Brasil: hacia una democracia ecosocial transformadora – Por Cândido Grzybowski
Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de NODAL. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.
Cândido Grzybowski *
Sin duda, las democracias se fundamentan en consensos sobre los principios de convivencia cívica, la igualdad de derechos y las constituciones como referencias institucionales, con elecciones periódicas que definen las relaciones de poder en la conformación del Poder Estatal, según normas establecidas. Como bien conceptualiza Antonio Gramsci, el Poder Estatal expresa las relaciones de las «fuerzas militares» propias del período histórico de una sociedad.
Pero las «fuerzas políticas» que le otorgan legitimidad se forjan en la sociedad civil, por los ciudadanos en su diversidad, donde se libra la lucha por la hegemonía política, la cual, en las democracias, se expresa en programas estratégicos institucionalizados en los partidos y ratificados por el voto. Y en la base de todo, como fundamento de la estructura económica y social, se encuentran las clases sociales definidas por su inserción en las relaciones laborales, económicas y de vida, estableciendo límites y posibilidades. Pero dado que el conjunto es una situación variable y un proceso histórico con fecha, no existe un determinismo absoluto e insuperable, sin la posibilidad de ser transformado precisamente por las disputas políticas y las coyunturas que estas generan.
Un elemento esencial en el proceso son los intereses, concepciones y valores de las diversas clases que una sociedad concreta genera a través del proceso colectivo de producir y reproducir la vida, plagado de desigualdades, explotación y subordinación; siempre algo histórico, con retrocesos y avances precisamente a través de la lucha social. La situación democrática no es más que una posible forma de consenso para disciplinar/enmarcar posibilidades y límites para la expresión de las contradicciones en las relaciones de clase y la organización que históricamente proporcionan a través de la lucha entre ellas, dentro de un marco de posibilidades, para limitar su potencial destructivo, todo en movimiento permanente para bien o para mal, o simplemente en un difícil punto muerto, siempre susceptible de cambios a través de luchas sociales reguladas, reformadas o radicalmente alteradas dentro de los límites constitucionales.
Sin duda, el análisis situacional es una condición indispensable para evaluar posibilidades y limitaciones. Pero siempre necesitamos puntos de referencia para dichos análisis. Personalmente, reconozco que, además de la inspiración arraigada en los clásicos, adopto una visión transformadora de la democracia ecosocial , un proceso más que un modelo. Se trata de no limitarse a la formalidad constitucional histórica como concepto, sino a un paradigma civilizatorio que pueda proporcionar una visión y una forma de abordar los problemas históricos. Es más que un ideal, es una propuesta de pensamiento. No se limita a las instituciones políticas a las que se refiere el concepto de democracia.
Integra en la definición de democracia los principios de igualdad de derechos con cuidado, coexistencia y reparto entre todos, tanto de la vida como de los bienes naturales comunes y los producidos colectivamente. Por eso la democracia se califica como ecosocial, no solo ecológica ni solo social, sino la integridad de vivir en colectividad con igualdad de derechos y compartiendo el mismo Planeta Tierra, un bien común universal.
Algunos prefieren definirla como ecosocialismo, una gran inspiración, sin duda. Para mí, la democracia ecosocial expresa mejor las múltiples posibilidades históricas y ecológicas que surgen de los diversos territorios en los que vivimos, en lugar de una fórmula política algo abstracta como el ecosocialismo. Al fin y al cabo, comparto la idea de los zapatistas mexicanos de un «mundo donde caben muchos mundos». Lo cierto es que, en nuestra relación con la Madre Tierra, es necesario reconocer y posibilitar múltiples formas de vida.
Retomo esta perspectiva amplia para contextualizar el renovado desafío que plantean las próximas elecciones, en el que una ciudadanía diversa y activa, ya sea que se manifieste o no, se enfrenta a las fuerzas dominantes que luchan por imponer y mantener el statu quo que las favorece. No me detendré en el hecho de que la gran mayoría, estructuralmente hablando, está compuesta por trabajadores con o sin contrato, personas pobres y excluidas, que sufren las más diversas violaciones de derechos consagrados en la Constitución, o derechos que aún no se reconocen en la práctica. ¿Por qué esta situación estructural, todavía dominante, representa el gran desafío para la ciudadanía activa comprometida con la lucha por una democracia ecosocial transformadora en busca de la igualdad de derechos en la diversidad?
