Un revés sin derrota para la Global Sumud Flotilla

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Un revés sin derrota para la Global Sumud Flotilla

Pasados unos días del ataque de la armada israelí a las embarcaciones humanitarias que partieron el 15 de abril de Barcelona, es un buen momento para realizar un somero balance de la misión civil humanitaria más importante y audaz de las últimas décadas, en lo que constituye un verdadero punto de inflexión para el movimiento internacionalista de solidaridad con Palestina y con otras causas anticoloniales.

Perseverar, escalar, radicalizar

Así podría resumirse la estrategia de la Global Sumud Flotilla en esta misión, la iniciativa civil humanitaria más importante que haya navegado jamás a los territorios de la Palestina ocupada. Perseverar, a tono con una de las traducciones posibles del vocablo árabe sumud que da nombre a este movimiento social global.

Perseverar, porque pese a la existencia de voces que desde dentro o desde fuera del movimiento propugnaron por esperar, replegar o incluso abandonar la iniciativa, el movimiento decidió continuar adelante. Esto, a sabiendas de que el tiempo es un raro privilegio del que sin duda no disponen los palestinos gazatíes, sometidos a un genocidio continuado y a nuevas rondas de anexión, como lo demuestra la demarcación israelí de la arbitraria «línea naranja» que viene ahora a rebasar a la «línea amarilla», garantizando el control militar directo de la potencia ocupante de un 64 por ciento del territorio total de la Franja.

Perseverar, también, a sabiendas de que las condiciones para esta misión eran, desde la partida, mucho más adversas y riesgosas que las de todas las misiones del año pasado, sobre todo por el escenario bélico abierto en Asia Occidental tras la agresión de Israel y los Estados Unidos a la República Islámica de Irán.

Escalar, porque además de reincidir o simplemente repetir viejas recetas, se decidió ganar en volumen, en todos los sentidos. Más músculo social, más tejido organizacional (decenas de capítulos nacionales se fundaron a la fecha en todo el planeta), más protestas callejeras, más articulaciones (el soporte táctico de Open Arms y Greenpeace ha sido inestimable en estas semanas), más iniciativas institucionales (como el Congreso Parlamentario de Bruselas), y sobre todo más embarcaciones comprometidas (más del doble que en la última misión) y más militantes y activistas convocados, llegados desde decenas de países de todo el mundo.

Y radicalizar, porque además de navegar hacia Gaza para establecer un corredor marítimo humanitario, se decidió desarrollar en paralelo un convoy terrestre a lo largo del Norte de África con toneladas de ayuda humanitaria, desde Mauritania hasta Egipto, y con especialistas capaces de contribuir a la reconstrucción soberana de un territorio arrasado. Cabe destacar que iniciativas como las aludidas no sólo están jurídicamente amparadas, sino que incluso son obligatorias en virtud del derecho internacional humanitario o de la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio.

Pero por sobre todas las cosas se decidió emprender, durante la travesía, acciones directas y no violentas completamente inéditas. Fue el caso de la primera operación de boicot marítimo, realizada el día 20 de abril, cuando un grupo de veleros desviamos la trayectoria del super-carguero de la naviera MSC, pieza clave de las cadenas de suministro globales que día a día alimentan el genocidio y la política colonial, transportando en este caso acero aleado para fabricación militares hacia los puertos de Ashdod y Haifa. Las imágenes de la audaz acción, con los pequeños David a vela ralentizando y desviando los 395 metros de eslora del poderoso y prepotente Goliat y su robusta carga de miles de contenedores, dieron la vuelta al mundo como un símbolo inequívoco de que Israel y sus agentes pueden ser poderosos, pero nunca invulnerables.

Israel adelante líneas y expone vulnerabilidades

Que esta estrategia se demostró acertada se comprueba con un hecho patente: es la primera vez que Israel se ve forzado a «adelantar las líneas», desde la denominada «zona naranja» comprendida entre la milla 0 y la milla 150 contando desde la costa gazatí hacia el Occidente, en donde siempre se realizaron los ataques y secuestro de nuestras embarcaciones, hasta las más de 600 millas que separan los territorios ocupados de las aguas internacionales próximas a la isla griega de Creta en donde tuvo lugar la cacería nocturna de la noche del 29 de abril.

Así, la coartada recurrente que hablaba del ingreso de las flotillas a una «zona de guerra» y la necesidad de operar preventivamente por la propia seguridad de las y los activistas, cayó definitivamente por tierra. A pocas millas de territorio soberano europeo, y actuando en la zona de búsqueda y rescate de Grecia (sin comunicar la acción a su gobierno), Israel expuso una nueva costura de su narrativa colonial, lo que contribuye a fracturar más y más la unidad de intereses y el entramado de silencio que ligan al Estado israelí con el resto de las potencias occidentales.

Así lo demuestra el posicionamiento diplomático de países como España o Italia tras una agresión en la que 175 activistas fueron secuestrados y 22 embarcaciones asaltadas e inutilizadas, dándose incluso el caso de una (el «Tam Tam») que fue abandonada en altamar, con su motor, sus velas y sus sistemas de navegación destruidos, y con sus activistas recluidos en ella, flotando a la deriva y expuestos a una tormenta cercana. Se trató, sin duda, de un claro ejercicio de «abandono planificado», como el que Israel instrumentaliza en los territorios bajo su dominio territorial. A veces no es preciso asesinar, sino que basta con propiciar las circunstancias para que la muerte se produzca por clima, hambre, sed o enfermedad.

