Salir de Maduro sí, pero no así – El Espectador, Colombia

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

No puede haber dudas ni dobleces en cuanto a la necesidad de que el dictador Nicolás Maduro abandone el poder que detenta de manera despótica en Venezuela. Una sociedad democrática de naciones no puede permitir un régimen como el que somete al país vecino. Sin embargo, su salida debe darse mediante las vías diplomáticas y políticas que prevén las normas internacionales. Abrir la puerta a una eventual intervención militar crearía un problema mucho mayor que el actual en Venezuela. Y Colombia sería el más afectado de todos.

Se entiende y comparte la impotencia y frustración de millones de venezolanos ante la perspectiva de seguir soportando un régimen ilegítimo que detenta el poder por la fuerza, que utiliza grupos paramilitares —colectivos— para reprimir a la oposición, que no respeta los derechos humanos, que tiene a los principales líderes opositores en la cárcel o en el exilio, que no permite la libertad de expresión y que veja a un periodista independiente como Jorge Ramos, de Univisión, a quien se retiene contra su voluntad, se le quita a la fuerza el material de trabajo y se le expulsa del país porque a Maduro no le gustaron las preguntas que le hacía.

De allí que, ante el resultado negativo de la jornada del sábado último para ingresar alimentos y medicinas al país, quedara un sabor agridulce en la oposición. El presidente encargado, Juan Guaidó, y Julio Borges solicitaron entonces al Grupo de Lima aprobar medidas de fuerza contra Maduro. El Grupo en bloque, a pesar de su apoyo irrestricto al presidente legítimo, reiteró “su convicción de que la transición a la democracia debe ser conducida por los propios venezolanos pacíficamente y en el marco de la Constitución y el derecho internacional, apoyada por medios políticos y diplomáticos, sin uso de la fuerza”. Así las cosas, Guaidó no logró su principal cometido el 23 de febrero y tampoco encontró receptividad dentro del club de países amigos que lo ha venido acompañando. Enfrenta un momento complejo.

Algo similar sucedió con el vicepresidente de los Estados Unidos, Mike Pence, quien vino a presionar el apoyo para una acción de fuerza contra Maduro. Como reveló un reporte de El Espectador, según una alta fuente en Washington, Pence habría presentado “tres alternativas concretas para salir (del) problema. Si bien le corresponde a toda la región determinar si seguimos dando paños de agua tibia (…) o dar el paso definitivo, son Brasil y Colombia los que deben asumir el liderazgo en una solución definitiva”. Así las cosas, tampoco le fue bien al vicepresidente norteamericano, pues sus expectativas distaron mucho de las sensatas decisiones que adoptó el Grupo de Lima.

En este sentido sería bueno que el presidente Iván Duque, a pesar de que lo ha hecho en otros escenarios, exprese en ciertas ocasiones importantes la posición de Colombia al respecto con toda claridad. Durante la rueda de prensa con Trump o en las declaraciones junto a Pence debería de haber reafirmado la actitud no belicista del Gobierno colombiano. No lo hizo en ninguna de las dos ocasiones, aunque el canciller, Carlos Holmes Trujillo, sí insistió en la opción política y diplomática en la reunión multilateral. No puede ser otra la actitud. A pesar del canto de sirena de quienes abogan por una intervención militar en el país vecino, el Gobierno debe mantener la mesura y la manera realista con la cual ha venido manejando esta compleja situación.

Algunos analistas creen que Venezuela podría convertirse en una Libia caribeña. A pesar de que Maduro no es Muamar Gadafi, la condición de país petrolero, la manera dictatorial de ejercer el poder y la difícil situación por la cual atraviesan millones de venezolanos podrían llevar a una realidad similar. De allí que alguien como Juan Guaidó merezca todo el apoyo como presidente encargado. La inquebrantable voluntad de los venezolanos de buscar la democracia, la condena sin tapujos al régimen y la presión internacional deben conducir más temprano que tarde a la salida del dictador. No debe haber espacio para el desánimo.

El Espectador