Cuarentena en libertad – Por Marisa Bertone

164

El COVID19 se expande por todo el planeta y en numerosos países existe lo que se llama “distanciamientos físicos” o “cuarentenas” que recluyen a miles de personas en sus hogares. Si bien se trata de evitar la propagación del virus, los confinamientos tienen múltiples efectos sobre ellas. En esta sección “reflexiones sobre la pandemia” NODAL comparte testimonios de quienes han pasado por diversas experiencias de falta de libertad. Es un espacio de pensamiento abierto, para contribuir a visibilizar otros aspectos de la pandemia.

Cuarentena en libertad

Por Marisa Bertone*, especial para NODAL
­

“Me imagino que esta cuarentena te recuerda la cárcel”, me dijo una amiga en los primeros días del aislamiento. Pensé un rato. “Me la recuerda, por contraste”, le respondí. Estuve presa en dos cárceles de la Patagonia argentina, en Neuquén y Rawson.

En marzo de 1971, durante el levantamiento popular conocido como el “viborazo” contra la dictadura militar que había comenzado en 1966, me detuvieron en la ciudad de Córdoba. Pasé unos días junto a cientos de detenidos en galpones del Tercer Cuerpo de Ejército. Acusada de pertenecer a la agrupación “Montoneros” me trasladaron a la cárcel de Neuquén y meses después a la de Rawson. Recuperé mi libertad en febrero del año 1972.

Dos años después, visité al que era mi esposo en ese entonces, en la cárcel de Encausados y en la Penitenciaría de Córdoba.

De ambas experiencias guardo decenas de recuerdos que vuelven siempre, otros reaparecen cada tanto, algunos se perdieron para siempre. Hay, sin embargo, imágenes que quedaron grabadas como símbolos de la pérdida de la libertad: unas rejas que chirrían, el clack de un candado que se cierra, los seres queridos del otro lado de la reja.

El veinte de marzo de 2020, primer día de la cuarentena obligatoria, bien pasada la medianoche, con mi pareja Bernardo vimos algo de televisión y decidimos dormir.
¿Será esto como la cárcel?, pensé en la oscuridad. No, me dije. Podés agarrar las llaves, abrir la puerta, bajar a planta baja y salír a la calle. Estás libre. En manos de quién están las llaves radica la diferencia.

Recordé el año 1971. Un juez de Córdoba, después de interrogarme, había ordenado mi libertad. La sentencia decía que “no podrá ejecutarse en virtud de hallarse la acusada a disposición del Poder Ejecutivo Nacional”. El arbitrio del poder dictatorial.

En esta cuarentena el presidente Alberto Fernández dice que prioriza la vida antes que la economía. Con paciencia de educador explica cómo y porqué debemos cuidarnos, cuáles son las razones de las limitaciones. Apela a nuestra responsabilidad, me siento protegida. Tengo 71 años, mi pareja algunos más. Somos población de riesgo, dice la medicina. Me lavo las manos con frecuencia, me pongo el barbijo si salgo a la calle, mantengo la distancia. Puedo enfermarme, puedo morir, incluso de otras enfermedades, lo sé. Pero no me siento encarcelada. La consigna es hoy “quedate en casa”. La prisión, lo contrario: la expulsión de la casa, sin atenuantes, sin excepciones. No se puede salir a abastecerse, ir a la farmacia, ponerse una vacuna, pasear el perro.

Las visitas son esenciales en la prisión. Las cartas también. Escribí muchas desde Rawson y Neuquén. Tengo el recuerdo de días en que me acostaba sin poder completar las listas de personas a las que me había propuesto escribir: mis padres, mi hermano, mi cuñada, tíos, primos. Amigos no. Escribir a los amigos era comprometerlos. Las cartas se debían entregar a sobre abierto, eran revisadas por los carceleros, había que burlar la censura, muchas veces las sacaban al exterior familiares o abogados escondidas en sus ropas. Por eso sonrío irónica cuando ahora me dicen que algunas aplicaciones de comunicación virtual no son seguras, que pueden robarme datos, que me espían. Las cartas en la cárcel demoraban en salir y en llegar. Hoy la mensajería electrónica es instantánea. Escribo mensajes largos que bien pueden ser considerados cartas y las envío por correo electrónico. Me responden, me llaman. Juego con mis nietas a distancia. Me mandan fotos, dibujos, les cuento cuentos, ellas inventan otros. Tengo amigos sensibles e inteligentes en Facebook, me nutro de ellos. Empiezo a usar Instagram, como quien aprende un nuevo idioma. Me divierto por wasap. Hablo con mi amiga Dora, que tiene 89 años. Las dos somos “argenven”, como nos decimos quienes vivimos el exilio en Venezuela. No no conocimos en Caracas, si no acá en Buenos Aires. Dora es cuenta cuentos y maestra en ese oficio. Ella no me llama Marisa, sino Bertone. En una cena entre amigos, me preguntó una vez quién era “el viejito” que estaba a mi lado.  Yo le contesté que mi pareja. Desde entonces, a Bernardo ambas le decimos “el viejito”. Ella dice que le gané de mano. A veces no le contesto inmediatamente y me reclama. Me manda fotos de su amor, que murió hace ya varios años, el padre de sus cuatro hijos. Me dice que es más lindo que Bernardo. Pero agrega al rato “pero el tuyo está vivo”. La quiero, la admiro, se lo digo.

Hay una vivencia que sí iguala cárcel con cuarentena. Es la solidaridad para enfrentar situaciones difíciles. En aquellos años la recibimos de nuestras familias, de nuestros abogados y abogadas (en mi caso de Susana Buconic, Carlos Vanella, José María Albar Díaz), defensores de presos políticos. La recibimos en Neuquén del obispo Jaime de Nevares, que en una misa y frente a los carceleros, pidió por nuestra libertad. La recibimos de sindicatos combativos que a lo largo y a lo ancho del país sostuvieron la campaña “Navidad sin presos políticos”. La recibimos de amigas y de amigos que se jugaron el pellejo por nosotros.
Termino de escribir este testimonio después de que el 9 de mayo el Presidente Fernández agradeciera al pueblo argentino su gesta, así lo dijo, en el combate contra el virus. Solidaridad y agradecimiento. Dos palabras, dos conductas, a las que mi historia me obliga honrar.

*Ex presa política y exiliada en Venezuela.


VOLVER

Más notas sobre el tema