La respuesta es a la vez simple y compleja. Sin duda, nos encontramos ante una situación de emergencia en la que hemos avanzado poco en la democracia que alcanzamos en 1988. No hemos derrotado a los terratenientes, ganaderos y opresores del campo, quienes están decididos a transformar el país en una gran productora extractiva y agroindustrial, interesados en mantener una posición de exportación en el mundo del capitalismo globalizado. Y en las ciudades, entre las mayorías excluidas y abandonadas a su suerte, se encuentra el pequeño pero poderoso grupo que se considera «el sujeto colectivo del mercado», aún más decisivo para limitar la democracia y las posibilidades de transformación.
Esta es la respuesta simple. La otra, más compleja, es cómo y por qué las mayorías tienden a votar por partidos de derecha y sus grupos de presión, o incluso por propuestas autoritarias para desmantelar los logros democráticos. En otras palabras, el desafío está directamente relacionado con la cuestión de emancipar a las mayorías discriminadas, pobres y excluidas, que dependen de los favores de estos pequeños bloques de propietarios, quienes incluso compran sus votos.
La combinación de estas dos cuestiones pone de manifiesto la complejidad política de estos desafíos. ¿Cómo podemos cuestionar el significado de la emancipación social y la plenitud de los derechos para que la gran mayoría sea también mayoría en términos de voto, lo que podría desencadenar procesos de transformación ecosocialdemócrata?
De hecho, afirmo que el principal desafío recae sobre nosotros mismos, los ciudadanos activos. ¿Dónde nos encontramos? Sin duda, la contienda cuenta con candidatos de diferentes partidos. Esto es lo habitual. Pero somos nosotros, los ciudadanos en nuestra diversidad, quienes tenemos la legitimidad para proponer e involucrar a los candidatos en una agenda transformadora. Mencionaré algunos temas planteados por ciertos analistas que deberíamos considerar por el potencial que representan.
Me centraré principalmente en la esfera pública, no estatal. Me refiero a la información masiva que circula, una especie de nube que invade lo que vemos, oímos, leemos y a lo que accedemos, ya sea a través de los medios tradicionales o, cada vez más, a través de los medios digitales, donde la información veraz y objetiva no es la norma. Nos vemos sistemáticamente inundados de información mayoritariamente sesgada, con un propósito que nunca se revela. Lo peor es que ni los referentes ni las fuentes se revelan. Se crean oleadas que circulan sin control. Pero lo cierto es que conllevan una selectividad de visión y, sobre todo, de intención.
Mencionaré algunos problemas fundamentales y decisivos para la democracia que se están viciando. El primero gira en torno al «mercado» en un sentido amplio. Es una ley inquebrantable, o al menos eso es lo que se difunde en todos los medios, como la radio, los periódicos, la televisión y las redes digitales. El mercado nunca se caracteriza como una relación social de intercambio de bienes y servicios entre partes desiguales donde el más fuerte siempre gana. Por el contrario, da la impresión de que quien gana más lo hace por mérito y, por lo tanto, gana más. Esta supuesta «meritocracia» oculta el hecho de que en esta relación donde hay ganadores y perdedores, como si fuera una relación entre iguales, se consolida indiscutiblemente la desigualdad.
No existe igualdad entre las personas que comercian en los mercados; por el contrario, la relación entre partes desiguales se manifiesta plenamente. Esto se debe a que la oferta y la demanda provocan que los precios suban o bajen. Esto es lo que dicen la mayoría de los economistas, sin explicar realmente qué hay detrás: las relaciones laborales y la explotación, donde algunos siempre ganan y otros pierden. En última instancia, toda producción es social; es trabajo social condensado en ella. ¿Por qué, entonces, algunos se lucran apropiándose del trabajo social colectivo y acumulándolo sin límites?
