Palestina, Líbano y Siria, el hambre y el ecocidio como instrumentos de guerra – Por Carolina Sturniolo, Bruno Ceschín y Fernando Rizza

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Palestina, Líbano y Siria, el hambre y el ecocidio como instrumentos de guerra

Por Carolina Sturniolo, Bruno Ceschín y Fernando Rizza

 

La ofensiva israelí sobre Gaza, Cisjordania, Líbano y Siria no puede analizarse solo en términos militares, sino que hay que indagar en su objetivo político para entender la profundidad del conflicto. Mientras el ejército de ocupación avanza sobre el control territorial por medio de la destrucción de los sistemas agroalimentarios y el ecocidio, dejando tierras arrasadas, pozos de agua inutilizados, bancos de semillas destruidos y millones de personas desplazadas, se configura un escenario donde la guerra busca el exterminio del otro, eliminando su capacidad de producir alimentos y haciendo inviable su permanencia en el territorio.

Sectores de la extrema derecha israelí y del sionismo religioso impulsan cada vez con mayor fuerza su programa político del “Gran Israel”. La doctrina toma como referencia lecturas bíblicas que reivindican un territorio que iría desde el río Nilo en Egipto hasta el Éufrates en Siria, incluyendo Palestina, Líbano, Jordania, porciones de Arabia Saudita e Irak. Benjamín Netanyahu, primer ministro israelí, asumió públicamente esta posición, así como figuras centrales de su coalición, como el Ministro de Finanzas Bezalel Smotrich y el Ministro de Asuntos de la Diáspora Amichai Chikli, promueven abiertamente la expansión territorial israelí sobre estos territorios, incluso afirmando que no cumplen actualmente con la definición de estado y que habría que rever las fronteras.

En Gaza, la devastación del sistema productivo es de escala histórica. Más del sesenta y siete por ciento de las tierras agrícolas fueron destruidas. También quedaron inutilizados invernaderos, granjas avícolas, establos y más de mil pozos de agua. La pesca colapsó por el bloqueo marítimo. El resultado es de más de dos millones de palestinos arrinconados en apenas 40 Km cuadrados, con un 96% de su población con inseguridad alimentaria aguda y cerca de medio millón de personas con niveles de hambre catalogados como “catástrofe”.

La destrucción no se agota en el presente. En Hebrón, en la Cisjordania ocupada, excavadoras israelíes demolieron el último banco nacional de semillas palestino. Allí se preservaban más de setenta variedades tradicionales cultivadas durante siglos. A esto se suman los más de tres millones de olivos que fueron arrancados de raíz en las últimas 6 décadas por parte del gobierno de ocupación, comprometiendo no sólo la seguridad alimentaria de la población civil en lo inmediato, sino en décadas futuras.

La presión territorial también avanza mediante los asentamientos israelíes en Cisjordania. Más de 450.000 colonos israelíes viven actualmente en territorios ocupados. El control del agua es otro instrumento central. Desde 1982, la empresa estatal israelí Mekorot administra la infraestructura hídrica bajo órdenes militares. Mientras los asentamientos ilegales mantienen abastecimiento constante, muchas comunidades palestinas enfrentan restricciones severas para perforar pozos o acceder al riego.

La situación en el Líbano muestra una dinámica similar. Según el Ministerio de Agricultura libanés, la ofensiva israelí dañó casi 56.000 hectáreas agrícolas. Los olivares, plantaciones de cítricos y cultivos de banana aparecen entre los sectores más afectados. Más de 1,8 millones de animales domésticos, como aves, ovejas, cabras y vacas murieron durante los ataques. Además, cerca del 78% de los agricultores del sur del país permanece desplazado.

A esto se suman las denuncias por fumigaciones aéreas con herbicidas en zonas fronterizas del sur libanés y sirio. Informes independientes detectaron concentraciones de glifosato hasta cincuenta veces superiores a las utilizadas habitualmente en agricultura. El impacto no termina en la pérdida de cosechas. La contaminación del suelo y de las aguas subterráneas compromete la posibilidad de recuperar la producción durante años.

En Siria, la guerra dejó una economía devastada. El Producto Interno Bruto se redujo más de un 85% desde 2011. Las tierras cultivadas cayeron un 25% y la mitad de la población debió abandonar sus hogares. Sectores estratégicos como el algodón y el pistacho quedaron profundamente afectados. Antes del conflicto, Siria figuraba entre los principales productores mundiales de algodón y pistacho. Hoy enfrenta dificultades extremas para acceder a semillas, fertilizantes y combustible.

*Carolina Sturniolo es Medica Veterinaria, integrante del CEA, Docente en la carrera de Medicina Veterinaria, UNRC. Fernando Rizza es Médico Veterinario. Columnista de NODAL, integrante del Centro de Estudios Agrarios (CEA) y Docente en la Universidad Nacional de Hurlingham, Argentina. Bruno Ceschin es Licenciado en Ciencia Política y Administración Pública. Maestrando en Desarrolo Territorial en América Latina y el Carible. Integrante del Centro de Estudios Agrarios (CEA)

 

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