Álvaro García Linera: “Vivimos un tiempo de desgarramientos del orden mundial”

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“Vivimos un tiempo de desgarramientos del orden mundial”

Por Bernarda Llorente

El exvicepresidente de Bolivia Álvaro García Linera, uno de los pensadores más agudos de la izquierda latinoamericana, caracterizó al mundo que dibuja la pospandemia como «un tiempo de ocaso» repleto de paradojas, y advirtió que los gobiernos progresistas de la región «están obligados a asumir retos más audaces». «El tiempo que estamos viviendo es un momento singular. Por una parte, se han manifestado un conjunto de límites, de contradicciones, de desgarramientos del orden mundial planetario vigente. Pero a la vez no se han abierto, con ímpetu radiante, opciones, alternativas, a esto que viene ya agotándose», planteó.

En una entrevista exclusiva con Télam, el intelectual y docente universitario reflexionó sobre los desafíos del progresismo en la tercera década del siglo XXI, destacó la necesidad imperiosa de «unir lo popular con la clase media» y llamó a desarrollar «un nuevo lenguaje y programas» que conecten con las expectativas de ese sector social.

Por videoconferencia entre La Paz y Buenos Aires, abordó con audacia cuestiones complejas que generan polémica, como el cortocircuito entre extractivismo, desarrollo y cambio climático, y, además, propuso una batería de medidas concretas para las administraciones de cuño progresista. «La singularidad de estos gobiernos es que están enfrentando la peor crisis económica de los últimos 100 años», argumentó.

Nacido en Cochabamba, en el seno de una familia a la que definió como de «clase media» en lo cultural y «clase baja» en lo económico, García Linera viajó a México antes de cumplir los 20 años para estudiar en la UNAM del país azteca y, a su regreso a Bolivia, se vinculó con las comunidades campesinas y mineras.

Luego sería uno de los fundadores del Ejército Guerrillero Túpac Katari, experiencia de lucha insurgente por la que fue detenido, torturado y trasladado a una cárcel con prisión preventiva y sin sentencia, donde estudió Sociología de manera autodidacta.

Salió en libertad en 1997 y, tres años después, conoció a Evo Morales, en el marco de la llamada «Guerra del Agua». Hoy tiene 59 años, una de las bibliotecas más grandes de Bolivia y lleva editados, como autor o coautor, más de una decena de libros.

Como parte de un listado propositivo para la gestión de la crisis, el intelectual boliviano destacó la necesidad de un impuesto a la banca que avance en una matriz impositiva progresiva, tanto como un acuerdo regional para una «reforma energética» basada en la explotación del litio y el desarrollo de «industrias encadenadas».

En su análisis de la nueva oleada progresista en América Latina, que en los últimos meses sumó los triunfos de Gabriel Boric en Chile y de Xiomara Castro en Honduras, el autor de «La potencia plebeya» advirtió que «el viejo mundo del libre mercado se resquebraja» aunque «sigue vigente», mientras surgen opciones que buscan sustituirlo.

Y en ese sentido subrayó: «Es un neoliberalismo retrógrado, anacrónico, autoritario, vigilante, que quiere vivir del pasado. Y que dura poco».

Para García Linera, «el nuevo progresismo ha afincado más su victoria en la movilización electoral que en la movilización callejera. Y eso establece ciertas características de esta nueva oleada, abre puertas y cierra otras: es un progresismo que ya no viene de la mano de líderes carismáticos, sino con líderes políticos moderados que están respondiendo a las nuevas circunstancias«, razonó en diálogo con esta agencia.

«Las circunstancias van a llevar o van a obligar gradualmente a los liderazgos a tener que asumir una serie de transformaciones más radicales, porque el costo social de la crisis económica y la crisis médica es demasiado grande», vaticinó en lo que él mismo presentó como su principal hipótesis de trabajo para los dilemas del progresismo y las encrucijadas del presente en la región.

-En esta pospandemia, en un mundo más concentrado e injusto, ¿cuáles son las bases para una perspectiva progresista?

