Cinco años del Ni Una Menos en Argentina | Sara Pérez, docente universitaria: “Fue un grito colectivo, un pedido simple de ‘paren de matarnos’”

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Sara Pérez, lingüista y docente de la Universidad Nacional de Quilmes

 

Por Denise Godoy, de la redacción de Nodal

El 3 de junio de 2015 miles de argentinas tomaron las calles al grito de “Ni Una Menos” en pedido de justicia por la creciente ola de femicidios de cientos de mujeres, adolescentes y niñas víctimas de la violencia machista. Rápidamente el reclamo se extendió hacia diversos países de América Latina y del mundo. A cinco años de la primera marcha y en el marco del aislamiento social, preventivo y obligatorio,una nueva ola de reclamos inundó las redes sociales para exigir una vez más acciones contra todo tipo de violencia de género.

En un nuevo aniversario de la masiva movilización y en un recorrido por los últimos años de lucha del movimiento feminista, NODAL conversó con Sara Isabel Pérez, lingüista y Coordinadora del Programa de Acción Institucional para la Prevención de la Violencia de Género de la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ), Argentina.

A cinco años del primer Ni Una Menos, ¿Qué avances ha logrado el movimiento feminista y qué falta?

Creo que fue un hecho histórico en nuestro país y tuvo un impacto significativo en la región. De alguna manera, fue un grito colectivo, un decir “Basta”, o en las palabras de una querida artista popular, un pedido simple de “paren de matarnos”. Pero esto no surgió de la nada. No podemos dejar de considerar que el movimiento feminista y de mujeres en América Latina es de larga data y registra, en particular en Argentina, un antecedente importante en los Encuentros de Mujeres y en la lucha inclaudicable de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo.

Los avances han sido muchos. Diría que, por un lado, el tema hoy alcanzó la visibilidad suficiente como para que todos los gobiernos de la región deban adoptar políticas públicas sobre este tema. Y junto con la prevención y abordaje de la violencia de género, la educación sexual integral también fue puesta en el foco. La construcción de redes feministas, sororas, a nivel local, nacional, regional e internacional; recuperar y valorar la importancia del desarrollo de estrategias colectivas de defensas de derechos en cada lugar. Y, en muchas mujeres, niñas y jóvenes, ese cobijo colectivo habilitó la voz, la posibilidad de contar, de denunciar, de sacar a la luz violencias que afectaron sus vidas por mucho tiempo.

En términos institucionales, hoy tenemos un Ministerio de las Mujeres, Género y Diversidad a nivel nacional, otro en la provincia más grande del país, y espacios institucionales jerarquizados en distintas provincias y municipios. Pero nos falta mucho, muchísimo. Esto es solo el inicio. Nos falta la aplicación efectiva de la Ley Micaela, sobre todo en el ámbito de las denominadas “fuerzas de seguridad” en todas las jurisdicciones; en los distintos ámbitos del Poder Judicial. No podemos tener fiscales que digan que una violación colectiva es un “desahogo sexual”. Y aquí se destaca un punto central, necesitamos que la ESI se implemente en todos los niveles y en todas las jurisdicciones, cuanto antes. Y que los medios de comunicación hagan su parte. Sí, nos falta mucho; pero soy optimista.

¿Cómo analiza el avance del movimiento feminista en América Latina?

La región está pasando por un momento difícil. En estos años, en América Latina, observamos una presencia importante de gobiernos neoliberales, muy conservadores en temas de género, muchos de ellos poco respetuosos de instituciones democráticas. No debemos olvidar que en estos cinco años fueron asesinadas Marielle Franco y Berta Cáceres, entre tantas compañeras. En este contexto internacional y regional, podemos leer como un gran avance no retroceder, no permitir que se avasallen o se pierdan derechos ganados y poder avanzar, aunque sea de a poco, en distintos espacios, con distintas luchas.

Las protestas de las estudiantes universitarias chilenas denunciando violencias y acosos en la Universidad y, luego, las movilizaciones masivas en las calles de Santiago, Valparaíso, en distintos puntos del país con un protagonismo importante de las jóvenes, la disputa por la paridad en la Constituyente, son un ejemplo importante de estos avances. Las marchas de mujeres brasileñas, su resistencia frente a las políticas conservadoras de Jair Bolsonaro. Y hace pocos meses, las mexicanas tomaron las calles para repudiar la violencia. Esto avanza, a paso firme, quizás más lento de lo que necesitamos, pero avanza.

Durante el aislamiento social las denuncias por violencia de género se han incrementado, ¿Cómo se aborda esta situación? ¿Qué otras problemáticas enfrentan las mujeres en el contexto de pandemia?

La violencia física, sexual y psicológica en el ámbito doméstico se ha incrementado, sin dudas. Los datos que proveen instancias oficiales y organizaciones de la sociedad civil en América Latina así lo confirman. Afortunadamente, las autoridades han tomado nota de este hecho y han desarrollado diversas estrategias de abordaje. Pero no es nada sencillo. El aislamiento supone una mayor cantidad de horas reales de convivencia en un mismo espacio fisico entre la persona violenta y quien padece esas prácticas. Muchas mujeres que están atravesando estas situaciones se ven aisladas de sus redes de contención, de la posibilidad de contacto con otras mujeres, en contextos de necesidad económica, a veces, pero de temor, siempre.

Muchas mujeres que habitualmente salen a trabajar, hoy deben realizar su trabajo en casa -quienes tienen esa posibilidad-. A ello debe sumarse que las mujeres somos quienes tradicionalmente tenemos a nuestro cargo todas las tareas de cuidado -remunerado y no remunerado-, de limpieza y organización de la vida doméstica, por ejemplo, alimentar a quienes conviven con ella, la higiene, etc. En este momento, si son madres, lxs niñxs están en la casa, a su cuidado, las veinticuatro horas; las demandas sobre las mujeres se han incrementado de maneras difíciles de dimensionar. Y esto tiene un fuerte impacto en su salud integral y bienestar. En este sentido, son estos momentos críticos los que permiten ver la necesidad imperiosa de cambiar la lógica de organización de los cuidados, para lograr avanzar en serio hacia la igualdad de género.


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