018 a un camino Castro-Chavista, que ojala no se dé, pero que los que vemos ese escenario tenemos que denunciar y combatir”, enfatizó.

Por el lado de los que van a votar por Santos, el miedo al regreso del autoritarismo de Uribe es un argumento recurrente:

“Puesto a elegir entre lo lamentable, prefiero a Santos porque prefiero la mediocridad de las repúblicas a la eficacia de las tiranías, porque sé llevar mejor la decepción que el horror, y desconfío tanto de la izquierda que se esconde en “el pueblo” como de la derecha que se escuda en “la patria”, y Santos al menos no es lo uno ni lo otro. Pero sobre todo lo prefiero por esto: porque cumplo veintipico columnas de decirle “ambiguo” e “incapaz” sin sentir ni un segundo de miedo,” escribió antes de la primera vuelta el escritor Ricardo Silva.

En la misma línea, Rodrigo Uprimny, director de Dejusticia, en una columna de El Espectador, que han retuitieado al infinito los santistas escribió: “Hoy Colombia vive una de esas elecciones cruciales pues la diferencia entre la extrema derecha de Zuluaga y la derecha de Santos no es menor. Sus programas económicos tienen semejanzas, sin ser idénticos, pero sus visiones políticas son muy diversas en temas claves, como la búsqueda de la paz negociada el reconocimiento de las víctimas, y el respecto al Estado de derecho, a la oposición y al pluralismo. El triunfo de Zuluaga y del uribismo no sólo acabaría el proceso de paz, sino que desmontaría además lo que nos queda de Estado de derecho”.

Detrás de los miedos de lado y lado están las apuestas a dos modelos diferentes de democracia.

El fantasma del castro-chavismo

Juan Manuel Santos le apuesta a un modelo de democracia más procedimental que tenga la capacidad de aceptar en su seno diferencias profundas, incluso radicales e incompatibles en la forma de concebir el mundo, mientras acepten jugar según unas reglas básicas consensuadas.

En esa medida, el temor de los uribistas a que el proceso de paz facilite una opción política de izquierda radical, incluso cercana al castrismo o al chavismo, tiene una base cierta.

Varios puntos de lo acordado hasta ahora en la Habana apuntan a crear las condiciones para que la guerrilla cambie la fe que hoy tiene en sus armas por la confianza en las urnas.

Por ejemplo, la creación de las Circunscripciones Especiales de Paz permitirán que en las zonas más azotadas por la violencia (y donde más presencia han tenido las Farc) los movimientos sociales postulen candidatos que puedan ser elegidos al Senado con un umbral más bajo que el de los partidos tradicionales. Esto facilitará la llegada al Congreso -si son elegidos democráticamente- de líderes de izquierda con ideas mucho más radicales que las del senador del Polo Jorge Enrique Robledo o las de Petro como se vio en la movilización del Catatumbo, para citar un caso.

Que los guerrilleros desmovilizados tengan la posibilidad de participar en las instancias donde se decidirá la asignación de parte de la inversión que haga el Estado en las zonas rurales como quedó estipulado en el primer punto sobre desarrollo agrario les permitirá a las Farc –si lo hacen bien- consolidar una base política en las zonas donde tradicionalmente han estado.

En otras palabras, el proceso de paz busca, entre otras cosas, convencer a las Farc de que es más fácil lograr sus ideales revolucionarios por la vía democrática que a través de la violencia, así como lo han hecho varios ex guerrilleros de Latinoamérica que en los últimos años han llegado a presidir sus países.

“El segundo [punto] sobre participación política, busca como ha dicho el Presidente Santos romper para siempre el vínculo entre política y armas y restablecer una regla básica de la sociedad: que nadie recurra a las armas para promover sus ideas políticas; y que nadie que promueva sus ideas políticas en democracia sea víctima de la violencia. “, explicó el Alto Comisionado de Paz Sergio Jaramillo en una conferencia reciente en la Universidad de Harvard.

“Esa es la esencia de cualquier proceso de paz: facilitar la transformación de un grupo armado en un movimiento político en democracia. Pero en el caso de Colombia, que ha padecido en toda su historia la combinación de violencia y política, es mucho más.

Es mucho más porque al marcar claramente la raya entre violencia y política, se estabiliza definitivamente el campo de la política: todo lo que juegue por la reglas, incluyendo la protesta social, incluyendo la oposición radical, es lícito y legítimo. Y todo uso de la violencia es simplemente eso: violencia criminal.

Eso hará la política colombiana más rica y más democrática; y también más agitada y más contestataria. No hay que tenerle miedo a la democracia, hay que tenerle miedo a la violencia.”

Esta idea de que mientras sigan las reglas democráticas la disidencia radical es bienvenida ha logrado poner del mismo lado de Santos a personas tan disímiles políticamente como Piedad Córdoba y Germán Vargas, Gustavo Petro y Gina Parody, el general Mora e Iván Cepeda.

Es una idea, sin embargo, que asusta a muchos de los que votarán contra el presidente-candidato y que le apuestan a otro modelo de democracia.

El fantasma del “embrujo autoritario”

El uribismo defiende una democracia más “identitaria”, que profesa y protege unos valores determinados que conforman una identidad fuerte. La línea entre el adversario y el enemigo es tenue, cualquiera que desafíe esa identidad se ve como una amenaza.

Acorde con esta concepción, Óscar Iván Zuluaga ha dicho que si bien estaría dispuesto a negociar con las Farc -a quienes considera como una amenaza terrorista exclusivamente- si ellas se someten a las condiciones que el Estado democrático legítimo les imponga, de ninguna manera -así dejen las armas- les concedería la posibilidad de ejercer la política a los líderes guerrilleros que han cometido crímenes de guerra.

Es una visión de la democracia que no solo defiende unos procedimientos –como la liberal de Santos- sino unas ideas concretas, usualmente conservadoras. Tiene, además, unos guardianes para defenderlas como el procurador Alejandro Ordóñez.

El pluralismo en esta democracia es tolerado dentro de unos confines más estrechos. Para citar un ejemplo, como lo contó La Silla en su momento, la política del gobierno de Uribe para contrarrestar el poder de las autoridades tradicionales indígenas, afrocolombianas y sindicales que se oponían a temas tan importantes como la negociación de los TLC, la realización de algunos megaproyectos y la Seguridad Democrática, fue crear o estimular organizaciones negras, indígenas y de trabajadores afines al uribismo y debilitar a las demás.

Por eso hoy, la mayoría de sindicatos, organizaciones afros, indígenas y Lgbti, además de casi toda la izquierda que fue estigmatizada (y en muchos casos perseguida y chuzada) durante el gobierno de Uribe, están apoyando activamente la candidatura de Santos. Un apoyo, que a la vez, refuerza el temor central del uribismo frente a su eventual triunfo.

http://lasillavacia.com/historia/entre-el-castro-chavismo-y-el-embrujo-autoritario-47862