-El tiempo que estamos viviendo es un momento singular. Por una parte, se han manifestado un conjunto de límites, de contradicciones, de desgarramientos del orden mundial planetario vigente. Pero a la vez no se han abierto, con ímpetu radiante, opciones, alternativas, a esto que viene ya agotándose. Es un tiempo de ocaso, no un tiempo de amanecer. Es la paradoja de este momento. Las cosas no están funcionando bien, los antagonismos nos están desgarrando, pero no logramos visualizar lo que pudiera sustituirlo. El viejo mundo del libre mercado, del libre comercio, del Estado mínimo, de la ausencia de derechos sociales y despreocupación por la desigualdad, se resquebraja por todos lados. Y sin embargo sigue vigente: en las instituciones conservadoras, en el Banco Mundial, en el FMI, en el consenso de que, en el mundo, la globalización es lo más importante. Aunque comience a mostrar signos de ocaso, de debilitamiento, no sabemos qué cosa va a sustituir ese mundo. Sabemos de dónde venimos, de dónde estamos saliendo, pero no logramos eslabonar qué horizonte nos espera. Este es un momento muy complicado, de carencia de alternativas globales a la globalización, aunque América Latina ha hecho renovados esfuerzos por mostrar un camino. Pero ese esfuerzo no se irradia mundialmente y, a su vez, tiene contratiempos: avanza, retrocede, avanza, retrocede. Y en este tiempo liminal de certidumbres quebradas, de horizontes de previsibilidad del futuro mutilados, comienzan a surgir múltiples propuestas. El progresismo es una de esas propuestas. Pero ha tenido una contraparte con el surgimiento de propuestas neoliberales y ultraconservadoras, autoritarias. Nadie sabe con certeza lo que vendrá y van a surgir múltiples opciones de sustitución y de reemplazo, ninguna de ellas dominante, irradiante ni hegemónica, sino en pugna. Y así vamos a tener que vivir varios años hasta que alguna de las opciones pueda sustituir hegemónicamente a este ocaso del neoliberalismo. Esta disputa sobre el nuevo horizonte de época tendrá que dilucidarse en 5, 10 o 15 años, porque la gente no puede vivir indefinidamente en incertidumbre. Hoy el progresismo latinoamericano es una más de las opciones que en debilidad pugna por sustituir el horizonte neoliberal. No tiene la suficiente fuerza para imponerse, pero tampoco es lo suficientemente débil para desaparecer.

Crisis e interrogantes

-Usted prefiere no hablar de ciclos sino de olas, porque son más breves. También dice que los nuevos líderes progresistas de América Latina no surgieron de grandes movilizaciones y los define como líderes moderados. ¿Ese tipo de liderazgos debe profundizar alguna de sus acciones o es un proceso que, en el futuro, traerá nuevas políticas?

-En América Latina surgió un debate sobre cuál era el futuro del progresismo. Nosotros propusimos el concepto de oleadas, la lógica de que cuando son procesos intensamente revolucionarios, no son cíclicos, sino que se despliegan por oleajes. Van y vienen, vuelven a ir y a venir. La primera oleada tuvo el mayor momento de irradiación entre 2005 y 2006, hasta el año 2014: el continente avanzó mucho, sacamos a 70 millones de latinoamericanos de la pobreza. Y luego hubo una contraoleada, un regreso de las fuerzas conservadoras: se perdió en Uruguay, en Argentina, en Brasil, en Bolivia con golpe de Estado, se perdió en Honduras, se perdió en Paraguay. Pero ese regreso de las fuerzas conservadoras, más endurecidas, más reaccionarias -el caso de Bolivia es el ejemplo paradigmático de este endurecimiento ´fascistoide´ del neoliberalismo- duró poco. Se inicia en 2015 y dura cuatro años, y otra vez, a partir de 2019, comienza a retroceder y se da una nueva oleada progresista. La victoria en México con (Andrés Manuel) López Obrador, la victoria en Argentina con el presidente (Alberto) Fernández, la victoria en Bolivia con Luis Arce, la victoria en Honduras con Xiomara (Castro), la victoria en Perú con (Pedro) Castillo, la victoria en Chile con (Gabriel) Boric. Una nueva oleada.

