La nueva economía del sufrimiento

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La nueva economía del sufrimiento

Marcio Pochmann 

Entre el control algorítmico y la hipermedicalización, los sufrimientos inherentes a la explotación contemporánea dejan de ser una fuerza impulsora de la transformación política y, en cambio, alimentan la multimillonaria industria farmacéutica.

La modernidad nació bajo la promesa de la emancipación humana. Al desplazar el centro de la explicación del mundo de la voluntad divina a la razón, la Ilustración europea rompió con el orden trascendental que sustentaba las sociedades agrarias. Durante siglos, la Iglesia había organizado no solo la fe, sino también los significados atribuidos a la vida, la muerte, la culpa, la pobreza, la obediencia y el sufrimiento. En las sociedades agrarias, marcadas por la tradición, la jerarquía y la religiosidad, el dolor humano podía interpretarse como prueba, destino, pecado, penitencia o promesa de salvación.iba los resúmenes del día por correo

La razón moderna, al superar progresivamente el poder trascendente de la Iglesia, allanó el camino para la ciencia, el Estado laico, el individuo autónomo y la idea de progreso. Pero esta liberación también tuvo su lado negativo. Al desencantar el mundo, la modernidad eliminó parte del marco simbólico anterior del sufrimiento. El dolor dejó de pertenecer exclusivamente al ámbito del alma, del misterio y de la salvación, para incorporarse al ámbito de las normas, la ciencia, la productividad y la adaptación social.

En el siglo XX, Sigmund Freud (1856-1939) percibió con lucidez que la civilización moderna no había eliminado el sufrimiento humano, sino que, por el contrario, había transformado sus formas. En las sociedades urbanas e industriales, el malestar pasó a expresar las tensiones inherentes a la vida civilizada, como la represión de los deseos, la disciplina laboral, la culpa, la competencia, la soledad, la renuncia y el conflicto permanente entre la libertad individual y las exigencias colectivas. La promesa moderna de autonomía coexistía, pues, con nuevas formas de contención psíquica y social.

El siglo XXI ha radicalizado este proceso. El sufrimiento humano ha dejado de ser una mera condición existencial para convertirse en una de las fronteras más lucrativas de la acumulación en el capitalismo contemporáneo. Nunca antes se había hablado tanto de la salud mental. Nunca antes se habían realizado tantos diagnósticos. Nunca antes el consumo de psicofármacos había sido tan elevado. Y, paradójicamente, nunca antes tantas personas habían declarado sufrir ansiedad, depresión, agotamiento emocional, trastornos de atención y dificultades para adaptarse a la vida cotidiana.

La expansión de la industria farmacéutica coincide con el aumento de los diagnósticos relacionados con la salud mental. Lo que antes se entendía como parte de las tensiones de la vida social, los conflictos laborales, las desigualdades económicas y las incertidumbres de la existencia, ahora se interpreta cada vez más como un problema individual, susceptible de diagnóstico clínico y tratamiento farmacológico.

No se trata de negar la existencia de trastornos mentales ni los avances científicos de la psiquiatría, la psicología y la neurociencia. El problema surge cuando la lógica de la medicalización invade la comprensión misma de la condición humana. La tristeza se convierte en depresión. La inquietud, en un trastorno. La diferencia, en patología. La singularidad, en una desviación estadística.

2.

En este contexto, el diagnóstico deja de ser un mero instrumento médico para convertirse progresivamente en una identidad social. Categorías clínicas como el TDAH, el trastorno del espectro autista y diversos síndromes conductuales comienzan a organizar formas de pertenencia, reconocimiento y protección institucional. En muchos casos, el individuo no solo tiene un diagnóstico, sino que también empieza a existir socialmente a través de él.

La transformación del diagnóstico en identidad revela un cambio profundo en la forma en que se gobierna a las poblaciones dentro de un territorio. En lugar del control ejercido sobre grandes colectivos, típico de la sociedad urbana e industrial, emerge un nuevo modelo centrado en la gestión de las subjetividades en la sociedad de servicios hiperconectada de la era digital. Cada persona se responsabiliza de gestionar su propio sufrimiento, monitorear sus comportamientos, regular sus emociones y consumir los recursos necesarios para mantenerse funcional.

Lo que antes era un problema político se convierte en un problema clínico. El desempleo se transforma en ansiedad. La inseguridad laboral en depresión. El aislamiento social en trastornos de conducta. La competencia constante en  síndrome de agotamiento . La violencia de la vida contemporánea desaparece de las estadísticas sociales solo para reaparecer en los historiales médicos.

En este escenario, la industria farmacéutica ocupa una posición estratégica. El sufrimiento se convierte en un mercado. La expansión de los diagnósticos amplía el universo de consumidores. Las nuevas clasificaciones generan nuevas terapias, nuevos medicamentos y nuevos nichos de rentabilidad. La frontera entre la atención médica y la mercantilización se difumina cada vez más.

Simultáneamente, las plataformas digitales profundizan la individualización de la experiencia humana. Los algoritmos monitorean comportamientos, registran emociones, capturan patrones cognitivos y generan nuevas formas de dependencia psicológica. La salud mental se convierte, al mismo tiempo, en objeto de intervención médica, explotación económica y vigilancia tecnológica.

El resultado es la consolidación de un modelo social en el que individuos cada vez más diagnosticados, medicados y monitoreados coexisten con condiciones estructurales que permanecen intactas. En lugar de transformar las causas sociales, económicas y políticas del sufrimiento, se gestionan permanentemente las emergencias de los síntomas.

La gran pregunta actual no reside simplemente en explicar por qué aumentan los trastornos mentales. La cuestión crucial es otra: ¿hasta qué punto nos enfrentamos a una crisis de salud mental o a una crisis de la propia organización social, económica y política contemporánea?

Quizás la epidemia más silenciosa del siglo XXI no sea solo la de los trastornos psicológicos. Quizás sea la normalización de un sistema que transforma el sufrimiento en una mercancía, el diagnóstico en identidad, la atención médica en oportunidades de negocio y la conexión digital en la gobernanza de poblaciones y territorios.

*Ccatedrático de economía en la Unicamp, es el actual presidente del IBGE (Instituto Brasileño de Geografía y Estadística).

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