“La minería es una herida colonial”, Entrevista con Sandra Rátiva Gaona – Por Paula Companioni
“La minería es una herida colonial”
Entrevista con Sandra Rátiva Gaona
Por Paula Companioni*
En América Latina se repite una promesa una y otra vez: la minería traerá empleo, inversión y desarrollo. Gobiernos de distintos signos políticos han repetido esta promesa como un mantra. Pero, ¿qué hay detrás de ese relato? Conversamos con Sandra Rátiva Gaona, feminista, ambientalista e investigadora en ecología política colombiana, para entender qué hay detrás de esa promesa y cuáles son sus efectos reales. Su mirada conecta la historia colonial de la región con el actual auge de los llamados minerales críticos. El diagnóstico es contundente: la minería no solo no ha cumplido sus promesas, sino que reproduce una herida colonial.
Cuando las empresas mineras llegan a un territorio, ¿qué suelen prometer?
Hay un libreto que se repite. Primero prometen empleo: van a generar trabajo en la región. Segundo, desarrollo a través de infraestructura: escuelas, carreteras, centros de salud, todo aquello que el Estado no ha garantizado. Tercero, la idea de que “este pueblo va a dejar de ser pobre”. Además, para calmar los miedos sobre el agua y la contaminación, prometen “minería sustentable”, con las mejores técnicas del mundo y un impacto ambiental mínimo. Es un discurso muy atractivo, sobre todo en zonas rurales donde el trabajo formal es casi inexistente.
¿Y qué suele ocurrir en la práctica?
La realidad suele ser bastante distinta. El empleo nunca es tanto como dicen. Necesitan mucha mano de obra solo para la construcción inicial. Después, el trabajo cae en picada y se quedan pocas personas, generalmente cualificadas y de fuera de la región.
Además, ofrecen un salario que parece alto frente al jornal campesino —a veces apenas el mínimo— pero con eso ya logran dividir a la comunidad. Cooptan a unos pocos dirigentes, generalmente hombres, y generan fracturas internas. Las promesas de infraestructura suelen ser mínimas o incumplidas. Y la minería sustentable no existe: los impactos sobre el agua, las montañas y la salud son devastadores.
¿Existen experiencias en América Latina que permitan ver esa distancia entre las promesas y los resultados?
Muchísimos. En Perú, la resistencia en Cajamarca logró frenar un megaproyecto, pero a costa de una represión feroz. En Colombia, la lucha contra la mina La Colosa en Tolima ha sido un éxito del movimiento popular, aunque la empresa sigue insistiendo. En Ecuador, en Quiulacocha, lograron contener la minería en un páramo al lado de una laguna. También hay retrocesos graves. En Argentina habían aprobado una ley de glaciares que prohibía la actividad extractiva, pero con el gobierno de Milei esa ley se flexibilizó y ahora permite la minería. En todos estos casos, la promesa de desarrollo choca con la realidad de territorios sacrificados, agua contaminada y comunidades criminalizadas.
¿Por qué este discurso sigue resultando tan atractivo, a pesar de la evidencia?
Por dos razones fundamentales. Primero, porque el empleo es una necesidad real y urgente. En zonas rurales sin formalidad laboral, un contrato con salario mínimo, salud y pensión parece una salvación. La gente no lo elige por maldad, sino por necesidad. Segundo, porque nuestros Estados tienen un ADN proextractivista: fueron configurados históricamente como países exportadores de materias primas. Tanto las derechas como los progresismos confían en la minería como fuente rápida de divisas. El extractivismo es la economía transversal de nuestros gobiernos, con matices en la distribución de la renta, pero sin cuestionar el modelo.
¿Qué panorama ve para los próximos años?
La tendencia es la ampliación de la frontera extractiva hacia nuevos lugares. Hoy quieren hacer minería en el fondo del mar, en el Caribe, en los páramos, en los glaciares, en la Amazonía. También está el boom de los minerales críticos (cobre, cobalto, litio), necesarios para las tecnologías, los paneles solares, los parques eólicos y la industria militar.
El capital siempre busca lugares donde no haya movimiento social organizado. Por eso el Caribe es una amenaza real: países sin tradición de lucha antiextractiva están en la mira. Mientras los Estados sigan cautivos de los intereses económicos, la promesa minera seguirá siendo un espejismo que se impone a sangre y fuego.
La minería, aunque se pinta como motor de empleo, inversión y crecimiento, no lo es. En cambio, es un modelo extractivo de raíz colonial, que promete trabajo precario e infraestructura mínima a cambio de territorios devastados, agua contaminada y comunidades divididas. Pero esta advertencia cobra una dimensión aún más cruda cuando se pregunta: ¿qué pasaría si ese modelo se implantara en Haití?
Esta nación caribeña es el caso más extremo de la herida colonial en la región. La promesa minera —cobre, oro, minerales críticos— llega a un país con un Estado frágil, sin tradición de resistencia organizada contra megaproyectos y sumido en una crisis humanitaria permanente. Y, precisamente, esto hace que la minería no sea una ventana de posibilidades para Haití, sino un peligro.
Más que una puerta de salida a sus problemas estructurales, la minería podría significar la profundización de dinámicas históricas de dependencia y explotación. Desde esta perspectiva, la pregunta central no es cómo llevar más minería a Haití, sino qué modelo de desarrollo se está proponiendo y a quién favorece realmente. Como advierte Rátiva, la minería corre el riesgo de convertirse una vez más en la repetición de una herida colonial que en la región que ya hemos pagado con creces.
* Paula Companioni es periodista cubana, radicada en Colombia, que colabora con la Universidad Itinerante de la Resistencia en Haití.
**Este artículo es la quinta entrega de la «Serie: La minería en Haití — contexto, riesgos y debates», construida en el marco del Programa de Defensa de Territorio de la Universidad Itinerante de la Resistencia en Haití.