Por otro lado, el neoliberalismo, cuando regresa en el contra-oleaje de 2015 o 2016, no trae nada nuevo: recicla y recalienta esa vieja sopa, esos viejos ñoquis que habían sido elaborados diez años atrás, y los trae podridos, verdes, agrios. Es un neoliberalismo retrógrado, anacrónico, endurecido, autoritario, vigilante. En Bolivia se hace un golpe de Estado, en Argentina se habla de la Gestapo (antisindical): es una lógica ya de libre mercado policíaco. En Brasil se habla de que habría que haber matado a todos los comunistas, y en Estados Unidos con (Donald) Trump que por poco más casi queman el Parlamento para no reconocer la victoria de (Joe) Biden. Es un neoliberalismo endurecido pero no propositivo, ya no es portador de esperanza. Un neoliberalismo endurecido y melancólico, que quiere vivir del pasado. Y dura poco. Entonces emerge esta nueva oleada de gobiernos progresistas. Pero el nuevo progresismo no viene acompañado por luchas sociales o grandes rebeliones sociales, como el 2001 en Argentina, o el 2003 y 2005 en Bolivia. Es un progresismo que ha afincado más su victoria en la movilización electoral que en la movilización callejera. Es un progresismo que no viene de la mano de líderes carismáticos, sino con líderes políticos que están respondiendo a las nuevas circunstancias del momento. Los liderazgos carismáticos surgen en momentos excepcionales y ahora es momento para líderes más moderados. En su moderación estuvo la clave de la victoria también, y eso hay que saberlo entender desde la izquierda. Pero la singularidad de estos nuevos gobiernos es que están enfrentando la peor crisis económica de los últimos 100 años.

REENCONTRARSE CON LOS SECTORES MEDIOS, EL DESAFÍO DEL PROGRESISMO PARA CONSOLIDAR UN BLOQUE SOCIAL

En su doble rol de hombre de ideas pero con experiencia en la gestión, Álvaro García Linera sabe lo es el desafío de administrar el Estado con un gobierno de sesgo progresista y raigambre popular.

Su experiencia como vicepresidente de Bolivia entre 2006 y 2019 -trece años junto a Evo Morales- lo llevó a entender el riesgo que corren los proyectos políticos que promueven la distribución del ingreso cuando, una vez en el poder, logran procesos de movilidad ascendente pero descuidan la «modificación de la subjetividad» de los sectores que mejoraron sus condiciones de vida.

Ese fenómeno, advierte el intelectual con currículum de hombre de Estado, puede derivar «en el malestar de la clase media» frente a las gestiones progresistas, una situación que ya se vivió en la región y ante la cual cada país debe identificar sus causas «para establecer políticas públicas que jalen a la clase media para el lado de la igualdad y así evitar que los discursos conservadores y racistas».

«Unir lo popular con la clase media tiene que ser el objetivo de este nuevo progresismo, con nuevos programas, para volver a esta alianza», exhortó en un tramo clave del diálogo exclusivo con Télam.

Y convocó: «No le entreguemos la clase media a los sectores conservadores. El progresismo tiene el gran reto de reencontrarse con la clase media para garantizar la victoria de lo popular».

-Télam: En la Argentina, parte de la oposición se debate entre presentarse como moderada y endurecerse, tratando de seducir -dentro y fuera de las propias fuerzas políticas- a sectores medios atentos a un discurso extremo que pretende expresar sus frustraciones. En este contexto, ¿cómo se puede reconquistar y tener un mensaje interesante para esos grupos sociales que también son víctimas del neoliberalismo?