Poco cabe añadir sobre la violencia desnuda expresada en el ataque, que quedo en evidencia en la revisión médica a la que decenas de militantes fueron sometidos en Grecia; contusiones, narices rotas y costillas fracturadas son apenas un muestrario de la intervención más violenta producida desde el asalto al emblemático Mavi Mármara en 2010, cuando tropas israelíes asesinaron a 10 activistas turcos.

La precocidad con que la operación militar fue desplegada revela algo: la preocupación creciente en el régimen israelí de que una flotilla civil de tal volumen acabe por burlar el tenaz cerco militar tendido en torno a Gaza desde el año 2007. Casi mil activistas a bordo de un centenar de embarcaciones serían un verdadero desafío operacional incluso para una gran potencia armamentística, más aún en un escenario en el que Israel sostiene en simultáneo varios frentes militares abiertos, como en Gaza, en Líbano o en Irán.

Ya el año pasado, las poco más de 40 embarcaciones de la última misión lograron acercarse a una distancia irrisoria: apenas a 24 millas de la costa de Gaza, exponiendo varias vulnerabilidades en las operación de persecución y secuestro de la armada israelí. En este caso, la imagen de siquiera un solo velero llegando a las costas del enclave significaría una derrota política y simbólica demasiado costosa para la sostenibilidad de un régimen colonial fundado en mitos de invulnerabilidad como el muro del Apartheid, el Domo de Hierro y otros análogos. Más aún después de que su imagen internacional se derrumbara a partir de la escalada del genocidio comenzada en octubre del 2023, amenazando con convertir a un régimen renegado del orden internacional en un Estado paria en toda la regla. Paria, y además vulnerable.

Un revés sin derrota

El otro dato resonante es que se trata de la primera vez en que una operación de interceptación del Estado de Israel no logra cumplir su cometido. La mayoría de las embarcaciones que navegaban entonces (32 de las 54) logramos burlar el cerco con diferentes maniobras y llegar a aguas territoriales griegas, en donde decidimos replegarnos, anclando en la ciudad de Ierapetra, al sudeste de la isla de Creta.

Pese a la captura de nuestros buques tácticos y al secuestro de varios miembros de la coordinación de la misión, el mando de la flota logró restablecerse rápidamente, conduciendo a buena parte de nuestras embarcaciones hacia una zona segura. Además, la mayoría de los barcos asaltados y abandonados en alta mar fueron recuperados, y algunos podrían ser reparados en un cortísimo plazo. Muchos otros esperan, ya listos para zarpar, en varios puertos de diferentes países del Mediterráneo; en algunos de ellos la causa palestina y las flotillas gozan de un amplio respaldo social. En pocos días la Global Sumud podría reiniciar operaciones con aún más embarcaciones de las 55 que partieron del puerto de Augusta, en Italia, hace dos semanas.

Pero sin duda el golpe más duro lo constituye la detención de los miembros del Comité Directivo de la Global Sumud Thiago Ávila y Said Abukeshek, quienes fueron trasladados y se encuentran confinados en un centro de detención en Ashkelon, en los territorios ocupados, en parte como correlato de la colaboración griega, cuyo gobierno terminó oficiando casi de «co-secuestrador». Ávila, que fue entrevistado por este medio en enero, es un militante humanitario y socioambiental de nacionalidad brasileña mundialmente reconocido, que ya fue encarcelado de manera arbitraria y torturado tras la última flotilla.

El caso de Abukeshek es aún más sensible. De nacionalidad española y sueca y de origen palestino, el organizador de la Marcha Global a Gaza del año pasado, podría ser encarcelado bajo «detención administrativa», un eufemismo para el régimen extrajudicial aplicado por Israel a la población palestina. Sin imputación de cargos, sin juicio o debido proceso, o con presuntas «pruebas clasificadas», el arbitrio de la fuerza ocupante puede condenar a los palestinos a detenciones sin término, infinitamente prorrogables. Además, en virtud de la reciente ley aprobada por la Knéset, el parlamento israelí, los presos políticos palestinos que sean condenados por «terrorismo» pueden ser sometidos a la pena capital por tribunales militares.

Como sin duda la inteligencia israelí sabía, que Abukeshek iba a bordo de un buque de observación y que no se proponía llegar hasta los territorios ocupados, en virtud de su origen nacional y del peligro que su estatus conlleva, y que tenía previsto descender en un puerto previo. Tras una visita consular de los gobiernos de Brasil y España, así como por testimonios presenciales de otros militantes detenidos, se pudo comprobar la tortura física a la que ambos activistas fueron sometidos en los últimos días, tras lo que decidieron iniciar una huelga de hambre. La prioridad de la articulación es, en estos momentos, presionar por la liberación inmediata de los dos dirigentes, así como recrear las condiciones para volver a navegar hacia Gaza en la próxima semana, como ellos mismos lo hubieran orientado.

Si el derecho parece haber devenido la voluntad sin mediaciones de los poderosos, la humanidad sigue siendo eso que los samidines, los militantes de la inquebrantable perseverancia del sumud, recrean cada día con su esperanza y sacrificio.

TODOS LOS PUENTES


 

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