El problema es complejo, y debemos insistir, sin temor a equivocarnos, en que cada producto, cada producción, es socialmente construida, pero su distribución es desigual. Traducir esto en un mensaje claro es un reto. Debemos establecer límites a la acumulación. No podemos permitir que algunos se enriquezcan sin restricciones mientras la mayoría ni siquiera recibe una parte de lo que se produce socialmente para vivir con dignidad.
Debemos tener el valor de desenmascarar el mercado y el mérito como norma. El mercado, en sus orígenes, era el espacio para el intercambio de bienes y servicios. Se ha convertido en una norma manipulada por capitalistas urbanos y rurales, en nombre de un absurdo: el derecho a apropiarse de la producción social porque tienen el dinero para invertir donde más les beneficia, sin importar el bienestar colectivo.
En esta línea de pensamiento, debemos confrontar de inmediato la férrea ley de austeridad que el «mercado» —con muy pocos votos, pero mucho dinero para comprarlos e imponer sus intereses en la composición del poder estatal— impone al presupuesto y al financiamiento de obras públicas, priorizando sus intereses de acumulación. En este sentido, aparte del pequeño cambio en el impuesto sobre la renta hasta ingresos de R$ 5.000,00, no tenemos mucho que celebrar. Como ciudadanos, nos encontramos políticamente acorralados por esta austeridad fiscal practicada por el gobierno y el Banco Central con su autonomía. Como mínimo, debemos llevar esto a las calles. Contamos con muchos buenos analistas sobre cómo la austeridad limita las posibilidades de financiamiento ecosocial. Necesitamos transformar sus argumentos en formas aceptables de disputar la hegemonía con las grandes mayorías excluidas y pobres de nuestro país.
De manera positiva, tenemos la agenda, surgida de la ciudadanía, de poner fin a la semana laboral de seis días seguida de un día de descanso, en nombre de la vida más allá del trabajo remunerado. Debemos imponer esto como una cuestión ecosocial y democrática ineludible.
También contamos con el argumento virtuoso de los pueblos indígenas y tradicionales, que afirman que la prioridad nunca debe ser la agroindustria, sino la integridad natural, condición esencial para la vida. Esta es una agenda ejemplar para todos los ciudadanos brasileños, ya que no se limita a los territorios indígenas. Se trata de la integridad del bien común, de la naturaleza para todos, frente a las amenazas del extractivismo, la deforestación y la actividad empresarial descontrolada.
Otro problema fundamental es el grado de contaminación de la empatía social, porque la prédica de la ultraderecha fascista nos hace perder sensibilidad social ante la barbarie que se practica a diario en nuestra sociedad. Como bien señala Safatle, masacres como la del Complexo do Alemão, con más de cien personas brutalmente asesinadas por policías, muertos cuyos nombres ni siquiera se mencionaron, solo dejaron cuerpos expuestos. Peor aún fue el encuentro de apoyo de los gobernadores cómplices con el infame exgobernador de Río. Esto ya es una política de genocidio, que jamás puede continuarse ni tolerarse si queremos una democracia digna de ser vivida. Lo peor es que, en mayor o menor medida, este tipo de represión asesina parece haberse convertido en rutina y normalidad en el país. ¿Hasta cuándo?
Finalmente, me limitaré a los puntos que considero más acuciantes en la lucha por la hegemonía que vivimos este año, con las elecciones del próximo octubre. Solo nosotros, como ciudadanos con derecho a voto, podemos marcar la diferencia y señalar un rumbo distinto. Pero no podemos permanecer pasivos, esperando a que los candidatos propongan algo. Debemos ahora enumerar nuestras condiciones para que los candidatos reciban nuestro voto.
*Director del Instituto Brasileño de Análisis Sociales y Económicos (IBASE) de Río de Janeiro desde 1990, miembro del Comité Organizador del Foro Social Mundial (FSM) de Porto Alegre (2001-2005)
