Centroamérica: la migración como válvula de escape – Por Rafael Cuevas Molina

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Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Por Rafael Cuevas Molina *

El problema hoy es que no se vislumbran alternativas en Centroamérica. Como es sabido, el camino que los migrantes deben recorrer está plagado de tropiezos y peligros, pero quedarse es igual o peor que arrostrar esas vicisitudes. No se pierde nada con intentarlo, total, con perseverancia y suerte es posible que al final de logre escapar del infierno cotidiano.

¿Es peor la situación política, económica y social de Centroamérica ahora que hace 20 o 30 años? ¿Hay menos oportunidades hoy que cuando los ejércitos cometían las atrocidades que cometieron en la década de los ochenta, cuando los Kaibiles estrellaban a los recién nacidos contra las piedras y abrían el vientre de las mujeres embarazadas; cuando en El Mozote el Batallón Atlacatl barría con toda la comunidad? ¿Será que hay más hambre, más desnutrición en nuestros días en esta Centroamérica dejada de la mano de Dios, que en aquellos años aciagos que hoy conocemos como “los de la guerra?

Nada que ver. Ahora, como entonces, ya eramos países famélicos gobernados por corruptos e ignorantes, como ahora, y la prepotencia de los de arriba, políticos y empresarios, era pan de todos los días. La violencia, que hoy es vista como una de las causas de esas incontenibles avalanchas de gente que desesperada marcha hacia el norte, ya estaba presente, terrible, y nos llenaba de dolor y rabia.

Es cierto que esa situación creó ya en esos años enormes movimientos de población. Los refugiados internos, las comunidades en resistencia desplazadas a lo más intrincado del bosque, los tránsitos entre fronteras buscando la seguridad de los campos de refugiados. También hubo migración hacia los Estados Unidos. De ellas, y de las dificultades que tuvieron los más jóvenes para amoldarse a las nuevas circunstancias que les planteaba el desarraigo, provienen las temibles maras.

Centroamérica era una región en guerra pero, aunque parezca paradójico, había esperanza. Importantes grupos humanos sentían que había alternativas al orden dominante; veían lo que había sucedido en Nicaragua, los avances del FMLN en El Salvador, el logro de la unidad de las fuerzas insurgentes en Guatemala y se comprometían con esos procesos que apostaban por el cambio.

Ahora, las condiciones de desamparo no han variado mucho, pero pareciera que los posibles caminos para salir de esa situación están cerrados. A donde se vuelva a ver prevalece la ineptitud y la corrupción descarada. Antes, tomar partido y arriesgar incluso la vida constituía una opción que abría perspectivas que se entendían como parte de un proyecto nacional inclusivo.

El problema hoy es que no se vislumbran alternativas. Como es sabido, el camino que los migrantes deben recorrer está plagado de tropiezos y peligros, pero quedarse es igual o peor que arrostrar esas vicisitudes. No se pierde nada con intentarlo, total, con perseverancia y suerte es posible que al final de logre escapar del infierno cotidiano.

Es es la clave: no sé trata de perseguir un sueño sino de escapar de una pesadilla. En el norte serán explotados y discriminados, pero por lo menos tendrán el vislumbre de la supervivencia.

A los gobiernos centroamericanos les conviene esa válvula que permite descompresionar el descontento, con el plus que, si logran llegar, producirán remesas que mantendrán la economía en pie. Han encontrado en la expulsión de su población la solución a sus más apremiantes problemas económicos y políticos.

Por eso, las migraciones desde estos pequeños paisitos no pararán: forman parte ya un “modelo de desarrollo” que permite que se siga reproduciendo una capa de sanguijuelas que no conocen otra forma de acumular riqueza. Son expresión de la forma como se expresa el neoliberalismo en la periferia del sistema.

* Historiador, escritor y artista plástico. Licenciado en filosofía y magíster en Historia por la Universidad de La Habana. Catedrático, investigador y profesor en el Instituto de Estudios Latinoamericanos (IDELA), adscrito a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional (UNA), Costa Rica. Presidente de AUNA-Costa Rica.


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