-Álvaro García Linera: Los gobiernos progresistas de la primera oleada lograron su victoria porque tuvieron la habilidad para unir a los sectores populares, los más explotados y humildes, con los sectores medios. Encontraron una fórmula precisa y unos líderes, palabras e imágenes precisas, que permitieron formar un bloque social progresista que se mantuvo durante una década o casi una década. Nuestro objetivo en esta segunda oleada tiene que ser lo mismo: un restablecimiento del bloque de los sectores obreros, campesinos y más desfavorecidos, con los sectores medios latinoamericanos. Ahí radica la posibilidad de la victoria. Los liderazgos moderados que las fuerzas progresistas proyectaron para la segunda oleada apostaron a unir a los sectores subalternos con los sectores medios, y eso les dio la victoria. Funcionó. Pero esas alianzas sociales nunca son duraderas: es un método de construcción de alianzas, y tus aliados de hoy pueden distanciarse. Pongo el caso de Bolivia: las políticas exitosas que implementó el gobierno progresista de Evo (Morales) permitieron que el 30% de la población indígena y campesina saliera de la pobreza. Es un gran logro. Algunos seguían siendo campesinos y obreros, pero con ingresos medios y otros pasaron a clase media. Personas de origen indígena popular, pero con un negocio propio, o que entraron a la universidad y son profesionales. Es la construcción de igualdad. Pero al promover eso hay también una modificación de la subjetividad social: distinto es un compañero indígena con el arado egipcio y la casa de adobe y paja que el mismo compañero con un tractor, la casa de ladrillo y con el hijo profesional gracias a la educación gratuita. Ha cambiado su subjetividad, sus expectativas han cambiado, sus vínculos han cambiado. A veces el progresismo no se da cuenta del fruto de su logro y sigue repitiendo cosas cuando la sociedad ya ha cambiado. Han cambiado las aspiraciones sociales. Aunque una parte de la sociedad haya quedado muy abajo, y haya que entender y proponer cosas para esos sectores, para el sector que ha tenido movilidad social ascendente, ya no puedo tener el mismo lenguaje. Hay una nueva clase media que le quita a la antigua clase media tradicional sus antiguos puestos, sus antiguos pequeños privilegios: esta clase media indígena tiene formación universitaria y viene del sindicato, y entra al Parlamento, a los Ministerios. Antes, la antigua clase media más ´imaginadamente blancoide´ resolvía los problemas de las contrataciones para el Estado en el club tennis, o cenando en una Embajada. Ahora esos temas se resuelven en el sindicato, en una asamblea. Ese ascenso social plebeyo produce que la clase media tradicional se sienta marginada, y, aunque haya apoyado inicialmente las políticas de igualdad, ahora se siente afectada y, en vez de mezclarse e integrarse a la nueva clase media, lo que hace es encapsularse y radicalizarse. Este es el punto de partida de la ´fascistización´ de la clase media tradicional.

-T: ¿Y qué debería hacer el progresismo ante ese fenómeno del giro conservador de la clase media?

-AGL: Requiere del progresismo entender el proceso social. Hay que encontrar mecanismos para incorporar las expectativas de ese sector medio, que se ha visto igualado por la avalancha popular que mejoró sus ingresos. Hay varias fuentes de malestar en la clase media y en cada país hay que encontrar de dónde viene ese malestar de la clase media. Cada país requiere de un estudio particular porque el objetivo tiene que ser: tenemos que incorporarlo. No la entreguemos a los sectores conservadores; disputemos el liderazgo y la satisfacción de las expectativas de igualdad de las clases medias desde el progresismo, y no los dejemos en manos de las fuerzas neoliberales, que no les van a resolver los problemas. Las fuerzas conservadoras no se preocupan por la clase media, hablan en nombre de ella pero la desprecian, los consideran perdedores. Los ganadores son los que tienen grandes empresas o su dinero en los paraísos fiscales. Hay que pensar un conjunto de propuestas, como una fuerte reforma fiscal que no afecte a la clase media sino a los muy ricos; es un elemento importante. Hay que recuperar las expectativas de la preocupación por el medio ambiente que le interesan a las clases medias. A esa clase media ilustrada, formada académicamente o con pequeños negocios, hay que decirle: «Oye, con los neoliberales enfurecidos te va a ir peor, aquí tenemos una solución». El progresismo tiene que reencontrarse con la clase media para garantizar la victoria de lo popular.

-¿Cuáles son los principales desafíos, entonces, que deben asumir los nuevos movimientos progresistas en este contexto inédito?

