Despertar del neoliberalismo: América Latina entre la revuelta y el voto

Por Luis Ignacio García
(UNC, Conicet)

Se ha hablado en estos días de un “despertar del neoliberalismo” en América Latina en relación a una serie múltiple de procesos dispares que, sin embargo, parecen confluir en una misma apuesta por acelerar las crisis de los modelos neoliberales que nos han gobernado desde las dictaduras militares, que implantaron a sangre y fuego esa lógica de lo social en toda la región. La hipótesis de la presente intervención consiste en subrayar algo evidente, pero con consecuencias no tan evidentes: la crisis del neoliberalismo se dice de múltiples maneras. O también: se despierta de distintos modos del neoliberalismo. Esas múltiples maneras oscilan, para proponer un criterio mínimo, entre procesos en los que el rechazo al neoliberalismo se expresa desde cauces institucionalizados, y aquellos otros en los que la resistencia se manifiesta como la interrupción de los cauces de la institucionalidad neoliberal. Representan la primera situación las elecciones en Bolivia, en Uruguay, y sobre todo en la polarizada Argentina, con toda la importancia simbólica que tendrá desplazar en las urnas a un gobierno neoliberal tan influyente en la región. Las revueltas en Ecuador, Haití, Honduras y, emblemáticamente, en el Chile en el que nació el neoliberalismo, expresan la potencia de la segunda alternativa.

Creo que entre las tareas de la crítica se cuenta intentar mostrar la convergencia histórica de todos estos procesos, por diversos que sean, en el cometido histórico común de interrumpir una lógica de (des)organización de nuestras vidas. De manera que nuestra segunda hipótesis sugiere que de lo que se trata de cara a los extraordinarios acontecimientos a los que asistimos hoy, es entender redes de alianzas político-estratégicas entre estos distintos procesos. Para la crítica, acaso el desafío principal consista en mostrar la convergencia estratégica entre procesos institucionalizados (aún cuando Bolivia nos muestra que la institucionalidad siempre es un frágil edificio sostenido políticamente) y procesos que muestran un rostro eminentemente destituyente e impugnador generalizado de la institucionalidad vigente. Con apenas dos días de diferencia, la movilización histórica en Chile del viernes 25 y las elecciones en Argentina del 27 muestran las diversas caras de este prodigioso octubre popular.

El viernes 25, Jorge Alemán ofreció una muy interesante entrevista en la que dejó, sin embargo, algunas definiciones que me parecen muy problemáticas en relación al contexto planteado, definiciones que tomo aquí como ejemplares porque considero que son sintomáticas de un tipo de mirada que, desde la Argentina, podemos vernos inclinados a tener respecto del proceso chileno. Una evaluación que tiende a menospreciar el “momento destituyente” de la revuelta, o en todo caso, a subordinarlo a un momento instituyente, recuperándolo sólo en la medida en que pueda articularse como nueva estructuración del Estado. Creo, sin embargo, que la actual situación en América Latina obliga a recorrer de ida y vuelta el camino entre la revuelta y el voto, como estrategias más o menos distantes de la institución para interrumpir la lógica neoliberal. Si bien es un verdadero privilegio la posibilidad que tenemos de votar contra el neoliberalismo en nuestro país (y en Bolivia, y en Uruguay), también creo que tenemos que saber reconocer la potencia plebeya operando en procesos que, al menos por ahora, no muestran un anclaje institucional claro (Chile, Ecuador, Haití, Honduras), e incluso en el caso en el que finalmente no lo encontraran.

Para Alemán, este momento plebeyo podría resultar hasta incluso peligroso, en la medida en que no encuentre su contención institucional. Definiciones de este tipo en estos días marcan un límite de las teorías populistas del estado, y nos sugieren la urgencia de pensar una necesaria teoría plebeya del populismo. Tales posturas no sólo impiden reconocer la potencia de la revuelta en cuanto tal, sino también los límites del voto como proceso institucional que ciertamente testimonia una sedimentación histórica muy valiosa de las resistencias, pero es también evidente que con una elección no vamos a acabar con el neoliberalismo. Una crítica de la romantización de la revuelta, una cautela siempre necesaria en estos momentos de insumisión generalizada, debería complementarse con una crítica de la idealización del Estado, porque la revolución de nuestro tiempo es irreductible a cualquiera de esos polos del proceso. Porque además, la lectura de la contención populista se da en el marco de un balance ya cerrado de nuestro tiempo histórico como tiempo post-revolucionario, es decir, como tiempo de la revolución imposible, un balance que, me parece, no se deja afectar por lo que nos está pasando. Lo de Alemán representa, por supuesto, lo mejor del discurso crítico popular del momento kirchnerista. Pero acaso aún debamos ir más allá de eso, tanto más si se pretende “volver”, pero sin repetirse, a partir de las elecciones presidenciales del domingo 27 de octubre en Argentina.

Decía Alemán en una frase que hilvana muchas afirmaciones al menos problemáticas: “Como no vivimos ya el tiempo de la revolución, el asunto es cuáles son las estructuras políticas que logren canalizar lo que se ha desencadenado como protesta.” La primera pregunta que nos asalta: ¿en qué se sostiene la afirmación axiomática de que no vivimos en tiempos de revolución? Por supuesto no vivimos los años ‘60 o ‘70, pero ¿por qué regalarle la revolución a esos años finalmente fallidos? ¿Por qué no leer la singularidad de la revolución de nuestro tiempo? Y es notorio el modo en que esa “revolución como pasado” es la que le permite decir que sólo como proceso instituyente puede tener valor la revuelta.

