Cuba, y las invasiones rusas – Por Jorge Dávila Miguel

911

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de NODAL. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Por Jorge Dávila Miguel(*), especial para NODAL

El año 1968 fue excepcional para el mundo, tal parecía que las salamandras se agitaban y que el planeta se estremecía al temblor de las mágicas criaturas. Dos líderes de Estados Unidos, Martin Luther King y Robert Kennedy, muertos a balazos, Matanza de Tlatelolco en México, Vietnam con la Ofensiva del Tet, Mayo del 68 en París y la Primavera de Praga, sofocada por tanques rusos en Plaza Wenceslao.

Y en Cuba, ese país cuya revolución presentaba ante el mundo un carácter menos gris que el de la “grande alma rusa”, también se crispaban las salamandras: Fidel Castro decretó, en la noche del 13 de marzo del 68, la Ofensiva Revolucionaria, que nacionalizara a 55,636 pequeñas empresas en el país, los últimos negocios privados en el paraíso cubano. Aquello garantizó dos cosas: el mayor índice mundial en propiedad nacionalizada y que aún hoy se sientan en la isla las desastrosas consecuencias de aquel discurso.

Pero también hubo una salamandra muy especial ese año, que viajó desde Praga hasta La Habana, esperando un sedante solidario, pero que al fin recibió un cubo de agua fría. La situación era cada vez más tensa en agosto del 68 entre el presidente checoeslovaco Alexander Svoboda y el soviético Leonid Breznev. Mientras, la prensa cubana hacía maromas con las noticias para no reflejar los reclamos democráticos de los checoslovacos. De nuevo, Fidel Castro fijó la posición cubana en un discurso. El 23 de agosto de 1968. Un discurso muy detallado, e informado, pero que al final apoyó a Moscú, junto al Pacto de Varsovia, en la invasión[i].

Había importantes razones para esa posición cubana, tenían que ver con el acostumbrado bautizo de los años, cuyo nombre en 1968 fue: “Año del Guerrillero Heroico”, en honor al Che. Pero Moscú, estaba descontento con La Habana y su “foquismo” revolucionario en América Latina, y ya le había reducido sus envíos de petróleo. La gota que rebosó la copa rusa al parecer fue la insurgencia y posterior muerte del Che en La Higuera, Bolivia. La URSS suspendió a Cuba el suministro de equipos militares y la asistencia técnica.

Aquel apoyo de Castro a la URSS, evidenció algo: que la política exterior de Cuba no se basaba estrictamente en sus ideas revolucionarias, sino en los intereses del Estado cubano. La misma Realpolitik se manifestaría con la matanza en la Plaza de Tlatelolco, en México, y con Mayo del 68 en París. Y casi desde el mismo 1959 Cuba había callado ante la España tiránica de Franco. ¿Y por qué Cuba elegía ser más gris? Porque ni México, ni Francia, ni España habían apoyado la conducta agresiva de Washington. Y Moscú no solo no la había aceptado, sino que era mentor ideológico y gran benefactor económico de La Habana. Cuba era dependiente del campo socialista. ¿Cómo iba Castro a condenarlo?

Así, Cuba abandonó el guevariano “crear dos tres, muchos Viet Nam” y reverdecieron las relaciones con la URSS. Cinco años después, Cuba ingresaría en el Consejo de Ayuda Mutua Económica, liderado por la URSS, ya habiendo aceptado el “gradualismo en la toma del poder” soviético. Y así, en aquel mismo 1968, el general golpista peruano Juan Velasco Alvarado, era recibido con todos los honores en La Habana. Recuerdo perfectamente aquella visita. Me sorprendió ver a un golpista latinoamericano en La Habana, ya que todos eran “pagados por el imperialismo”. Supe que algo había cambiado en Cuba, pero no pude saber el qué, gracias a la devota prensa cubana. En 1970, la victoria electoral de Salvador Allende, apoyada por La Habana, fue un gran ejemplo de que Cuba ya no era guerrillera. Pero el 11 de septiembre de 1973, se rompió el encanto. Y Fidel Castro, pariente impaciente de Moscú, organizaria en 1975 no una guerrilla sino todo un ejército expedicionario para Angola. Había revivido el Internacionalismo Proletario. Y la URSS apoyó a Cuba entonces, con armas, tanques y cañones. Al igual que a las expediciones cubanas a Argelia en el 63, Alturas de Golán en el 1973 y a Etiopía, más tarde, en 1977.

Y cómo Fidel Castro no iba a apoyar a Moscú en su invasión a Afganistán en 1979, a pesar que le dañó gravemente su prestigio como presidente del Movimiento de Países no Alineados, cargo al que accediera en ese mismo año solo tres meses antes de la invasión. Aunque el incombustible Fidel Castro sería electo de nuevo presidente del movimiento en 2006.

¿Y ahora con Ucrania qué?

Fidel Castro ha muerto, y con su muerte la influencia e imagen de Cuba ha descendido. El gobierno actual se dice heredero ‘La Revolución Cubana” como si fuera un título nobiliario, pero no es verdad. La épica del máximo líder se ha disuelto. Sus dogmas siguen habitando el Palacio de la Revolución, a pesar de que él mismo alertó contra ellos.

La invasión de Ucrania pone a Cuba en una disyuntiva: apoyar el principio de soberanía que tanto le interesa frente a Estados Unidos y condenar a Rusia en Naciones Unidas. O apoyar la invasión y aislarse junto a Corea del Norte y Siria. Por una Rusia, que además, no tiene bolsos de oro para abrir. Por eso Cuba se abstuvo en la votación. Aunque en su actitud doméstica apoyan completamente a Rusia, ya que consideran cierta la amenaza de la OTAN, a través de Ucrania[ii] y con más razón si tienen claros que ya ha empezado la guerra planetaria por la multipolaridad y áreas inviolables de influencia repartidas entre Rusia, China y Estados Unidos.

Aunque esta disputa planetaria debería preocupar mucho a Cuba, porque gane quien gane, quedaría siempre bajo el área de influencia de su enemigo principal, Estados Unidos. Y debe importarnos mucho a todos los demás, porque una discusión tan crucial puede llevar fácilmente al uso de las armas atómicas. Yo creo que ya es hora de que los marcianos bajen a este vergel humano, a ver si ponen algún orden.


[i] https://punto-final.org/PDFs/1968/PF_063_doc1.pdf

[ii] Aunque OTAN no esté dispuesto a incluir a Ucrania inmediatamente debido a su no completa democracia, corrupción y problemas fronterizos, hay fundamentos históricos para aceptar que la ventaja estratégica militar precede a casi cualquier otra consideración civil o social.

(*) Jorge Dávila Miguel es licenciado en Periodismo desde 1973 y ha mantenido una carrera continuada en su profesión hasta la fecha. Tiene posgrados en Ciencias de la Información Social y Medios de Comunicación Social, así como estudios superiores posuniversitarios en Relaciones Internacionales, Economía Política e Historia Latinoamericana. Actualmente, Dávila Miguel es columnista de El Nuevo Herald en la cadena McClatchy, y analista político y columnista en CNN en Español. Los comentarios expresados en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

Más notas sobre el tema