-Ningún progresismo se había preparado para enfrentar un momento tan excepcional como este. Y ahí surge la nueva paradoja: nuevos líderes, nuevos gobiernos progresistas que se prepararon para una gestión más administrativa y de reconstitución de derechos cercenados por la restauración conservadora, pero que no se habían preparado para enfrentar semejante gravedad de crisis económica y médica. En esta segunda oleada progresista tenemos gobernantes con una mirada más de administración de la gestión pública, que hubiera correspondido si es que no se hubiera dado la crisis de la pandemia. Entonces, mi lectura, que es una hipótesis de trabajo, es que el nuevo progresismo de esta segunda oleada tiene que enfrentar con renovados brillos los efectos de una pandemia y de una crisis económica que nadie había previsto. Y esta nueva oleada se va a ver obligada a asumir retos más audaces para remontar favorablemente los efectos de esta crisis económica y médica. Las circunstancias van a obligar gradualmente a los liderazgos a asumir una serie de transformaciones más radicales, porque el costo social de la crisis económica y la crisis médica es demasiado grande. Y ahí se van delineando ciertos ejes de trabajo sobre los cuales el progresismo podría trabajar para remontar esta crisis. Uno es un nuevo papel del Estado: más audaz en términos de redistribución de la riqueza y de las cargas, lo que lleva también a una reforma tributaria más audaz. Algunos países lo han hecho implementando los impuestos a la riqueza, a la gran riqueza, y ese es un buen camino que quizás habrá que profundizar un poco más. Con impuestos a la banca, llegado el momento, porque es un sector que ha ganado mucho en la crisis y que debe compartir la carga de las responsabilidades con el resto de la población. Luego la reforma energética, algo que se tiene que hacer gradualmente, desde una mirada que dialogue con la naturaleza y no sea depredadora, sin abandonar la obtención de excedentes de formas extractivas para redistribuirlos inmediatamente en la sociedad, no para que se queden en manos de unos cuantos ricos. Luego, por supuesto, también la ampliación de derechos de los sectores más vulnerables, de fortalecimiento y empoderamiento del movimiento de mujeres, en la perspectiva de la soberanía de la mujer sobre su cuerpo. Que son temáticas nuevas a las que el primer progresismo abordó tangencialmente y este nuevo progresismo debería abordar como elementos nucleares de su nueva agenda de emergencia ante un momento de catástrofe mundial.

La nueva cara del neoliberalismo

-Frente a la reflexión de los liderazgos moderados aparece la paradoja de un tiempo con una derecha cada vez más radicalizada. ¿Es una nueva derecha o es la misma con diferentes manifestaciones? ¿Es oportunismo para captar a nuevos sectores?

-Ciertamente, estamos ante nuevas expresiones de la derecha. Es el neoliberalismo, no ha variado el programa. Anti-Estado, anti- derechos, anti-igualdad. No ha variado. Ha renovado parte de los rostros, una nueva generación que ha emergido y que porta un aire de renovación, de nueva generación, pero los argumentos centrales siguen siendo los mismos. La igualdad en el trabajo, en la riqueza, en la relación hombre y mujer, entre pueblos indígenas y oligarquías, les resulta una inmoralidad, para decirlo visceralmente, que tiene que ser combatida por todos los medios. Hoy es un liberalismo enfurecido, rabioso, bota espuma, no irradia esperanza. Se enoja, insulta, agrede. Y a la democracia la ve como una herramienta prescindible, si fuera el caso. Es un neoliberalismo rabioso y, por lo tanto, cada vez más autoritario. Y eso no es fuerza, es debilidad. Cuando ya no puedes convencer y recurres al garrote, es que eres débil, aunque seas violento y te impongas temporalmente por tu violencia. Pero es la debilidad, porque un pensamiento es poderoso, es fuerte, cuando se irradia; cuando se impone a palazos, ya no es fuerte. Lo que está sustituyendo a la impronta expansiva de un pensamiento es la impronta de garrote, de masacre, de muerte. Los procesos de globalización comienzan a mostrar debilidades, comienzan a retroceder; sigue la globalización y va a durar seguramente, pero ya no es expansiva, sino que ha entrado en una etapa de contracción.

-Hoy el progresismo también enfrenta la fragmentación de distintas demandas e intereses que, por su especificidad, muchas veces cuesta unir en una idea global. ¿Cómo se enfrenta la dificultad de dar repuesta a temas específicos con peso propio sin que se anule la posibilidad de una construcción colectiva?

-Este es un tema clave en cualquier construcción de políticas progresistas: cómo se combina lo universal con lo particular. Muchas veces las propuestas universalistas son un particularismo dominante; y también hay universalismos que están planteando el beneficio de todos. Por ejemplo el tema indígena. En sociedades como la boliviana, la peruana o la guatemalteca es claramente un tema universal, porque son mayoría. En el caso de Bolivia esa mayoría demográfica se ha vuelto mayoría política, y ahora son los que conducen el país. y el mestizaje que hay que construir es desde la indianitud; porque antes el mestizaje que se reivindicaba era el de clase media, castellano hablante, propietario, blancoide.