De allí otro pasaje, aún más problemático, de su intervención: “Que la gente salga a la calle es bueno si en el horizonte se abre la posibilidad de articular eso políticamente, si no es una llamada a un amo más fuerte. Se reconvierte en una desafección de la política y en el llamado a una autoridad sólida. La dinámica del proceso mismo no lleva a la transformación política. La transformación política exige un momento simbólico, no de la dinámica social, que es el momento de lo político.” O sea: la revuelta sin reconstitución del Estado no sólo es inane sino eminentemente peligrosa. Creo que aquí se siguen repitiendo las críticas a los años ‘60, porque la “revolución” sigue siendo aquella soñada en esas décadas, sin ver la singularidad de nuestro tiempo. ¿No resulta acaso anacrónico y eurocentrado repetir la respuesta de Lacan a los jóvenes del ’68 de cara a las revueltas plebeyas, indígenas y feministas de la América Latina del siglo XXI? Y lo digo muy consciente del rol casi épico que ha cumplido Alemán mostrando la singularidad de los procesos latinoamericanos entre la intelectualidad europea. Pero es muy fuerte el desprecio del momento destituyente en sí mismo como ejercicio de una política plebeya en resistencia activa contra el neoliberalismo, y una negación de todas las consecuencias imborrables que esta revuelta va a tener para todo lo que siga, aún si este proceso no encuentra su “punto de anclaje” en el horizonte cercano o no. La experiencia callejera de estos días es irreductible. Los cuerpos ya saben que pueden otra cosa que lo que el neoliberalismo les había previsto y pautado, y ese aprendizaje no puede ser menospreciado. Es la fiesta de la actualidad.

Lo que pareciera pedir Alemán, finalmente, es lo que de hecho pasó en el Chile tras el movimiento estudiantil de 2011: el encauzamiento de la revuelta en un proceso institucional. Pero es palmario que lo mejor que dejó la revuelta estudiantil no es la integración de algunxs diputadxs del movimiento a Nueva Mayoría, sino mucho más, la memoria imborrable del empoderamiento popular que implicó la revuelta como revuelta, como fiesta plebeya. Porque, y esta denegación es fundamental, en Chile la institucionalidad es lo neoliberal, no primeramente los mercados o las corporaciones, sino la propia estructura del Estado, diseñada por la constitución fraudulenta de Pinochet de 1980: en Chile el horizonte de constitución de un mundo post-neoliberal necesariamente habrá de pasar por un proceso destructivo de la institucionalidad de la Constitución de Jaime Guzmán. Chile nos recuerda que, para pensar la crítica del neoliberalismo, mal haríamos en partir de la dicotomía entre Estado y mercado, aún cuando desde la Argentina sepamos que el Estado puede cumplir tareas ajenas a la gubernamentalidad neoliberal, y en favor de la revolución de nuestro tiempo. Pero esa revolución es irreductible al Estado como tal.

Creo que la intervención de Alemán es representativa de una mirada muy argentina del proceso chileno. Efectivamente, Chile no tuvo peronismo, y esa sería una discusión muy importante para dar. Pero justamente por ello, la función del Estado ha sido otra, y entonces la singularidad de la relación entre movimientos sociales e instituciones, su dinámica y sus ritmos, también es muy otra. Hoy en Chile la única reivindicación posible es sostener en toda su radicalidad el “momento destituyente” de un orden institucional-estatal enteramente fraguado por y para el neoliberalismo, y la única reivindicación razonable, que sólo afuera de Chile puede sonar maximalista, es la Asamblea Constituyente como horizonte de un nuevo orden post-neoliberal inexistente en el Chile actual.

Porque el desafío es ese: cómo pensar la potencia de todo un despertar latinoamericano, que oscila entre procesos destituyentes y procesos institucionales, pero reconociendo la riqueza y singularidad de cada uno de ellos. No está decidido, menos aún en América Latina, que el Estado soberano europeo-moderno sea el destino último de nuestros pueblos. Eso, justamente, forma parte del debate en curso: movimientos indígenas liderando en Ecuador, movimientos feministas en Argentina y toda la región, procesos destituyentes en la Chile de Piñera, etc., no tienen al Estado moderno como horizonte último. Y más bien lo comunitario, lo plurinacional, lo plebeyo, las formas polimorfas de organización popular aparecen una y otra vez en nuestras agendas renovadas. No hace falta ser ni autonomista ni anarco-individualista para resistirse a encastrar la vitalidad del proceso revolucionario que vivimos en el lecho de Procrusto de una teleología estatal-moderna. Tampoco pensándolo desde la Argentina peronista. Ya no más.

Y sobre todo: ya no más situarnos en la dicotomía entre destitución e institución, entre revuelta y voto, entre autonomía y Estado, sino aprender a dibujar la diagonal de potencia popular que se tiende entre ambas. Porque esa diagonal es la revolución de nuestro tiempo, tanto más intensa que la revolución fallida de “nuestros años sesentas”.

Debemos, sin dudas, “despertar del neoliberalismo”. Y Chile nos recuerda que, para lograrlo, es urgente sostener la incertidumbre de la imaginación plebeya. Porque se trata de despertar, pero sin dejar de soñar.

Fuente-Revista Bordes de la Universidad Nacional José C. Paz