Una breve historia de la minería fallida en Haití – Por Paula Companioni

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Una breve historia de la minería fallida en Haití

Por Paula Companioni*

Análisis externos e informes de la industria minera, realizados alrededor de 2014 y respaldados por prospecciones en el norte de Haití, han estimado un potencial minero —particularmente en oro, cobre y mármol— de aproximadamente 20 mil millones de dólares. Estas estimaciones han encendido las ansias internacionales.

Para entender por qué las riquezas del subsuelo haitiano no se han traducido en desarrollo, es necesario no solo observar las condiciones sociales presentes, sino también excavar en una historia de colonialismo extractivo, concesiones explotadas y una maldición de los recursos que antecede incluso a la independencia de la nación.

A diferencia de la imagen popular de colonias mineras masivas, la isla La Española, durante los siglos XV y XVI, no fue un gran centro extractivo en el sentido industrial moderno. Si bien los colonizadores españoles buscaron incansablemente el oro, la minería en el actual territorio de Haití fue un fenómeno fugaz. Los depósitos aluviales —los más accesibles— se agotaron rápidamente.

A principios del siglo XVII, la fiebre del oro dio paso a la del azúcar: la agricultura de plantación desplazó por completo a la minería como eje de la economía colonial.

Aunque se registraron menciones esporádicas de hematita, calcopirita y cobre cerca de Gonaïves durante la colonia francesa, la Corona priorizó sistemáticamente el monocultivo de la caña de azúcar y el café por encima de la extracción de minerales.

Este abandono temprano sentó un precedente crucial: a diferencia de sus vecinos andinos o de México, el Caribe insular —y Haití en particular— nunca desarrolló una tradición minera ni una burocracia geológica durante su etapa formativa colonial. Cuando Haití se convirtió en la primera república negra del mundo en 1804, heredó no solo una deuda externa opresiva con Francia, sino también un vacío absoluto en exploración geológica sistemática.

Hubo que esperar hasta el siglo XX para un intento serio de cartografiar el suelo haitiano. Irónicamente, esto ocurrió durante la Ocupación Estadounidense (1915-1934).

Como hemos señalado en artículos anteriores sobre el tema, el gobierno de Washington envió al Servicio Geológico de los Estados Unidos (USGS), liderado por W. Woodring, quien publicó en 1924 la obra The Geology of the Republic of Haiti. Por primera vez, Haití conoció con certeza los minerales que poseía. Sin embargo, ese conocimiento no benefició a los haitianos, sino a las corporaciones extranjeras que llegarían décadas después.

El único capítulo verdaderamente industrial de la minería haitiana tuvo lugar entre 1957 y 1982, bajo las dictaduras de los Duvalier. La Reynolds Mining Corporation explotó una mina de bauxita en la región de Miragoâne. Durante ese cuarto de siglo, Haití exportó 13,3 millones de toneladas del mineral a una refinería en Corpus Christi, Texas. En su punto máximo, esta bauxita representó casi una quinta parte del suministro total de Reynolds.

Para el gobierno haitiano, esto significó un ingreso fiscal pasivo; para la empresa, un negocio altamente rentable; para los campesinos, el desalojo forzoso de 150 mil hectáreas. El académico Guy Pierre, en su obra Histoire de l’industrie minière en Haïti: accumulation éclair du capital et frustration économique (1956-1982) —publicado en 2016 por la CIDIHCA, en Montreal—, describe este periodo como una “acumulación relámpago de capital y frustración económica” y muestra cómo las regalías se diluyeron en las arcas del Estado sin generar desarrollo local.

Pierre explica en su libro que:

“El Estado no logró definir una política adecuada hacia estas empresas (Reynolds Mining Corporation e International Halliwell Limited Inc.) y, por lo tanto, las incentivó a abandonar el país, llevándose consigo —dado el tamaño de la economía nacional— una cantidad considerable de ganancias. No dejaron, sin embargo, un legado económico real. El sector minero podría haberlo hecho en el marco de una política económica de orientación hirschmaniana y una política fiscal similar a la que adoptaron otras pequeñas economías de la región —como Jamaica en la década de 1970, bajo el gobierno de Manley—, las cuales, frente a corporaciones mineras multinacionales que explotaban una parte significativa de su riqueza, lograron efectos duraderos en la dinámica económica nacional y ciclos de vida más prolongados”.

Tras revisar estos antecedentes, la pregunta sobre por qué la industria nunca despegó queda abierta. A ojos de economistas y grandes inversionistas, existen tres razones estructurales que explican el fracaso de la industria minera haitiana, más allá de la simple inestabilidad política.

La primera es que Haití no padece una maldición de los recursos en el sentido clásico —riqueza que genera corrupción y conflictos—, sino una maldición de la escasez y la pobreza. Los depósitos haitianos, aunque valiosos en el papel (20 mil millones de dólares), suelen ser pequeños, de baja ley o de difícil acceso. Un ejemplo claro es la exploración de la canadiense Noranda en los años sesenta, que encontró cobre con una ley promedio de apenas 0,3 %, muy por debajo del estándar comercial rentable de la época. La geología de la isla —una combinación de rocas volcánicas y sedimentarias— da lugar a yacimientos pequeños y dispersos, no a megadepósitos como los de Chile o República Dominicana.

La segunda razón es que la minería moderna requiere energía intensiva y una logística robusta. Haití registra uno de los costos de energía eléctrica más altos y un suministro entre los más inestables del hemisferio. El intento de construir una planta de procesamiento de cobre en Kè Bèyò (Kenscoff), en los años setenta, fracasó en apenas 18 meses: los apagones impedían mantener las máquinas en funcionamiento. Sin ferrocarriles y con carreteras deterioradas por huracanes, transportar mineral desde las montañas hasta el puerto puede costar hasta tres veces más que en la vecina República Dominicana.

La tercera razón radica en que, a diferencia de República Dominicana —que recibe millones de dólares anuales de la mina Pueblo Viejo (oro)—, Haití es percibido por el mercado global como un “riesgo total”. La inestabilidad política crónica, los gobiernos predatorios y la ausencia de seguridad jurídica han disuadido históricamente a las grandes empresas mineras.

Cabe entonces preguntarse: aun si estas condiciones no existieran, ¿se beneficiaría el pueblo haitiano de una economía minera? La breve historia de la minería en Haití no es la de una oportunidad perdida, sino la de una oportunidad que nunca existió en términos favorables para el país. Ese tesoro de 20 mil millones de dólares es, en gran medida, un espejismo geológico y logístico que, de hacerse realidad, solo beneficiaría a los grandes capitales detrás de las mismas mineras de siempre y a la clase corrupta en el poder.

Mientras Haití no resuelva sus crisis de gobernanza, seguridad y energía, sus montañas seguirán siendo testigos mudos de una riqueza enterrada. El país continúa siendo, como en el siglo XVIII, más rentable por lo que podría producir en su superficie —si contara con estabilidad— que por lo que esconde en sus entrañas. La minería no salvó a Haití en el pasado y, en su presente convulso, parece destinada a seguir siendo el capítulo más breve de su accidentada historia económica.

 

* Paula Companioni es periodista cubana, radicada en Colombia, que colabora con la Universidad Itinerante de la Resistencia en Haití.

**Este artículo es la tercera entrega de la «Serie: La minería en Haití — contexto, riesgos y debates», construida en el marco del Programa de Defensa de Territorio de la Universidad Itinerante de la Resistencia en Haití.

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