Pero en sociedades donde el movimiento indígena no es mayoría, uno diría, ¿es un tema de minorías? En algunas cosas sí, pero en otras no. Que no te discriminen por tu color de piel, por tu apellido y por tu forma de hablar. Es un tema universal, no es un tema de minorías; porque evidentemente al indígena se lo discrimina más. Es el indígena, es el hombre de la villa, es el cabecita negra, que también va a ser discriminado en ciertos momentos. América Latina, Argentina, Chile, tienen apellidos extranjeros y apellidos locales, y ambos tienen el mismo derecho de entrar por las puertas grandes de las plazas, de las instituciones, de la educación, de los bancos, del aprecio ciudadano. Es una política universal. Esa reivindicación es universalista. Entonces, en cada país, el progresismo tiene que tener esta habilidad de plantearse propuestas universales y reivindicar lo local. El movimiento social tiene esas etapas; momentos de luchas universales y momentos de luchas corporativas. Y el momento en que surgen las luchas más fragmentadas, más corporativas, es un momento complicado; porque es más fácil para un gobierno progresista tomar decisiones cuando el estado de ánimo te apunta a políticas universales para todos. Y es más complicado moverte en el oleaje de demandas corporativas, sectoriales, fragmentadas. Pero ahí está la gran habilidad del progresismo para saber moverse y destacar en cada fragmentación, cosas comunes.

«HEREDAMOS UNA ECONOMÍA EXTRACTIVISTA Y LA TENEMOS QUE UTILIZAR TEMPORALMENTE», AFIRMÓ GARCÍA LINERA

Álvaro García Linera está acostumbrado al debate, incursiona en la discusión como la templanza del profesional y no se sustrae de los temas incómodos, incluso cuando involucrarse puede implicar costos.

Esta disposición quedó en evidencia en los últimas semanas, luego de que en las redes sociales comenzara a circular un texto suyo del año 2012 en el que abordaba la polémica sobre el extractivismo en materia de hidrocarburos, aunque podría tratarse también de minería, exploración submarina en el lecho marítimo o de la técnica del ‘fracking’ para obtener combustibles no convencionales.

Un tema muy actual para una Argentina que, por un lado, requiere dólares para financiar el desarrollo y la diversificación de la estructura económica, pero que también necesitará divisas para pagar la deuda que dejó como herencia la gestión de Cambiemos.

«Hemos heredado una economía extractivista, la tenemos que llevar y utilizar temporalmente, con la perspectiva de anularla, gradualmente anularla, pero lo vamos a hacer cuando hayamos sacado a las personas de la pobreza, les hayamos garantizado salud, trabajo, educación, universidad gratuita y opción de empleo», describió a modo de diagnóstico en entrevista exclusiva con Télam.

García Linea advirtió que «su respuesta a los compañeros que hacen una lectura a veces ingenua del extractivismo» es que hasta cumplir con aquellos objetivos se requiere «una transición en la que los recursos naturales que salgan de la extracción estén mayoritariamente controlados por el Estado para políticas redistributivas».

-Télam: En materia de medio ambiente, ¿se puede tener un desarrollo sustentable sin políticas tan rígidas como el anti-extractivismo?

