La basurización de los paraguayos: Dengue, colonialidad y desigualdad – Por Agustín Barúa Caffarena

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Por Agustín Barúa Caffarena(*)

“Simple: sin agua estancada no hay mosquito, y sin mosquito no hay dengue” dice el pasacalles que llevaba los logos del Ministerio de Salud Pública y de una ONG (CIRD) por el 2008.

“Simple”. Un adjetivo que podría leerse como menor, nimio, nada. Pero la imagen completa sugiere más cosas: El pasacalles es parte de la estructura de una vivienda, pasacalles que se suma a chapas, terciadas y telas. La foto fue tomada hace unos 12 años en el límite entre los barrios Virgen de Fátima y Yukyty del Bañado sur. ¿Qué sabrán, quienes armaron ese slogan, de cuan “simple” les ha de ser resolver diariamente la vida a esta familia?

No es la primera vez que el estado paraguayo construye impunemente en sus campañas un sujeto social denigrable. Recordamos aun la de educación (?) vial iniciada por un médico ex director del Hospital de Emergencias Médicas con el lema “Usá casco carajo”. El insulto y el mandoneo suelen ser prácticas muy cotidianas y naturalizadas dentro de ciertos mundos profesionales, incluido el médico (Barúa, 2016).

La epidemia ¿Se explica tanto porque es una “cosa de puerco”?

Actualmente, el dengue sigue siendo un problema de salud pública y una preocupación (más) de la población en general. La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que el número de personas afectadas por dengue se encuentra entre los 50 millones y los 100 millones de personas cada año.

En nuestra cultura dominante, quizás no haya un insulto tan descalificador, tan irrefutable como el de “sucio” o (como usamos mucho en el castellano paraguayo) “puerca”.

Ya la antropóloga inglesa Mary Douglas, en su trabajo “Purity and danger: An analysis of concepts of pollution and taboo” (2003) investigó cuál es el origen de la connotación sacramental y de tabú de nuestra extendida idea actual de limpieza, la que se anudaría a las nociones de pureza y contaminación generadas en ciertas religiones.

Sin embargo, la “acusación” de que la población paraguaya mayoritariamente no tiene los hábitos de limpieza esperados, pareciera tener al menos dos trasfondos a trabajar.

Higiene y colonialidad

La limpieza viene cargada de un contenido moral juzgatorio muy fuerte. José Manuel Silvero en su libro “Suciedad, cuerpo y civilización” (2014) ahonda en el impacto que tuvo en el imaginario que sostuvo la empresa bélica de la Guerra de la Triple Alianza las ideas higienistas dentro del positivismo liberal y que asociaba la paraguayidad a lo sucio – incivilizado.

Los inicios del control social en la conquista europea y la colonización se puede entender más claramente en este ejemplo ya regional: Marcel Velázquez (especialista en Literatura Colonial y del siglo XIX de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Perú) señalaba que «la ideología del ‘jabón’ está asociada al colonialismo, racismo e higienismo. Las políticas de blanqueamiento y el ingreso a la ‘civilización’ mediante el consumo de mercancías occidentales presuponían que sucio y no-blanco eran sinónimos (2020).

Y pese a los esfuerzos enormes de pensar la cuestión colonial aquí (Susnik, Cadogan, Meliá, Zanardini, Rehnfeldt), este tema no es incluido en las agendas.

Higiene y desigualdad

Pensando nuestra complejidad histórica: ¿Cómo las mayorías podrían reconocer la idea de basura si ellas vienen siendo históricamente tratadas como basura?, ¿Por qué habría de ser cuidadosa con el trato de los desechos si yo mismo soy una persona desechada? Y lo han sido mi mamá, y mis abuelos y mi vecina. Si ni yo importo ¿Qué importa tirar el papelito del helado en el basurero?

Hace unos años circuló un estudio donde se constató que unos 70 artículos de la Constitución Nacional (1992) no se cumplen. Si derechos garantizados en la CN (que es la “Ley Fundamental de la República”, que estaría en la cima de la famosa pirámide que armó el jurista austriaco Hans Kelsen) no se plasman, si el poder del dinero decide tantas cosas en los 3 poderes del Estado, ¿Qué ganas quedarán de que tomemos el mundo con amor, con cuidado y -encima- con higiene?

Ya ni qué decir lo que señala el biólogo Alejandro Bonzi de la relación importante entre la deforestación y la expansión de enfermedades de transmisión virósica y de los vectores (Wilcox, Ellis: 2006). La única propuesta institucional, señala, es la multa al que ensucia, pero no se tratan los residuos ni se potencia.

A la deforestación se acompaña la expulsión de la población campesina e indígena hacia su marginalización en las periferias metropolitanas ante la expansión de la llamada frontera agrícola.

Poblaciones que, por la precariedad de las condiciones de vida, sirven como foco de dispersión del dengue, enfermedad potenciada por los mismos actores que los expulsaron de sus comunidades originarias en primer lugar. ¿Por qué no se le reclama a los ganaderos/sojeros el ser deforestadores tanto como se le reclama a la gente el ser “puerca”?

La opacidad del argumento “mugrientos”

Daniel Castillo (Universidad de Ottawa) en su libro “Vertederos” (2000), desarrolló la idea de “basurización del otro” no solo como la basurización de los sujetos, sino, sobre todo, como forma de construir otredades-alteridades funcionales a la lógica hegemónica central: “El Otro sirve así de lugar de descarga y de descargo a la vez”.

Rocío Silva lo amplía señalando que la basurización (2008) implicaría que en el centro simbólico, esto es, las agencias norteamericanas, las películas hollywoodenses o los periódicos neoyorquinos o bostonianos, lo otro en general y lo latinoamericano en particular expresan esa mezcla simbólicamente poderosa entre lo bárbaro, lo exótico-hiperbólico, lo pasional, lo folclórico y lo abyecto, puesto que todo lo que simbólicamente es visto como «descomposición» debe ser puesto afuera.

Venimos siendo centenariamente negados, vendidos, estafados, invadidos, explotados, expulsados, despreciados, basureados.

Ni la multacracia ni las presiones morales darán abasto para concretar los cambios demandados si las condiciones de colonialidad y desigualdad no son incluidas en el análisis y en sus respuestas del dengue.

Seguir basurizando a la población con esta perspectiva superficial y revictimizante es ineficaz para combatir el dengue e inútil para la gente, menos para los dueños de siempre.

(*) Psiquiatra de Atención Primaria de Salud. Antropólogo social. Integrante de ALAMES Paraguay, del Colectivo Noimbai, del Foro Permanente de Salud mental y de la Sociedad Paraguaya de Psiquiatría. Investigador de la Universidad Nacional de Pilar.


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