-Álvaro García Linera: Supongo que la pregunta tiene que ver con un texto mío que se difundió en Argentina, que es un texto que escribí en 2012, hace casi una década, en un momento muy preciso, particular, cuando había aquí en Bolivia un problema en torno a una carretera. Y a ese texto lo reivindico porque es mío, pero está escrito en ese momento particular. Era un texto de combate: la idea general la defiendo, y uso un dato que da (Eric) Hobsbawm, que dice que el 1% de la población más rica del mundo contamina el doble que 3500 millones de personas. Yo digo entonces, toda la humanidad tiene que asumir políticas de cuidado del medio ambiente, por supuesto, pero ese 1% de la humanidad es al que más tenemos que ajustarle con políticas de protección de la naturaleza, y no a las 3500 millones de personas pobres que no tienen muchas veces ni para comer. A veces no sabemos diferenciar eso. A ese 1% le impondré cargas, restricciones, limitaciones, castigos, impuestos, y con esas 3500 millones de personas que contaminan la mitad, estableceré otro tipo de mecanismos más moderados, a mediano o largo plazo, dependiendo de sus condiciones de vida. Uso este ejemplo para llegar a América Latina, que es una sociedad en el que una parte de sus ingresos parte de la minería, de la actividad hidrocarburífera y de la producción intensiva de alimentos. Tenemos la obligación y la responsabilidad moral como seres humanos de asumir la lucha contra el cambio climático y la emisión de gases de efecto invernadero, pero no puede hacerlo suspendiendo sus ingresos hoy. ¿De qué economía naranja voy a hablarles a los niños que iban a la escuela con asientos de adobe, donde su pizarra era la pared? Ahora quiero mencionar dos críticas que hacen los compañeros sobre el extractivismo: la primera es que el progresismo no le ha dado la suficiente importancia. Sí, y hay que darle la suficiente importancia. Tiene que estar en nuestras políticas públicas como un elemento prioritario. En segundo lugar, la producción extractiva está beneficiando solamente a la gente muy rica. Yo no diría eso. Está bien que se lo digan a otros gobiernos, pero no a los gobiernos progresistas. En Bolivia, la extracción del gas y del petróleo ha quedado en manos de los bolivianos. Hemos nacionalizado. El 85% de la renta petrolera queda en manos del Estado, y el 15% se va con empresas privadas. Antes, los neoliberales dejaban 18% de las ganancias en el país y el 82% se lo llevaban afuera. Aquí hemos dado vuelta la tortilla. Por otro lado, el progresismo tiene que tener una política de transición gradual hacia otras formas de producción de la riqueza, en las que los excedentes queden en manos del Estado para que sea redistribuido: para que genere salud, educación y alimento para formar una nueva generación de trabajadores, profesionales y técnicos que nos lleven al tránsito hacia una economía no extractiva. Sin embargo, hay propuestas que nos dicen que dejemos de extraer los recursos naturales: o sea, que dejemos de recibir el 60% de nuestras exportaciones. ¿Y con qué las sustituimos? ¿De dónde va a venir el dinero? El 60% de las exportaciones y de la obtención de divisas viene del gas, del petróleo, de los minerales. Que nos digan que dejemos de producir es condenarnos a que dejemos el 40% o 50% del a población en condiciones de pobreza absoluta. No faltan tampoco algunos defensores del anti-extractivismo que, en una lectura muy reaccionaria, se imaginan que el mundo indígena debería ser el campesino con su casita de paja contemplando la naturaleza. No. Eso está bien para la postal del turismo, pero el indígena boliviano quiere una buena escuela, quiere una casa de ladrillo, educación, ir a la universidad, viajar, ser profesional. Y tiene derecho a hacer eso. No podemos fosilizar la imagen del indígena como una postal para turistas.

García Linera y el afecto por Argentina: «Nos conquistaron el alma»

En noviembre de 2019, Álvaro García Linera salvó su vida junto con la de Evo Morales y otros miembros del MAS boliviano, se subió a un avión de la Fuerza Aérea Mexicana que los llevó hasta el Distrito Federal, donde les dieron cobijo por un mes, para finalmente establecerse en la Argentina tras el inicio del gobierno del Frente de Todos (FdT).

A partir de aquel 13 de diciembre de 2019 en que llegó a Ezeiza, el exvicepresidente de Bolivia se estableció en Buenos Aires con sus afectos y, como buen exiliado en búsqueda de adaptación, fue buscando algunas rutinas, entre ellas caminar por la ciudad como un paseante anónimo provisto del correspondiente barbijo, una experiencia que le encantaba y que relató en un reciente discurso en la Facultad de Derecho de la UBA.

García Linera está agradecido a la Argentina, dice que el apoyo del gobierno del FdT y la solidaridad de mucha gente común «conquistaron el alma» de él y su familia, pero además plantea que en el país se encontró con «el ambiente intelectual más potente de habla hispana», del cual se confiesa «admirador». Otro rasgo particular de estas tierras, que subraya con reconocimiento, es «la presencia, fuerza y empoderamiento del movimiento de mujeres», una percepción que lo llevó a concluir que en ese aspecto «Argentina ha avanzado mucho más que el resto del continente».

«Es un ambiente muy lindo, y lo añoro con aprehensión porque es un ambiente en el que me gustaría que mi niña creciera, porque en general América Latina es excesivamente machista y violenta frente a la mujer», contrasta y entonces agrega que en la sociedad argentina «se nota que la mujer se ha empoderado, en cosas pequeñas, en cosas más grandes, algo que le falta al resto de América Latina».

El vínculo con la Argentina

-¿Cómo lo trató la Argentina en el año que compartió aquí con Evo Morales?

-Argentina ha sido muy generosa con nosotros. Como familia, porque llegamos exiliados con mi esposa y mi hija, y con Evo, y desde entonces una parte ya de nuestra vida y de nuestra alma es Argentina. Y no es una frase retórica. Nos han conquistado el alma. Estas actitudes tan hermosas y decisivas, como la del presidente (Alberto) Fernández, que usó todo su prestigio para lograr que el movimiento de otras cancillerías y otros países salvara a Evo, porque a Evo lo querían matar, denigrar, querían ver su cuerpo arrastrado por las gradas y exhibirlo, como hicieron en 1946 con otro presidente popular de Bolivia que fue Gualberto Villarroel, al que lincharon y colgaron en la plaza. Militantes progresistas jóvenes en Argentina nos brindaron sus casas para poder vivir. Cuando llegamos con mi esposa y mi hija no teníamos más que una maleta y una bolsa de ropa de Alba, ni siquiera carnet de identidad, no teníamos nada. Y la universidad nos ofreció la posibilidad de trabajar dignamente, difundir nuestros conocimientos para vivir, porque de eso vivimos, de nuestro trabajo. La (Universidad de) San Martín y la UBA nos abrieron sus puertas: pero hubo dos o tres meses que hubo que vivir en casas de amigos, de militantes. Eso uno no se lo olvida nunca en la vida. Porque un exiliado está solo, no tiene nada, y en esa soledad hubo argentinos que nos recibieron, nos abrieron las puertas, nos dieron la oportunidad de poder dormir tranquilos, luego de poder trabajar. ¿Cómo voy a olvidar? Jamás. En la calle, la gente que nos reconocía a pesar del barbijo, nunca nadie nos molestó. Nos hacían comentarios positivos, se sacaban fotos. Me emocionó mucho. Y, por supuesto, nuestros compatriotas bolivianos, que llegábamos y nos reconocían, nos regalaban verduras, nos regalaban todo. Me daba vergüenza, era demasiada generosidad.

-Usted llegó a la Argentina en un momento histórico intenso por su confrontación política y en sus debates, ¿qué reflexiones le dejó esa experiencia?

-El ambiente intelectual muy potente. Aprendí muchísimas cosas. Es el ambiente intelectual más potente de habla hispana. Gente extraordinariamente preparada. Es un lujo y un honor haber dado clases con ellos. Soy admirador del mundo intelectual argentino. Solo tengo una observación pequeña y cariñosa: a veces, mientras que los europeos menos capaces hacen propuestas y esquemas intelectuales universalistas, los argentinos más brillantes que ellos no se animan a propuestas más universales. Evidentemente, es muy rico tener miradas locales, fundadas en la historia, está bien que sea así. Pero creo que también hay suficiente masa crítica como para hacer propuestas de carácter universal, por encima de los académicos que leemos en la universidad, de Norteamérica o de Europa. Ese pensamiento ya es medio muerto, aquí hay vida: hay que animarse a tener una lectura más ambiciosa. Y lo digo por los argentinos, por los mexicanos, en muchísimos intelectuales latinoamericanos hay muchísima riqueza, profundidad y creatividad, frente a lo que nos sigue llegando de manera repetitiva y poco creativa desde la academia europea y norteamericana. Por otro lado, también tengo el recuerdo del poder de la mujer. Argentina es el lugar de toda América Latina donde mayor presencia, fuerza y empoderamiento se nota en el movimiento de las mujeres. Se nota en las mujeres, desde que son niñas, desde que son bebés. Eso me gusta.

Télam

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